El Caballito de Papel
(Desde el arcón de los recuerdos)
El doño de los doños, es decir, el señor bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia y se reitera el Castillo (para el que no sabe) ya que, según el, es muy Castillo para sus cosas. Nos dice:
En nuestros tiempos, aquellos viejos tiempos del siglo pasado, en que aún no existían los celulares, computadores, consolas de juego y ni siquiera los televisores, los niños sólo dependíamos de algunos juegos y de nuestra imaginación –que usábamos, a diferencia de los niños actuales- para divertirnos.
Es claro que todos aquellos nacidos hace más de 40 años saben lo que es un barquito de papel, o un avioncito, y que la gran mayoría hizo uno o al menos jugó con él. Pero hemos podido darnos cuenta que hay otro juguete de papel que parece haber quedado en el olvido, pues nadie a quien hayamos preguntado lo recuerda ¿O será que no era tan conocido? Al menos en nuestro pueblo de origen, ese pequeño pueblo precordillerano de la región de Coquimbo, era un juguete muy recurrido en las tardes, cuando el viento recorría las calles polvorientas.
Cada quien se agenciaba un trozo de papel y, con tijeras o sin ellas –a pura mano- se hacía su "caballito de papel" para participar en las carreras.
Algunos resultaban más grandes, otros más pequeños; con pocas y grandes pestañas o con numerosas y pequeñas, cada cual creía tener la fórmula para conseguir una mayor velocidad. Pero, ciertamente, eso no era todo. El caballito necesitaba también estabilidad, para no caer y perder ante los otros, o para no desviarse del camino y terminar en alguna zanja o enredado en cualquier obstáculo. Porque aunque la calle de tierra no era –evidentemente- la mejor pista de carreras, era la única disponible.
Y en ella, a una señal, se liberaban los caballos, que el viento hacía correr por la calle, recorriendo mucha o poca distancia, según los avatares de la suerte de cada cual. Perder significaba contar con el caballito para la siguiente carrera. Ganar, por el contrario, podía significar que el caballito se fuera demasiado lejos y hubiera que hacer otro para seguir compitiendo.
Una diversión sana y al alcance de todos, pues cualquier papel servía y –como hemos dicho- si no había una tijera disponible, se recortaba a mano, con esa rara habilidad que otorga la experiencia.
Nadie pensaba, en aquellos tiempos, en quedarse dentro de la casa durante largas horas, encerrado entre cuatro paredes, sin compartir con nadie y con la mente subyugada por coloridas imágenes, como verdaderos esclavos de una pantalla.






























