PRÓXIMAS RUTAS

martes, 10 de febrero de 2026

LOS COLORES DEL COBRE

 

Los Colores del Cobre

(Más allá del naranja)


La gran mayoría de nuestros connacionales tiene muy claro cuál es el color del cobre y quizás esta publicación no sea muy de su interés, al creer que seguiremos hablando de lo mismo, pero, el cobre - en la mina, el socavón o inclusive en los desmontes - presenta colores diversos, algunos de ellos muy hermosos, por lo que resultan altamente apetecidas por los coleccionistas y en ocasiones también por los orfebres ¿sabías eso?

 

Pues bien, he aquí algunos ejemplos de sulfuros (Cobre con azufre) que llaman la atención de todos aquellos que los ven, por sus colores y formas, y están presentes en nuestro territorio, en Antofagasta-Chile:

 

La Antlerita. Mineral de color verde esmeralda a negruzco, comúnmente asociado a la brochantita. 

Antlerita

La Brochantita destaca por sus cristales aciculares verde esmeralda, siendo un mineral codiciado por coleccionistas.

Brochantita

La Calcantita (Chalcantita) es un mineral de color azul intenso a verdoso, a menudo formando costras, estalactitas o cristales en las paredes de las minas.

Calcantita

La Cianotriquita es un mineral de cobre, raro y de color azul intenso. Se forma como agregados aciculares (cristales diminutos) en zonas de oxidación de depósitos de cobre. 

Cianotriquita

Luego de esta breve introducción, hablaremos -especialmente - sobre nuestras vivencias en gran parte del territorio minero antofagastino y alguno que otro detalle que consideramos importante. Para una información más acabada, sobre el cobre, su producción y relevancia, dejaremos algunos links al final del escrito.

 

Los Colores del Cobre

Poder femenino en los explorativos de Caminantes del Desierto

Hará poco tiempo atrás, durante este año 2026, nos internamos por el medio del desierto costero y accedimos a una faena minera abandonada en donde se hizo extracción de Cobre, eso era evidente y tan sólo la Santa Bárbara (donde se guardaban los explosivos) nos dio los indicios que dichos trabajos no eran muy antiguos.

 

En el lugar, nos dimos a la tarea de rodear primeramente la faena para advertir riesgos. Contaba con un rajo central con acceso directo hasta las entrañas mismas de la mina y en las cercanías de dicho rajo había tres enormes piques de mucha profundidad, la roca que tiramos, en uno de ellos, tardó una eternidad en caer al fondo.

 

Ingresamos muy cautos por dicho rajo y al llegar al final de la grieta, donde los muros tenían mayor altura, el camino doblaba a la izquierda y se metía en una pequeña gruta que se cavó siguiendo la veta, pero al parecer la veta se fue achicando (más que crecer) así que abandonaron la excavación y, al final, todo el proyecto dejando tal cual lo encontramos nosotros.

 

En dicho socavón anidaban los jotes, ellos estaban ahí, viéndonos desde la distancia sobre los desmontes, hasta que nos acercamos y se fueron. Los muros de aquel socavón tenían rocas de colores diversos, verdes, celestes, amarillos, negros y azules, un azul intenso, muy hermoso, mas, cuando saqué una muestra de aquel mineral, el color se desvaneció y la roca se desintegró, esto me llamó la atención, era -tal vez- una alerta. Han de saber que hay sulfuros de cobre que son tóxicos, pero no sabemos si están por estos lados.

 

Algunos dirán que no es una buena idea el ingresar a viejos socavones, pero, cada vez que podemos, es decir, cuando se da la ocasión y las condiciones, especialmente en seguridad, ingresamos por ciertos territorios en los cuales existieron antiguos trabajos mineros, trabajos que se realizaron de forma muy precaria, es decir, de manera muy artesanal.

 

En dichos espacios aún es factible encontrar -desperdigado- alguno que otro utensilio usado por los laborantes, algo del vestuario, botellas (si son trabajos más recientes) jarras de greda (si son de antigua data). También encontramos pircas, construcciones que servían de habitación, comedor, bodega, etc. En las cercanías se encuentran los corrales, espacio cerrado en donde se mantenía a los animales que apoyaban la faena (mulas, burros) e inclusive, aún queda evidencia de la presencia de animales y aves que servían para la subsistencia. En muy pocas oportunidades nos hemos encontrado con artefactos que delaten la presencia femenina (aunque las hubo) e inclusive algunos juguetes que nos indican que también vivieron niños en dichos lugares.

 

Estas faenas quedaron ahí, abandonadas a lo largo y ancho del territorio. Tal vez la veta se agotó o no era rentable, pero son en la actualidad un peligro, especialmente porque no hay advertencia alguna de su presencia y un gran porcentaje de ellas, son tan sólo un hoyo en la tierra (un pique) que puede tener desde unos pocos metros (una prospección) hasta decenas de ellos. Caerse en unos de estos asegura la fatalidad.

 

¿Qué se explotaba por estos lares?

 

En las serranías de Antofagasta, especialmente en su cordillera costera, lo que hemos visto (en los desmontes) es cobre y, aunque sabemos de minería tanto como de operar una nave espacial, podemos todavía reconocer algunos sulfuros, óxidos y el cobre nativo. Mas, este mineral tiene muchos más elementos asociados, inclusive plata.

 

Pues bien. Los que saben (expertos) nos indican que el cobre puede presentarse, en la naturaleza, de diversas formas y colores, generando minerales de distinto tipo. Es así como puede combinarse con oxígeno para formar óxidos de cobre, o con azufre para formar sulfuros de cobre, resultando figuras que combinan tonos verdosos, azulados o rojizos. Cada mineral es un compuesto químico, y por lo tanto tiene una fórmula química definida que refleja los elementos que la conforman.

 

El cobre no solo se extrae de grandes minas, cosa que se escucha habitualmente. Han de saber que aún existen, en muchas zonas del norte, pirquineros/as que, a punta de picota y pala, extraen el cobre de caprichosas y escurridizas vetas. En muchos casos, es en estas pequeñas minas en donde se pueden encontrar hermosas y frágiles muestras de diversos minerales y es por aquello que visitamos aquellas faenas, ya abandonadas, para tomarnos todo el tiempo en buscar y caminar con total tranquilidad, sin apuro alguno y muy atentos al entorno.

 

¿Cómo se forma y cómo se deposita el cobre?

 

El cobre se forma principalmente en el interior de la corteza terrestre a través de procesos geológicos magmáticos e hidrotermales.

 

Ocurren eventos en los que, las soluciones que vienen del magma cargadas con cobre (Fluidos calientes), circulan entre las rocas muy cerca de la superficie, y al enfriarse se van quedando allí, solidificadas, formando ramificaciones o bien como agregados irregulares.


Los óxidos y los sulfuros

 

Los sulfuros de cobre son compuestos inorgánicos y minerales constituidos por cobre y azufre. Presentan un aspecto metálico, son insolubles en agua, tienen propiedades semiconductoras y son la principal fuente mineral para la producción de cobre.

 

El óxido de cobre es un compuesto inorgánico sólido, comúnmente negro (óxido cúprico) o rojo/marrón (óxido cuproso), formado por cobre y oxígeno. Se trata de un semiconductor metálico de transición, insoluble en agua, utilizado en pigmentos, cerámicas, fungicidas, semiconductores y como catalizador industrial.


Los colores del Cobre

 

El cobre nativo es de color rojo salmón, expuesto al aire se torna rojo violeta por la formación de óxido cuproso  para ennegrecerse posteriormente por la formación de óxido cúprico.

 

Expuesto largo tiempo al aire húmedo, forma una capa adherente e impermeable de carbonato básico (carbonato cúprico) de color verde y venenoso.

Los halógenos atacan con facilidad al cobre, especialmente en presencia de humedad. En seco, el cloro y el bromo no producen efecto y el flúor solo le ataca a temperaturas superiores a 500 °C. El cloruro cuproso y el cloruro cúprico, combinados con el oxígeno y en presencia de humedad producen ácido clorhídrico, ocasionando unas manchas de atacamita o paratacamita, de color verde pálido a azul verdoso, suaves y polvorientas que no se fijan sobre la superficie y producen más cloruros de cobre, iniciando de nuevo el ciclo de la erosión.

Los ácidos oxácidos atacan al cobre, por lo cual se utilizan estos ácidos como decapantes (ácido sulfúrico) y abrillantadores (ácido nítrico). El ácido sulfúrico reacciona con el cobre formando un sulfuro, CuS (covelina) o Cu2S (calcocita) de color negro y agua.

También pueden formarse sales de sulfato cúprico (antlerita) con colores de verde a azul verdoso.

 

Entonces, el cobre es rojo anaranjado luego de pasar por un largo proceso que termina en cátodos, ánodos, barras, etc. En su forma natural, como cobre nativo, puede ser rojo anaranjado e inclusive verdoso si sufre oxidación. Mas, como mineral y dependiendo de los elementos con los que se asocie, puede tomar distintos colores y formar inclusive cristales, hermosos cristales de tonalidades verdosas, celestes y azuladas.


Atacamita
Auricalcita
Azurita
Clinoclasa
Cobre nativo
Cobre nativo
Crisocola
Dioptasa
Kronkita
Linarita
Malaquita
Pisanita
Sampleita
 

Link:

 

La Riqueza Mineral de Chile

Hermoso libro ilustrado, con toda la información detallada.

 

https://tantaku.cl/la-riqueza-mineral-de-chile-2021/

 

 

 

domingo, 8 de febrero de 2026

MI NOMBRE ES SP. EUATHLUS SP.

 

Mi nombre es sp. Euathlus sp.

Sp. Abreviatura latina usada en Biología para referirse a una especie no identificada o no especificada dentro de un género conocido.

 

 Recomendación:

"Las siguientes imágenes no son aptas para bicho fóbicos y, o, aracnofóbicos"

 

 

«Son bichos del maligno», me indicaban escandalizadas las señoras del barrio, algunas casi al borde del soponcio, patatús, yuyu o telele, al verme cogiendo arañas y muy especialmente aquellas que, con el pasar del tiempo supe, eran las famosas tarántulas chilenas. Lo que nunca pude dilucidar fue, la o las especies que pude atrapar, aunque nunca sufrí de alergias o mordeduras al manipularlas.

 

Son cosas realizadas en mi niñez, de eso hará, muchas décadas atrás, ya sea por desconocimiento y por la gran atracción que siempre tuve por los bichos.

 

 

Como saben, habitamos en la región de Antofagasta, Chile y hemos encontrado, nosotros, Los Caminantes del Desierto, arañas pollito o tarántulas desde la comuna de Taltal hasta la comuna de Tocopilla, pasando por la ciudad de Antofagasta y la ciudad de Mejillones ¿Qué tiene de extraño esto? Dirá más de alguno. Pues bien. Para nuestra región se describen tan solo 2 especies de tarántulas del género Euathlus, pero solo en el interior de la región, para la precordillera. Es decir, estamos ante un gran hallazgo, si el encontrar nuevas arañas fuera considerado como tal, y ninguna de las que hemos visto, fotografiado, fichado e interrogado cuenta con documentación o validación científica. Es decir, son NN para la ciencia.

 

Lo que dicen los expertos

 

En Chile se han registrado 19 especies de tarántulas —localmente conocidas como “arañas pollito”— de las cuales 15 son endémicas y 4 comparten rango con Argentina. Sin embargo, los investigadores coinciden en que este grupo sigue siendo muy desconocido y que probablemente aún quedan muchas especies por descubrir y describir.

Una de las características más evidentes de las tarántulas es su gran tamaño y su densa pilosidad. Sin embargo, las especies chilenas destacan por otro rasgo único: 18 pertenecen a la subfamilia Theraphosinae, definida por la presencia de setas urticantes en el abdomen, que pueden proyectar, a modo de defensa, para irritar la piel, los ojos o las mucosas de un posible agresor. Sin embargo, vale mencionar que, aunque estas setas pueden causar irritación, no representan un peligro grave para las personas.

 

 

Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia nos indica:

 

 

No es extraño, para nosotros, encontrar “tarántulas” en nuestros recorridos, (las conocidas arañas pollito). Las hemos visto en distintos lugares, pero con mayor frecuencia en las alturas de Paposo, comuna de Taltal.

Estas arañas, que para la ciencia pertenecen a la familia Theraphosidae, es abundante y diversa. En esta familia encontramos el género Euathlus, que en nuestro país agrupa a 8 especies conocidas, Euathlus affinis, Euathlus antai, Euathlus atacama, Euathlus condorito, Euathlus manicata, Euathlus sinapophysis, Euathlus truculentus, Euathlus parvulus y Euathlus walteri.

 

De estas especies conocidas dos habitan en nuestra región, Euathlus antai y Euathlus atacama, pero ambas en la zona de la precordillera. Es decir, las especies de la cordillera costera, con las que habitualmente nos encontramos, no han sido todavía descritas por la ciencia, por lo que carecen de nombre y nada se sabe sobre ellas.

 

Podemos decir que, en general, se trata de arañas pequeñas –para el género- y poco llamativas, a excepción de los machos de una de las especies a la que hemos visto y registrado en Paposo, cuyo caparazón (tórax) es de un llamativo color amarillo-anaranjado. Este rasgo se puede apreciar también en otras especies de Euathlus.

 

Esperamos poder conocerlas, con nombre, algún día, de preferencia antes de que se extingan completamente. Si no fuera mucho pedir, por supuesto.

Como no sabemos nada sobre la especie pero si conocemos el género, podemos inferir, más no asegurar que, esta araña, posee veneno, pero no es peligrosa ni letal para los seres humanos.

Aunque su mordedura puede ser dolorosa e hincharse, muy similar a la picadura de una avispa, su veneno es inofensivo para las personas y generalmente solo muerden si se sienten amenazadas.

Ahora bien. Más que morder, suelen soltar pelos urticantes de su abdomen, pelos que causan irritación en la piel.

El mejor remedio es, dejarlas tranquilas. Viven por donde no hay gente y si alguna vez se cruza por tu camino, es porque tu estás en su espacio y no ella en el tuyo.






 

sábado, 7 de febrero de 2026

NADA ES ETERNO

 

Nada es Eterno en este Desierto

El de Antofagasta-Chile

 

Video de "Nada es Eterno" 
En este desierto


Camina en este día junto a nosotros, te llevaremos a un sitio muy especial, un sitio en el que verás algo sorprendente, verás vida, o más bien, una parte ínfima de la vida que contuvo este territorio, que se niega a desaparecer y que, gracias a unas pocas gotas de agua cedidas por el cielo, o quitadas a terceros, brota para mostrarnos que la vida aún está ahí, pronta a dejar su legado (sus semillas) y ser testimonio de la belleza de lo que alguna vez aquí existió.

 

Amigas y amigos. Bienvenidas y bienvenidos.

 

 

Iniciemos el recorrido y en este recorrido nos tendrás que ayudar.


Imagina, tan sólo eso, cómo habrá sido nuestro territorio hará unos miles de años atrás. Digamos por ejemplo unos 10.000 años, cuando estaba finalizando la última gran glaciación o bien, unos 3.500 años, cuando hubo un largo periodo de mayor humedad y precipitaciones, según los estudios, periodo en el que se rellenaron los acuíferos del desierto, aquellos que hoy se explotan a ciertas profundidades.

 

La flora y la fauna abundaban, eso es evidente, y este desierto que vemos en la actualidad, se mostraba muy diferente. Estamos hablando de tan sólo unos pocos milenios atrás.

 

Pero este planeta tan dinámico, el único planeta que conocemos que alberga vida, ha pasado a lo largo de su existencia por diversas etapas, o periodos, y así, estamos actualmente en un ciclo de calentamiento en que suben las temperaturas, con o sin la presencia del sapiens-sapiens, y nos falta bastante para llegar a experimentar nuevos cambios, más auspiciosos.

 

Hacemos notar que, en ausencia del impacto humano, la próxima glaciación global debería iniciarse dentro de aproximadamente 10.000 a 11.000 años, algunos hablan de 50.000 años. Sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero han alterado el ciclo natural, lo que podría retrasar o incluso evitar el inicio de esta nueva era de hielo durante miles de años más.

 

Por lo tanto, mientras sigamos transitando por este ciclo de calentamiento, seguirá la destrucción de los pocos espacios de vida con los que contamos en nuestra región, especialmente en zonas muy especiales, como sería gran parte de la cordillera costera y por el medio mismo del desierto, salvo, que hubiese alguna intervención efectiva en pro de proteger, conservar y restaurar.

 

Tengan presente. Proteger es mucho más que impedir el acceso a la gente, eso no asegura la supervivencia de las especies del desierto a los efectos del calentamiento.

 

Resulta evidente. Lo poco que conocemos y que va quedando, acabará, y algunos terminarán cuidando piedras, mientras, las futuras generaciones, no sabrán jamás que hubo vida en este desierto.

 

Nadie protege lo que no conoce.













 

 

 


martes, 3 de febrero de 2026

UN VIAJE ETERNO

 

Un Viaje Eterno

(Historias del Longino)


Conversábamos hace poco, durante la celebración del Día del Patrimonio, con una señora octogenaria, respecto al valor que tienen los recuerdos de las personas mayores. Poco se les escucha, y mucho menos se registra lo que pueden contar. 

Esto implica una pérdida cultural, ya que sus vivencias reflejan una época, unas costumbres y una historia que no todos conocen y que, en no pocas ocasiones, se pierde al irse definitivamente quienes las vivieron. Sí, hay libros que registran la historia, ciertamente, pero ¿Qué registran? Mayormente, sólo hechos. Pero no nos hablan de lo que las personas vivieron. Por ejemplo, se dice que Facebook es –actualmente- sólo para los viejos. Pero vaya que encuentra uno información cuando alguien –en una página cualquiera- saca a colación un recuerdo, menciona una vieja tienda, un lugar que ya no existe o una playa. Cuántas historias surgen de inmediato, cada cual queriendo hacer su aporte, felices de poder recordar su pasado. Y al leer esas cosas, no podemos menos que pensar en cuánto hay de nuestra historia que no sabíamos o que, sabiéndolo, lo habíamos olvidado.


Así, a raíz de esa conversación, se nos ocurrió compartir con ustedes un relato histórico (con la autorización de su autor), basado en los recuerdos del tren Longino de los años 60, y su trayecto entre la ciudad de La Serena y Antofagasta, un trayecto que ese tren recorría a una velocidad promedio de 29 km por hora. Para tener una idea, a esa velocidad tardaríamos unas 10 horas en viajar sólo de Antofagasta a Calama.



El relato lleva por título:

 

“Un Viaje Eterno”.



Ahora que mis rodillas se quejan dolorosamente cada vez que subo una escalera y me despierto antes que el sol, sin necesidad de gallos ni relojes, a veces me da por recordar aquellos viajes en tren que hice de niño. Sobre todo uno en particular, largo como una novela rusa, que duraba tres días completos y lo emprendíamos con mi madre, mis hermanos menores, un canasto de mimbre cargado de gallina fiambre y huevos duros, maletas y bultos varios.

Debíamos cruzar el desierto para llegar al destino —una ciudad del norte que, por su lejanía, tenía algo de mítica— la ciudad de Antofagasta.

Aunque oficialmente el viaje duraba tres días, para mí, a esa edad en que el tiempo se medía con otros relojes, era una verdadera expedición. Había que cambiar de tren a la mitad del recorrido, siempre en alguna estación polvorienta y, para más dificultad, no siempre de día.

El primer tren no era precisamente un lujo: aunque tenía asientos acolchados, había que acomodarse en un espacio donde se podía ir sentado, pero no cómodo. ¿Cuándo ha sido cómoda la Tercera Clase?

Dormir era una aventura. Lo más usual para mí —puesto que los asientos estaban reservados para los más pequeños— era dormir en el suelo. Y no era el único: a lo largo del carro, muchos otros niños compartíamos ese privilegio de la horizontalidad improvisada. Lo que ahora parece extraordinario es que nadie se quejaba. Hoy en día, hacer dormir a un niño en el suelo sería causal de denuncia por maltrato infantil, pero en aquel entonces equivalía a vivir una aventura.

Lo mejor, sin embargo, era la plataforma entre los vagones. Cuando al fin conseguí autorización, no sin antes recibir el sermón correspondiente, logré instalarme en ese extraordinario lugar. Ahí el viento te azotaba la cara, condimentado con el polvo del desierto, y uno podía ver el mundo desfilar como en una película muda: desierto infinito, cerros lejanos, postes de telégrafo que se repetían con una monotonía casi hipnótica. En una ocasión vi un burro momificado, apoyado en un poste como si estuviera descansando —y, bien pensado, lo estaba—. Lo vi pasar y perderse en el tiempo y el espacio.

Cambiar de tren era todo un espectáculo. Alguien gritaba: “¡Ése es el tren!” y todos corríamos, con críos, maletas y bultos a cuestas, sólo para que, al llegar, alguien más gritara: “¡Ése no es! ¡Es el otro!” Y vuelta a correr y a comenzar la lucha por conseguir un lugar para toda la familia. Como todas las familias perseguían lo mismo, había que ser muy ágiles; no era raro tener que entrar al vagón por la ventana. Y luego, por la misma ventana, recibir hermanos y bultos, sin distinción ni privilegios. Cuando digo "no era raro", quiero decir que era casi lo habitual.

El segundo tren era más modesto —una palabra generosa, si se me permite—. Los asientos ya no eran tales, sino bancos de madera, duros e implacables. A esas alturas del viaje, apenas quedaban los últimos huevos duros. Luego venía el arroz, que sólo resultaba comestible gracias al hambre.

A partir de ahí, el viaje tomaba otro cariz. Las locomotoras diésel eran en ese punto reemplazadas por otras a carbón y eso significaba que, dependiendo del viento, el humo —y el hollín, su primo cercano— entraban por las ventanas. Gran dilema: con las ventanas cerradas, el vagón se convertía en horno; con las ventanas abiertas, uno inhalaba carbón con cada respiro.

Más desierto. Interminable desierto. Calor abrasador durante el día, frío punzante en la noche. El tren paraba en estaciones polvorientas para saciar su insaciable sed de agua. Las sacrificadas madres bajaban a buscar agua caliente para las mamaderas de sus no menos insaciables retoños. Y el viaje continuaba, con su traqueteo monótono, que a mí me parecía música de fondo para una aventura interminable.

¿Nos aburríamos? Increíblemente, no. Los que gustaban de la lectura leían, otros cantaban, la mayoría conversaba de una y mil cosas, o jugaban eternas partidas de cartas. Había algo en ese vagón que hacía pasar las horas sin que pesaran.

A veces un joven con una guitarra desafinada cantaba, acompañado por otros, canciones populares. Había también detalles pequeños: una guagua que dormía plácidamente en una caja de cartón; una anciana que sacaba dulces de un canasto y los compartía generosamente con los niños de los asientos vecinos. En tres días de viaje los demás pasajeros pasaban a convertirse en parte del equipaje, uno que dejábamos atrás, y olvidábamos rápidamente, al desembarcar.

Finalmente llegábamos a destino: despeinados, empolvados, cansados… pero enteros. No recuerdo mucho del recibimiento, una ciudad calurosa pero amable y, aunque recuerdo que durante esas vacaciones lo pasábamos bien, lo que vuelve con más claridad, lo que permanece, no es la casa, ni la ciudad, ni los días después. Es el trayecto. Esa larga travesía por el desierto, entre el traqueteo del tren, el polvo y los bancos de madera.

Ahora, tantos años después —cuando los trenes son apenas un recuerdo, y las distancias se acortan pero los viajes se vuelven menos memorables—, a veces cierro los ojos y escucho el rítmico pulso del tren, resonando como una música lejana. Recuerdo el sabor inconfundible de la gallina fiambre y los sueños sin apuro sobre una frazada extendida en el duro suelo. No es nostalgia, o no sólo eso: es la conciencia de haber estado en movimiento, de haber mirado por la ventana un mundo que ya no existe. Y de haberlo hecho con los ojos muy abiertos, y con esa sensación, infantil, de haber cruzado el mundo entero.

Porque hay viajes que uno pudo hacer sólo algunas veces, pero que se repiten en el recuerdo durante toda la vida.

Autor: ©Jenofonte

Imágenes gentileza del Señor Manfredo Tuniche y Caminantes del Desierto.