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sábado, 29 de noviembre de 2025

EL VALLE DE LAS CIUDADES MUERTAS

El Valle de las Ciudades Muertas

Los ancestros nos miran


Hemos estado ahí -en múltiples oportunidades- y llegamos en un simple furgón. El territorio es llano, monocorde. Hablamos de una extensa planicie en donde anida el sol de forma perpetua, un territorio que se extiende desde y hasta donde alcanzan nuestros ojos. En el lugar no hay hito o señalética que nos señale nuestro derrotero, eso se agradece ya que no todos los visitantes van a conocer y esto - lo de los letreros o hitos- no es un impedimento para nuestra visita. Solo hay que detenerse en cierto punto del camino, cruzar una profunda grieta moldeada por el agua y avanzar -cierta distancia- por la arena candente.

Hay un antes, en esta visita, y ese antes es para explicar lo que veremos, algo de la historia y lo que no se debe hacer. Todo en el lugar es frágil y gran parte de las estructuras no son visibles.

 

Como ha pasado el tiempo – algo más de 60 años para ser exactos - y hemos comprobado como el hombre ha modificado la geografía. Con esto quiero decir que, lo que antaño resultaba una aventura, aquello de procurar acceder por espacios que eran inaccesibles y dificultosos, hoy nos resulta cotidiano y sencillo. Además, hemos de sincerarnos. No se trata tan sólo de que hubiese un camino, aquello de visitar las ruinas de un antiguo poblado puede que no resulte del todo atractivo -para muchos- y más aún cuando no hay nada ni nadie que guíe nuestros pasos. Pesa en el consciente que podamos causar algún daño (sin querer por supuesto) y es una idea que ronda nuestra mente, pero nos bastó tan solo una pequeña frase dentro de la información, acerca de lo que nos esperaba en dicho lugar, para despertar nuestro interés y acceder al sitio. Esta frase dice así:

«Con ocasión de la visita al sitio primeramente descubierto, aproveché para volver a cierta casa en la cual -como había escrito a la Dra. Motsny- creí haber descubierto una cara modelada en el barro; vi que la escultura estaba ejecutada con mano segura y estaba muy bien realizada. Esta cara había sido descubierta en la hilera superior de bolas de barro que formaban el muro y debajo se encontraban dos más, de ejecución mucho más tosca»

Emile de Bruyne

Son las caras del pasado que se preservan hasta hoy en día en los muros de una antigua aldea. Una hermosa noticia.

 

La historia inicia así:

 

Cuenta, el escrito consultado, que causó mucha expectación, en dicho momento, la llegada al aeropuerto de Cerro Moreno de un equipo periodístico de la revista “Ercilla”, integrado por el cronista Jorge Inostroza y el reportero gráfico Bibi de Vincenzi, esto acaeció al mediodía del domingo 3 de marzo de 1963. La misión, de dicha expedición, era llegar hasta las ruinas de una antiquísima aldea prehispánica hallada dos años antes en la frontera entre las provincias de Tarapacá y Antofagasta.

Jorge Inostroza, famoso autor de la conocida novela histórica “Adiós al Séptimo de línea”, entre otras obras, recibió la ayuda de la jefatura de la I División del Ejército, con asiento en Antofagasta, que dispuso su traslado hasta Calama. En la capital loina, el comandante del Regimiento “Calama”, Juan Vidal, ordenó equipar un equipo motorizado de gran poder, capaz de vencer los duros obstáculos del desierto – en aquel momento inexplorado - de la zona que se pretendía examinar. Contaba además con un equipo de radiotransmisión para caso de extravío, tiendas, agua y víveres para una semana. Los baqueanos Muñoz y Orquera y el experto cartógrafo, Mayor Sergio Cartagena, componían la dotación.

La historia de “las ciudades muertas” comenzó en abril de 1961 cuando James Kieghley, miembro de la Asociación Sykes de Iquique realizó un vuelo de reconocimiento geológico en helicóptero sobre el Desierto de Atacama, observando algunas ruinas abandonadas en el interior de la pampa y las fotografió desde el aire, material que luego entregó a Roberto Hamilton, geólogo jefe de la Chile Exploration Company de Chuquicamata, quien a la vez las compartió con el ingeniero Emile de Bruyne. Ambos se comprometieron a hallar estas ruinas, iniciando la búsqueda de información, hasta que el 26 de enero de 1963 embarcaron en un avión del Club Aéreo de Calama y luego de más de una hora de vuelo encontraron el pueblo perdido.

No había ninguna indicación acerca de la ubicación de este antiguo pueblo, semi sepultado bajo la arena; no se pudo obtener ninguna información específica relativa a su existencia previa, ninguna leyenda, ni tampoco indicación de caminos, que hubiera podido ayudar; era sencillamente desconocido en el presente. La fotografía de Kieghley mostró sólo un rincón del pueblo y parte de la quebrada en cuyo borde estaban las ruinas. Con esta fotografía -como única prueba- Bob Hamilton y Emile de Bruyne consultaron e investigaron mapas aéreas y otros

De acuerdo a un informe de Emile de Bruyne, llamó la atención de estos hombres, una gran plaza central de forma ovalada con un monolito en el centro y más de un centenar de muros circulares que serían de antiguas habitaciones casi sepultadas bajo la arena. Las informaciones recopiladas y las fotografías captadas fueron entregadas a la arqueóloga Grete Motsny, quien en 1964 fue designada directora del Museo Nacional de Historia Natural. Esta investigadora en 1970 publicó la obra “La sub-área arqueológica de Guatacondo”. Dos meses después de su incursión aérea, De Bruyne acompañó al grupo periodístico de “Ercilla” hacia el sitio del hallazgo, no sin antes exigir no divulgar el lugar exacto del pueblo.

Esta expedición tuvo un mérito mayor ya que, sin proponérselo, el grupo descubrió un segundo pueblo. Estudios especializados posteriores identificaron estos sitios como Ramaditas y Guatacondo 1, que se localizan en el período formativo tarapaqueño que se extendió aproximadamente entre los 900 años antes de Cristo y 900 después de Cristo. Ambas aldeas están ubicadas en el curso de la quebrada de Guatacondo. La primera, la de Ramaditas, se ubica en su curso inferior, cercano a la ruta que une la carretera Panamericana con el pueblo homónimo, a ocho kilómetros del cerro Challacollo y que considera tres hectáreas con tres conjuntos arquitectónicos, estructuras domésticas y un área de campos de cultivo. Guatacondo 1, llamada así por Grete Mostny, está a 12 kilómetros más al interior, con una estructura central (plaza), que todavía muestra un monolito de piedra al centro y recintos distribuidos en torno a este espacio. El reportaje publicado por “Ercilla” el 13 de marzo de 1963, ahonda en detalles descriptivos del “valle de las ciudades muertas”, reiterando la necesidad de que estas aldeas con pisos semisubterráneos y viviendas circulares como Tulor (cerca de San Pedro de Atacama), permanecieran fuera del alcance de los saqueadores, que destruirían estos testimonios del pasado prehispánico de Tarapacá y Antofagasta.

Hemos de agregar que, en la actualidad, estos espacios están al alcance de la población o, mejor dicho, están al alcance de aquellos que gustan de los temas de las antiguas culturas que habitaron el territorio y la forma de vida de esta gente. Mas, y esto es lo positivo, no resulta tan fácil el llegar a estos sitios. La arena del desierto junto con su socio, el tiempo, se han encargado de invisibilizar gran parte de las estructuras, de las edificaciones, de los canales, aquella arena que erosiona, destruye, en este caso ha formado un manto protector y los rostros de los ancestrales, que fueron modelados en el barro -figuras sorprendentes- quedaron en el lado más protegido. Resulta evidente que este lugar puede ser restaurado y preservado, forma parte de una historia que nos habla de un desierto no tan desierto como el que conocemos en la actualidad y del hombre (el sapiens-sapiens) habitando en el hará unos 3000 años atrás.

 

Fuente e información:

Informe sobre el descubrimiento de un área arqueológica.

https://publicaciones.mnhn.gob.cl/668/articles-71057_archivo_01.pdf

Emile de Bruyne



En los círculos en rojo, las dos caritas registradas por De Bruyne en una de las estructuras de la aldea de Guatacondo. Colección del Museo Nacional de Historia Natural.














Jorge Inostroza Cuevas




 

 

viernes, 28 de noviembre de 2025

LAS VAQUITAS DEL DESIERTO FLORIDO


Las vaquitas del Desierto Florido

¿Si las arreo, soy vaquero?


Como suele ocurrir, luego de las lluvias viene la bonanza y el desierto se llena de flores, con éstas y sin saber de dónde (para los que no dominan estos temas) asoman los insectos y son los escarabajos los primeros en emerger y tomar posesión de su territorio. El alimento dura poco, es necesario reproducirse y ambas actividades, el alimentarse y reproducirse, se hacen de manera simultánea y frenética.

 

Las Vaquitas que no dicen muuu.

 

Ya les hemos hablado antes de las “vaquitas del desierto”, esos escarabajos tenebriónidos del género Gyriosomus, que abarca a cerca de 40 especies endémicas diferentes, que habitan desde el sur de Antofagasta hasta la precordillera de Rancagua, pero no les habíamos mostrado éste, que se ve bastante diferente a los demás, ya que en lugar de ser mayormente negros con pintas o rayas blancas, está casi completamente cubierto de un blanco sucio, que permite ver sólo algunas franjas de negro.

 

La especie se llama Gyriosomus elongatus, y es un habitante típico del desierto florido. Se sabe que ponen entre 7 y 10 huevos cada vez. Sus larvas se alimentan –como las de otros Gyriosomus- de materia orgánica en descomposición. Los adultos, por su parte, son omnívoros, alimentándose de plantas como las Erodium, Cristaria, Frankenia, y Nolana, restos orgánicos de otros insectos e incluso habiéndose registrado el consumo de un cadáver de lagartija por esta especie. Se conoce también que, probablemente por la necesidad de contar con mayores recursos para la producción de huevos, las hembras preferirían alimentarse de presas más nutritivas, como restos de otros artrópodos, que de plantas.

Es habitual ver a las vaquitas –en general- durante el día, a diferencia de otros géneros de escarabajos tenebriónidos del desierto que sólo salen en las horas crepusculares o nocturnas, pero ciertamente a las horas de mayor calor en el desierto, cuando las temperaturas pueden sobrepasar los 30°, necesitan refugiarse bajo piedras, plantas o en el mimo subsuelo, para escapar del agobiante calor.















jueves, 27 de noviembre de 2025

TILOMONTE. UN VIAJE AL AYER


Tilomonte. Un Viaje al ayer

(Por el Camino del Inca)


Hará poco tiempo atrás, durante este año 2025, nos fuimos al interior de la región, al territorio de los tutelares, y nuestra misión consistía en visitar dicho espacio y los poblados que se podían encontrar en torno al Salar de Atacama, muy especialmente aquellos que se encuentran al sur de San Pedro de Atacama, partiendo por Tilomonte.

 

La información que recopilamos -sobre dichos lugares- nos indicaba que ingresaríamos por una naturaleza algo bravía, muy poco conocida. También nos hablaba de sus antiguos pobladores, de su forma de vida y sobrevivencia y de los tiempos del coloniaje, con vestigios muy interesantes, tanto de la ruta del Inca como de cierto algarrobo centenario que preserva la inscripción (sobre una cruz) AD 1671 (Anno Domini-Año del Señor).



Apenas divisamos el poblado que sobresale -indiscutiblemente- en lontananza, se nos viene a la memoria las palabras del ingeniero Francisco José San Román, quién visitó este lugar allá por 1885:

 

«Tilomonte, un bosque de corpulentos algarrobos y chañares y un pequeño prado alfombrado del fresco verde de la brea en contraste con el glauco plateado del cachiyuyo; un arroyuelo, una vega pastosa, potreros alfalfados, algunos árboles frutales y una cuantas chozas y ramadones que nos parecieron pasables moradas, nos sirvieron de cómodo sitio para descansar unos días»

 

Ahora, nuestra visita fue ciertamente menos heroica que la experimentada por San Román, pero la impresión fue casi la misma, ya que sigue vigente la gran arboleda de algarrobos y chañares, también los cachiyuyos y la alfalfa, las antiguas casas de piedra y paja están allí al igual que los corrales, sólo ha crecido la población y también se ha modernizado un tanto. Pero fue igualmente refrescante para nosotros el llegar ahí, luego del caluroso viaje desde Antofagasta.



Mientras vamos avanzando, adentrándonos en procura de la grieta por donde fluye el río Tulán, miramos a nuestro alrededor. En este lugar sigue tan vigente el pasado que -quizá- por algún recoveco, puede aflorar algo más de historia.

 

Sabemos, porque la cartografía así lo indica, que podríamos llegar al cráter de Monturaqui, pero esa no es nuestra idea. Queríamos llegar y estar en este lugar. El territorio nos recibe bien, con su acostumbrado sol. Endilgamos los pasos -enfilamos con el vehículo- en procura del tranque y de cierta estructura -una edificación- que nos llama la atención.

 

Ya en el lugar nos maravillamos con la presencia de un antiguo molino, es evidente que es muy antiguo y sorprendentemente, muy bien tenido y mantenido. Dicen que las aguas del Tulán son algo salobres, eso no lo pudimos comprobar, más, sí medimos la temperatura del agua y podemos agregar que son exquisitas a eso del mediodía.



Queremos agregar que el río Tulán es un curso natural de agua que nace en las laderas occidentales de la divisoria de aguas con la laguna Miscanti y laguna Miñiques, desde donde fluye con dirección general poniente hasta desembocar en el Salar de Atacama. Su trayecto total es de 40 kilómetros y con ahora escasas aguas se riegan los terrenos de labranza del poblado de Tilomonte.

 

Algo de Historia:

 

Francisco Solano Astaburuaga y Cienfuegos escribió en 1899 en su obra Diccionario Geográfico de la República de Chile sobre el lugar:

 

“Tilomonte.-—Aldeílla del departamento de Antofagasta, situada al extremo o ángulo sudeste del extenso saladar de Atacama. Yace en los 23° 27' Lat. y 68° 06' Lon., a 2,400 metros de altitud. Corre por él un mediano arroyo que se pierde en el saladar. Tiene cortos terrenos de sembradío y una hermosa mancha de algarrobos (Prosopis siliquastrum) y chañares (Gourlica chilensis) que aprovechan sus pocos habitantes. Cerca también hacia el norte está el pueblecito de Peine en el mismo departamento.

Tilopozo.-—Paraje del departamento de Antofagasta situado en la extremidad austral del lago salado de Atacama y a corta distancia al poniente de Tilomonte. Se halla a 2,370 metros sobre el nivel del Pacífico y en la latitud 23º 47' y longitud 68° 12'. Hay en él un fontanar en forma de pozo, que le da el nombre, del cual sale un corto arroyo de agua un poco salobre y termal, que luego desaparece en un pantano.”

 

Sobre los asentamientos humanos, en este río, hemos de decir que son muy antiguos, encontrándose en su parte superior, donde se inicia y muy lejos de nuestro alcance con los medios que contamos, el sitio Tulán-54, datado entre unos 4.600 a 3.800 años de antigüedad. Allí, además de las construcciones religiosas (el Templete Tulán, de gran importancia arqueológica), de las construcciones habitacionales y del arte rupestre (al mismo estilo que los de Taira), se han encontrado importantes vestigios que documentan la domesticación de camélidos en la zona hace unos 3.000 años aproximadamente, estos registros son los más antiguos del país.

Con posterioridad, hace aproximadamente unos 1.100 años, las comunidades abandonaron los sectores altos de la puna para establecerse donde hasta ahora permanecen.













 

miércoles, 26 de noviembre de 2025

LA MARCHA DE LAS REGENTAS

La Marcha de las Regentas

Y sus asiladas


Los viejos, sentados a la orilla del mar, queman sus cigarrillos y piensan en las macabras caravanas vestidas de seda, del pecado tan fascinante y tan. fugaz. Se estremecen todavía al recordar a las maravillosas mujeres, venidas desde todos los rincones del mundo, a Antofagasta, a cambiar pecados por oro, a confundir lágrimas con risas, y placer, con muerte.


Antonio Acevedo Hernández

 

 

Desde nuestros inicios, como ciudad, hemos contado con Lupanares (algunos muy reconocidos) y también, con una gran cantidad de damiselas que se dedicaron a dicha actividad. No tenemos objeción alguna ante esto, por el contrario, la historia subterfugia de Antofagasta las menciona, les agradece y las valora, ya que, en un territorio en donde llegaban muchos extranjeros, donde abundaba la soltería, el dinero y las bebidas espirituosas, los resultados podían ser nefastos en lo que respecta a la mujer, su seguridad y dignidad. Más, en esta oportunidad, no hablaremos de esos temas que, en más de las veces, se pasan por alto, como si nunca hubiesen existido, al fin y al cabo, todo tiempo pasado fue mejor y todos los intervinientes -los que estaban vivos en aquella época- eran buenos, e iremos a un problema en particular, a la gran manifestación de las trabajadoras del barrio rojo antofagastino, el motivo del problema y la solución.

 

Nos indica Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia.

 

Está ya por cumplirse el centenario de este extraordinario día, en que las regentas de prostíbulos, casas de Huifas y otros negocios del ramo, junto a sus cientos de sus asiladas, salieron a las calles a protestar por el nuevo Código Sanitario, que no sólo las dejaba sin trabajo, sino que también las dejaba literalmente en la calle, sin tener dónde vivir y sin medio alguno de subsistencia.

 

Pero empecemos por el comienzo, por el génesis de esta historia:

A fines del año 1925, el Código Sanitario chileno, redactado por el doctor estadounidense Jhon Long, prohibía absolutamente el ejercicio de la prostitución y sancionaba severamente el ejercicio de la misma, esta norma estaba lista para entrar en vigencia. La fecha fatal sería el día 1° de enero de 1926.

 

Desde ese día, comenzaría a regir lo dispuesto en el Título IV, De La Prostitución, que decía en su artículo 167, lo siguiente:

 

“Art. 167. Prohíbese el ejercicio de la prostitución y de cualquiera práctica que conduzca a la exposición pública de una mujer a todo género de torpeza y sensualidad.

Prohíbese, igualmente, contribuir o fomentar de cualquier modo el ejercicio de la prostitución.”

 

Esta medida, que pudiera parecer estar bien pensada, en bien de la sanidad pública y las buenas costumbres, en realidad dejaba mucho que desear, porque no consideraba para nada lo que ocurriría con las mujeres que se dedicaban, de una u otra manera, a este oficio.

 

Se debe considerar que, en Santiago, por ejemplo, había no menos de un millar de ellas en esa situación, y que, puesto que el Código prohibía “contribuir o fomentar” de cualquier manera estas actividades, les impedía a las “cabronas” o dueñas de casas seguir albergando a las que habían sido -hasta entonces- sus asiladas, y las obligaba a lanzarlas a la calle, so pena de recibir fuertes y crecientes multas ante la reincidencia, hasta llegar a penas de cárcel, inclusive.

 

No se necesita pensar mucho para entender el problema social que esto significaría y, para quienes no puedan visualizarlo claramente, sirva de ejemplo el caso de una joven santiaguina que, al enterarse de lo que se venía, se suicidó, puesto que quedaba sin lugar donde vivir ni medios económicos, y a sabiendas que en la casa de su familia no la recibirían bajo ninguna circunstancia.

 

Debido a los graves problemas que presentaba aplicación de este Código , se realizó en Santiago el día 31 de diciembre una multitudinaria manifestación de mujeres “de la vida”, que en número superior a mil –según la prensa de la época- invadieron el edificio de la Dirección de Sanidad en Santiago, exigiendo una solución para el enorme problema que el nuevo Código generaba.

 

Y es que hay que considerar que estas nuevas disposiciones no sólo dejaban sin trabajo a estas mujeres, sino también al personal del Servicio de Sanidad a lo largo del país, que hasta entonces eran los encargados de fiscalizarlas y controlarlas en el cumplimiento de las normas sanitarias. Tan sólo en Santiago se había ya notificado del cese de sus funciones a 54 funcionarios a partir del 31 de diciembre.

 

A pesar de que esa noche se logró convencer a las señoritas y señoras de abandonar el recinto, prometiéndoles que se les darían soluciones -las que obviamente tardarían mucho en llegar- los problemas continuaron por largo tiempo. Y largo fue, sin duda, porque no sólo el Código Long no llegó a ponerse en vigor, sino que entre la búsqueda de acuerdos políticos, medidas y soluciones, no hubo un reemplazo oficial para el anterior (de 1918) hasta la publicación el 15 de mayo de 1931 del nuevo Código Sanitario, que ya no prohibía el ejercicio del comercio sexual, sino solamente la existencia de casas o establecimientos dedicados a ello. Medida que permanece, con modificaciones, hasta la actualidad.

Ahora, volviendo al comienzo: ¿Cómo afectó esto a Antofagasta?

 

Pues bien, en nuestra ciudad no faltaban -tampoco- las casas de Huifas –como entonces se les llamaba- ni otros locales que ofrecían semejantes servicios. Y visto que el problema se presentaría en todo el país, también las asiladas antofagastinas -provenientes tanto del sur como de los países limítrofes- salieron con sus patronas a las calles y se manifestaron pública, notoria y ruidosamente en la propia Plaza Colón, frente al edificio de la Intendencia, dirigiéndose incluso a la comunidad desde el Kiosco que aún hay en esa esquina.

 

La Prefectura de policía convocó entonces a las dirigentas de la manifestación a su despacho para, tras una larga reunión, lograr que se retiraran de la plaza y las calles y presentaran sus quejas y apreciaciones de manera más oficial y por escrito a las autoridades.

 

Un hecho sorprendente ocurrido en Antofagasta a propósito de esto, sin embargo, hecho que también salió publicado en la prensa capitalina, fue que los respetables vecinos de la ciudad, apiadados por la situación de las mujeres que habían quedado abandonadas a su suerte en las calles, acordaron reunir la suma de $1.500 pesos, para ayudarlas a salir delante de alguna manera. No se conocen, no obstante, mayores detalles al respecto.