PRÓXIMAS RUTAS

viernes, 15 de mayo de 2026

UNA HISTORIA DE AMOR EN BICICLETA


Una Historia de Amor en Bicicleta


Sandra acaba de partir en su viaje a la eternidad y aunque nunca la conocimos -a pesar de estar tan cerca- la recordaremos de la manera que muchos quisiesen ser recordados, con sus imágenes -cedidas por ella-, con su relato que habla de amor, de engaños y de nuestro norte.

 

Esta es una historia simple pero maravillosa en donde cada palabra es el reflejo de un ayer que parece a la vuelta de un sueño, pero es una historia que ya va para las cuatro décadas.

 

Una Historia de Amor en Bicicleta

(Recordar significa repasar por el corazón)

 

Por esas cosas del destino y bajo el embrujo de una imagen que muestra una desolada casona en el litoral costero de Tocopilla-Chile, específicamente en un lugar llamado Gatico, se comunicó con nosotros una agradable señora que, al poco hablar, nos dijo:

 

“Me llamo Sandra Fuentes Parra y quiero contarles una historia. Una historia de amor, pero en bicicleta, la cual incluye a Gatico como parte importante de mis recuerdos.

 

Cuando era joven -20 añitos-  yo tenía un novio alemán con el que decidimos viajar por el mundo en un velero. Después de un año de trabajo y de ahorros, nos dimos cuenta que no nos alcanzaba ni para las velas, por lo que se me ocurrió la idea de viajar en bicicleta (Un gran cambio de planes). Yo nunca había tenido una de estas, por lo que demoramos 3 meses en armar el viaje y subirme en uno de estos artefactos.

 

Con los ahorros compramos una carpa usada de militares, la cosimos para achicarla, buscamos los mapas necesarios, vendimos todo lo que teníamos y partimos desde Santiago en dirección al norte en octubre del año 1990.

 

El comienzo fue muy difícil. Recuerdo que al segundo día de viaje tuve un accidente y me dañé levemente la cabeza (Un comienzo poco auspicioso). En esos primeros días de recorrido avanzamos muy poco, de 25 a 30 km diarios. Todo esto cambió al norte de la Serena, parece increíble, pero mientras más nos adentrábamos en el desierto, más energía teníamos. Tuvimos en este trayecto tramos muy difíciles, como en la estación Los Vientos, mucho antes de llegar a Antofagasta. Este último tramo lo hicimos en un día con una distancia total de 100 km ¡En un día! Me sentía súper energética por lo que subimos Inmediatamente a San Pedro de Atacama, poblado del que tanto me habían hablado.

 

Ahí me enamoré inmediatamente del lugar, que por supuesto no tiene nada que ver con el San Pedro de hoy. El viento mecía los pimientos de la plaza en cada atardecer y en sus calles sólo transitaban rebaños de llamas y cabras en dirección a sus corrales. Todo era paz, una postal del ayer.

 

Después de permanecer por espacio de una semana, volvimos a Antofagasta y seguimos en dirección al norte, pero por la costa. Fue ahí cuando conocí el castillo de Gatico, hasta ese momento nunca había escuchado su nombre, es más, fueron los trabajadores del casino de Michilla quienes me dijeron que había sido un castillo de la armada de fines de los 1800.

 

Estuvimos dos días acampando en la casona, el camino era tan malo que no sentí -con la calamina del camino- cuando se cayeron los ganchos de la carpa y se perdieron, así es que este lugar fue perfecto para tener un techo en esas noches.

 

Más adelante, llegamos a Iquique y nos dirigimos a sacar la visa para entrar a Bolivia. Seguimos con nuestras bicicletas rumbo al altiplano, pero la puna me la ganó. Llegó un momento en el que ya no podía mantenerme en pie e hicimos dedo a un camión que nos dejó en Quebe, un pequeño poblado sin habitantes cercano a Colchane. En el lugar solo vivía un abuelito de unos 80 años que nos dejó ocupar el patio de una casa vacía, la cual era de adobe. Nos dejó además agua caliente para el mate y en la mañana nos llevó a tomar un baño caliente en una vertiente del lugar. ¡Estábamos en el paraíso!

 

Parece extraño, pero el pueblo estaba abandonado y recorrí con toda tranquilidad sus calles y casas, había también una escuela cuyas protecciones de ventana se golpeaban por efecto del viento y en su interior todo estaba como si los niños recién hubieran salido a recreo. Sus útiles intactos, los pizarrones con tareas y una gran foto del presidente de turno en cada sala.

 

Seguimos rumbo a la frontera y cruzamos a Bolivia para continuar en dirección a Oruro, en donde descansamos un par de días, después de la pesada ruta arenosa. Seguimos nuestra ruta por el altiplano visitando varios poblados que me dejaban cada vez más triste. Las condiciones en la que vivían las personas estaban fuera de todos los conceptos de pobreza que yo había conocido hasta ese momento.

 

Llegamos a La Paz en diciembre. Nos quedamos visitando los mercados y conociendo a la gente de esa ciudad maravillosa, hasta que decidí que quería terminar el viaje ahí mismo y también la relación con mi novio. Volví a Santiago en bus, lloré todo el viaje al reconocer los lugares y las piedras del camino.

 

Después de dos meses volví a San Pedro, a este norte mágico en donde hice toda mi vida, formé mi familia y cumplí todos mis sueños.”

Cuan grato es comprobar como una simple imagen puede despertar de tal manera los recuerdos de las personas; nos sentimos honrados al poder contarles esta historia, “Una Historia de Amor en Bicicleta”.









 

 


martes, 12 de mayo de 2026

SINUM CYMBA

 

Sinum cymba

El Caracol Papa

(La especie no guarda relación con Mufasa o el rey león)


Los vestigios de un mar remoto, están ahí, en Mejillones. Dispersos sobre la arena o formando una amalgama de conchas, arenas y piedras en lo que fue un borde marino hará miles o millones de años atrás. Ahora bien. No todo lo que encontramos (vemos o fotografiamos) forma parte de ese pasado remoto, también hay restos actuales y algunos de ellos en muy buen estado y estos vestigios nos permiten conocer lo que habita (aún subsiste) en dichos fondos o bajíos.

 

Ante esto, nos indica el señor bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia (Hacemos mención que Don Rodrigo es muy Castillo para sus cosas, por aquello se reitera tanto su apellido)

 

Si mucho ignoramos de los animales que viven en nuestro desierto, cuanto más de aquellos que lo hacen bajo las aguas de nuestra costa. Y es que poca oportunidad tenemos los antofagastinos -salvo aquellos que han hecho del mar su forma de subsistencia- de conocerlos. Por lo general vemos sus restos, más que a los animales vivos. Como ocurre con los caracoles, por ejemplo, cuyas vacías conchas pisamos cuando vamos a la playa. Entre esas conchas, que de tan vistas ya nos pasan desapercibidas, nos encontramos a veces alguna que nos llama la atención, por no haberla visto nunca.

 

Esto es lo que nos pasó hace unos días atrás, y la fotografiamos para poder identificar quién fue su dueño, y mostrárselo a ustedes, con el convencimiento de que –salvo para unos cuantos- será tan novedosa como lo fue para nosotros. Hechas las consultas, pudimos saber que se trata de un caracol nativo, que lleva más tiempo que nosotros en estas costas: el Sinum cymba.

El género Sinum, que pertenece a la familia Naticidae -los llamados caracoles luna- agrupa a cerca de 50 especies. La información disponible es algo confusa, de manera que no podríamos decir en forma efectiva cuántas especies de este género están presentes en Chile, pero sí podemos asegurar la presencia de una de ellas: el Sinum cymba.

 

Sinum cymba es, casualmente, una de las especies más grandes de este género, y tiene una distribución bastante extensa, que abarca desde el Ecuador hasta las costas de Valparaíso, a profundidades menores de 200 m. Son de hábitos nocturnos, y es una especie poco abundante que –hasta donde pudimos averiguar- no es de consumo habitual por los humanos.

 

Son caracoles de buen tamaño, que pueden alcanzar hasta los 7 cm, su concha forma una espiral baja y auriforme (esto significa “con forma de oreja”), de color claro bastante variable, que puede ir desde un café violáceo hasta el blanco.

 

Más al sur le llaman “caracol papa” –vaya usted a saber por qué- pero en general es conocido como “babosa de mar”, debido a que produce una gran cantidad de baba, que le permite desplazarse por debajo del fondo arenoso. Tiene un aspecto bastante curioso, ya que su pie es tan grande que casi oculta su concha.

 

Por otra parte, Sinum, el nombre del género, significa “seno” y hace referencia –dicen- al parecido que su concha tiene con esa parte del cuerpo femenino. O, al menos, para el que así los llamó.











 


lunes, 11 de mayo de 2026

¡PETROLEO EN ANTOFAGASTA!

 

¡Petróleo en Antofagasta!

¡Atrás bellacos, yo lo vi primero!



¿Y si fuese cierto?

 

Pues bien. En principio, debe haber causado expectación y los más entusiastas, con la noticia de aquel entonces, deben haber sido las ballenas. Aquello de dejar de depender de su aceite -con su vida incluida- para depender exclusivamente del aceite mineral, según citan los expertos:

«Que el petróleo salvó a las ballenas parecía evidente desde hacía tiempo. Fue el historiador Louis Stotz, quien escribió en 1938 que «el descubrimiento de petróleo en Pensilvania dio queroseno al mundo y vida a las pocas ballenas que quedaban». Así ilustró Vanity Fair el descubrimiento de petróleo en Pensilvania en 1861.



Sobre el petróleo de Siglia nos señala el señor bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia que:


Las noticias en los periódicos del año 1923 decían así, que se había encontrado petróleo en nuestra región. Pero –spoiler- esto nunca fue. No pasó de ser el deseo de enriquecimiento de algunos, en una época en que se buscaba petróleo –el oro negro- por todas partes.

Un informe del doctor Carlos H. Fritzche, emitido en 1921, consignaba la existencia de emanaciones gaseosas de hidrocarburos y presencia de parafinas, en un sector de la Cordillera de Los Andes próximo al paso de Sico. Se trataba del Salar de Siglia, junto a la formación del mismo nombre.

Basados en dicho informe, y ante el ansia que existía entonces en el país por descubrir y explotar yacimientos de petróleo, se constituyó la Comunidad «Petróleos de Antofagasta» formada por un numeroso grupo de inversionistas. Dos años después, en 1923, esta Comunidad pasó a ser la Compañía Petrolífera de Hidrocarburos de Antofagasta, incluyendo a nuevos socios. Posteriormente, en 1924, fue vendida a un consorcio australiano, que formó la Chilean Oil Field Company Limited.

Lo que se había encontrado eran arenas superficiales impregnadas de petróleo, de unos 40 cm de espesor. Al hacer un pozo en uno de estos campos de arenas, las emanaciones de gases petrolíferos eran tan fuertes que los trabajadores no podían mantenerse ahí más que por algunos minutos. Otro lugar que generaba expectativas era un cono de barro situado en las faldas del cerro Pirámide, lleno de aguas saladas, del que afloran continuamente burbujas de gas. Ninguno de estos indicios, ni las perforaciones que se hicieron, permitieron concluir que había allí petróleo que pudiera extraerse y explotarse. Aunque es posible que tampoco se concluyera lo contrario.

No fue sino hasta once años y 130 inversionistas después, en 1935, que finalmente se convencieron que en realidad no existía tal yacimiento petrolífero, o que no se daban las condiciones para seguir explorando –no sabemos- y la compañía fue disuelta, terminando así con el sueño del petróleo antofagastino.

No obstante, no podemos dejar de decir -que posterior al cierre de la Compañía- en 1947, un informe del doctor Juan Brüggen, eminente geólogo de origen alemán, fundador del Instituto de Geología de la Universidad de Chile, menciona la posibilidad de que sí existan yacimientos en el Salar de Siglia, dados los indicios observados por él en el lugar.

Finalmente, diremos que Siglia no fue el único lugar del norte chileno que despertó falsas esperanzas y vanos esfuerzos: también se hicieron intentos en el Valle de Lluta (Arica-Parinacota), en Chintaguay (Tarapacá), en Copacoya (Antofagasta, cerca del Tatio) y en la Cordillera de Domeyko (Atacama).

 

Geología y Morfología de la Puna de Atacama

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/MC0064532.pdf






 

 

 


sábado, 9 de mayo de 2026

TERREMOTO Y TSUNAMI DE 1877

 

Terremoto y Tsunami de 1877

Cuando Mejillones y Cobija fueron tragados por el mar


Nos resulta impactante y sobrecogedor el leer los reportes y las noticias de aquella fecha -09 de mayo de 1877- fecha fatídica para este norte y, como amerita, queremos compartir con ustedes dichos escritos sobre aquel evento y sus repercusiones en la población. Aunque no es habitual (para nosotros) el mezclar temas históricos con temas religiosos, en esta ocasión haremos un excepción: ¡Que Dios nos pille confesados! (Para los creyentes por supuesto) o, ¡Con los pantalones puestos! (Para agnósticos y ateos).

 

Ambas exclamaciones aconsejan, siempre estar preparados.

 

La historia dice así:

 

Fue un día 09 de mayo de 1877 a las 21:16 horas (Aunque algunos indican que fue antes o después de dicha hora), que un terremoto de magnitud 8.5 se registró a 69 kilómetros de Iquique, por entonces capital del Departamento de Tarapacá, República del Perú. El fuerte movimiento afectó también las localidades de Pisco y Antofagasta, generando un tsunami que fue registrado en las costas chilenas, de Japón, Nueva Zelanda, Hawaii, Samoa y California.

Las mayores intensidades se registraron entre Iquique y Antofagasta, siendo Tocopilla totalmente destruida. En esta ciudad y en Cobija, el tsunami comenzó 5 minutos después del terremoto con un lento ascenso de las aguas, que alcanzó entre 10 y 15 metros sobre el nivel del mar.

 

Antofagasta fue inundada durante varias horas por grandes olas que arrancaron las casas de madera y las llevaron hacia la playa. Hubo grandes daños, pero la población pudo huir a tiempo hacia los cerros, por lo que no se registraron víctimas fatales.

Dicen Las crónicas de la época:

Después de informar sobre los efectos del sismo en territorio chileno, en el acápite sobre las “Costas de Bolivia y del Perú”, Vidal Gormaz copia el reporte que Don Ramón 2° Arancibia, enviado desde Antofagasta y “publicado en casi todos los diarios de la época”.

 

“A las 8:30 P.m. del día 9, la tierra comenzó a oscilar, despacio primero i arreciando gradualmente hasta el punto que los edificios se batían como un junquillo; la tierra parecía huir bajo las plantas y el crujir de las maderas, el tañir [sic] de las campanas y los gritos y llantos de los que pedían misericordia, aterraba y hacía perder los sentidos. El terremoto no fue precedido de ningún ruido subterráneo precursor, como suele suceder generalmente; la oscilación fue repentina y al parecer de norte a sur”.

 

“En los almacenes y casas no quedó una botella, un jarro, nada en ningún armario; todo fue al suelo haciéndose pedazos.

 

Según el cálculo de las personas que conservaron un poco de sangre fría, el terremoto duró de 2,5 a 3 minutos en toda su fuerza. Apenas los habitantes del pueblo habían podido respirar, un grito aterrador se escapa de los abrumados moradores de Antofagasta: ¡el mar!... ¡el mar sale!... ¡el mar avanza!!Arce cuenta como la gente se abalanzó a los cerros al oír que el mar se salía, “en loca carrera y fuera de sí [la gente] se dirigía a los cerros, huyendo en abigarrada confusión. Muchas personas corrían con los niños asidos de la mano; otras –mujeres y hombres- con criaturas en los brazos y algunas señoras, poseídas de intenso pánico, huían por las calles, llevando lámparas encendidas, que tal vez, en los primeros momentos y como medida de precaución, habían cogido para que no produjeran incendios...”(Arce; 1930: 354).

 

Las Crónicas sobre el terremoto en Mejillones

 

Los primeros días de mayo de 1877 fueron nublados y con la atmósfera enteramente encapotada, lo que es muy raro, experimentándose además una temperatura elevada y un calor sofocante.

 

El terremoto causó por sí solo muy pocos estragos (las casas son todas de madera), botando las mercaderías, etc. de los armarios, y las lámparas de parafina colgadas o de sobremesas, fueron al suelo, ocasionando inmediatamente un voraz incendio.

 

El mar se desbordó media hora después del terremoto sin hacerse sentir. Solo al ruido de las primeras casas que rompía su invasión y que arrastraba suspendidas, respondió el grito general de alarma: ¡El mar! ¡El mar! Algunas personas en un número mayor de 8 fueron envueltas por las olas y sucumbieron.

 

En la primera salida del mar, la altura vertical alcanzada por la ola sería más o menos de 7 metros, arrasando a muchas casas. En seguida se retiró descarnando la playa como 250 m., haciendo su segunda invasión 15 minutos después, alcanzando una altura vertical de 11,5 metros, sobre su nivel ordinario, yendo a chocar contra las casas de la población con una velocidad vertiginosa, arrasando malecones, muelles, escalas de piedra, etc. y las dos primeras hileras de manzanas de la población que daban frente al mar formando de todo un montón informe (Vidal Gormaz; 1878: 462).

 

Como 45 minutos más tarde, tuvo lugar la tercera salida del mar, ocasionando por toda pérdida en la población de mejillones de Bolivia 810,000 pesos.

 

 

09 de mayo de 1877

El día que Mejillones fue tragado por el mar

(Nos indica Don Wilfredo Santoro)

 

Fue un día de mayo de 1877 -día 9 para ser exacto- cuando Mejillones fue tragado por el mar. En aquel entonces (para dicho año) Mejillones ya había sido entregado a Bolivia mediante el Tratado de 1866. La empresa que movía el comercio era el Guano, empresa que contaba con capitales franceses. Su inversionista más importante era el galo Luciano Arman, representado en terreno por el capitán de Ejército Henri Arnous Riviere, quien se hacía tratar como Barón de la Riviere. El barón bautizó el poblado como San Luciano en honor a su jefe, pero lo cierto es que desde hacía siglos que el lugar era conocido como Mejillones, nombre que naturalmente se impuso.

 

Con su aristocrático estilo, Riviere construyó una casa cuyo balcón daba al mar, al más puro estilo de la costa francesa. Era lejos la residencia más hermosa de Mejillones.

 

Fue en ese contexto que a las 21.16 (hay autores que lo sitúan hasta las 21.30) comenzó el movimiento más fuerte que se ha registrado en este puerto. De acuerdo al registro histórico del Servicio Sismológico de la Universidad de Chile, el movimiento alcanzó los 8.5 grados en la escala Richter, que produjo un tsunami de grandes proporciones.

 

Si bien el acontecimiento sísmico está caratulado como “terremoto de Iquique” está plenamente establecido que las olas alcanzaron su mayor nivel en la bahía de Mejillones, donde llegaron a los ¡23 metros! Tamaña altura les permitió superar los acantilados característicos de La Caleta, destruir el pueblo y llegar hasta las proximidades de los derruidos edificios que la Armada mantiene en ese lugar (ex Escuela 26).

 

El terremoto repercutió a nivel global. Su epicentro fue ubicado a la altura de Pisagua. El capitán del vapor "Eten" manifestó haber detectado irregularidades frente a Pisagua mientras navegaba por el lugar justo al momento del sismo. También existen testimonios asombrosos. Días después del hecho se consigna el desprendimiento de “una gruesa columna de humo, redondeada en su parte superior”, justo en el lugar que indicó previamente el capitán.

 

Hay otros datos francamente increíbles en este espantoso sismo. En “El Deber” de Valparaíso se consigna que vecinos de Tocopilla encontraron en la playa el asta de la Capitanía de Mejillones, junto a otros objetos provenientes del mismo lugar. De allí que –sin mayor fundamento científico- se manejó la hipótesis de la erupción de un volcán submarino a la altura de Pisagua, una corriente costera que “rebota” en la Península de Mejillones y devuelve la masa de agua al norte. Por tanto, fue en Mejillones en donde se advirtieron los efectos más trágicos.

 

De haber estado más poblado, sin duda habría sido una hecatombe

 

Relatos de la Tragedia

 

Uno de los autores que registro ese acontecimiento fue el oficial de la Armada chilena, Francisco Vidal Gormaz, quien describe “El terremoto por si solo causó muy pocos estragos, botando las mercaderías, etc, de los armarios y las lámparas de parafinas colgadas o de sobremesas, fueron al suelo, ocasionando inmediatamente un voraz incendio».

“El mar se desbordó media hora después del terremoto sin hacerse sentir. Solo el ruido de las primeras casas que rompía su invasión y que arrastraba suspendidas, respondió el grito general de alarma: ¡el mar! ¡el mar! Algunas personas en un número mayor de 8 fueron envueltas por las olas y sucumbieron».

“En la primera salida del mar, la altura vertical alcanzada por la ola sería más o menos de 7 metros, arrasando a muchas casas. En seguida se retiró descarnando la playa como 250 metros, haciendo su segunda invasión 15 minutos después, alcanzando una altura vertical de 11,5 metros sobre su nivel ordinario, yendo a chocar contra las casas de la población con una velocidad vertiginosa, arrasando malecones, muelles, escala de piedras, etc y las dos primeras hileras de manzanas de la población que daban frente al mar formando de todo un montón informe. Como 45 minutos después tuvo lugar la tercera salida del mar”.

Otro antecedente lo brinda Jorge Hicks, gerente de la Empresa de Salitres de Antofagasta, quien le informa al presidente de su Directorio “…La casa del barón de La Riviere y casi todas las demás han sido barridas. La estación, las máquinas condensadoras de agua, todo... muchas vidas perdidas. Hay unas 1.000 personas sin techo, agua ni víveres. Por suerte el “Blanco Encalada” estaba aquí (Antofagasta). Si hubiera estado en Mejillones habría naufragado. Ha partido esta mañana para ayudar”.

 

 

Otras Narraciones

 

Don Isaac Arce con respecto al terremoto señala: “Pero a eso de las diez de la mañana del día siguiente, llegó un “propio” de Mejillones, don José Antonio Tirapegui, y comunicó la noticia que ese pueblo casi había desaparecido; que había muchas víctimas y que todos los habitantes carecían de agua, de alimentos y abrigo, habiéndose destruido hasta las máquinas condensadoras de agua”.

 

Jorge Cruz Larenas, en su libro “Fundación de Antofagasta” nos entrega la visión más completa. Explica que el terremoto “causó grandes estragos, pero no tanto por la fuerza del temblor, pues las casas eran de madera, sino por las tres salidas de mar. La segunda salida de mar ocurrió como 15 minutos después de la primera y su ola se calculó en unos 22 metros de altura. Arrasó con malecones, muelles, escalas de piedra y las dos primeras manzanas de la población frente a la playa. Los perjuicios más graves fueron causados en la estación que desapareció con casa, habitantes, locomotoras y maestranza”.

Explica que “También fueron destruidas las máquinas destiladoras de agua de Neves y Cía. y Juan Sáez y los negocios de D. José Manuel Andrade, Solar y Cía., Luis Luzardo, casa de la Intervención chilena, edificios del barón Arnoux de la Rivière y Subprefectura. En el establecimiento de Arman se produjeron perjuicios en máquinas y bodegas y se hundió un buque cargado con guano. Los trabajadores de las guaneras, que alcanzaban a unos 800 hombres, produjeron algunos desórdenes. Hubo numerosas víctimas, atrapadas por el mar, cuyos cadáveres arrojó después a la playa; entre éstas se dio por desaparecido al ingeniero británico Mr. Ashten.” 

El terremoto de 1877 dejó huella en Mejillones. Tanto físicas como psicológicas. Dentro de lo material se puede establecer que aún quedan vestigios de los escombros que arrastró el mar. Estos se hallan en las faldas del desnivel que lleva a la ex Escuela 26, en La Caleta.

Con respecto a lo sicológico, durante el siglo pasado aún se podía advertir el miedo a “la salida de mar” que quedó como sello impreso en el imaginario colectivo. También durante la década del 70 pude oír historias que en ese entonces no entendí. Relatos de cómo en el muelle aparecían atrapados cuerpos sin vida tras el terremoto. Relatos de personas adultas que revivían lo que le contaron sus abuelos que, siendo niños, estuvieron allí.

 

Terremoto y tsunami del 09 de mayo de 1877

 

https://revistacienciasociales.cl/index.php/publicacion/article/view/475/334