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domingo, 8 de febrero de 2026

MI NOMBRE ES SP. EUATHLUS SP.

 

Mi nombre es sp. Euathlus sp.

Sp. Abreviatura latina usada en Biología para referirse a una especie no identificada o no especificada dentro de un género conocido.

 

 Recomendación:

"Las siguientes imágenes no son aptas para bicho fóbicos y, o, aracnofóbicos"

 

 

«Son bichos del maligno», me indicaban escandalizadas las señoras del barrio, algunas casi al borde del soponcio, patatús, yuyu o telele, al verme cogiendo arañas y muy especialmente aquellas que, con el pasar del tiempo supe, eran las famosas tarántulas chilenas. Lo que nunca pude dilucidar fue, la o las especies que pude atrapar, aunque nunca sufrí de alergias o mordeduras al manipularlas.

 

Son cosas realizadas en mi niñez, de eso hará, muchas décadas atrás, ya sea por desconocimiento y por la gran atracción que siempre tuve por los bichos.

 

 

Como saben, habitamos en la región de Antofagasta, Chile y hemos encontrado, nosotros, Los Caminantes del Desierto, arañas pollito o tarántulas desde la comuna de Taltal hasta la comuna de Tocopilla, pasando por la ciudad de Antofagasta y la ciudad de Mejillones ¿Qué tiene de extraño esto? Dirá más de alguno. Pues bien. Para nuestra región se describen tan solo 2 especies de tarántulas del género Euathlus, pero solo en el interior de la región, para la precordillera. Es decir, estamos ante un gran hallazgo, si el encontrar nuevas arañas fuera considerado como tal, y ninguna de las que hemos visto, fotografiado, fichado e interrogado cuenta con documentación o validación científica. Es decir, son NN para la ciencia.

 

Lo que dicen los expertos

 

En Chile se han registrado 19 especies de tarántulas —localmente conocidas como “arañas pollito”— de las cuales 15 son endémicas y 4 comparten rango con Argentina. Sin embargo, los investigadores coinciden en que este grupo sigue siendo muy desconocido y que probablemente aún quedan muchas especies por descubrir y describir.

Una de las características más evidentes de las tarántulas es su gran tamaño y su densa pilosidad. Sin embargo, las especies chilenas destacan por otro rasgo único: 18 pertenecen a la subfamilia Theraphosinae, definida por la presencia de setas urticantes en el abdomen, que pueden proyectar, a modo de defensa, para irritar la piel, los ojos o las mucosas de un posible agresor. Sin embargo, vale mencionar que, aunque estas setas pueden causar irritación, no representan un peligro grave para las personas.

 

 

Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia nos indica:

 

 

No es extraño, para nosotros, encontrar “tarántulas” en nuestros recorridos, (las conocidas arañas pollito). Las hemos visto en distintos lugares, pero con mayor frecuencia en las alturas de Paposo, comuna de Taltal.

Estas arañas, que para la ciencia pertenecen a la familia Theraphosidae, es abundante y diversa. En esta familia encontramos el género Euathlus, que en nuestro país agrupa a 8 especies conocidas, Euathlus affinis, Euathlus antai, Euathlus atacama, Euathlus condorito, Euathlus manicata, Euathlus sinapophysis, Euathlus truculentus, Euathlus parvulus y Euathlus walteri.

 

De estas especies conocidas dos habitan en nuestra región, Euathlus antai y Euathlus atacama, pero ambas en la zona de la precordillera. Es decir, las especies de la cordillera costera, con las que habitualmente nos encontramos, no han sido todavía descritas por la ciencia, por lo que carecen de nombre y nada se sabe sobre ellas.

 

Podemos decir que, en general, se trata de arañas pequeñas –para el género- y poco llamativas, a excepción de los machos de una de las especies a la que hemos visto y registrado en Paposo, cuyo caparazón (tórax) es de un llamativo color amarillo-anaranjado. Este rasgo se puede apreciar también en otras especies de Euathlus.

 

Esperamos poder conocerlas, con nombre, algún día, de preferencia antes de que se extingan completamente. Si no fuera mucho pedir, por supuesto.

Como no sabemos nada sobre la especie pero si conocemos el género, podemos inferir, más no asegurar que, esta araña, posee veneno, pero no es peligrosa ni letal para los seres humanos.

Aunque su mordedura puede ser dolorosa e hincharse, muy similar a la picadura de una avispa, su veneno es inofensivo para las personas y generalmente solo muerden si se sienten amenazadas.

Ahora bien. Más que morder, suelen soltar pelos urticantes de su abdomen, pelos que causan irritación en la piel.

El mejor remedio es, dejarlas tranquilas. Viven por donde no hay gente y si alguna vez se cruza por tu camino, es porque tu estás en su espacio y no ella en el tuyo.






 

sábado, 7 de febrero de 2026

NADA ES ETERNO

 

Nada es Eterno en este Desierto

El de Antofagasta-Chile

 

Video de "Nada es Eterno" 
En este desierto


Camina en este día junto a nosotros, te llevaremos a un sitio muy especial, un sitio en el que verás algo sorprendente, verás vida, o más bien, una parte ínfima de la vida que contuvo este territorio, que se niega a desaparecer y que, gracias a unas pocas gotas de agua cedidas por el cielo, o quitadas a terceros, brota para mostrarnos que la vida aún está ahí, pronta a dejar su legado (sus semillas) y ser testimonio de la belleza de lo que alguna vez aquí existió.

 

Amigas y amigos. Bienvenidas y bienvenidos.

 

 

Iniciemos el recorrido y en este recorrido nos tendrás que ayudar.


Imagina, tan sólo eso, cómo habrá sido nuestro territorio hará unos miles de años atrás. Digamos por ejemplo unos 10.000 años, cuando estaba finalizando la última gran glaciación o bien, unos 3.500 años, cuando hubo un largo periodo de mayor humedad y precipitaciones, según los estudios, periodo en el que se rellenaron los acuíferos del desierto, aquellos que hoy se explotan a ciertas profundidades.

 

La flora y la fauna abundaban, eso es evidente, y este desierto que vemos en la actualidad, se mostraba muy diferente. Estamos hablando de tan sólo unos pocos milenios atrás.

 

Pero este planeta tan dinámico, el único planeta que conocemos que alberga vida, ha pasado a lo largo de su existencia por diversas etapas, o periodos, y así, estamos actualmente en un ciclo de calentamiento en que suben las temperaturas, con o sin la presencia del sapiens-sapiens, y nos falta bastante para llegar a experimentar nuevos cambios, más auspiciosos.

 

Hacemos notar que, en ausencia del impacto humano, la próxima glaciación global debería iniciarse dentro de aproximadamente 10.000 a 11.000 años, algunos hablan de 50.000 años. Sin embargo, las emisiones de gases de efecto invernadero han alterado el ciclo natural, lo que podría retrasar o incluso evitar el inicio de esta nueva era de hielo durante miles de años más.

 

Por lo tanto, mientras sigamos transitando por este ciclo de calentamiento, seguirá la destrucción de los pocos espacios de vida con los que contamos en nuestra región, especialmente en zonas muy especiales, como sería gran parte de la cordillera costera y por el medio mismo del desierto, salvo, que hubiese alguna intervención efectiva en pro de proteger, conservar y restaurar.

 

Tengan presente. Proteger es mucho más que impedir el acceso a la gente, eso no asegura la supervivencia de las especies del desierto a los efectos del calentamiento.

 

Resulta evidente. Lo poco que conocemos y que va quedando, acabará, y algunos terminarán cuidando piedras, mientras, las futuras generaciones, no sabrán jamás que hubo vida en este desierto.

 

Nadie protege lo que no conoce.













 

 

 


martes, 3 de febrero de 2026

UN VIAJE ETERNO

 

Un Viaje Eterno

(Historias del Longino)


Conversábamos hace poco, durante la celebración del Día del Patrimonio, con una señora octogenaria, respecto al valor que tienen los recuerdos de las personas mayores. Poco se les escucha, y mucho menos se registra lo que pueden contar. 

Esto implica una pérdida cultural, ya que sus vivencias reflejan una época, unas costumbres y una historia que no todos conocen y que, en no pocas ocasiones, se pierde al irse definitivamente quienes las vivieron. Sí, hay libros que registran la historia, ciertamente, pero ¿Qué registran? Mayormente, sólo hechos. Pero no nos hablan de lo que las personas vivieron. Por ejemplo, se dice que Facebook es –actualmente- sólo para los viejos. Pero vaya que encuentra uno información cuando alguien –en una página cualquiera- saca a colación un recuerdo, menciona una vieja tienda, un lugar que ya no existe o una playa. Cuántas historias surgen de inmediato, cada cual queriendo hacer su aporte, felices de poder recordar su pasado. Y al leer esas cosas, no podemos menos que pensar en cuánto hay de nuestra historia que no sabíamos o que, sabiéndolo, lo habíamos olvidado.


Así, a raíz de esa conversación, se nos ocurrió compartir con ustedes un relato histórico (con la autorización de su autor), basado en los recuerdos del tren Longino de los años 60, y su trayecto entre la ciudad de La Serena y Antofagasta, un trayecto que ese tren recorría a una velocidad promedio de 29 km por hora. Para tener una idea, a esa velocidad tardaríamos unas 10 horas en viajar sólo de Antofagasta a Calama.



El relato lleva por título:

 

“Un Viaje Eterno”.



Ahora que mis rodillas se quejan dolorosamente cada vez que subo una escalera y me despierto antes que el sol, sin necesidad de gallos ni relojes, a veces me da por recordar aquellos viajes en tren que hice de niño. Sobre todo uno en particular, largo como una novela rusa, que duraba tres días completos y lo emprendíamos con mi madre, mis hermanos menores, un canasto de mimbre cargado de gallina fiambre y huevos duros, maletas y bultos varios.

Debíamos cruzar el desierto para llegar al destino —una ciudad del norte que, por su lejanía, tenía algo de mítica— la ciudad de Antofagasta.

Aunque oficialmente el viaje duraba tres días, para mí, a esa edad en que el tiempo se medía con otros relojes, era una verdadera expedición. Había que cambiar de tren a la mitad del recorrido, siempre en alguna estación polvorienta y, para más dificultad, no siempre de día.

El primer tren no era precisamente un lujo: aunque tenía asientos acolchados, había que acomodarse en un espacio donde se podía ir sentado, pero no cómodo. ¿Cuándo ha sido cómoda la Tercera Clase?

Dormir era una aventura. Lo más usual para mí —puesto que los asientos estaban reservados para los más pequeños— era dormir en el suelo. Y no era el único: a lo largo del carro, muchos otros niños compartíamos ese privilegio de la horizontalidad improvisada. Lo que ahora parece extraordinario es que nadie se quejaba. Hoy en día, hacer dormir a un niño en el suelo sería causal de denuncia por maltrato infantil, pero en aquel entonces equivalía a vivir una aventura.

Lo mejor, sin embargo, era la plataforma entre los vagones. Cuando al fin conseguí autorización, no sin antes recibir el sermón correspondiente, logré instalarme en ese extraordinario lugar. Ahí el viento te azotaba la cara, condimentado con el polvo del desierto, y uno podía ver el mundo desfilar como en una película muda: desierto infinito, cerros lejanos, postes de telégrafo que se repetían con una monotonía casi hipnótica. En una ocasión vi un burro momificado, apoyado en un poste como si estuviera descansando —y, bien pensado, lo estaba—. Lo vi pasar y perderse en el tiempo y el espacio.

Cambiar de tren era todo un espectáculo. Alguien gritaba: “¡Ése es el tren!” y todos corríamos, con críos, maletas y bultos a cuestas, sólo para que, al llegar, alguien más gritara: “¡Ése no es! ¡Es el otro!” Y vuelta a correr y a comenzar la lucha por conseguir un lugar para toda la familia. Como todas las familias perseguían lo mismo, había que ser muy ágiles; no era raro tener que entrar al vagón por la ventana. Y luego, por la misma ventana, recibir hermanos y bultos, sin distinción ni privilegios. Cuando digo "no era raro", quiero decir que era casi lo habitual.

El segundo tren era más modesto —una palabra generosa, si se me permite—. Los asientos ya no eran tales, sino bancos de madera, duros e implacables. A esas alturas del viaje, apenas quedaban los últimos huevos duros. Luego venía el arroz, que sólo resultaba comestible gracias al hambre.

A partir de ahí, el viaje tomaba otro cariz. Las locomotoras diésel eran en ese punto reemplazadas por otras a carbón y eso significaba que, dependiendo del viento, el humo —y el hollín, su primo cercano— entraban por las ventanas. Gran dilema: con las ventanas cerradas, el vagón se convertía en horno; con las ventanas abiertas, uno inhalaba carbón con cada respiro.

Más desierto. Interminable desierto. Calor abrasador durante el día, frío punzante en la noche. El tren paraba en estaciones polvorientas para saciar su insaciable sed de agua. Las sacrificadas madres bajaban a buscar agua caliente para las mamaderas de sus no menos insaciables retoños. Y el viaje continuaba, con su traqueteo monótono, que a mí me parecía música de fondo para una aventura interminable.

¿Nos aburríamos? Increíblemente, no. Los que gustaban de la lectura leían, otros cantaban, la mayoría conversaba de una y mil cosas, o jugaban eternas partidas de cartas. Había algo en ese vagón que hacía pasar las horas sin que pesaran.

A veces un joven con una guitarra desafinada cantaba, acompañado por otros, canciones populares. Había también detalles pequeños: una guagua que dormía plácidamente en una caja de cartón; una anciana que sacaba dulces de un canasto y los compartía generosamente con los niños de los asientos vecinos. En tres días de viaje los demás pasajeros pasaban a convertirse en parte del equipaje, uno que dejábamos atrás, y olvidábamos rápidamente, al desembarcar.

Finalmente llegábamos a destino: despeinados, empolvados, cansados… pero enteros. No recuerdo mucho del recibimiento, una ciudad calurosa pero amable y, aunque recuerdo que durante esas vacaciones lo pasábamos bien, lo que vuelve con más claridad, lo que permanece, no es la casa, ni la ciudad, ni los días después. Es el trayecto. Esa larga travesía por el desierto, entre el traqueteo del tren, el polvo y los bancos de madera.

Ahora, tantos años después —cuando los trenes son apenas un recuerdo, y las distancias se acortan pero los viajes se vuelven menos memorables—, a veces cierro los ojos y escucho el rítmico pulso del tren, resonando como una música lejana. Recuerdo el sabor inconfundible de la gallina fiambre y los sueños sin apuro sobre una frazada extendida en el duro suelo. No es nostalgia, o no sólo eso: es la conciencia de haber estado en movimiento, de haber mirado por la ventana un mundo que ya no existe. Y de haberlo hecho con los ojos muy abiertos, y con esa sensación, infantil, de haber cruzado el mundo entero.

Porque hay viajes que uno pudo hacer sólo algunas veces, pero que se repiten en el recuerdo durante toda la vida.

Autor: ©Jenofonte

Imágenes gentileza del Señor Manfredo Tuniche y Caminantes del Desierto.















 



 

sábado, 31 de enero de 2026

ES LO QUE HAY


Es lo que hay

Me decía mi abuela


Como ya es habitual -y por habitual lo internalizamos como algo normal- lo que resulta maravilloso a los ojos de algunos sapiens-sapiens, tiende a ser destruido por otros sapiens-sapiens. Esa es la consigna actual y acotamos esto a modo de descargo y con la finalidad de crear algo de conciencia. Recuerden, esta es nuestra casa, no tenemos otra y todos estamos llamados a proteger.

 

Pues bien. En cierta ensenada del norte de nuestro país (En Antofagasta-Chile) nos encontramos con un enorme promontorio, o islote, que estuvo aislado de todo y de todos por eones, y en donde anidaba una gran cantidad de aves marinas incluyendo al Pingüino de Humboldt, Spheniscus humboldti, especie considerada vulnerable.

 

Estuvimos visitando dicho lugar por años, maravillándonos cada vez de la biodiversidad que allí había, lo que indicaba que en dicha parte de la costa había los recursos suficientes como para mantener a tanto individuo, de tantas especies distintas. Cormoranes, piqueros, pelícanos y gaviotas habían hecho su hogar en una de las caras del promontorio y era por dicho lado por donde transitaban los pingüinos en su ir y devenir al mar.

 

Ahora, si el trepar dicha roca ya era una gran tarea (en un islote resbaloso por los excrementos y la humedad), el verlos bajar -con tanta agilidad- resultaba un deleite y un comedero de uñas (las nuestras por supuesto) al verlos equilibrarse tan peligrosamente en los bordes, saltar entre las rocas, resbalar por las grietas y finalmente llegar al mar. Nunca pudimos ver a los polluelos, eso era impensado para nosotros porque significaba perturbar aquel frágil espacio.

 

¿Qué pasó con dicho sitio?

 

Como acotamos en el inicio, era demasiado bello como para mantenerse sin intervención alguna. Primero llegaron los turistas, los carpistas, y con ellos la basura, el bullicio y la depredación. Luego llegaron los que no tenían hogar -en la playa- y se establecieron sin control, con sus edificaciones y con sus correspondientes mascotas (para asegurar al resto de los sapiens-sapiens que no faltaría la fauna en dicho espacio). Entre las faenas varias (extractivas por supuesto) que llegaron también a establecerse, la invasión del espacio, la competencia por los recursos y la falta del debido resguardo –por parte de los que están mandatados para proteger- los pingüinos se fueron alejando y ya son varios los años que no los hemos vuelto a ver en aquel sitio.

 

Este islote se encuentra muy cercano al borde costero, cuando baja la marea (un poco más de lo habitual) se puede cruzar caminando y he ahí el problema.

 

Ejemplos como éste no escasean, lamentablemente hay muchos y la tristeza nos envuelve al verlos, ya que poco o nada podemos hacer, sólo insistir y clamar para que nuestra gente -los antofagastinos- comprendan que toda especie es importante y que es necesario, para su subsistencia, el preservar sus espacios de vida. Contrariamente a la idea de algunos, la naturaleza –y su biodiversidad- no está a nuestro servicio, disponible para nuestro uso y consumo exclusivo. Es parte de un todo, y afectar una parte de él es afectar, más pronto o más tarde, ese todo.

 


Te vimos llegar mala especie

Desde las pronunciadas cumbres que dominan ahora tu ciudad, te vimos llegar.

Vimos tu tímido asentarte, agarrarte al suelo estéril, procurando vivir.

Vimos como cada día y cada año crecías y lo que un día era silencio sibilante por el viento, nos trajo el bullicio paulatino pero indetenible de nuestro adiós.

 

¿Adónde vamos terrible criatura si de aquí no hay donde ir?.. Lo que miles de años formaron que eficiente has sido para en tan pocos destruir.

 

Hoy. El penúltimo día de este año hemos bajado al llano sepulcral de nuestro entorno y poco a poco nos ponemos en la fila del adiós.


Las que desfilamos, somos las últimas especies que por las quebradas verás ya que en el sendero del no retorno marchando encontrarás.

 

 

(Extracto del ultimo amanecer. La marcha final de las especies)