PRÓXIMAS RUTAS

sábado, 7 de marzo de 2026

EL CAMINO DE LA PLATA COBIJA-POTOSÍ

 

El Camino de la Plata Cobija-Potosí

(Las Minas de Pulacayo)

Ruta Cuesta Guasilla

Existe una leyenda, entre las tantas que se han tejido por esta parte del territorio nacional, que habla de la plata y de una decisión. La historia dice así: Hubo un momento -en el tiempo- en que el precio de la plata se desplomó a niveles críticos, de tal manera que resultaba más caro seguir la ruta a la costa que dejarla en el lugar, por lo tanto, los encargados de la caravana (gente designada por la Minera Huanchaca) optaron por enterrar la carga y volver a Bolivia. La leyenda dice que dicha carga sigue enterrada entre Viscachillas (textual) y Santa Bárbara (sector del Vado), cosa que despertó el interés de más de alguno por encontrar dicho derrotero (si existiese realmente).

 

 

Saludos tengan estimadas y estimados amigos:

 

Por esas cosas de la vida, tomamos la tarea de buscar en la antigua cartografía nortina el camino que unía el puerto de Cobija con Potosí (más específicamente con las minas de plata de Pulacayo, pertenecientes a la Compañía Huanchaca) y de allí a las otras ciudades de Bolivia, un camino que resultó más antiguo de lo previsto (según los estudios verificados) y cuyo trazado nos llevó por el medio del desierto, desde Cobija (Ruta Gatico) hasta el cañón del Loa (Actual balneario de Coya) de allí se internaban por el medio de los ríos Salvador y Loa hasta llegar a Calama para enfilar, definitivamente, al interior de la región – pasando por Chiu-Chiu - hasta Bolivia. Desde Potosí a la costa, tomaba entre 18 y 20 días recorrer a lomo de mula los aproximadamente 520 km del camino, que recorría Pulacayo, Amachuma, Púquios, Río Grande, Alota, Viscachillas, Tapaquilcha, Ramaditas, Ascotán, Polapi, Santa Bárbara, Incahuasi, Chiu-Chiu, Calama, Miscanti, Colupo, Gatico y Cobija, dependiendo de las condiciones, especialmente climáticas. Conocedores del estado actual del territorio, se nos hace difícil imaginar siquiera lo que habrá sido el arduo trabajo de coordinar la logística para estos viajes, acopiando a lo largo del camino agua y pienso para las mulas y alimento para los guías y vigilantes que formaban esta caravana. No podemos dejar de recordar que transportaban plata y, por ende, deben haber sido una tentación para más de alguno.

 

De este extenso trayecto nos encontramos con dos puntos geográficos que nos resultaron desconocidos y que llamaron nuestra atención (un poco más de la cuenta) por ser lugares sin referencias actuales, es decir, que no cuentan con una historia reciente y – menos aún - detalles de su antigua existencia. Nos referimos a Incahuasi y Santa Bárbara. (Incahuasi, del quechua inkawasi: “casa del rey incaico, casa del soberano”) Es de suponer que este nombre implica que en algún momento de la historia habrá sido el cobijo o la morada de un Sapa Inca (en quechua: Sapa Inka, ‘el inca, el único’)

 

Pues bien, como corresponde al hacer referencia a lugares y puntos geográficos (salvo que fuésemos Emilio Salgari, que escribió sobre la Malasia sin nunca haber ido) buscamos y dimos con aquellos sitios. logrando dilucidar el lugar exacto en donde se encuentran, y ahora sólo esperamos la oportunidad de volver a las rutas para dirigirnos a estos puntos históricos (arqueológicos). Mientras tanto, a seguir recabando información sobre los otros sitios que nos faltan de este extenso trayecto por el Atacama.

 

Ahora. Una de las informaciones más valiosas (y recomendadas) fueron las aportadas por el maravilloso estudio de los Sres. José Berenguer R. y Diego Salazar S. con su publicación: “Incaguasi, «donde dormían las carretas». Arqueología de un lugar de paso en el valle del alto Loa, Desierto de Atacama”. Trabajo que ponemos a vuestra disposición.

 

Incahuasi. Donde dormían las carretas

 

https://www.scielo.cl/pdf/eatacam/2017nahead/aop2017.pdf







Ruinas de Incahuasi


Santa Bárbara




 

 

 


jueves, 5 de marzo de 2026

SI. LLEGAMOS AL SILALA

 

Si, Llegamos al Silala

(A reafirmar la soberanía)


En los tiempos actuales, tiempos en los cuales se lee poco y se entiende menos, siempre es bueno dejar en claro, a modo de explicación: El »¡Dios te oiga!» es una expresión coloquial española que manifiesta el deseo ferviente de que se cumpla lo que otra persona acaba de decir, expresando esperanza y optimismo ante algo positivo o futuro. Esto no significa que nuestra institución y/o integrantes sigan una corriente religiosa más bien, todos somos libres pensadores, desde Pachamámicos hasta seguidores de Odín.

 

 

Ya en Inacaliri.

 

Se acercó uno de los custodios del tranque -o dique- del río Silala y nos dijo de manera coloquial -en conversación amistosa- que estas aguas seguirán su flujo natural en dos años más, cuando la gran minera de Chile utilice exclusivamente agua del mar. »¡Dios te oiga!» fue la respuesta «¡Dios te oiga!».

 

¿Porqué nuestro escepticismo? Hará un tiempo atrás, hubo otra minera a la cual dábamos loas públicas por ser la primera en usar agua de mar y dejar de ocupar las aguas de pozos y salares en sus procesos productivos, pero le cursaron una multa por seguir usando, sin permiso, las aguas del interior. Lamentablemente no le cursaron multa alguna por mentir descaradamente a la población mejor dicho, a los que realmente le interesan estos temas. Entonces, esperemos que estas frases rimbombantes de «Tiempos mejores, para la naturaleza del norte de nuestro país» no sean sólo palabras compuestas de humo.

 

Diario de campo de un Caminante:

 

Buenas tardes tengan vuestras mercedes. Un saludo muy cordial y fraterno de parte de los Caminantes del Desierto.

 

Este fin de semana recién pasado nos fuimos al interior de la región de Antofagasta (nombrada así -Antofagasta- no por los Camanchacos, Sioux o Reches, más bien por su homónima en territorio argentino, Antofagasta de la Sierra) Pues bien. en este viaje visitaríamos las Vegas de Turi (un paisaje maravilloso, lleno de vida silvestre, aires de naturaleza y un sol propio para cada asistente, por las altas temperaturas del lugar) y llegaríamos hasta las faldas del Volcán Paniri, con el poblado de Cupo incluido (Cupo, poblado ubicado a los pies del cerro Carcanal). En el trayecto entre Turi y Cupo (camino vecinal) el paisaje pasó de hermoso a maravilloso, de tenue a exuberante y de avistamientos pocos a vida silvestre abundante. Vimos Guanacos de gran alzada, animales imponentes, soberbios y yo, desconocedor total de los actuales movimientos del ocio, según la gente Terianista (Therian), me puse a discutir con algunos de estos guanacos mediante relinchos. Quizás. que fue lo que dije y que fue lo que me respondieron, pero debo haber dicho algo fuerte, porque se anduvieron encabritando y si no hubiese sido por la llegada del grupo, dichos guanacos me la hubiesen dado.

 

Hablé de Guanacos, también encontramos Vicuñas, Vizcachas, Chinchillas, avifauna por doquier y numerosas, especialmente aves pequeñas. También accedimos a un Pucará que no estaba en nuestra cartografía, pero como buenos caminantes, no faltó aquel que ya lo había georreferenciado y le conocía hasta la vida y obra de sus antiguos habitantes. El Pucará era el de Topain, ubicado en una pequeña loma y rodeado de Cardones, Echinopsis atacamensis, en medio del llano desde donde era posible mirar en lontananza todo el territorio. Más adelante nos encontramos con más construcciones, que según la cartografía correspondían al poblado de Topain, con presencia de antiguas terrazas de cultivo y las aguas provenientes de la quebrada de Cupo. El por qué está abandonado, no lo sabemos, quizás se cambiaron un poco más arriba, al actual Cupo. A las 18.00 horas ya íbamos de regreso a la ciudad de Calama a descansar y prepararse para el día siguiente. Este día llegamos a los 3.500 m.s.n.m, todos estuvieron bien y no hubo necesidad de recurrir al oxígeno.

 

Domingo.

 

La idea era salir muy temprano en dirección al Volcán San Pedro y San Pablo, para adentrarse por el territorio en dirección a Inacaliri (Sur-Este). Este viaje comprendía varias detenciones (mientras íbamos subiendo) y en cada una de estas paradas había una maravilla que observar, ver, deleitarse, fotografiar. Primero paramos para observar los volcanes del territorio, totalmente nevados en sus crestas, moles imponentes que se yerguen al cielo «incitando a los expertos e incautos» a subir. A los pies de dichas moles la vegetación, el terreno húmedo, las llamas, las vicuñas paridas (madres y crías a la vera del camino) y el motivo de tanta vida: las aguas del Río San Pedro de Inacaliri. Dice la historia que por estos lares hubo bastante gente habitando, pero se tuvo que ir cuando las mineras (especialmente una) encauzó y entubó las aguas con un representante que mano al pecho espetó en la cara de la gente «Fuera de mi río». Cosas que dicen ¿Cierto? Aunque, fue verdad.

 

Hubo que amarrar a algunos y arrastrar a otros ya que se estaban aprontando para meter -mínimo- sus patitas al agua (cosa no recomendable) y había que seguir el viaje. Las camionetas de la minera aquella, nos acompañaban en comparsa, haciéndonos sentir queridos, amados y protegidos, el camino desaparece en el kilómetro 35 y comienza la aventura, el visitar las aguas del Río Silala, ese que fue noticia hace pocos años atrás por demandas del país vecino y que terminó con la resolución que dicta que dichas aguas son de uso compartido, reitero, uso compartido, pero nosotros, chilenos, no podemos siquiera ver o tocar dichas aguas sin tener que subir cerros, cruzar por las alturas (mirando a la cara a los cóndores) y descolgarnos por cañones cercanos al límite fronterizo, porque dichas aguas son para la minería, aunque nos dicen que, en dos años más, esas aguas volverán a correr libremente, para sostener, preservar a la naturaleza del Alto Loa. «¡Dios te oiga!» «¡Dios te oiga y el diablo se haga el sordo!»

 

Este día llegamos (algunos) a los 4.200 m.snm y todos estuvieron bien. La preparación fue la buena. 17:00 ya vamos de regreso a la ciudad de Antofagasta.

 

Ahora, como corolario:

 

En nuestro país solo existen 3 lugares turísticos preponderantes (El resto no existe) Torres del Paine, Isla de Pascua y San Pedro de Atacama, Mas, en nuestra región contamos con muchos más lugares, sitios que recomendamos, porque cualquiera puede llegar y resultan ser maravillosos y también hay lugares que, siendo hermosos, no es recomendable llegar solos, requieren la guía de gente preparada, pero he ahí el problema, no hay gente o empresa que brinde dichos servicios ¿Entonces? Que podemos decir, no nos pregunten a nosotros, somos inocentes y somos una corporación, solo llevamos a los nuestros.

 

A todo esto: ¿Aguantará dos años más el salar de Rudolph?

 

Es una maravilla que no sabemos como ha llegado -con agua- hasta nuestros días.

 

 

No esperemos mucho de la futuras generaciones, quizás sean iguales o peores que nosotros.









Fabiana ramulosa





Chuquiraga atacamensis



Euphorbia sp.

Tiquilia atacamensis




Lupinus oreophyllus
Cartografía del Sector Silala, Luis Risopatrón

 

 

jueves, 26 de febrero de 2026

ME PARECIÓ VER UN LINDO GATITO

 

Nos pareció ver un lindo gatito

(Las huellas de un lindo gatito)


Pues bien. Lo que contaremos a ustedes es lo que hemos visto y lo que nos han dicho, por lo tanto, no afirmaremos y tampoco negaremos nada, sino más bien, todo lo contrario.

 

Fue el azar -eso es evidente- sumado al comentario siempre acertado del gran juglar de Taltal, el señor Pedro Mercado y al escrito del señor Bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia -quien hace referencia a cierto gato salvaje, sureño- quien nos hizo desempolvar ciertos recuerdos y nos trajo al presente algunas huellas vistas en cierto recorrido por parajes despoblados. Huellas que reconocimos como pertenecientes a un Puma que se sobreponían a las de un piño de guanacos, y se dirigían todas en dirección a la aguada del lugar. Había otras pisadas también, y estas otras estaban muy bien marcadas en el terreno arcilloso, muy cercanas a las anteriores, que correspondían a un felino pequeño, presumiblemente un gato salvaje. Pero ¿Qué especie de gato dejaría tales huellas y/o habitaría en dicho territorio?

 

Sabemos -porque sabemos- que por el interior de nuestra región y con algo más que fortuna, nos encontraremos con el gato andino, el Leopardus jacobita y por otro lado, también estaría presente el gato colocolo, el Leopardus colocolo. Ambos presentes por las alturas, entre zonas pre y cordilleranas, aunque el colocolo, también es factible encontrarlo por las planicies intermedias y zonas de vegetación muy cercanas a la cordillera costera, o en medio de esta. He ahí que nos ayudó Don Pedro Mercado, quién no pudo definir la especie, pero si pudo confirmarnos la presencia efectiva de gatos salvajes habitando entre zonas de vegas y de vegetación de nuestra región.

 

Algo maravilloso y digno de apreciar, si es que alguna vez llegamos a tener esa posibilidad. Para ello nos tendríamos que internar por dichas quebradas durante el día, pernoctar, poner mucha atención al territorio durante el crepúsculo o al alba y estar quietos y atentos, algo difícil para gente reconocidamente inquieta.

 

¿Cómo llegaron estos mininos por acá? Creemos que siempre han estado presentes, aunque ciertamente antaño en mayor número. Fui testigo -desde donde provengo- de la repulsa que le tenía la gente a los gatos salvajes y de su casi exterminio. No culparemos a esas personas por sus actos, por lo que hicieron por sobrevivir y para poder aferrarse al territorio, pero sí, en la actualidad, no disculpamos a los cazadores, aunque estos jamás pedirían perdón ni reconocerían su delito pues tienen muy internalizado -en su mal llamado ADN- que matar animales por placer, es una práctica ancestral.

 

Mas, si resulta factible el encontrarse con gatos salvajes (colocolo) en las alturas y en la cordillera costera, ha de ser por los corredores biológicos que ocasionan la lluvias (es un territorio amplio, con precipitaciones marcadas) y siguiendo la ruta de las Chinchillas, las cuales, están presentes por gran parte de las quebradas, en número pequeño, pero presentes al fin y al cabo.

 

No nos pregunten donde, eso no lo diremos jamás.

 

 

El Kodkod

 

Kodkod, nos dicen numerosas publicaciones que se llama aquél felino nativo de Chile que mayormente conocemos como güiña o huiña. Cosa que nos resulta curiosa precisamente por eso, porque siempre se nos ha dicho que este último es su nombre común.

 

Sin embargo, es innegable que el nombre más apropiado parece ser kodkod, por cuanto éste deriva del mapuche, con el claro significado de “gato salvaje”, en tanto a la palabra güiña (o huiña) se le asignan dos dudosos significados: Uno, el de “cambio de morada”, derivado de wiña, y el otro, el de “estirarse o tenderse a lo largo”, derivado de huiñam. O sea, se les quiere relacionar –a ambos- con actitudes que podrían considerarse propias de un gato, sin que se sepa a ciencia cierta si es lo correcto.

 

Y aún existe otro argumento para preferir este nombre y es que, habiéndose desvirtuado la palabra güiña en nuestro país, asignándole el significado de “ladrón”, resulta ofensivo llamar así a este gato nuestro, que no sabe hacer otra cosa que lo necesario para sobrevivir.

 

En todo caso, no sería éste el único cambio de nombre que afecte a este felino, ya que su nombre científico ha sido cambiado varias veces. Descrito por primera vez en 1782 por Molina como Felis guigna; fue renombrado a Felis tigrillo por Schinz, en 1844; a Herpailurus guigna por Pocock, en 1940; a Noctifelis guigna por Allen, en 1919; a Oncifelis guigna por el mismo Pocock, en 1940; para terminar nombrado como Leopardus guigna en 1979, por Leyhausen.

 

De este pequeño gato hay dos subespecies: Leopardus guigna tigrillo, la especie de Chile central (entre Coquimbo y BíoBío), que es un poco más grande, y Leopardus guigna guigna, que habita entre La Araucanía y Aysén, incluyendo Chiloé. Aunque antiguamente se le consideraba un felino endémico de Chile, actualmente la subespecie sureña se ha extendido hacia el oeste argentino, en las provincias de Neuquén, Río Negro y Chubut. Probablemente haya emigrado al haber sido desplazado de sus hábitats nativos por la fragmentación del territorio y la ocupación humana.

 

El kodkod tiene el mérito de ser el gato más pequeño de América, y a la vez es el que ocupa menos territorio. Lamentablemente, sólo se le considera en categoría Vulnerable para la subespecie nortina y Casi amenazada para la subespecie sureña. ¿Qué será necesario para considerarlas como Amenazada, considerando que sus hábitat son cada vez más intervenidos por el hombre? Da pena ver en redes sociales los numerosos casos de kodkod atropellados por vehículos al cruzar carreteras y caminos.

Lo bueno -dentro de lo malo- que estos gatos aún se pueden observar en la naturaleza mientras que, las dos especies presentes en nuestra región, cada vez que se divisan (rara vez) humanos y cazadores hacen fiesta. Los primeros por la vida que se mantiene, los segundos, bueno, que podemos decir en su favor...












 


martes, 24 de febrero de 2026

HASTA EL DIABLO SE FUE DE JAMA

 

Hasta el Diablo se fue de Jama

(Según las antiguas Crónicas)


El señor bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia. Hijosdalgo de la Muy ilustre y Leal ciudad de La Serena y gran maestre campo de la flor de Liz. Nos dice:

 

De la siguiente historia, escrita por Pablo Cingolani, desconozco su veracidad, si es enteramente cierta, o sólo inspirada en alguna leyenda regional, de ésas que se mantienen en el tiempo, a fuerza de contarlas una y otra vez, cambiando en forma y fondo a gusto del narrador. Se llama "El piano de Jama", y me parece interesante por la descripción que hace del que fuera un animal muy importante en la conquista de estos territorios, y al que todos han olvidado: la mula.

"Las “pianeras” eran las mulas más fuertes y machas que se criaban en San Pedro, en el oasis, en el medio de la nada de Atacama. Eran capaces de casi todo: cargaron toneladas de congrio seco rumbo a las minas de Chichas, relojes de arena a través del desierto, baúles de joyas que los pescadores hurtaban a los piratas, estrafalarias máquinas, camellos que un general alucinado importó de Arabia para que compitan con ellas.

 

Antes que arribasen los trenes, lentas pero seguras, treparon lo inverosímil, anduvieron sin cesar, llevando anís para las parturientas, alfombras carmesí para los salones, armas para los rebeldes. ¡Y pianos! Tantos pianos que ya nadie recuerda pero hay uno que tuvo su fama: el Steinway de Jama.

 

Está tan solo como ese boquete en el cielo a más de cinco mil metros de altura pero aún puede leerse en su despojo de tapa: Steinway & Sons, New York, 1866. Un buen día, un pastor escandinavo lo bajó de un ballenero al muelle de Cobija, alzado en hombros de diez vikingos que olían a cangrejos y a vodka. El hombre de fe aseguraba haber recorrido orbe y medio, dando conciertos y alegría para los paganitos del Japón y demás islas del mar de Okinawa y las tribus de caníbales de los archipiélagos del océano de Cook (sic), y que con las melodías que arrancaba a su piano, todos se inspiraban y encontraban el mensaje del Señor Verdadero, o sea Nuestro Señor —aclaraba. Los lugareños lo escuchaban aunque no le creyesen una palabra: daba igual que oyeran a los petreles.

¿Y ahora, a dónde va? —Le preguntaron sin asombro los del puerto y el nórdico señaló el desierto y más adentro, donde —todos lo sabían— sólo había más desiertos. Y frío, tanto frío como para tapizar el infierno.

 

Allá, Dios es muy antiguo y ya nadie lo recuerda. No vaya, monseñor —le advirtieron sin fervor— aparte, el frío es mala compañía… —pero el sueco era atrevido y tras jurarles, entre risas, que su madre lo había parido sobre la nieve, se marchó luego de comprar un catalejo, una botella de ginebra y las dos mulas que le vendió sin ganas don Anselmo Vilte: una para montarla él y otra para cargar el piano.

A nadie le importó que se marche pero algunos prendieron velas a San Álvaro, patrono de las arenas, a ver si las mulas volvían. Nunca regresaron.

La historia la terminó de encontrar y de contar un cateador que una noche de rayos, en el viejo hotel de Mejillones, antes del sismo y de la guerra, se quejaba de su mala suerte. ¿Dónde está el oro, carajo? —Gritaba y blasfemaba de puro placer empujando un vino pipeño— ¡Si por esos desiertos de mierda, sólo he encontrado un piano! ¡Por Salomé y por todas las putas del burdel La Gloria de Valparaíso!, ¡dos años vagando y nada de oro! ¡Sólo un maldito piano!.

 

Uno que lo escuchó, y sabía, lo interrogó con secreta impaciencia. Por los lados de Jama —empezó a decir el forastero mientras jugaba con su copa—, había mucho azufre y piedras de los volcanes y un piano hecho pedazos, un catalejo roto y dos cadáveres, mejor dos momias: la de un hombre y una mula pero oro, nada…

 

¡Ni una pizca de metal para emocionarse! —Prosiguió tras despacharse un sorbo que hubiera apagado o desatado un incendio—, el hombre se había refugiado y ovillado debajo del piano y la mula estaba atada a una de sus patas. Los dos estaban quemados, por congelamiento. Debieron sufrir…

 

En las alforjas del muerto, el cateador encontró poca cosa, la mayoría inútil: una navaja oxidada, una botella vacía y tóxica, una biblia en idioma incomprensible, unas cartas que usó para prender fuego: ni tola, ni yareta, ni nada que encendiese había por esos lados.

Lo acuciaron: ¿Sólo encontró una mula? Sí, una sola. Ah! —Fue un destello— la momia de hombre tenía un anillo pero no valía nada: lo cambié por un kilo de charque en Susques.

 

Le contaron el recuerdo del sueco luterano y delirante que buscaba llevar la música de Dios a los desiertos y de las dos mulas: la pianera y la otra.

—Se la habrá comido, si de Jama hasta el diablo se ha ido...—dijo el minero y suspiró y luego encendió un cigarro y no se dijo más."

 

Río Abajo, 9 de junio de 2013