PRÓXIMAS RUTAS

viernes, 24 de julio de 2026

LA TIRANA

 

La Tirana

Y la historia ideada para olvidar a un dios


Cada mes de julio, el polvo de la Pampa del Tamarugal se levanta al ritmo de miles de bailes chinos. Todos llegan por lo mismo: la Virgen del Carmen de La Tirana. Si preguntas por el origen del nombre, casi todos te contarán la misma historia del trágico amor. Pero esa historia es solo la mitad. La otra mitad estuvo enterrada por mucho tiempo.

La princesa que nunca existió tal como nos la contaron

A fines del siglo XIX, un historiador peruano llamado Rómulo Cúneo-Vidal hizo algo muy inteligente. Recorrió el norte, escuchó a los abuelos pampinos, recopiló sus relatos sueltos y los unió en una sola novela, potente, fácil de recordar y de rezar.

Su protagonista era Ñusta Huillac, una princesa inca. Según el relato que él fijó, la Ñusta escapa al bosque de tamarugos acompañada de sus fieles y de un prisionero portugués. Se enamora de él. Y, por amor, decide perdonarle la vida y acercarse a la fe cristiana que él le enseñaba.

Para su pueblo, eso fue una traición imperdonable. La princesa, antes respetada, se volvió tirana a sus ojos por imponer un amor prohibido y un dios extranjero. La sentencia fue cruel y simbólica: ambos fueron ejecutados a flechazos. La leyenda dice que su última voluntad fue morir bajo el signo de una cruz.

Tiempo después, el misionero Antonio Rendón encontraría esas dos tumbas y levantaría allí una pequeña ermita. Ese punto en medio de la nada sería el origen del pueblo de La Tirana.

La historia funcionó. Era perfecta. Tenía amor, traición, martirio y conversión. Transformó lo que eran creencias antiguas del desierto en un relato católico fundacional. Sobre esa base emocional se construyó la devoción que hoy mueve a todo un país.

El dios que estaba antes.

Pero ¿y si el nombre de La Tirana no viniera de una princesa tirana?

Ahí entra la segunda historia, mucho más antigua y mucho menos conocida. Hay que salir de Tarapacá y subir al altiplano boliviano, a la tierra de los Uru Chipaya, uno de los pueblos más antiguos de América. Para ellos, el desierto y el agua no son paisaje, son dioses.

Uno de esos dioses es Tira Tirani.

Tira Tirani no es una persona. Es un mallku, un espíritu protector de la tierra, del barro y de los bofedales. Es también una pukara, un lugar sagrado donde la tierra misma es fortaleza. Su origen se remonta al tiempo de los chullpas, aquellos antepasados míticos que vivieron antes que el sol.

A diferencia de otros mallkus que se representaban con figuras de adobe, a Tira Tirani se le representaba con champa, ese pasto duro y trenzado que crece en los humedales. Era un dios hecho del mismo material que le da vida al desierto.

Con la llegada de aimaras, quechuas e incas y luego de los españoles, el culto directo a Tira Tirani se fue haciendo cada vez más silencioso. Pero nunca desapareció. Hasta hoy, los chipayas de mayor edad cuentan que hay que saludarlo de lejos, cuando se pasa cerca de donde está enterrado, antes de ir a una feria o antes de tomar una decisión importante.

Los Uru Chipaya no se quedaron en el altiplano. Durante siglos, fueron caravaneros y se movieron desde el lago Titicaca hasta la costa del Pacífico. Atravesaron y habitaron la Pampa del Tamarugal mucho tiempo antes de que llegaran los incas. Y en esa estadía dejaron el culto a Tira Tirani, de manera que su nombre quedó en la memoria del lugar.

Cuando los misioneros y luego los historiadores, como Cúneo-Vidal, escucharon "Tira Tirani", lo que les sonaba extraño y pagano fue reemplazado por algo que todos podían entender: "La Tirana". Una princesa castigada a causa de la fe cristiana era una explicación mucho más aceptable para aquellos hombres que un dios ancestral de barro y pasto, cuyo nombre y memoria debían ser borrados.

Dos historias, una misma fiesta.

Entonces, ¿Cuál es la verdadera?

Las dos lo son.

La Fiesta de La Tirana es justamente eso: una superposición. Por debajo está el sustrato milenario andino, el del dios de los humedales que le dio nombre al territorio. Por encima, el relato mestizo y romántico de la princesa inca –tan parecido a otros relatos- que le dio un sentido cristiano y dramático a ese nombre.

Cada vez que un bailarín se arrodilla frente a la Virgen en julio, sin saberlo, está realizando dos actos a la vez: está recordando el martirio de una mujer que quiso amar de otra forma, y está saludando, a la distancia, a un viejo dios del barro que se negó a irse del desierto.

 

Como corolario:

Tal vez no sea necesario, pero creemos prudente hacer una aclaración previa: Así como nosotros no nos decantamos por un sector político definido en nuestras publicaciones, tampoco nos abanderamos por una creencia en específico cuando el tema del que hablamos tiene relación con la religión. Para nosotros, todas las creencias son válidas, tanto las ancestrales -de este territorio- como las que tienen otro origen y son mayoritarias en el país, por lo que, al tocar estos temas, lo hacemos desde un punto de vista antropológico, considerando la cultura, la historia, la religión, etc. No hay, por tanto, intención alguna de desvirtuar las creencias de nadie, para nosotros –reiteramos- todas son válidas y respetables.











 


miércoles, 22 de julio de 2026

QUEBRADA LOS VIENTOS

 

Quebrada Los Vientos

(En su cumbre mayor)


Somos culpables -en esta sola oportunidad- de realizar aquello que tanto criticamos a otros: el poner nombres de forma antojadiza a los lugares a que accedemos. Pero diremos en nuestro descargo que no hemos encontrado, en la cartografía oficial, el nombre de esta quebrada, pero sí el de las cumbres aledañas, aunque esto sólo nos sirve para ubicarnos en el territorio. Mientras seguimos buscando, la hemos llamado quebrada de los vientos.

 

Hará un tiempo atrás, un par de años para temas de exactitud -que nos exigen los más puristas- y para que no asemeje a inicio de cuento, hubo un rompimiento de tuberías de agua potable en cierta parte del desierto, una ruptura que originó un gran vergel especialmente de flora endémica (habían nativas, pero pocas). El ver asomar a tantas especies y ver el cambio de colorido, algo muy evidente al pasar del ocre al verde, nos impulsó a buscar el origen de ellas. ¿De dónde habrían llegado las semillas que allí brotaron, los insectos que las visitaban y los pequeños animales que buscaban refugio bajo ellas? Al primer escrutinio de la zona advertimos, cercana, una profunda quebrada que se adentraba en los cerros, hacia las máximas cumbres del lugar (por sobre los 1200 msnm). Verla y suponer que sería provechoso explorarla fue una sola cosa, y hacia allá partimos.



Se pensó y se hizo.

 

Apenas ingresamos por la quebrada, estrecha y extensa, pudimos advertir que contaba con tres especies de cactáceas distintas y en gran número (especialmente la Copiapoa atacamensis, algunas eriosyces y unas cuantas columnares de Eulychnia iquiquensis). Por las márgenes de las laderas -muy bien marcadas por el paso del agua en tiempos de lluvia- nos encontramos con un gran número de arbustos de cachiyuyo, todos en buen estado y de tamaño apreciable, cosa que no es muy habitual. La especie no pudimos determinarla -en dicho momento- así que solo la catastramos como Atriplex sp.

Más adelante pudimos observar a la Nolana peruviana, siempre presente, alguna que otra Nolana ramalina en máximo estrés hídrico, Nolana divaricata, Tetragonia marítima y una gran cantidad de varas resecas de quizás que otras especies que habitaron dicho espacio en mejores tiempos. Esta quebrada, por su ubicación de suroeste a noroeste, tenía una particularidad: el fuerte viento que circulaba por toda su extensión y que aportaba la humedad que permitía la existencia de dicha vegetación. Nuestra exploración terminó al encontrarnos con que abruptos cortes y abundantes arrastres obstaculizaban nuestro camino, lo que haría necesario mucho más tiempo del que disponíamos para salvarlos y luego regresar. Desde allí pudimos observar que la quebrada se extendía, cada vez más cerrada, hasta la cumbre de aquellos cerros, en los que se acumula la niebla costera.

 

Jalisco solo gana (ni pierde ni empata)

 

Quedó marcado -en nuestro fuero interno- aquello de no haber podido recorrer la quebrada Los Vientos -en su momento- y de no saber lo que habría en sus máximas alturas hasta que llegó este preciado día -julio del año 2026- de volver, ir, recorrer y conocer el lugar, pero en esta oportunidad adentrándonos por su parte posterior, por antiguos caminos mineros, de aquellos que más se asemejan a huellas troperas que a otra cosa y por un territorio que se encuentra fuertemente intervenido por ripieras, empresas y -en su tramo inicial- no pocos basurales. Luego de pasar dichas intervenciones, no sin dificultades, quedamos a merced de la naturaleza para acceder a nuestro derrotero por la cumbre. En el lugar se advierten antiguas construcciones, especialmente pircas de cateadores y busquillas. Sus excavaciones están ahí, al igual que sus canchas de acopio, en la más completa de las soledades y en las máximas cumbres del lugar. Desde la cima pudimos advertir la quebrada buscada, Los Vientos, en la que encontramos una gran colonia de Copiapoas y tan sólo una columnar con vida (Eulychnia iquiquensis); quizá las otras, si las hubo, terminaron como leña en la cocina de los mineros de antaño, cosa que era muy común.

 

Sobre la presencia de flora, a esta altura del año, había y los renuevos comienzan a asomar porque al parecer ha caído agua, además la de mucha humedad que aporta la niebla en ese sector. Algo que nos llamó la atención fue la presencia de grandes extensiones de terreno (exclusivamente laderas) cubiertas con líquenes, con algunas especies que no habíamos visto en otra oportunidad y que nos hace pensar que este mundo, el liquénico, es el que mayor presencia y variedad tiene en nuestra cordillera costera (y región) y es el más desconocido de todos. Quizás, el excavar en busca de minerales no nos deja ver la luz y comprender que hay un mundo de posibilidades a nuestro alrededor.

 

Desde que recorremos nuestro desierto, especialmente por los sectores más recónditos de la cordillera de la costa y, más específicamente, por aquellos espacios en donde la humedad es más marcada -producto de la camanchaca- nos hemos encontrado con ciertas formas de vida que reciben por nombre Líquenes. Estas especies son muy diversas y no sólo tienen la particularidad de ser los precursores de la vida y ser buenos bioindicadores de la contaminación (al desaparecer), sino que también cuentan con otras particularidades que pueden resultar conocidas para los expertos, pero para el común de la gente son totalmente ignoradas. No se tiene certeza sobre la riqueza liquénica con la que contamos en nuestra región -número de especies y/o sus propiedades- ya que, sólo somos mineral, pero algún día, tendremos que levantar la mirada y hacernos cargo, como región o país, de este patrimonio natural y sus potencialidades.

 

Ahora bien ¿Qué son los líquenes? Los líquenes son asociaciones simbióticas entre hongos y algas fotosintéticas y/o cianobacterias. Se ha descubierto que los hongos liquenizados producen una amplia gama de metabolitos secundarios, la mayoría de los cuales son exclusivos de la condición liquenizada. Estos metabolitos secundarios han demostrado una impresionante variedad de actividades biológicas, incluyendo antibióticos, antifúngicos, anti-VIH, anticancerígenos, antiprotozoarios, etc. Se ha descubierto que los extractos crudos de líquenes y varios compuestos aislados de líquenes a menudo demuestran una actividad inhibitoria significativa contra diversas bacterias patógenas y líneas celulares cancerosas a concentraciones muy bajas. El mecanismo molecular de la muerte celular inducida por compuestos de líquenes incluye la detención del ciclo celular, la apoptosis, la necrosis y la inhibición de la angiogénesis. Si bien los líquenes son una fuente de diversos compuestos biológicamente activos, solo se ha investigado la relevancia biológica de un número limitado de ellos.

 

¿El porqué de lo anterior?

 

Los líquenes producen metabolitos secundarios protectores que sirven para disuadir la herbivoría y la colonización por patógenos. El ácido úsnico, el ácido estíctico y el ácido vulpínico son algunos de los más de 700 compuestos secundarios que producen los líquenes. Los investigadores descubrieron que los extractos puros de ácido úsnico, ácido evernico y ácido vulpínico inhibían el crecimiento de las bacterias grampositivas Staphylococcus aureus, Bacillus subtilis y Bacillus megaterium , pero los ácidos no tenían efecto sobre las bacterias gramnegativas Escherichia coli o Pseudomonas aeruginosa

El interés en el potencial antibiótico de los compuestos de los líquenes fue extremadamente alto durante la posguerra hasta finales de la década de 1950. Un compuesto secundario que generó un gran interés y una considerable cantidad de investigación fue el ácido úsnico. De hecho, se sabe que se publicaron sesenta y cuatro artículos sobre el ácido úsnico entre 1950 y 1959. En la década de 1970, se informó que el ácido úsnico tenía potencial como fármaco antitumoral. En la actualidad, se ha vuelto a despertar el interés en los posibles usos de los antibióticos derivados de los líquenes, ya que estos podrían ser una valiosa fuente para la industria farmacéutica.



























 


sábado, 11 de julio de 2026

EL CANTO DEL MISCKÁN

 

El Canto del Misckán

 

Recuerden:

Jamp’atu utar manti ukaxa, juxch’an puriñpatakiwa.



Saludos tengan, estimadas y estimados amigos.

 

Estuvimos ahí y recorrimos la profunda grieta de la Finca de Chañaral, en la Región de Atacama, aquella quebrada que fue devastada por las intensas lluvias del año 2015 -según los conocedores del lugar- y cuyas consecuencias (de las intensas precipitaciones) aún son visibles, ya que el terreno fue completamente arrasado por los aluviones. Resulta evidente que gran parte de la fauna se vió afectada, especialmente aquellas especies que vivían exclusivamente en los remansos, lagunas y charcas que formaban las aguas que afloran por el lugar. No sabemos las especies que se podrían haber encontrado en dichos cursos, pero el habernos encontrado con estos anfibios en un territorio así arrasado es un privilegio; esto nos indica que la vida se sobrepone a las adversidades de la naturaleza e inclusive -en ciertas ocasiones- a la acción del humano.



Jamp’atu utar manti ukaxa, juxch’an puriñpatakiwa.

Si entra un sapo en la casa, es señal de que llegará una nuera (esto se refiere a que la llegada de un sapo es un buen augurio de que pronto llegará una nueva mujer a la casa)

 

Para variar, no hay consenso con su clasificación ni con su nombre, pero aun así todavía se le está considerando como Rhinella atacamensis, cosa que no nos parece muy importante porque nosotros lo conocemos -desde siempre- con el nombre común de sapo de Atacama.

Las etnias indígenas no hacían distinción entra las especies de sapos, de manera que llamaban a todos por igual: jamp’atu, en quechua y aymara, y misckán en kunza. De misckán deriva el nombre de la conocida laguna Miscanti (miscan-ti, laguna del sapo).

El misckán es un animal significativo para la etnia lickan antai, ya que se les considera los intermediarios ante los mallkus (los espíritus de los cerros sagrados). Al cantar (croar), el misckán llama al agua para que se despierte y descienda de las alturas cordilleranas, en forma de lluvia. En tiempos de sequía, son ellos, los sapos, los únicos capaces de encontrar, bajo las rocas, las últimas fuentes de agua.

El Rhinella atacamensis es una de las dos especies de sapos que habitan en nuestra región, junto al Rhinella spinolosus, sapo espinoso andino. Aquél que llamamos “sapito de cuatro ojos”, Pleurodema thaul, se clasifica como una rana, debido a sus hábitos estrictamente acuáticos.

El sapo atacameño vive en vegas, aguadas o junto a cursos de agua, incluso algunos muy exiguos, como hemos podido comprobar en varias ocasiones. Permanecen ocultos durante el día, debajo de la vegetación, de troncos o de rocas que estén junto al agua. No son grandes, no llegan a los 10 cm en su estado adulto y pesan unos 140 gr. Su alimentación consta de insectos y otros invertebrados que cazan de noche en las cercanías del agua.

Los sexos pueden diferenciarse en su estado adulto, porque tienen variaciones en su hábito, siendo los machos de color amarillo con manchas café o negruzcas, de forma irregular, en tanto la hembra tiene similares manchas, pero su piel es blanquecina, notoriamente más clara que en el macho. Estas diferencias no se advierten en los individuos inmaduros, en tanto los juveniles muestran pequeñas manchas rojas por todo el cuerpo y sobre los ojos.

En nuestra región no parecen ser abundantes, a nuestro parecer, porque los hemos encontrado sólo en contadas ocasiones.

















 

 

 

 

 


miércoles, 8 de julio de 2026

EL WAYCHAU

 

El Waychau

(El Mensajero del Destino)


Waychaucituy chayamuptin

(Cuando llegues waychaucito)

ñuqallayqa pasakusaq

(me pararé y me iré)

orquntapas qasantapas

(por los cerros y por las abras)

qamqhinapas phawasaqcha

(me iré corriendo como tú)

qamqhinapas waqasaqcha

(me iré cantando como tú)

 

Se le llama comúnmente Mero gaucho, para diferenciarlo del Mero, aunque también se conoce como Mero cordillerano. Como muchas aves andinas, tiene su nombre propio asignado por los indígenas: Waychau (o huaychau), que proviene del quechua. Es lo más probable que el “gaucho” de su nombre no tenga ninguna relación con los gauchos argentinos, como podría creerse, sino que sea una deformación del nombre quechua. De hecho, en la zona del alto Loa lo llaman guaicho. Otro nombre común que recibe es el de arriero, el que se debe a que -según algunas leyendas- antiguamente era un arriero al que, por su mala conducta con los animales, los Apus castigaron convirtiéndolo en ave. La ciencia, en tanto, le ha asignado el más prosaico nombre de Agriornis montanus.

El waychau -o mero gaucho, como prefieran llamarlo- es un ave de buen tamaño, entre 22 y 24 cm. Es principalmente de color café apizarrado (grisáceo dicen algunos), con el abdomen acanelado y la garganta blanquecina con notorias barras oscuras. La cola es oscura pero con las plumas laterales blanquecinas.

Es un ave propia del altiplano, pero en el norte de nuestro país es habitual que descienda a tierras más bajas, hasta el nivel mar inclusive, por lo que podemos encontrarlo hasta en la costa. Se alimenta de una variedad de presas, desde insectos y arañas hasta lagartijas y sapos, incluyendo huevos y pichones de otras aves y pequeños mamíferos, no obstante lo cual pueden también comer semillas.

Hacen sus nidos en el suelo, al amparo de rocas o arbustos, aunque también puede usar grietas o huecos en las rocas o hasta en los techos o paredes de las casas. No es confiado, pero no teme acercarse a las habitaciones humanas.

En algunas zonas andinas de su distribución se le considera injustamente como un ave de mal agüero, por error de las gentes. Según las antiguas tradiciones, el waychau es el mensajero del destino, por lo que se debe entender que –por ejemplo- si iniciaremos un viaje y lo escuchamos cantar, no deberíamos continuar, o bien deberíamos hacerlo con precaución, porque él nos está avisando del peligro que acecha más adelante. Sin embargo, las gentes lo han interpretado al revés y culpan de lo que pueda ocurrir a quien no hace más que transmitir el mensaje, achacándole ser quien causa el infortunio y, por ende, considerando de mal agüero a un ave que –por lo contrario- nos trae buena fortuna.

Así pues, no temamos el canto del waychau, más bien, hay que agradecer su prudente aviso.