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miércoles, 25 de marzo de 2026

EL MINERAL DE CARACOLES

 

El Mineral de Caracoles

La Comarca de la Plata

24 de marzo de 1870

Iglesia de la Placilla de Caracoles en 1874


Algunos dicen que el grito de la plata fue dado en la mañana del 24 de marzo y otros hablan del día 25, pero todos coinciden que fue el año 1870 y señalan al «Cangalla» Méndez como el afortunado descubridor del derrotero de Caracoles, en nombre de José Díaz Gana. Ahora bien, hemos de tener presente que los panizos de plata de Caracoles fueron descubiertos por chilenos y trabajados por chilenos ¿Alguna duda de aquello?

 

Definamos «Cangalla»: El término cangalla se refiere principalmente, en el norte de Chile y las zonas mineras, al mineral de baja ley que era descartado. Históricamente, también denominaba un contenedor de cuero usado en mulas, utilizado por mineros para ocultar y robar mineral de mayor valor bajo la excusa de transportar estos desechos, actividad conocida como "cangallar".  

En Argentina, a veces se usaba el término para describir a una persona pusilánime.

 

 

En la Ruta:

 

Saludos estimadas y estimados amigos y seguidores de los Caminantes del Desierto.

Como institución, vamos constantemente de visita al antiguo mineral de Caracoles. Hablamos de aquellos parajes que se ubican en las proximidades del poblado de Sierra Gorda, Región de Antofagasta, Chile, en donde se conservan tan sólo los vestigios, los rastros dispersos del establecimiento de un numerosa población y en donde -hemos de confidenciar a ustedes- hay harto para explorar y descubrir, aunque el territorio no es muy amigable con los citadinos; más bien, es inseguro, peligroso para aquellos que no están habituados a los obstáculos, los acopios, los piques profundos y los desniveles producidos por las lluvias. De igual manera, considerando la frase acuñada que dice: «El tiempo es plata», el lugar nos muestra la improvisación en lo que respecta a la disposición de los muertos, ya que estos se encuentran por todo el lugar, dispersos, a veces apenas cubiertos por la dura tierra y con no pocos de ellos arrastrados por los aluviones. También nos encontramos con un camposanto bien establecido, un cementerio en toda regla, el que no sólo se ha visto afectado por las inclemencias del clima y el olvido, sino también por la acción vandálica de los saqueadores de tumbas y de los desalmados que encuentran diversión en destruir. Triste designio para los que allí yacen en su sueño eterno.

 

Vamos a la historia:

 

Nos indican los textos (que estamos revisando) que fueron los indígenas de la zona quienes relataban que en el cerro Caracoles, al interior de Sierra Gorda, la plata estaba en la superficie, y que los originarios llamados Garabito y Osario, decían conocer el lugar. El minero Díaz Gana tuvo fe en dicha leyenda y organizó una expedición a la que se unió el Barón Guillermo Arnoux de la Riviere, ciudadano francés que vivía en Cobija. El minero preparó luego una nueva expedición pero, para asegurar su éxito, trajo desde Copiapó a un cateador de fama: "El Cangalla" José Méndez. La expedición partió en marzo de 1870 y estaba formada por José Méndez, Simón Saavedra Reyes, el carretero Sagredo y José Porras. Después de mucho caminar se durmieron sobre unos cerros y el cansancio cerró sus ojos.

 

La luz del sol naciente iluminó los cerros. "El Cangalla" miró con asombro como miles de luces centelleantes, cual explosión de juegos de artificios, se desprendían de los cerros. No tuvo dudas. Entonces gritó a todo pulmón y el eco devolvió la voz: "esos cerros tienen panizos de plata". El cerro de la plata estaba así descubierto un 24 de marzo de 1870.

 

El descubrimiento de Caracoles impactó violentamente en la población de la región. La plata era un panal de rica miel para aventureros de toda índole. Hombres de empresas y hasta políticos buscaron la gran riqueza, también hubo poetas -populares- que hicieron versos elogiando a los descubridores chilenos y quedó en el tiempo esta copla.


Viene un enganche y me engancho

Y me voy pa´ caracoles

Y de allá traigo hartos soles

Pa´ remoler con los mauchos

 

 

Según nos dicen las crónicas de Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos, escritas en 1899:

 

El mineral comprende tres grupos principales de minas, denominados de Caracoles, de Blanca Torre y de la Isla. El primero, y cuyo nombre se le dio por las amonitas o caracoles fósiles que por allí son comunes, fue también el primero descubierto en la mina, que se llamó La Deseada, el 25 de marzo de 1870, y subsecuentemente los otros. Sobre este hecho dice el prefecto de Cobija en informe del 20 de noviembre de 1873, pasado al gobierno de Bolivia: «Por los datos en el archivo de la notaría de Hacienda, aparece que varios cateadores (buscadores de minas), llevados por Don José Díaz Gana al desierto de Atacama, encontraron en una comarca desconocida y sin nombre varias vetas de plata, que fueron sucesivamente registradas en 19 de abril y 10 de mayo de 1870.»

 

Según ciertos relatos que anexamos a continuación, se exponía lo siguiente:

 

En dichos tiempos, el sub-prefecto de Atacama informaba a sus superiores que la población boliviana en el desierto era escasa (1872) y había carencia de trabajadores en la Provincia, debido a “las numerosas vetas que cada día se estaban descubriendo y cuyas adjudicaciones se están haciendo continuamente y no pueden todavía ser trabajadas por falta de brazos y de otros auxilios para el laboreo” . Demanda que fue suplida por trabajadores chilenos, encontrándose en 1875 el territorio boliviano –en el decir del Gobernador boliviano de Antofagasta– “invadidos por multitud de jornaleros y gentes mal entretenidas” que provenían de Chile. En este contexto, la irrupción de la placilla de Caracoles, 160 kilómetros desierto adentro, cambió la fisonomía poblacional de Atacama, debido a una concentración de población que en la región no tenía parangón. Allí persistió una relación porcentual semejante con la presencia de chilenos, quienes en 1873 -a juicio de un articulista boliviano- superaban “a los bolivianos desparramados en este mineral, en una proporción tal vez ni de un 10%”.

 

El impacto económico de Caracoles en la región fue de alta importancia, provocando un aumento de la población y habitaciones al que se le deben sumar las agencias de crédito, comercio, planta de destilación de agua, carretas, etc. Debido a que el flujo de los migrantes aumentó enormemente y a que desde Antofagasta se internaban a Caracoles, el gobierno boliviano decretó en 1871 la condición de Puerto Menor para la antigua caleta de La Chimba (Arce, 1997: 106). El corolario fue que la riqueza de Caracoles generó en el centro de Chile un “creciente entusiasmo”, que llevó a la Pacific Steam Navegation Company a establecer una línea desde Valparaíso a Cobija dos veces al mes (Tornero, 1872: 201).

 

En términos de distribución espacial, el mineral de Caracoles estaba conformado por una serie de explotaciones argentíferas y dos poblados: Placilla Norte y Placilla de la Isla, la primera con alrededor de 5.000 habitantes y la segunda con 4.000, aunque se ha llegado a establecer una cifra total de 20.000 habitantes (Arce, 1997: 243). Ambas formaban un conglomerado que poseía escuelas, diarios, teatro e iglesia (Bravo, 2000: 49), instituciones financiadas mayoritariamente por particulares. Es posible constatar que el patrón de ocupación del espacio fue disperso y respondió a la premura de instalarse para el beneficio de las explotaciones argentíferas, careciendo de lógica distributiva y diseño de sus calles. A partir de esto, Caracoles respondió al modelo de ocupación tardo colonial de las placillas, donde la presencia de las autoridades estatales fue escasa y la distribución se realizó a medida que los terrenos se ocupaban en las inmediaciones de las explotaciones.

 

Así se constata que el surgimiento de Caracoles tuvo una total carencia de planificación y de diseño urbano. Al respecto, André Bresson, un testigo privilegiado en el desarrollo de esta placilla escribió que en sus primeros años “todo estaba ubicado aquí o allá muy irregularmente ofreciendo el aspecto más miserable” (Bresson, 1886: 326), formada por algunas precarias casas hechas con murallas de piedra cubierta con alfombras, carpas y tolderías, carentes de orden, que resultaban de la premura por habitar el espacio, siendo las únicas casas de madera las de Díaz Gana. En 1872, Bresson indica que “como se pudo, se estableció un alineamiento en las calles siguiendo la dirección general de la quebrada” y el gobierno boliviano hizo construir una pequeña vivienda para el subprefecto. Dos años más tarde, la encontró como “una pequeña ciudad”, más ordenada y con calles simétricamente alineadas, en ángulo recto, “como se usa en las ciudades de origen español”, habiéndose convertido en una ciudad “populosa y rica” (Bresson, 1886: 326).

 

El hito que marcaría el inicio de la decadencia de Caracoles se produjo con el incendio del 8 de agosto de 1876, el que tuvo su más severo impacto en la calle de Mineros, acabando con edificios comerciales y viviendas, como describió un periódico local “pocas de las casas de comercio han restablecido su negocio, y los que vivían del producto de alquileres, hacen muy poco por restablecer sus pérdidas”. El incendio provocó un alza en los pastos para animales y en el transporte, a lo que se sumó la disminución de las minas explotadas y la caída en la producción argentífera. Obviamente, el resultado fue una merma en el número de habitantes, hasta el abandono del poblado a partir de 1878, cuando se acabaron los años de bonanza argentífera. Diferente fue el caso de las placillas que se crearon en el sector chileno del desierto de Atacama, donde la instalación de vecinos en las cercanías de las explotaciones fue regulada inmediatamente por las autoridades centrales enviando comisionados para el levantamiento de un plano que tenía como base el damero que mantenía una distribución ortogonal que buscaba la regularidad de las nuevas poblaciones, considerando la simetría y orden espacial implícito, que se entienden como sinónimos del orden social.

 

Para concluir, hemos de agregar que, en los ocho años que duró la bonanza de Caracoles, el mineral produjo 855.202 kilos de plata con valor de $ 30.053.000 de 48 peniques.

Se ha calculado que el costo total de producción ascendió en números redondos $ 18.000.000, en tanto que los empresarios hicieron una utilidad $ 13.053.000.

Para dar una idea de la magnitud de estos montos, cabe señalar que en 1871 la Casa de Moneda acuñó solo $ 659.364, que las exportaciones de artículos alimenticios en el mismo año eran de $12.302.223, en tanto que las importaciones fueron de $ 3.817.366.

El resultado de estas enormes utilidades fue el enriquecimiento rápido de aventureros y empresarios, quienes compraron fundos y construyeron fastuosas casas y palacios en Santiago, Valparaíso y Antofagasta.

 

 

Nace Caracoles y Colapsa Antofagasta

 

https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/p/nace-caracoles-colapsa-antofagasta.html

 

La Flor del Desierto

 

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/mc0012938.pdf

 























 

 


lunes, 23 de marzo de 2026

LA PLACILLA DE ESMERALDA

 

La Placilla de Esmeralda

(La ciudadela sobre los abismos)


Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos. Grato nos resulta el poder estar una vez más con ustedes en este lunes 23 de marzo, luego de un viaje con algo de épica, historia, derroteros y camaradería. El recorrido a la Placilla de Esmeralda, Quebrada La Cachina y territorios de Guanillos, con visita a caleta Cifuncho.

 

Antes de contarles lo que fue nuestro viaje a Esmeralda, definamos lo que es una Placilla, según los historiadores.

 

Las placillas eran un espacio marginal y autogenerado de poblamiento, que no seguía el modelo urbanístico del damero que funcionaba como referente de distribución y organización espacial y permitía diferenciar disciplinariamente, definiendo espacios dentro del trazado urbano (Durston, 1994: 109). Así, la placilla minera fue por antonomasia un lugar de descompresión social, espacio de juerga y vida alternativa al poder que estructuraron los sectores subalternos hasta mediados del siglo XIX.

 

Pues bien. Nosotros solo brindamos la opinión de terceros, de los investigadores, puede que no estemos de acuerdo o puede ser que sí lo estemos.

 

Saludos ¿Nos acompañan en nuestro recorrido?

 

Les hemos de contar que este sábado -recién pasado- salimos con rumbo nocturno al sur de nuestra comuna, más allá de la punta de los Taltales (Taltal) y por los límites de la región. Hablamos de Quebrada La Cachina ¿Han escuchado hablar de ella? También por la antigua Placilla de Esmeralda, inmersa en la cumbre de un terreno maravilloso y finalizando por la Quebrada de Guanillos. Todo este espacio se encuentra en la Región de Antofagasta y colinda con el Parque Pan de Azúcar, aquel parque cuyos límites se insertan entre las regiones de Antofagasta y Atacama.

 

Partimos de noche. Avanzamos -por la carretera- muy lentamente, no hay luna y no hay necesidad de correr, ya que contábamos con el tiempo suficiente para llegar a nuestro destino. Afuera, en el medio del desierto, se percibe el frío muy intensamente, quizás unos 5 a 6 grados por sobre el «0». Por aquí, entre el cruce de Taltal y la ruta 5 norte hay evidencia de que corrió el agua, agua que cayó en los sectores altos. Las huellas están ahí, o mejor dicho, las grietas. Entramos -en algún momento- por uno de los tantos caminos que nos llevan al balneario de Cifuncho, o Caleta para los que conocen mejor dicho lugar, y nuestro viaje continúa por unos 40 minutos hasta llegar a dicho enclave, para descansar un par de horas antes de continuar el viaje.

 

Ya en la costa, en caleta Cifuncho,

 

Siempre contamos con aquello del que todos duerman plácidamente, con una tranquilidad en la que se pudiesen contar los angelitos o las hadas del sueño, pero como resulta habitual, no faltan los desvelados, o, los inquietos, que se bajaron prestos apenas se detuvo nuestro bus. Un gran letrero nos indicaba que estábamos en Cifuncho, pero no bastaba tan sólo con aquello. Algunos comenzaron a bajar a la playa y luego se dirigieron al poblado hasta llegar al muelle, resulta evidente que más de algún residente se debió sorprender y dudar de nosotros -los recién llegados- e incluso hubo uno que se asomó a su ventanal, haciéndose visible, lo que nos permitió establecer una amena conversación con el lugareño. Era de Coquimbo, pero radicado hace más de 40 años en el sector y, siendo buzo-mariscador, sabía bastante del territorio y tenía algo que se agradece, la facilidad para comunicar dicha información y hacerla entendible a todos, no era simpleza de vocabulario por su simpleza de vida, cosa que ustedes entenderán, era una virtud aprendida con los años (algunos le llaman sabiduría), también con la experiencia y con algo que nos agrada, aquello de preguntar al que sabe o buscar en los textos (si los hubiese disponible) para entender su territorio y poder explicarlo al que le quisiera escuchar y vaya que lo escuchamos. Cuando nos preguntó que andábamos haciendo, sólo respondimos que conociendo su tierra y tratando de comprar empanadas, ahora, que fuesen las 05 de la madrugada, eso era tan solo circunstancial.

 

A las 7 de la mañana, cuando asoma el sol por el lado de la cordillera, los cerros se van llenando de colores y el mar retoma su color azul, es el momento de continuar nuestro viaje. Para algunos el bus sigue siendo muy cómodo y abrigado, por lo tanto, siguen su sueño. A eso de las 07.30 horas entramos de lleno por el territorio del Tigrillo; algunos, los menos, asocian el nombre a un cerro al que se le llama Tigrillo y, si hemos de hablar con la verdad, nos parece que hay que ser muy pareidólico para ver a un gato en dichas formaciones. Nosotros pensamos que dicho nombre viene de un gato salvaje que habitó, o aún habita, por estos lugares.

Se vienen las curvas cerradas, esas que si bien no fueron obstáculo en nuestro viaje anterior, ahora resultan de cuidado, el camino –o lo que queda de él luego del paso del agua- es tierra y gravilla, resbaloso y mucho más estrecho, pensamos -en algún momento- que tendríamos que partir el bus en dos para hacerlo pasar por ciertos lugares, pero pudo más la pericia del conductor (sigo sierra en mano por si mi opinión se debe ejecutar). Entramos en el primer llano, espacio libre, naturaleza, mucha vegetación y por donde vamos no hemos visto ser humano alguno, eso habla muy bien de nuestra elección de recorrido. Entramos por la segunda cadena de cerros, por el fondo mismo de una quebrada que nos llevará a nuestro destino; por aquí el camino no sólo se estrecha, también quedaron surcos y grietas (a ambas lados) que hacen a nuestra ruta algo riesgosa. Subimos por suaves laderas y bajamos por hondonadas, un camino peligroso pero entretenido, muy hermoso, hasta que llegamos a la última estribación y viene la bajada final, a la quebrada de la Cachina.

 

Teníamos muy claro que por estos lugares había llovido bastante y que, cuando llueve, quedan marcas profundas en el territorio. La carretera es la primera en verse afectada, ya que está compuesta de tierra compactada y bischofita, aquél mineral natural de cloruro de magnesio hexahidratado obtenido en el Salar de Atacama, tan usado en los caminos rurales de la región. Esta cubierta estabilizadora fue removida en algunas partes del camino, haciendo más lento nuestro transitar, por precaución. Las quebradas también se vieron comprometidas con los aluviones y el terreno se volvió de cuidado ya que, al verse humedecido, se torna lábil e inseguro tanto al apoyo como a la marcha.

 

La Cachina también tuvo sus impases, pero la vegetación, especialmente la Grama salada -Distichlis spicata- contuvo eficazmente la riada en ciertas partes. Toda el agua que proviene de los cerros aledaños se vertió en estas aguadas y solo originó daños en el camino sin afectar la vegetación y la fauna existente. Ahora, ¿De dónde proviene el agua que fluye por dicha quebrada y que mantiene estos ecosistemas?. Los estudios nos indican que provienen de un cerro que se encuentra a los pies del Cerro Chicoteado, es decir, por sobre los 1900 m.s.n.m y recorre el desierto hasta llegar a la costa en una extensión de 110 kilómetros. Desde La Cachina misma, hablamos de las vegas de la Cachina, por su vegetación palustre que se supone especialmente compuesta por Scirpus chilensis, especie que no vimos y que no hemos visto en otras oportunidades (¿Será tal vez Juncus acutus?), nos vamos por la quebrada en dirección oeste, camino a la aguada. En el trayecto nos encontramos con La Placilla de Esmeralda, ciudadela ubicada sobre un promontorio cuyo extremo oeste da directamente a una enorme grieta rodeada de grandes cumbres y muchas más grietas. Habría que ser guanaco para vivir y transitar por dichos lugares.

 

Sobre La Placilla de Esmeralda propiamente tal.

 

Es muy poco lo que hemos encontrado sobre este asentamiento, más bien, breves referencias en los escritos de antiguos naturalistas, ingenieros y gambusinos. Su historia -contemporánea por supuesto- se remonta a 1880, en los inicios de la Guerra del Guano y del Salitre y se le asocia a la industria de la plata, aunque si vemos el mapa geológico y mineral, podemos decir que esta zona destaca por sus rocas intrusivas (dioritas a granitos) con fallas tensionales que albergan mineralización de cobre y oro. Entonces ¿De dónde sale la plata? El hecho de que se nombre el cobre y el oro no significa que no hubiese plata, se le dio más importancia a los dos primeros minerales, pero, según los consultados para este escrito, la plata provenía de los mantos de Guanillos y las minas de Tigrillo, material que se depositaba en Esmeralda y luego se trasladaba a caleta Tigrillo para su embarque, y es ahí cuando entra nuestro buzo-mariscador quién nos dice que no hay cimientos, soportes o vestigios de que en aquel lugar haya habido un embarcadero, y que dicho material -ya procesado- era llevado a Cifunchos (Con « s» final, como lo dicen los mapas antiguos) para su embarque.

 

Esmeralda tuvo dos periodos de bonanza, desde 1880 a los inicios de los 1900 y entre 1940 hasta una fecha indeterminada, cuando fue reabierta y trabajada por una familia dedicada a la minería y que nos indican se dedicaban al oro.

 

¿Cuánta gente albergó dicha placilla?

 

Esta placilla fue el resultado de una planificación que denotaba una mayor presencia del Estado, comisionándose a Máximo Villaflor para que hiciera formal distribución de lotes y estructurara la incipiente vida urbana. En 1883, escribía al intendente de Atacama acerca de las dificultades que presentaba “uniformar una importante población de dos mil habitantes”. Más tarde, la Comisión exploradora del desierto de Atacama, realizó las mensuras para dejar “relacionado el local de las minas principales con el puerto más próximo de la triangulación general del Desierto”, levantándose el plano topográfico y verificándose otras operaciones de interés para el conocimiento de ese distrito minero. En el caso de este mineral, el damero usado como base de la distribución del poblado se adecuó a la morfología del lugar, pues al estar asentado en una quebrada se mantuvo la forma alargada, distribuyéndose 97 lotes en ocho manzanas rectangulares en un eje norte-sur.

 

Aunque tan sólo el puerto de Esmeralda albergó a doscientas personas, la existencia de la Placilla de Esmeralda fue efímera. Se fue despoblando paulatinamente, quedando como una ciudad fantasma una vez que los caminos cayeron en desuso.

 

Hay presencia de guanacos y otros animales por ciertos lugares, también hay presencia de cazadores. No nos extraña ¿A alguien le extraña?

 

Para saber un poco más:

 

El Departamento de Taltal: La Morfología del Terreno y sus Riquezas. Ludwig Darapsky

 

https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/SM/SM0000606.pdf



























 

 


sábado, 21 de marzo de 2026

NI LOS FARAONES SE SALVARON DEL SAQUEO

 

Ni los Faraones se salvaron del saqueo

Menos aún los más desafortunados


Algunos, los menos por supuesto, nos dicen o nos piden que no vayamos a los cementerios del desierto para, de esa manera, evitar hacerlos públicos y que así no lleguen los (que nos recomiendan poner para graficar a los saqueadores) Sin embargo, la verdad es que nosotros no vamos a los cementerios, son éstos quienes asoman en nuestro constante deambular por el territorio, y nos resulta muy difícil el abstenernos de visitarlos, cosa que hacemos con la única finalidad de satisfacer la curiosidad y brindar el correspondiente saludo a la «Parca» y a los descarnados. Y, ciertamente, no es difícil ni extraordinario encontrarse con cementerios al recorrer la pampa, si consideramos la cantidad de oficinas salitreras que hubo en nuestra Región.

 

Ahora, el pino Oregón parece ser la madera con la cual se elaboraban la mayor parte de los ataúdes y otras estructuras funerarias, y ante esto nos asaltan dos dudas:

¿Habría una funeraria en aquellos lugares que contaban con tan poca gente? Creemos que no, que los familiares y los carpinteros del lugar eran quienes elaboraban dichos cajones, tanta improvisación así lo deja en claro.

 

Tanto las edificaciones como las instalaciones industriales estaban hechas de pino Oregón, y por lo que hemos visto también los cementerios. La historia nos dice que dicha madera era traída como lastre en los barcos, para equilibrar la embarcación. ¿No será mucho el gasto? Porque bastaba con estibar sacos con tierra para dicha tarea y está el ejemplo del principal parque de Antofagasta, la avenida Brasil, en el cual se utilizó la tierra del lastre (de las naves) para crear dicha área verde, eso dice la historia. Para nosotros, la madera del pino Oregón era traída para comercializarla, aquí, esa madera valía su peso en oro, sobre todo por su resistencia (dureza) a las inclemencias del desierto. Entonces ¿Gratis? No nos calza. ¿Dilucidar esto nos hace más doctos o cambia en algo la historia? En nada, absolutamente en nada, pero siempre asoman personas que quieren saber un poco más y no podemos sólo elucubrar, debemos contar con respuestas válidas.

 

Un botón de mi cosecha.

 

¿Por qué tanto muerto en este norte?

 

Las enfermedades pues. Lo que antes intentaban curar los «curanderos» y/o la fe (y se consideraban milagros) hoy lo cura la ciencia. Morir en aquel entonces era fácil, bastaba un resfrío, una apendicitis, un zancudo, una plaga de piojos, etc., para que la gente, especialmente niños y ancianos, cayeran como moscas (dicho naturalizado chileno) Debemos recordar que varias enfermedades infantiles de las que hoy apenas se recuerda el nombre, como el Coqueluche, hacían estragos entre los pequeños.

 

Dejamos al margen los males de ojos, los empachos, las lipirias y los soponcios.

 

 

El señor bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia nos dice:

 

Hace ciento once años atrás, alguien grabó una placa recordatoria de hierro, una suerte de lápida que pocos podían darse el lujo de tener, la fijó con dos fuertes remaches en una gran cruz de hierro, que no era menos lujosa, y la instaló en una tumba recién ocupada en un cementerio salitrero.

Quizás alguien, en su ignorancia de la realidad de esa época y momento, considere exagerada, y hasta risible, mi calificación de “lujosa” para una gruesa placa mortuoria mal cortada y peor escrita, plena de faltas ortográficas y montada en una cruz descuadrada. Pero quien haya visto que en todo ese cementerio, en el que yacen no menos de quinientos difuntos, sólo una tumba posee una cruz metálica como ésta y una placa semejante, tal vez entenderá lo que quiero decir. Si bien hay unas cuantas cruces metálicas (que no llegan a la decena) ninguna tiene tan generosas dimensiones, y definitivamente ninguna otra tiene semejante placa metálica para identificar al difunto. Ni siquiera una de menor calidad o peor escrita.

 

Lo mejor que se puede encontrar en las otras tumbas son palabras grabadas en una tabla, ya borradas por las inclemencias del clima y el paso implacable del tiempo, o algunas iniciales y fechas talladas en la propia cruz, no menos ilegibles ya. La mayoría de las tumbas –por otra parte- no son sino un túmulo de tierra y una cruz de madera mal clavada en el suelo que, en muchas de ellas, ya ha perdido el travesaño y no parece ser sino una anónima estaca sobresaliendo del suelo. Pocas son las que lucen una valla de madera, más o menos elaborada, protegiéndolas, y no son más de tres aquellas en que la valla es de metal.

 

Curiosamente, la sepultura desde la que orgullosamente se erige la gran cruz metálica, es una de las que menos destaca, ya que del túmulo sobre ella queda apenas nada, y nada –también- la rodea o protege. De no ser por la sobredimensionada cruz, pasaría desapercibida entre tantas otras.

De quien allí yace sólo se sabe que era mujer, mas no su edad, ya que nada se dice de ella. Muchas de las tumbas del aquél cementerio son de niños de corta edad, pero no son menos las de adultos, según se puede colegir por su tamaño, pero en este caso lo derruido del túmulo funerario no deja inferir nada. El nombre de ella nos quedará también sempiternamente oculto, tras las escuetas y enigmáticas iniciales que preceden a su apellido, Ramos.

 

Esta tumba se ha agregado al selecto y reducido grupo de aquellas que, pese a los años, han quedado grabadas en mis recuerdos, de los distintos cementerios abandonados que he visitado en la pampa. Difícilmente podría olvidarla, pero, curiosamente, no por quien en ella fue sepultada, ni por el estado en que se encuentra –como me ha ocurrido con otras- sino por esa gran cruz y su placa.

Dos cosas al margen:

No daremos ubicación y si nos preguntan por soluciones que vayan más allá de la naturaleza humana (de algunos por supuesto) bastaría con cubrir los cementerios y colocar una placa, una cruz o, un símbolo que indique que es un lugar de recogimiento (descanso), símbolo que incluya a todos. Esto impediría, de una buena vez, que se siga destruyendo, por acción de la naturaleza, el tiempo y del sapiens-sapiens.