PRÓXIMAS RUTAS

martes, 19 de mayo de 2026

RUMBO A TOCONAO

 

Rumbo a Toconao

La Morada de los Toconares


Resulta evidente que en el territorio por el cual nos vamos desplazando (de sur a norte) resalta la vegetación (esta es abundante luego de las últimas lluvias), de igual manera, destacan sus volcanes y sus cerros cuyas cumbres sobrepasan (gran parte de ellas, los 5.000 e inclusive, los 6.000 metros) y por último, más no menos importante, los diversos cursos de agua que fluyen en dirección al gran Salar de Atacama.

 

Vamos rumbo a Toconao, la morada de los Toconares

 

En la cartografía oficial, la quebrada que contiene a Toconao asoma como la quebrada de Honar y el río Toconao, cuyo curso natural de agua nace entre el cerro Putas y el cerro Honar, desde donde fluye con dirección general poniente hasta desembocar en el salar de Atacama. En el informe de la Dirección General de Aguas y en algunos blogs de turismo aparece con el nombre de “Quebrada de Jere" o "Quebrada de Jerez". Bien valga el porqué de aquello.

En su curso alto el Toconao recoge las aguas del río Zilapeti y en su cauce inferior recibe las aguas del Poquios y del Sapaque.

 

Ahora bien, como resulta obvio que su nombre no pasará desapercibido, diremos que el mencionado Cerro Putas (5.407 m.s.n.m) -desde el cual nace el río Toconao- está ubicado a unos 50 km al suroeste de San Pedro de Atacama y, aunque no existe un registro histórico oficial de su bautizo, la tradición oral y los relatos locales atribuyen este peculiar y llamativo nombre a dos posibles razones: 

- A una Inspiración satírica: En el folklore de la minería y el arrieraje, se acostumbraba a usar nombres llamativos, irónicos o de carácter profano para lugares de difícil acceso, condiciones extremas o que representaban un desafío físico monumental.

- A leyendas tradicionales: Al igual que otras formaciones con nombres sugerentes en la zona (como el Valle de la Muerte), se asociaría a relatos folclóricos sobre las dificultades extremas, la escarpada geografía y el aislamiento del sector.

 

Sin embargo, creemos que su verdadero origen es otro y más antiguo. Los primeros españoles que llegaron a estas tierras tuvieron serios problemas para registrar la topografía indígena, ya que la lengua Kunza de los LickanAntay abunda en sonidos secos y guturales, difíciles de transcribir al español, por lo que “castellanizaban” los nombres a lo que les pareciese más similar. Misma situación se les presentaba con el quechua y el aymara, lenguas que también se usaron en la zona en distintos momentos.

 

Así, de acuerdo a lo que se conoce actualmente de estas lenguas por los diccionarios, tenemos que la raíz p’uta –o phuta- en el aymara y p’utuy –phutuy- en el quechua se refieren a algo que emerge del suelo, ya sea agua que brota o una prominencia de piedras o rocas, por lo que es probable que el nombre del cerro fuese P’uta o P’utuy (el cerro donde nace el agua o el río), y el transcriptor español lo asimiló a una palabra por él conocida. Con muy mal tino, si hemos de decir, ya que otros cartógrafos más pudorosos –en este siglo- han preferido señalarlo en los mapas como “Cerro Punas”, que suena bastante mejor.

 

Ahora, sea cual sea el nombre del cerro y su origen, no podemos menos que reconocer que las aguas que en él se originan impactan grandemente en el paisaje de la zona, creando lugares muy hermosos y llenos de vida, dignos de ser visitados, como hemos podido comprobar.

 














 

viernes, 15 de mayo de 2026

UNA HISTORIA DE AMOR EN BICICLETA


Una Historia de Amor en Bicicleta


Sandra acaba de partir en su viaje a la eternidad y aunque nunca la conocimos -a pesar de estar tan cerca- la recordaremos de la manera que muchos quisiesen ser recordados, con sus imágenes -cedidas por ella-, con su relato que habla de amor, de engaños y de nuestro norte.

 

Esta es una historia simple pero maravillosa en donde cada palabra es el reflejo de un ayer que parece a la vuelta de un sueño, pero es una historia que ya va para las cuatro décadas.

 

Una Historia de Amor en Bicicleta

(Recordar significa repasar por el corazón)

 

Por esas cosas del destino y bajo el embrujo de una imagen que muestra una desolada casona en el litoral costero de Tocopilla-Chile, específicamente en un lugar llamado Gatico, se comunicó con nosotros una agradable señora que, al poco hablar, nos dijo:

 

“Me llamo Sandra Fuentes Parra y quiero contarles una historia. Una historia de amor, pero en bicicleta, la cual incluye a Gatico como parte importante de mis recuerdos.

 

Cuando era joven -20 añitos-  yo tenía un novio alemán con el que decidimos viajar por el mundo en un velero. Después de un año de trabajo y de ahorros, nos dimos cuenta que no nos alcanzaba ni para las velas, por lo que se me ocurrió la idea de viajar en bicicleta (Un gran cambio de planes). Yo nunca había tenido una de estas, por lo que demoramos 3 meses en armar el viaje y subirme en uno de estos artefactos.

 

Con los ahorros compramos una carpa usada de militares, la cosimos para achicarla, buscamos los mapas necesarios, vendimos todo lo que teníamos y partimos desde Santiago en dirección al norte en octubre del año 1990.

 

El comienzo fue muy difícil. Recuerdo que al segundo día de viaje tuve un accidente y me dañé levemente la cabeza (Un comienzo poco auspicioso). En esos primeros días de recorrido avanzamos muy poco, de 25 a 30 km diarios. Todo esto cambió al norte de la Serena, parece increíble, pero mientras más nos adentrábamos en el desierto, más energía teníamos. Tuvimos en este trayecto tramos muy difíciles, como en la estación Los Vientos, mucho antes de llegar a Antofagasta. Este último tramo lo hicimos en un día con una distancia total de 100 km ¡En un día! Me sentía súper energética por lo que subimos Inmediatamente a San Pedro de Atacama, poblado del que tanto me habían hablado.

 

Ahí me enamoré inmediatamente del lugar, que por supuesto no tiene nada que ver con el San Pedro de hoy. El viento mecía los pimientos de la plaza en cada atardecer y en sus calles sólo transitaban rebaños de llamas y cabras en dirección a sus corrales. Todo era paz, una postal del ayer.

 

Después de permanecer por espacio de una semana, volvimos a Antofagasta y seguimos en dirección al norte, pero por la costa. Fue ahí cuando conocí el castillo de Gatico, hasta ese momento nunca había escuchado su nombre, es más, fueron los trabajadores del casino de Michilla quienes me dijeron que había sido un castillo de la armada de fines de los 1800.

 

Estuvimos dos días acampando en la casona, el camino era tan malo que no sentí -con la calamina del camino- cuando se cayeron los ganchos de la carpa y se perdieron, así es que este lugar fue perfecto para tener un techo en esas noches.

 

Más adelante, llegamos a Iquique y nos dirigimos a sacar la visa para entrar a Bolivia. Seguimos con nuestras bicicletas rumbo al altiplano, pero la puna me la ganó. Llegó un momento en el que ya no podía mantenerme en pie e hicimos dedo a un camión que nos dejó en Quebe, un pequeño poblado sin habitantes cercano a Colchane. En el lugar solo vivía un abuelito de unos 80 años que nos dejó ocupar el patio de una casa vacía, la cual era de adobe. Nos dejó además agua caliente para el mate y en la mañana nos llevó a tomar un baño caliente en una vertiente del lugar. ¡Estábamos en el paraíso!

 

Parece extraño, pero el pueblo estaba abandonado y recorrí con toda tranquilidad sus calles y casas, había también una escuela cuyas protecciones de ventana se golpeaban por efecto del viento y en su interior todo estaba como si los niños recién hubieran salido a recreo. Sus útiles intactos, los pizarrones con tareas y una gran foto del presidente de turno en cada sala.

 

Seguimos rumbo a la frontera y cruzamos a Bolivia para continuar en dirección a Oruro, en donde descansamos un par de días, después de la pesada ruta arenosa. Seguimos nuestra ruta por el altiplano visitando varios poblados que me dejaban cada vez más triste. Las condiciones en la que vivían las personas estaban fuera de todos los conceptos de pobreza que yo había conocido hasta ese momento.

 

Llegamos a La Paz en diciembre. Nos quedamos visitando los mercados y conociendo a la gente de esa ciudad maravillosa, hasta que decidí que quería terminar el viaje ahí mismo y también la relación con mi novio. Volví a Santiago en bus, lloré todo el viaje al reconocer los lugares y las piedras del camino.

 

Después de dos meses volví a San Pedro, a este norte mágico en donde hice toda mi vida, formé mi familia y cumplí todos mis sueños.”

Cuan grato es comprobar como una simple imagen puede despertar de tal manera los recuerdos de las personas; nos sentimos honrados al poder contarles esta historia, “Una Historia de Amor en Bicicleta”.









 

 


martes, 12 de mayo de 2026

SINUM CYMBA

 

Sinum cymba

El Caracol Papa

(La especie no guarda relación con Mufasa o el rey león)


Los vestigios de un mar remoto, están ahí, en Mejillones. Dispersos sobre la arena o formando una amalgama de conchas, arenas y piedras en lo que fue un borde marino hará miles o millones de años atrás. Ahora bien. No todo lo que encontramos (vemos o fotografiamos) forma parte de ese pasado remoto, también hay restos actuales y algunos de ellos en muy buen estado y estos vestigios nos permiten conocer lo que habita (aún subsiste) en dichos fondos o bajíos.

 

Ante esto, nos indica el señor bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia (Hacemos mención que Don Rodrigo es muy Castillo para sus cosas, por aquello se reitera tanto su apellido)

 

Si mucho ignoramos de los animales que viven en nuestro desierto, cuanto más de aquellos que lo hacen bajo las aguas de nuestra costa. Y es que poca oportunidad tenemos los antofagastinos -salvo aquellos que han hecho del mar su forma de subsistencia- de conocerlos. Por lo general vemos sus restos, más que a los animales vivos. Como ocurre con los caracoles, por ejemplo, cuyas vacías conchas pisamos cuando vamos a la playa. Entre esas conchas, que de tan vistas ya nos pasan desapercibidas, nos encontramos a veces alguna que nos llama la atención, por no haberla visto nunca.

 

Esto es lo que nos pasó hace unos días atrás, y la fotografiamos para poder identificar quién fue su dueño, y mostrárselo a ustedes, con el convencimiento de que –salvo para unos cuantos- será tan novedosa como lo fue para nosotros. Hechas las consultas, pudimos saber que se trata de un caracol nativo, que lleva más tiempo que nosotros en estas costas: el Sinum cymba.

El género Sinum, que pertenece a la familia Naticidae -los llamados caracoles luna- agrupa a cerca de 50 especies. La información disponible es algo confusa, de manera que no podríamos decir en forma efectiva cuántas especies de este género están presentes en Chile, pero sí podemos asegurar la presencia de una de ellas: el Sinum cymba.

 

Sinum cymba es, casualmente, una de las especies más grandes de este género, y tiene una distribución bastante extensa, que abarca desde el Ecuador hasta las costas de Valparaíso, a profundidades menores de 200 m. Son de hábitos nocturnos, y es una especie poco abundante que –hasta donde pudimos averiguar- no es de consumo habitual por los humanos.

 

Son caracoles de buen tamaño, que pueden alcanzar hasta los 7 cm, su concha forma una espiral baja y auriforme (esto significa “con forma de oreja”), de color claro bastante variable, que puede ir desde un café violáceo hasta el blanco.

 

Más al sur le llaman “caracol papa” –vaya usted a saber por qué- pero en general es conocido como “babosa de mar”, debido a que produce una gran cantidad de baba, que le permite desplazarse por debajo del fondo arenoso. Tiene un aspecto bastante curioso, ya que su pie es tan grande que casi oculta su concha.

 

Por otra parte, Sinum, el nombre del género, significa “seno” y hace referencia –dicen- al parecido que su concha tiene con esa parte del cuerpo femenino. O, al menos, para el que así los llamó.











 


lunes, 11 de mayo de 2026

¡PETROLEO EN ANTOFAGASTA!

 

¡Petróleo en Antofagasta!

¡Atrás bellacos, yo lo vi primero!



¿Y si fuese cierto?

 

Pues bien. En principio, debe haber causado expectación y los más entusiastas, con la noticia de aquel entonces, deben haber sido las ballenas. Aquello de dejar de depender de su aceite -con su vida incluida- para depender exclusivamente del aceite mineral, según citan los expertos:

«Que el petróleo salvó a las ballenas parecía evidente desde hacía tiempo. Fue el historiador Louis Stotz, quien escribió en 1938 que «el descubrimiento de petróleo en Pensilvania dio queroseno al mundo y vida a las pocas ballenas que quedaban». Así ilustró Vanity Fair el descubrimiento de petróleo en Pensilvania en 1861.



Sobre el petróleo de Siglia nos señala el señor bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia que:


Las noticias en los periódicos del año 1923 decían así, que se había encontrado petróleo en nuestra región. Pero –spoiler- esto nunca fue. No pasó de ser el deseo de enriquecimiento de algunos, en una época en que se buscaba petróleo –el oro negro- por todas partes.

Un informe del doctor Carlos H. Fritzche, emitido en 1921, consignaba la existencia de emanaciones gaseosas de hidrocarburos y presencia de parafinas, en un sector de la Cordillera de Los Andes próximo al paso de Sico. Se trataba del Salar de Siglia, junto a la formación del mismo nombre.

Basados en dicho informe, y ante el ansia que existía entonces en el país por descubrir y explotar yacimientos de petróleo, se constituyó la Comunidad «Petróleos de Antofagasta» formada por un numeroso grupo de inversionistas. Dos años después, en 1923, esta Comunidad pasó a ser la Compañía Petrolífera de Hidrocarburos de Antofagasta, incluyendo a nuevos socios. Posteriormente, en 1924, fue vendida a un consorcio australiano, que formó la Chilean Oil Field Company Limited.

Lo que se había encontrado eran arenas superficiales impregnadas de petróleo, de unos 40 cm de espesor. Al hacer un pozo en uno de estos campos de arenas, las emanaciones de gases petrolíferos eran tan fuertes que los trabajadores no podían mantenerse ahí más que por algunos minutos. Otro lugar que generaba expectativas era un cono de barro situado en las faldas del cerro Pirámide, lleno de aguas saladas, del que afloran continuamente burbujas de gas. Ninguno de estos indicios, ni las perforaciones que se hicieron, permitieron concluir que había allí petróleo que pudiera extraerse y explotarse. Aunque es posible que tampoco se concluyera lo contrario.

No fue sino hasta once años y 130 inversionistas después, en 1935, que finalmente se convencieron que en realidad no existía tal yacimiento petrolífero, o que no se daban las condiciones para seguir explorando –no sabemos- y la compañía fue disuelta, terminando así con el sueño del petróleo antofagastino.

No obstante, no podemos dejar de decir -que posterior al cierre de la Compañía- en 1947, un informe del doctor Juan Brüggen, eminente geólogo de origen alemán, fundador del Instituto de Geología de la Universidad de Chile, menciona la posibilidad de que sí existan yacimientos en el Salar de Siglia, dados los indicios observados por él en el lugar.

Finalmente, diremos que Siglia no fue el único lugar del norte chileno que despertó falsas esperanzas y vanos esfuerzos: también se hicieron intentos en el Valle de Lluta (Arica-Parinacota), en Chintaguay (Tarapacá), en Copacoya (Antofagasta, cerca del Tatio) y en la Cordillera de Domeyko (Atacama).

 

Geología y Morfología de la Puna de Atacama

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/MC0064532.pdf