PRÓXIMAS RUTAS

viernes, 3 de abril de 2026

SOLO CANTAN LOS CASCAJOS

 

Solo cantan los cascajos

En la Odisea, versión antofagastina


Hoy podemos vivir a miles de kilómetros de este norte y, no obstante, en un par de horas ya estamos pisando el territorio. Es indudable, Se acortaron las distancias y así cualquiera llega por estos lares; con ello, se ha ido apagando el sentimiento de arraigo, si es que alguna vez lo hubo. Esto significa que no todos los que estamos acá, en este norte, somos de acá y nos sentimos parte del norte.

 

Palabras de un escribano que nació a los 18 años, acá, en Antofagasta. Lo certifica el acta (hecha por mi) que reafirma totalmente mi antofagastinidad.

 

Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.

 

 

Resulta evidente que el acceso a las ciudades del norte de nuestro país - en los inicios- era difícil, ya que dicho acceso se realizaba en barco (vapores) a pesar de que ya existían caminos o senderos (muy precarios) entre Chañaral, Taltal y Antofagasta. Esto último -sobre los caminos- quedó escrito en los relatos de Isaac Arce en su historia del bandido chileno Silverio Lazo (El Chichero), quien, arrancando de las autoridades, fue perseguido y abatido cerca de Chañaral. La ruta de escape fue por los caminos improvisados, esos que solo se atrevían a cruzar los carreteros con sus carretas y resultaban un calvario para hombres y animales.

 

Al poco andar -de nuestras ciudades- ya habían caminos para unir Antofagasta con Calama e inclusive con trazo directo a Caracoles, el gran mineral de la plata, pero no existían caminos para unir Antofagasta con Tocopilla de forma directa o esta última ciudad con Iquique y quienes se movilizaban entre una ciudad y otra, debían esperar el paso de un vapor o darse la vuelta por las rutas salitreras, ya sea en carreta, en tren o en su propio caballar y bajar a Tocopilla por la conocida cuesta Barriles, esa que unía Tocopilla con una gran cantidad de oficinas salitreras repartidas por el medio del desierto, a espaldas del río Loa, conocidas como el cantón Toco.

 

Para 1914 se viene un gran adelanto, se inaugura definitivamente la línea de ferrocarriles (longitudinal norte) que unía nuestra ciudad y región con el resto del país, esto indica que realmente estábamos muy aislados del territorio nacional y, aunque los viajes duraban sólo un poco menos que los realizados por Odiseo (si se iba a la capital o al sur del país), al menos disminuía notablemente el tiempo de viaje, los costos y las complicaciones generadas al viajar por mar. Además, se tenía acceso a los pueblos intermedios, cosa que no podía hacerse en los barcos de pasajeros.

 

Con el correr del tiempo, también llegan los coches que no requieren animales de tiro. Lentamente se van bajando las cortinas de carreteros y de diligencieros, de herreros y posaderos, ya no se requieren tantos animales para la carga e, inclusive, es la misma economía la que se encarga de parar el crecimiento regional. Vienen los años de oscurantismo, de retroceso.

Ya para el año 1960 (En el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez) se habló de completar el tramo final del camino, los 20 km de carretera que unían a Antofagasta con Tocopilla y de otras obras que estaban inconclusas entre Taltal y Antofagasta. He de contarles que, siendo aún muy pequeño, me trajeron a Antofagasta en un bus de una desaparecida empresa llamada Libac, dicho bus salió a las 17:00 horas desde la ciudad de La Serena y llegamos a Antofagasta a eso de las 16:00 horas. En aquellos años no era objetable que los padres hicieran un sitio para dormir -a los menores- bajo los asientos, pero fue imposible dormir por el estado de la carretera, que según lo que voy relatando, no tenía más de 8 años de construcción, o quizá fue proyectada pero no se construyó. Cosas que sabemos que pasan, pero ponemos cara de que vimos a la virgen.

 

Para los años 80, fines de los años 80, pude conocer el camino que unía a la ciudad de Antofagasta con Tocopilla y la historia era triste. Los conductores que transitaban por dichos lugares eran osados y el camino era para valientes. Quizás el poco de asfalto que quedaba -en dicho trazado- era para recordar que alguna vez existió un camino.

 

La ruta a Taltal estaba en las mismas condiciones o quizá peores y una vez (1985) nos invitaron a conocer la salitrera Pedro de Valdivia, casi no llegamos ya que estaban refaccionando la ruta y nos perdimos por los vericuetos polvorientos del desierto.

 

Hoy, podemos llegar a cualquier punto y hasta las huellas más imperceptibles nos parecen practicables para la aventura, para seguir la ruta pionera de carreteros y gambusinos, de familias y de gañanes. De igual manera, de cuando en vez volvemos a subirnos en una chalupa o embarcación para revivir las antiguas sensaciones del navegar por el no tan pacífico Océano Pacífico (que no lo es tanto) y mirar, ya sea por babor o estribor, como se va perdiendo la ciudad en lontananza. Esa vista nos hace pensar en lo que habrán sentido los primeros habitantes asentados por este norte al abandonar sus hogares con la esperanza de un futuro, futuro que para más de alguno quedó truncado en el fondo del mar o en algún camino del desierto.

 

Jalisco, aunque te moleste. Ser chileno (que lo somos y hasta el tuétano) es orgullo de muchos, ¿Antofagastino? Privilegio de pocos. No excluimos a nadie, salvo a quién no se siente antofagastino ¿Capito?

 

Un viaje en los vapores de la mala del Pacífico i una mirada al desierto de Atacama. Eulogio Allendes.

 

https://www.bcn.cl/Books/Un_viaje_en_los_vapores_de_la_mala_del_Pacifico/index.html#p=6

















 


martes, 31 de marzo de 2026

CULÍES EN EL NORTE

 

Culíes en el Norte

(Los honorables hijos del celeste Imperio)


Hoy hablaremos de los Culíes ¿Les parece?, no de alguna etnia, no de las modalidades de contratación, de los chilenos o de mis pasiones, de las cuales soy muy esclavo. Reitero (Jalisco): de los Culíes.

 

Dentro de pocas semanas haremos un gran recorrido por la costa de la Región de Tarapacá y nuestros destinos comprenden el Pabellón de Pica, Huanillos, Río Seco y la desembocadura del río Loa. Nuestra motivación, lo que nos insta a caminar, va por aquello de conocer y reconocer la sórdida tarea de la explotación del Guano la suerte de sus operarios, ciudadanos que venían bajo la modalidad de contratados, pero que, en la realidad, eran simplemente esclavos. Estos ciudadanos eran chinos que recibían el apodo de Culíes, de los que buen número de ellos quedaron tirados en dichas faenas, hasta que a fines de los ´90 (1998-1999) se les dio -finalmente- una digna sepultura y se les rindió un merecido homenaje.

 

Culiculícoolie fue el apelativo utilizado para designar a los cargadores y trabajadores con escasa cualificación procedentes de la IndiaChina y otros países asiáticos.

 

Culíes en el Norte

 

Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.

 

Cuando se comenzó a tocar este tema entre nosotros, que reconocidos pro- hombres chilenos que habían hecho su fortuna o cavado su pobreza en este norte habían utilizado esclavos en sus faenas -hablamos de culíes- nos causó resquemor, y esta picazón es debida a que no habíamos encontrado referencia alguna sobre el tema. Hablamos de escritos, ensayos, o menciones sobre la presencia de esclavos chinos en el territorio que se ubica al sur del paralelo 23, territorio considerado chileno.

 

Ahora bien. Algunos acotarán que aún los propios naturales que vivían en dichos espacios eran tratados como esclavos y hemos de reafirmar dicha acotación, en honor a la verdad y la historia, pero, ¿Chinos en Mejillones o en Antofagasta? o ¿Juan López, José Díaz Gana o José Santos Ossa usando esclavos en sus actividades? Esto para mí era nuevo y nos dimos a la tarea de buscar nueva información, dejando de lado el texto que nos trajo esta buena nueva y que corresponde a un escritor que cuenta con cierta ideología que pudo poner al servicio de su idea, mezclando moros con cristianos y digo esto porque, hubo esclavistas en Cobija, Gatico y también en Tocopilla, pero no eran de nacionalidad chilena, aunque si hubo esclavistas en Chile.

 

Motivado por la desazón y la intriga, llegué a consultar a un reconocido periodista y escritor histórico de Mejillones, quién dejó en claro que no hay referencia alguna de Culíes en dicho lugar y tampoco cuenta con antecedentes que hagan mención de su presencia por las diversas guaneras que allí se establecieron, cosa que se hubiese sabido y hubiese quedado en los registros. Sobre los operarios que contrató José Santos Ossa o, los que ayudaron a Juan López, en sus faenas, eso sí está documentado y eran compatriotas, mas no vamos con el ánimo de proteger o de encubrir, es tan sólo la tarea de indicar a los que fueron partícipes de tan cruel negocio y no manchar la honra de quienes no tuvieron vela en el entierro.

 

Pero veamos que nos dicen sobre esto:

 

“Colonos Chinos... la barca Isabel Quintana... debe llegar a Caldera con 120... Todos vienen obligados a ocho años de trabajos forzosos y los hay de diversos oficios... Sus pedidos a don Manuel Chopitea”.

(Diario “El Copiapino”, 19 de mayo de 1853).

 

Mucho se ha hablado, y se habla, de los esclavos chinos en el territorio peruano, antes y durante la Guerra del Pacífico. Se dan altas cifras, y se dice que habrían colaborado en las acciones bélicas. Otros dicen que no, que sólo sirvieron para cumplir tareas de apoyo y nunca combatieron. Hay también quien dice que ni eran esclavos siquiera, sino trabajadores. Se han dicho y se pueden decir muchas cosas, ciertamente.

 

Así, leí un artículo que afirma que no era sólo en Perú donde había estos esclavos chinos, sino también en Chile y –¿Cómo no?-en el territorio de la segunda región, por entonces considerado como perteneciente a Bolivia, pero explotado por nuestros nacionales y no pocos europeos bajo la tutela del gobierno chileno. Nos dice que incluso conocidos empresarios de Antofagasta los usaban en sus industrias, mencionándose a Ossa, Latrille y hasta a Juan López. No mencionaré a los europeos avecindados en la zona, porque de ésos ya sabemos que nunca tuvieron muchos escrúpulos a la hora de aprovecharse de otros para hacer fortuna, a excepción de uno que hay que nombrar por ser el principal encargado del tráfico de personas en la zona: el español José María Artola, de la Casa Artola, la más importante gestora de negocios en la región entre 1828 y el comienzo de la explotación del salitre. No sólo traficaba con peones, también ofrecía préstamos y vendía alimentos e insumos a mineros y covaderos con intereses usurarios del 50%, a cobrar cuando empezaran a producir. Obviamente, el cobro lo hacía en productos, de manera de ganar aún más vendiéndolos él posteriormente a mejor precio.

¿Será cierto que estos –ahora- notables chilenos utilizaban culíes chinos en sus explotaciones? No hay motivo para no creer que sí, a mi juicio, ya que estamos hablando de la época anterior al descubrimiento de Caracoles, y por tanto a un tiempo en que no había interés en venir a trabajar al lejano y desolado norte. ¿De dónde obtener entonces mano de obra? Hay un registro de una carta de un comerciante de Cobija a Artola, en el que le refiere que consiguió “traer de Valparaíso a 200 peones que le costaron $10.000 pesos oro” ($50 cada uno), y en donde le pide “que no admitan en sus faenas a estos prófugos”. Es decir, no sólo había pagado por ellos, sino que además éstos eventualmente se fugaban de sus faenas, por lo que no cabe suponer fuesen simplemente trabajadores contratados legalmente y descontentos con su trabajo. ¿Quiénes eran estos peones y de dónde provenían? No sabemos a ciencia cierta, pero Valparaíso era el principal puerto nacional, por lo que tanto pudieron ser chilenos como chinos. Como se puede leer en la publicación de “El Copiapino” citada arriba, y también en los escritos de Benjamín Vicuña Mackenna, en la zona central de Chile se utilizaban culíes chinos y no era novedad para nadie, por lo que suponer que eran también traídos al norte es muy lógico.

 
Se ha dicho también que en el área de influencia chilena –como en el país- no se aceptaba la esclavitud, porque ésta había sido abolida por Carrera décadas antes, pero lo cierto es que los culíes no eran esclavos en el sentido que lo fueron los africanos, por ejemplo. Era una esclavitud encubierta bajo un sistema de contratación. Un agente contrataba obreros en China, con pago anticipado, por el plazo de 8 años. El contrato los obligaba a trabajar en lo que se les encomendara, pero ese contrato podía ser traspasado (vendido) a otro empleador, de manera que en la práctica podían terminar en un trabajo muy diferente a aquél para el que se habían comprometido, y en un lugar muy distante, ya que se les podía transportar a donde fuese necesario. Además, que se respetara el plazo de 8 años en esos tiempos, en que la falta de autoridades en el territorio dejaba la aplicación de la Justicia en manos de los propios empresarios, era mucho esperar, si no se respetaba no había nadie a quién acudir.

 

Ciertamente que, a excepción de fijar ese plazo de 8 años y el pago anticipado de una suma de dinero, en lo demás los contratos eran similares a los de cualquier otro trabajador en Chile. En esos tiempos, el empleador era prácticamente dueño de los trabajadores, y éstos estaban obligados a servir en las condiciones que se les impusieran.

Ahora, si alguien se pregunta el por qué aceptaban semejantes contratos los chinos, la respuesta es porque en ese país era normal que una persona se “vendiera” por dinero, para ayudar a su familia o solventar algún gasto importante, comprometiéndose a trabajar para un amo por un determinado plazo de tiempo. Además, se les vendía la idea de que cumplido el contrato, en América podrían trabajar y ganar dinero en abundancia para ellos mismos. La gran diferencia reside en que en China esos plazos se respetaban, y cumplido el contrato la persona quedaba libre de nuevo. En América no era así, lo que los budistas chinos cumplían debidamente en su país, los empresarios “cristianos” no consideraban conveniente respetarlo si iba en contra de sus intereses económicos.

Ciertamente, aunque hubo culíes chinos en nuestra Región no fueron tantos como en Tarapacá y en el propio Perú, donde se contaban por miles, y por eso no se aprecia una presencia notable. Pensemos que si en este territorio era difícil para un chileno conseguir mujer y formar una familia, ¿Cuánto más lo sería para un chino, por muy libre que fuera?

 

[Cuando alguien me diga que “los chinos” tratan mal a sus trabajadores, le pediré que vea la foto de la Dra. Lindberg. Ya que no es la nacionalidad, es la raza la mala…]

 

Sobre Pabellón de Pica:

 

Cuando escuchamos hablar de Pica, la idea que nos viene inmediatamente es el oasis que muchos de nosotros hemos visitado, a 120 km de la costa. Pero lo cierto es que existe otro lugar con ese nombre, mucho más importante históricamente, ubicado –justamente- a orillas del mar: Pabellón de Pica.

 

Pabellón de Pica es un gran farellón costero, ubicado a 80 km al sur de Iquique, que fue por siglos un lugar de extracción de guano, recurso que antes del descubrimiento del salitre era muy apreciado y valorado. Según algunos historiadores, ya los indígenas prehispánicos conocían las propiedades del guano y lo extraían, pero fueron los españoles los que iniciaron una explotación en regla, para llevarlo como fertilizante a los valles de Arica. Las excelentes condiciones de la caleta de Pica permitían el acceso a los barcos, facilitando tanto la llegada de agua y pertrechos, como la exportación del producto.

 

Para 1876, siendo todavía territorio peruano, en torno a Pabellón de Pica había una población de 8.236 habitantes, dedicados a la extracción y exportación de guano, que no tenían otros recursos que los que pudieran llegar por mar o por los caminos carreteros que conducían a las salitreras del interior.

 

Famoso es este lugar porque, bajo la administración peruana, y de acuerdo a la “Ley China” de 1849, los empresarios que explotaban el guano llevaron varios cientos (si no miles) de culíes chinos, virtuales esclavos, para realizar los trabajos en condiciones infrahumanas. Engañados con un contrato que los obligaba a trabajar por 8 años, los traían de Cantón o Macao, pero el plazo no se respetaba, usándose malas prácticas para extenderlos indefinidamente. Quienes se rebelaban eran fusilados o, peor aún, condenados a una muerte cruel, atados y abandonados al sol, hasta morir de sed. Muchos de estos culíes, agobiados por la realidad en que vivían, se suicidaban arrojándose desde las alturas del peñón, y sus cuerpos momificados por el sol permanecían en el lugar en que caían por décadas. Esto no es una exageración, ni mucho menos. Refiere el Dr. Horacio Larraín Barros que en octubre de 1999 se realizó una recolección de huesos humanos dispersos alrededor de Pabellón de Pica, para ser inhumados en el cementerio de Río Seco, por las autoridades, el Obispo de Iquique y el Cónsul de China, erigiéndose un monumento con una placa grabada en chino mandarín que, se dice, se refiere en términos poco respetuosos al gobierno peruano.

 

Dado que el guano de este farellón se encontraba desde los 150 metros de altura hacia abajo, y entre los “caletones” que los roqueríos de su base forman, los obreros debían trabajar muchas veces suspendidos de las rocas, o descender por ellas hasta el lugar de trabajo. Quedan todavía –según dicen- restos de las pasarelas de madera por las que transitaban con los sacos de guano a cuestas para sacarlo hasta la costa.

 

Algo que no nos dice la historia, o no hemos encontrado, es con qué mano de obra se continuó la explotación del guano en Tarapacá. Si los chinos fueron liberados durante la guerra, ¿de dónde se consiguió la mano de obra para seguir trabajando? Porque el gobierno chileno explotó estas covaderas desde 1883, tras la firma del Tratado con Perú, por 10 años, para luego entregarlas bajo contrata a la “Peruvian Corporation Limited”, por 8 años más y, finalmente, dejarlas en manos de contratistas nacionales. O sea, ¿Se podían explotar y ganar dinero, sin esclavizar gente? Obvio que si.

 

La Esclavitud de los Rapa Nui

 

Dice un breve artículo

 

Un año antes que llegara el hermano Eugenio Eyreaud, de los Sagrados Corazones, a isla de Pascua, Rapa Nui había sido asaltada por buques esclavistas peruanos. Tres mil isleños, entre ellos el rey Kaimakei y el príncipe heredero, habían sido capturados y llevados a las guaneras de las islas Chinchas. Cuando las autoridades francesas acudieron en su socorro, sólo pudieron rescatar a una veintena de pascuenses sobrevivientes, contagiados de viruela.














 


viernes, 27 de marzo de 2026

POR AYUDAR AL PERÚ

 

Por ayudar al Perú

(Tan americanistas que somos)

Puerto de Cobija


Algunos estarán a favor y otros, en contra, de nuestros comentarios. Independiente de aquello, estamos de acuerdo con ambos.

 

Muy buenas tardes.

 

Cuando revisamos ciertos pasajes históricos, que comprometen a este norte por supuesto, nos preguntamos el porqué de ese sentimiento tan americanista y enfermizo que profesaban o, mejor dicho, trasudaban algunos, ese sentimiento que lejos de haberse extinguido sigue vigente y nos ha causado tantos problemas y desastres.

Sepan que en algún minuto de nuestra historia fuimos grandes; por ejemplo, para el año 1851 tan sólo en el puerto de Valparaíso se encontraban registrados 103 buques para el tráfico internacional y un número superior a 200 para el tráfico americano. A fines de esa década, nuestra marina mercante y su pabellón eran ampliamente conocidas en todos los puertos del mundo. Para los inicios de 1860 nuestros productos llegaban al mundo y nuestra moneda era tan valiosa como la Libra esterlina, pero vino a entrometerse el duende del americanismo y nos enfrascamos en una pelea que no era nuestra, para ayudar al Perú; pero ese país (sus políticos) nos pagaron con total deslealtad nuestra ayuda. Nos bombardearon Valparaíso, perdimos la gran flota mercante y tuvimos que llegar a pactar con Bolivia (por el territorio del norte), para que dichos vecinos tuvieran a bien interceder para que uno de sus ciudadanos, o más bien un español avecindado en su territorio, no siguiera surtiendo a la escuadra española.

 

Cuando hicimos mención de este dato histórico, hará una década atrás, los denuestos fueron numerosos y gran parte de nuestros contertulios nos mandaron a buen recaudo. Para ellos (siendo chilenos) el territorio tenía dueño y no era Chile el propietario.

A pesar de ello, insistimos en dejar muy en claro que tuvimos que inclinar obligadamente la cerviz (entregar parte del territorio en disputa), para que Bolivia nos apoyase -y también apoyase al Perú- declarándole la guerra a España y dejando de prestar ayuda a la flota de Pareja mediante el auspicio de la Casa Artola de Cobija, datos que ahora sacamos a la luz citando los escritos de Marcelo Segall, en el boletín de la Universidad de Chile de junio de 1967.

 

¿Dónde estuvo este escrito que tardó tanto en llegar a mis manos?

 

La Historia dice así:

 

«La Casa Artola tenía el control económico del tráfico de toda esta zona. Era la agencia de contratación. Su propietario, un vasco de convicciones carlistas, era muy considerado, responsable, solvente y serio. Siempre hacía hincapié en su honestidad, en su fe intransigente de católico guipuzcano y en su sinceridad. La historia antofagastina de la Casa Artola es casi la historia económica de la provincia en el lapso entre 1828 y la explotación salitrera. Cobija, su centro de actividad, era el puerto que conducía tanto a Potosí como a Salta (Argentina). Además, era un foco minero y de covaderas.

 

Cuando llegó a Cobija Artola, recién se había sido liberado el continente y todo negocio internacional era de buena perspectiva. Su Casa abarcó todo. En su patria había aprendido la proveeduría corriente, importó licores -“Jerez color paja”, “Oporto en Barriles”, vinos chilenos-, también botas y vidrios, según anota un poseedor de su correspondencia. En su paso por Brasil, aprendió el valor del tráfico humano, pero cuando algunas leyes impidieron acrecentar más su negocio se dirigió a Cobija. Allí aplicó sus conocimientos brasileños a los culíes chinos. También fue muy lucrativa otra actividad: el préstamo usurero. Habilitó con herramientas y comestibles a los mineros y covaderas a1 interés común de ese tipo de negocios, a1 50 por ciento, cobrable en las futuras extracciones. Ganaba en la proveeduría y en el anticipo. Todo pagado en productos para vender. Hábil comerciante, no dejó circular dinero corriente en su ciudad: el metal era producto para exportar. Nadie veía monedas sino sólo fichas y vales. Organizó el más perfecto sistema de acumulación de plusvalía y de control para impedir la huida de los trabajadores. Ya muy rico y con Casa Bancaria en San Sebastián, España, se permitió ofrecer capital al poderoso banquero y habilitador de Valparaíso don Agustín Edwards. Desde Cobija, le escribió el 10 de junio de 1861: “puede usted ocupar con franqueza a su afectísimo”. Sin embargo, es necesario evitar confundir a Edwards con Artola. El banquero de Valparaíso era hijo de un inglés audaz -participó en las luchas de la Emancipación- y de una criolla coquimbana. Más o menos liberal en asuntos religiosos. Además, sus descendientes directos se arraigaron al país. En cambio Artola fue el vasco español descrito por Pío Baroja como el típico “indiano”. El emigrante vuelto a su patria en calidad de nuevo rico, deseoso de participar en fiestas elegantes y de ser contertulio del señor Obispo. Caricatura de los conquistadores del siglo XVI, capaz de pasar sobre cadáveres para llegar a ser un personaje a su retorno. Mientras Edwards era todo prudencia sagaz y audacia mercantil, Artola cometió tres imprudencias graves y no estabilizó sus negocios en América. Una de sus imprudencias, la menor, fue dejar testimonio gráfico de los culíes de su mina Toldo de Gatico. Obra en mi poder. Toldo y sus anexos en su periodo de auge –aún se explota en pirquin- dio vida a una población de 7.000 habitantes. La segunda imprudencia fue más delicada: para obtener utilidades considerables y a la vez contentar su conciencia de peninsular pasó a ser el gran proveedor de la Escuadra Española del Almirante Pareja, destinada a recuperar sus colonias del Pacífico en 1864. Cuando Pareja se apropió de las Islas Chinchas, las mayores guaneras del Perú y del mundo, amenazando la Independencia de Sudamérica, su abastecedor fue Artola. Hay un documento -publicado en el Nacional de Lima, número 89- que dice: José María Artola “ha hecho de sus bodegas el gran depósito que sirve a la Escuadra Enemiga”. El 7 de abril el Prefecto Quintín Quevedo debió ordenar su expulsión del país y la detención de sus hijos por traidores a sus patrias, Jorge (boliviano) y Francisco (chileno). El padre huyó a España. Los hijos a la Argentina. El almacén de la Casa Artola de Cobija fue embargado. Sin embargo, nada importante les sucedió a los bienes Artola. Estaban trasladados a San Sebastián. En la carta citada dirigida a Edwards, le indicó que su hijo mayor estaba a cargo de su Banco en España. Y que desde allí, desde Europa, estaba a sus órdenes comerciales. La tercera imprudencia fue su único acto de caridad desinteresada: donó la Iglesia de Cobija. Pero la hizo construir en un terreno cercano a la playa. Y, en ciertos años, el océano Pacífico tiene muy altas mareas. Por ejemplo, el 9 de mayo de 1877. Desde entonces. Cobija es sólo ruinas. No sin razón Simón Bolívar bautizó a Cobija como Puerto General La Mar. Además de la ironía, en verdad fue en homenaje a1 héroe de la Independencia Lamar.

En suma, Artola no hizo otra cosa que continuar un viejo modelo, copiado ya por su colega Chopitea: “hacer la América” y establecerse de banquero en España.»

 

Esta historia continúa, por supuesto. Aún no llegamos a los primeros colonizadores de Antofagasta, pero hemos puesto en evidencia a los Artola.

 

 

La Guerra Hispano-Americana

 

https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/2025/02/la-guerra-hispano-sudamericana.html

 

La Casa Artola en Cobija
Cobija
Cobija

Quintín Quevedo

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

EL MINERAL DE CARACOLES

 

El Mineral de Caracoles

La Comarca de la Plata

24 de marzo de 1870

Iglesia de la Placilla de Caracoles en 1874


Algunos dicen que el grito de la plata fue dado en la mañana del 24 de marzo y otros hablan del día 25, pero todos coinciden que fue el año 1870 y señalan al «Cangalla» Méndez como el afortunado descubridor del derrotero de Caracoles, en nombre de José Díaz Gana. Ahora bien, hemos de tener presente que los panizos de plata de Caracoles fueron descubiertos por chilenos y trabajados por chilenos ¿Alguna duda de aquello?

 

Definamos «Cangalla»: El término cangalla se refiere principalmente, en el norte de Chile y las zonas mineras, al mineral de baja ley que era descartado. Históricamente, también denominaba un contenedor de cuero usado en mulas, utilizado por mineros para ocultar y robar mineral de mayor valor bajo la excusa de transportar estos desechos, actividad conocida como "cangallar".  

En Argentina, a veces se usaba el término para describir a una persona pusilánime.

 

 

En la Ruta:

 

Saludos estimadas y estimados amigos y seguidores de los Caminantes del Desierto.

Como institución, vamos constantemente de visita al antiguo mineral de Caracoles. Hablamos de aquellos parajes que se ubican en las proximidades del poblado de Sierra Gorda, Región de Antofagasta, Chile, en donde se conservan tan sólo los vestigios, los rastros dispersos del establecimiento de un numerosa población y en donde -hemos de confidenciar a ustedes- hay harto para explorar y descubrir, aunque el territorio no es muy amigable con los citadinos; más bien, es inseguro, peligroso para aquellos que no están habituados a los obstáculos, los acopios, los piques profundos y los desniveles producidos por las lluvias. De igual manera, considerando la frase acuñada que dice: «El tiempo es plata», el lugar nos muestra la improvisación en lo que respecta a la disposición de los muertos, ya que estos se encuentran por todo el lugar, dispersos, a veces apenas cubiertos por la dura tierra y con no pocos de ellos arrastrados por los aluviones. También nos encontramos con un camposanto bien establecido, un cementerio en toda regla, el que no sólo se ha visto afectado por las inclemencias del clima y el olvido, sino también por la acción vandálica de los saqueadores de tumbas y de los desalmados que encuentran diversión en destruir. Triste designio para los que allí yacen en su sueño eterno.

 

Vamos a la historia:

 

Nos indican los textos (que estamos revisando) que fueron los indígenas de la zona quienes relataban que en el cerro Caracoles, al interior de Sierra Gorda, la plata estaba en la superficie, y que los originarios llamados Garabito y Osario, decían conocer el lugar. El minero Díaz Gana tuvo fe en dicha leyenda y organizó una expedición a la que se unió el Barón Guillermo Arnoux de la Riviere, ciudadano francés que vivía en Cobija. El minero preparó luego una nueva expedición pero, para asegurar su éxito, trajo desde Copiapó a un cateador de fama: "El Cangalla" José Méndez. La expedición partió en marzo de 1870 y estaba formada por José Méndez, Simón Saavedra Reyes, el carretero Sagredo y José Porras. Después de mucho caminar se durmieron sobre unos cerros y el cansancio cerró sus ojos.

 

La luz del sol naciente iluminó los cerros. "El Cangalla" miró con asombro como miles de luces centelleantes, cual explosión de juegos de artificios, se desprendían de los cerros. No tuvo dudas. Entonces gritó a todo pulmón y el eco devolvió la voz: "esos cerros tienen panizos de plata". El cerro de la plata estaba así descubierto un 24 de marzo de 1870.

 

El descubrimiento de Caracoles impactó violentamente en la población de la región. La plata era un panal de rica miel para aventureros de toda índole. Hombres de empresas y hasta políticos buscaron la gran riqueza, también hubo poetas -populares- que hicieron versos elogiando a los descubridores chilenos y quedó en el tiempo esta copla.


Viene un enganche y me engancho

Y me voy pa´ caracoles

Y de allá traigo hartos soles

Pa´ remoler con los mauchos

 

 

Según nos dicen las crónicas de Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos, escritas en 1899:

 

El mineral comprende tres grupos principales de minas, denominados de Caracoles, de Blanca Torre y de la Isla. El primero, y cuyo nombre se le dio por las amonitas o caracoles fósiles que por allí son comunes, fue también el primero descubierto en la mina, que se llamó La Deseada, el 25 de marzo de 1870, y subsecuentemente los otros. Sobre este hecho dice el prefecto de Cobija en informe del 20 de noviembre de 1873, pasado al gobierno de Bolivia: «Por los datos en el archivo de la notaría de Hacienda, aparece que varios cateadores (buscadores de minas), llevados por Don José Díaz Gana al desierto de Atacama, encontraron en una comarca desconocida y sin nombre varias vetas de plata, que fueron sucesivamente registradas en 19 de abril y 10 de mayo de 1870.»

 

Según ciertos relatos que anexamos a continuación, se exponía lo siguiente:

 

En dichos tiempos, el sub-prefecto de Atacama informaba a sus superiores que la población boliviana en el desierto era escasa (1872) y había carencia de trabajadores en la Provincia, debido a “las numerosas vetas que cada día se estaban descubriendo y cuyas adjudicaciones se están haciendo continuamente y no pueden todavía ser trabajadas por falta de brazos y de otros auxilios para el laboreo” . Demanda que fue suplida por trabajadores chilenos, encontrándose en 1875 el territorio boliviano –en el decir del Gobernador boliviano de Antofagasta– “invadidos por multitud de jornaleros y gentes mal entretenidas” que provenían de Chile. En este contexto, la irrupción de la placilla de Caracoles, 160 kilómetros desierto adentro, cambió la fisonomía poblacional de Atacama, debido a una concentración de población que en la región no tenía parangón. Allí persistió una relación porcentual semejante con la presencia de chilenos, quienes en 1873 -a juicio de un articulista boliviano- superaban “a los bolivianos desparramados en este mineral, en una proporción tal vez ni de un 10%”.

 

El impacto económico de Caracoles en la región fue de alta importancia, provocando un aumento de la población y habitaciones al que se le deben sumar las agencias de crédito, comercio, planta de destilación de agua, carretas, etc. Debido a que el flujo de los migrantes aumentó enormemente y a que desde Antofagasta se internaban a Caracoles, el gobierno boliviano decretó en 1871 la condición de Puerto Menor para la antigua caleta de La Chimba (Arce, 1997: 106). El corolario fue que la riqueza de Caracoles generó en el centro de Chile un “creciente entusiasmo”, que llevó a la Pacific Steam Navegation Company a establecer una línea desde Valparaíso a Cobija dos veces al mes (Tornero, 1872: 201).

 

En términos de distribución espacial, el mineral de Caracoles estaba conformado por una serie de explotaciones argentíferas y dos poblados: Placilla Norte y Placilla de la Isla, la primera con alrededor de 5.000 habitantes y la segunda con 4.000, aunque se ha llegado a establecer una cifra total de 20.000 habitantes (Arce, 1997: 243). Ambas formaban un conglomerado que poseía escuelas, diarios, teatro e iglesia (Bravo, 2000: 49), instituciones financiadas mayoritariamente por particulares. Es posible constatar que el patrón de ocupación del espacio fue disperso y respondió a la premura de instalarse para el beneficio de las explotaciones argentíferas, careciendo de lógica distributiva y diseño de sus calles. A partir de esto, Caracoles respondió al modelo de ocupación tardo colonial de las placillas, donde la presencia de las autoridades estatales fue escasa y la distribución se realizó a medida que los terrenos se ocupaban en las inmediaciones de las explotaciones.

 

Así se constata que el surgimiento de Caracoles tuvo una total carencia de planificación y de diseño urbano. Al respecto, André Bresson, un testigo privilegiado en el desarrollo de esta placilla escribió que en sus primeros años “todo estaba ubicado aquí o allá muy irregularmente ofreciendo el aspecto más miserable” (Bresson, 1886: 326), formada por algunas precarias casas hechas con murallas de piedra cubierta con alfombras, carpas y tolderías, carentes de orden, que resultaban de la premura por habitar el espacio, siendo las únicas casas de madera las de Díaz Gana. En 1872, Bresson indica que “como se pudo, se estableció un alineamiento en las calles siguiendo la dirección general de la quebrada” y el gobierno boliviano hizo construir una pequeña vivienda para el subprefecto. Dos años más tarde, la encontró como “una pequeña ciudad”, más ordenada y con calles simétricamente alineadas, en ángulo recto, “como se usa en las ciudades de origen español”, habiéndose convertido en una ciudad “populosa y rica” (Bresson, 1886: 326).

 

El hito que marcaría el inicio de la decadencia de Caracoles se produjo con el incendio del 8 de agosto de 1876, el que tuvo su más severo impacto en la calle de Mineros, acabando con edificios comerciales y viviendas, como describió un periódico local “pocas de las casas de comercio han restablecido su negocio, y los que vivían del producto de alquileres, hacen muy poco por restablecer sus pérdidas”. El incendio provocó un alza en los pastos para animales y en el transporte, a lo que se sumó la disminución de las minas explotadas y la caída en la producción argentífera. Obviamente, el resultado fue una merma en el número de habitantes, hasta el abandono del poblado a partir de 1878, cuando se acabaron los años de bonanza argentífera. Diferente fue el caso de las placillas que se crearon en el sector chileno del desierto de Atacama, donde la instalación de vecinos en las cercanías de las explotaciones fue regulada inmediatamente por las autoridades centrales enviando comisionados para el levantamiento de un plano que tenía como base el damero que mantenía una distribución ortogonal que buscaba la regularidad de las nuevas poblaciones, considerando la simetría y orden espacial implícito, que se entienden como sinónimos del orden social.

 

Para concluir, hemos de agregar que, en los ocho años que duró la bonanza de Caracoles, el mineral produjo 855.202 kilos de plata con valor de $ 30.053.000 de 48 peniques.

Se ha calculado que el costo total de producción ascendió en números redondos $ 18.000.000, en tanto que los empresarios hicieron una utilidad $ 13.053.000.

Para dar una idea de la magnitud de estos montos, cabe señalar que en 1871 la Casa de Moneda acuñó solo $ 659.364, que las exportaciones de artículos alimenticios en el mismo año eran de $12.302.223, en tanto que las importaciones fueron de $ 3.817.366.

El resultado de estas enormes utilidades fue el enriquecimiento rápido de aventureros y empresarios, quienes compraron fundos y construyeron fastuosas casas y palacios en Santiago, Valparaíso y Antofagasta.

 

 

Nace Caracoles y Colapsa Antofagasta

 

https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/p/nace-caracoles-colapsa-antofagasta.html

 

La Flor del Desierto

 

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/mc0012938.pdf