Un Viaje Eterno
(Historias del Longino)
Conversábamos hace poco, durante la celebración del Día del Patrimonio, con una señora octogenaria, respecto al valor que tienen los recuerdos de las personas mayores. Poco se les escucha, y mucho menos se registra lo que pueden contar.
Esto implica una pérdida cultural, ya que sus vivencias reflejan una época, unas costumbres y una historia que no todos conocen y que, en no pocas ocasiones, se pierde al irse definitivamente quienes las vivieron. Sí, hay libros que registran la historia, ciertamente, pero ¿Qué registran? Mayormente, sólo hechos. Pero no nos hablan de lo que las personas vivieron. Por ejemplo, se dice que Facebook es –actualmente- sólo para los viejos. Pero vaya que encuentra uno información cuando alguien –en una página cualquiera- saca a colación un recuerdo, menciona una vieja tienda, un lugar que ya no existe o una playa. Cuántas historias surgen de inmediato, cada cual queriendo hacer su aporte, felices de poder recordar su pasado. Y al leer esas cosas, no podemos menos que pensar en cuánto hay de nuestra historia que no sabíamos o que, sabiéndolo, lo habíamos olvidado.
“Un Viaje Eterno”.
Debíamos cruzar el desierto para llegar al destino —una ciudad del norte que, por su lejanía, tenía algo de mítica— la ciudad de Antofagasta.
Aunque oficialmente el viaje duraba tres días, para mí, a esa edad en que el tiempo se medía con otros relojes, era una verdadera expedición. Había que cambiar de tren a la mitad del recorrido, siempre en alguna estación polvorienta y, para más dificultad, no siempre de día.
El primer tren no era precisamente un lujo: aunque tenía asientos acolchados, había que acomodarse en un espacio donde se podía ir sentado, pero no cómodo. ¿Cuándo ha sido cómoda la Tercera Clase?
Dormir era una aventura. Lo más usual para mí —puesto que los asientos estaban reservados para los más pequeños— era dormir en el suelo. Y no era el único: a lo largo del carro, muchos otros niños compartíamos ese privilegio de la horizontalidad improvisada. Lo que ahora parece extraordinario es que nadie se quejaba. Hoy en día, hacer dormir a un niño en el suelo sería causal de denuncia por maltrato infantil, pero en aquel entonces equivalía a vivir una aventura.
Lo mejor, sin embargo, era la plataforma entre los vagones. Cuando al fin conseguí autorización, no sin antes recibir el sermón correspondiente, logré instalarme en ese extraordinario lugar. Ahí el viento te azotaba la cara, condimentado con el polvo del desierto, y uno podía ver el mundo desfilar como en una película muda: desierto infinito, cerros lejanos, postes de telégrafo que se repetían con una monotonía casi hipnótica. En una ocasión vi un burro momificado, apoyado en un poste como si estuviera descansando —y, bien pensado, lo estaba—. Lo vi pasar y perderse en el tiempo y el espacio.
Cambiar de tren era todo un espectáculo. Alguien gritaba: “¡Ése es el tren!” y todos corríamos, con críos, maletas y bultos a cuestas, sólo para que, al llegar, alguien más gritara: “¡Ése no es! ¡Es el otro!” Y vuelta a correr y a comenzar la lucha por conseguir un lugar para toda la familia. Como todas las familias perseguían lo mismo, había que ser muy ágiles; no era raro tener que entrar al vagón por la ventana. Y luego, por la misma ventana, recibir hermanos y bultos, sin distinción ni privilegios. Cuando digo "no era raro", quiero decir que era casi lo habitual.
El segundo tren era más modesto —una palabra generosa, si se me permite—. Los asientos ya no eran tales, sino bancos de madera, duros e implacables. A esas alturas del viaje, apenas quedaban los últimos huevos duros. Luego venía el arroz, que sólo resultaba comestible gracias al hambre.
A partir de ahí, el viaje tomaba otro cariz. Las locomotoras diésel eran en ese punto reemplazadas por otras a carbón y eso significaba que, dependiendo del viento, el humo —y el hollín, su primo cercano— entraban por las ventanas. Gran dilema: con las ventanas cerradas, el vagón se convertía en horno; con las ventanas abiertas, uno inhalaba carbón con cada respiro.
Más desierto. Interminable desierto. Calor abrasador durante el día, frío punzante en la noche. El tren paraba en estaciones polvorientas para saciar su insaciable sed de agua. Las sacrificadas madres bajaban a buscar agua caliente para las mamaderas de sus no menos insaciables retoños. Y el viaje continuaba, con su traqueteo monótono, que a mí me parecía música de fondo para una aventura interminable.
¿Nos aburríamos? Increíblemente, no. Los que gustaban de la lectura leían, otros cantaban, la mayoría conversaba de una y mil cosas, o jugaban eternas partidas de cartas. Había algo en ese vagón que hacía pasar las horas sin que pesaran.
A veces un joven con una guitarra desafinada cantaba, acompañado por otros, canciones populares. Había también detalles pequeños: una guagua que dormía plácidamente en una caja de cartón; una anciana que sacaba dulces de un canasto y los compartía generosamente con los niños de los asientos vecinos. En tres días de viaje los demás pasajeros pasaban a convertirse en parte del equipaje, uno que dejábamos atrás, y olvidábamos rápidamente, al desembarcar.
Finalmente llegábamos a destino: despeinados, empolvados, cansados… pero enteros. No recuerdo mucho del recibimiento, una ciudad calurosa pero amable y, aunque recuerdo que durante esas vacaciones lo pasábamos bien, lo que vuelve con más claridad, lo que permanece, no es la casa, ni la ciudad, ni los días después. Es el trayecto. Esa larga travesía por el desierto, entre el traqueteo del tren, el polvo y los bancos de madera.
Ahora, tantos años después —cuando los trenes son apenas un recuerdo, y las distancias se acortan pero los viajes se vuelven menos memorables—, a veces cierro los ojos y escucho el rítmico pulso del tren, resonando como una música lejana. Recuerdo el sabor inconfundible de la gallina fiambre y los sueños sin apuro sobre una frazada extendida en el duro suelo. No es nostalgia, o no sólo eso: es la conciencia de haber estado en movimiento, de haber mirado por la ventana un mundo que ya no existe. Y de haberlo hecho con los ojos muy abiertos, y con esa sensación, infantil, de haber cruzado el mundo entero.
Porque hay viajes que uno pudo hacer sólo algunas veces, pero que se repiten en el recuerdo durante toda la vida.
Autor: ©Jenofonte
Imágenes gentileza del Señor Manfredo Tuniche y Caminantes del Desierto.






























