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martes, 3 de febrero de 2026

UN VIAJE ETERNO

 

Un Viaje Eterno

(Historias del Longino)


Conversábamos hace poco, durante la celebración del Día del Patrimonio, con una señora octogenaria, respecto al valor que tienen los recuerdos de las personas mayores. Poco se les escucha, y mucho menos se registra lo que pueden contar. 

Esto implica una pérdida cultural, ya que sus vivencias reflejan una época, unas costumbres y una historia que no todos conocen y que, en no pocas ocasiones, se pierde al irse definitivamente quienes las vivieron. Sí, hay libros que registran la historia, ciertamente, pero ¿Qué registran? Mayormente, sólo hechos. Pero no nos hablan de lo que las personas vivieron. Por ejemplo, se dice que Facebook es –actualmente- sólo para los viejos. Pero vaya que encuentra uno información cuando alguien –en una página cualquiera- saca a colación un recuerdo, menciona una vieja tienda, un lugar que ya no existe o una playa. Cuántas historias surgen de inmediato, cada cual queriendo hacer su aporte, felices de poder recordar su pasado. Y al leer esas cosas, no podemos menos que pensar en cuánto hay de nuestra historia que no sabíamos o que, sabiéndolo, lo habíamos olvidado.


Así, a raíz de esa conversación, se nos ocurrió compartir con ustedes un relato histórico (con la autorización de su autor), basado en los recuerdos del tren Longino de los años 60, y su trayecto entre la ciudad de La Serena y Antofagasta, un trayecto que ese tren recorría a una velocidad promedio de 29 km por hora. Para tener una idea, a esa velocidad tardaríamos unas 10 horas en viajar sólo de Antofagasta a Calama.



El relato lleva por título:

 

“Un Viaje Eterno”.



Ahora que mis rodillas se quejan dolorosamente cada vez que subo una escalera y me despierto antes que el sol, sin necesidad de gallos ni relojes, a veces me da por recordar aquellos viajes en tren que hice de niño. Sobre todo uno en particular, largo como una novela rusa, que duraba tres días completos y lo emprendíamos con mi madre, mis hermanos menores, un canasto de mimbre cargado de gallina fiambre y huevos duros, maletas y bultos varios.

Debíamos cruzar el desierto para llegar al destino —una ciudad del norte que, por su lejanía, tenía algo de mítica— la ciudad de Antofagasta.

Aunque oficialmente el viaje duraba tres días, para mí, a esa edad en que el tiempo se medía con otros relojes, era una verdadera expedición. Había que cambiar de tren a la mitad del recorrido, siempre en alguna estación polvorienta y, para más dificultad, no siempre de día.

El primer tren no era precisamente un lujo: aunque tenía asientos acolchados, había que acomodarse en un espacio donde se podía ir sentado, pero no cómodo. ¿Cuándo ha sido cómoda la Tercera Clase?

Dormir era una aventura. Lo más usual para mí —puesto que los asientos estaban reservados para los más pequeños— era dormir en el suelo. Y no era el único: a lo largo del carro, muchos otros niños compartíamos ese privilegio de la horizontalidad improvisada. Lo que ahora parece extraordinario es que nadie se quejaba. Hoy en día, hacer dormir a un niño en el suelo sería causal de denuncia por maltrato infantil, pero en aquel entonces equivalía a vivir una aventura.

Lo mejor, sin embargo, era la plataforma entre los vagones. Cuando al fin conseguí autorización, no sin antes recibir el sermón correspondiente, logré instalarme en ese extraordinario lugar. Ahí el viento te azotaba la cara, condimentado con el polvo del desierto, y uno podía ver el mundo desfilar como en una película muda: desierto infinito, cerros lejanos, postes de telégrafo que se repetían con una monotonía casi hipnótica. En una ocasión vi un burro momificado, apoyado en un poste como si estuviera descansando —y, bien pensado, lo estaba—. Lo vi pasar y perderse en el tiempo y el espacio.

Cambiar de tren era todo un espectáculo. Alguien gritaba: “¡Ése es el tren!” y todos corríamos, con críos, maletas y bultos a cuestas, sólo para que, al llegar, alguien más gritara: “¡Ése no es! ¡Es el otro!” Y vuelta a correr y a comenzar la lucha por conseguir un lugar para toda la familia. Como todas las familias perseguían lo mismo, había que ser muy ágiles; no era raro tener que entrar al vagón por la ventana. Y luego, por la misma ventana, recibir hermanos y bultos, sin distinción ni privilegios. Cuando digo "no era raro", quiero decir que era casi lo habitual.

El segundo tren era más modesto —una palabra generosa, si se me permite—. Los asientos ya no eran tales, sino bancos de madera, duros e implacables. A esas alturas del viaje, apenas quedaban los últimos huevos duros. Luego venía el arroz, que sólo resultaba comestible gracias al hambre.

A partir de ahí, el viaje tomaba otro cariz. Las locomotoras diésel eran en ese punto reemplazadas por otras a carbón y eso significaba que, dependiendo del viento, el humo —y el hollín, su primo cercano— entraban por las ventanas. Gran dilema: con las ventanas cerradas, el vagón se convertía en horno; con las ventanas abiertas, uno inhalaba carbón con cada respiro.

Más desierto. Interminable desierto. Calor abrasador durante el día, frío punzante en la noche. El tren paraba en estaciones polvorientas para saciar su insaciable sed de agua. Las sacrificadas madres bajaban a buscar agua caliente para las mamaderas de sus no menos insaciables retoños. Y el viaje continuaba, con su traqueteo monótono, que a mí me parecía música de fondo para una aventura interminable.

¿Nos aburríamos? Increíblemente, no. Los que gustaban de la lectura leían, otros cantaban, la mayoría conversaba de una y mil cosas, o jugaban eternas partidas de cartas. Había algo en ese vagón que hacía pasar las horas sin que pesaran.

A veces un joven con una guitarra desafinada cantaba, acompañado por otros, canciones populares. Había también detalles pequeños: una guagua que dormía plácidamente en una caja de cartón; una anciana que sacaba dulces de un canasto y los compartía generosamente con los niños de los asientos vecinos. En tres días de viaje los demás pasajeros pasaban a convertirse en parte del equipaje, uno que dejábamos atrás, y olvidábamos rápidamente, al desembarcar.

Finalmente llegábamos a destino: despeinados, empolvados, cansados… pero enteros. No recuerdo mucho del recibimiento, una ciudad calurosa pero amable y, aunque recuerdo que durante esas vacaciones lo pasábamos bien, lo que vuelve con más claridad, lo que permanece, no es la casa, ni la ciudad, ni los días después. Es el trayecto. Esa larga travesía por el desierto, entre el traqueteo del tren, el polvo y los bancos de madera.

Ahora, tantos años después —cuando los trenes son apenas un recuerdo, y las distancias se acortan pero los viajes se vuelven menos memorables—, a veces cierro los ojos y escucho el rítmico pulso del tren, resonando como una música lejana. Recuerdo el sabor inconfundible de la gallina fiambre y los sueños sin apuro sobre una frazada extendida en el duro suelo. No es nostalgia, o no sólo eso: es la conciencia de haber estado en movimiento, de haber mirado por la ventana un mundo que ya no existe. Y de haberlo hecho con los ojos muy abiertos, y con esa sensación, infantil, de haber cruzado el mundo entero.

Porque hay viajes que uno pudo hacer sólo algunas veces, pero que se repiten en el recuerdo durante toda la vida.

Autor: ©Jenofonte

Imágenes gentileza del Señor Manfredo Tuniche y Caminantes del Desierto.















 



 

sábado, 31 de enero de 2026

ES LO QUE HAY


Es lo que hay

Me decía mi abuela


Como ya es habitual -y por habitual lo internalizamos como algo normal- lo que resulta maravilloso a los ojos de algunos sapiens-sapiens, tiende a ser destruido por otros sapiens-sapiens. Esa es la consigna actual y acotamos esto a modo de descargo y con la finalidad de crear algo de conciencia. Recuerden, esta es nuestra casa, no tenemos otra y todos estamos llamados a proteger.

 

Pues bien. En cierta ensenada del norte de nuestro país (En Antofagasta-Chile) nos encontramos con un enorme promontorio, o islote, que estuvo aislado de todo y de todos por eones, y en donde anidaba una gran cantidad de aves marinas incluyendo al Pingüino de Humboldt, Spheniscus humboldti, especie considerada vulnerable.

 

Estuvimos visitando dicho lugar por años, maravillándonos cada vez de la biodiversidad que allí había, lo que indicaba que en dicha parte de la costa había los recursos suficientes como para mantener a tanto individuo, de tantas especies distintas. Cormoranes, piqueros, pelícanos y gaviotas habían hecho su hogar en una de las caras del promontorio y era por dicho lado por donde transitaban los pingüinos en su ir y devenir al mar.

 

Ahora, si el trepar dicha roca ya era una gran tarea (en un islote resbaloso por los excrementos y la humedad), el verlos bajar -con tanta agilidad- resultaba un deleite y un comedero de uñas (las nuestras por supuesto) al verlos equilibrarse tan peligrosamente en los bordes, saltar entre las rocas, resbalar por las grietas y finalmente llegar al mar. Nunca pudimos ver a los polluelos, eso era impensado para nosotros porque significaba perturbar aquel frágil espacio.

 

¿Qué pasó con dicho sitio?

 

Como acotamos en el inicio, era demasiado bello como para mantenerse sin intervención alguna. Primero llegaron los turistas, los carpistas, y con ellos la basura, el bullicio y la depredación. Luego llegaron los que no tenían hogar -en la playa- y se establecieron sin control, con sus edificaciones y con sus correspondientes mascotas (para asegurar al resto de los sapiens-sapiens que no faltaría la fauna en dicho espacio). Entre las faenas varias (extractivas por supuesto) que llegaron también a establecerse, la invasión del espacio, la competencia por los recursos y la falta del debido resguardo –por parte de los que están mandatados para proteger- los pingüinos se fueron alejando y ya son varios los años que no los hemos vuelto a ver en aquel sitio.

 

Este islote se encuentra muy cercano al borde costero, cuando baja la marea (un poco más de lo habitual) se puede cruzar caminando y he ahí el problema.

 

Ejemplos como éste no escasean, lamentablemente hay muchos y la tristeza nos envuelve al verlos, ya que poco o nada podemos hacer, sólo insistir y clamar para que nuestra gente -los antofagastinos- comprendan que toda especie es importante y que es necesario, para su subsistencia, el preservar sus espacios de vida. Contrariamente a la idea de algunos, la naturaleza –y su biodiversidad- no está a nuestro servicio, disponible para nuestro uso y consumo exclusivo. Es parte de un todo, y afectar una parte de él es afectar, más pronto o más tarde, ese todo.

 


Te vimos llegar mala especie

Desde las pronunciadas cumbres que dominan ahora tu ciudad, te vimos llegar.

Vimos tu tímido asentarte, agarrarte al suelo estéril, procurando vivir.

Vimos como cada día y cada año crecías y lo que un día era silencio sibilante por el viento, nos trajo el bullicio paulatino pero indetenible de nuestro adiós.

 

¿Adónde vamos terrible criatura si de aquí no hay donde ir?.. Lo que miles de años formaron que eficiente has sido para en tan pocos destruir.

 

Hoy. El penúltimo día de este año hemos bajado al llano sepulcral de nuestro entorno y poco a poco nos ponemos en la fila del adiós.


Las que desfilamos, somos las últimas especies que por las quebradas verás ya que en el sendero del no retorno marchando encontrarás.

 

 

(Extracto del ultimo amanecer. La marcha final de las especies)
















 

 


lunes, 26 de enero de 2026

EL CABALLITO DE PAPEL

 

El Caballito de Papel

(Desde el arcón de los recuerdos)


El doño de los doños, es decir, el señor bichólogo Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia y se reitera el Castillo (para el que no sabe) ya que, según el, es muy Castillo para sus cosas. Nos dice:

 

En nuestros tiempos, aquellos viejos tiempos del siglo pasado, en que aún no existían los celulares, computadores, consolas de juego y ni siquiera los televisores, los niños sólo dependíamos de algunos juegos y de nuestra imaginación –que usábamos, a diferencia de los niños actuales- para divertirnos.

 

Es claro que todos aquellos nacidos hace más de 40 años saben lo que es un barquito de papel, o un avioncito, y que la gran mayoría hizo uno o al menos jugó con él. Pero hemos podido darnos cuenta que hay otro juguete de papel que parece haber quedado en el olvido, pues nadie a quien hayamos preguntado lo recuerda ¿O será que no era tan conocido? Al menos en nuestro pueblo de origen, ese pequeño pueblo precordillerano de la región de Coquimbo, era un juguete muy recurrido en las tardes, cuando el viento recorría las calles polvorientas.

 

Cada quien se agenciaba un trozo de papel y, con tijeras o sin ellas –a pura mano- se hacía su "caballito de papel" para participar en las carreras.

 

Algunos resultaban más grandes, otros más pequeños; con pocas y grandes pestañas o con numerosas y pequeñas, cada cual creía tener la fórmula para conseguir una mayor velocidad. Pero, ciertamente, eso no era todo. El caballito necesitaba también estabilidad, para no caer y perder ante los otros, o para no desviarse del camino y terminar en alguna zanja o enredado en cualquier obstáculo. Porque aunque la calle de tierra no era –evidentemente- la mejor pista de carreras, era la única disponible.

Y en ella, a una señal, se liberaban los caballos, que el viento hacía correr por la calle, recorriendo mucha o poca distancia, según los avatares de la suerte de cada cual. Perder significaba contar con el caballito para la siguiente carrera. Ganar, por el contrario, podía significar que el caballito se fuera demasiado lejos y hubiera que hacer otro para seguir compitiendo.

 

Una diversión sana y al alcance de todos, pues cualquier papel servía y –como hemos dicho- si no había una tijera disponible, se recortaba a mano, con esa rara habilidad que otorga la experiencia.

 

Nadie pensaba, en aquellos tiempos, en quedarse dentro de la casa durante largas horas, encerrado entre cuatro paredes, sin compartir con nadie y con la mente subyugada por coloridas imágenes, como verdaderos esclavos de una pantalla.





 


EXPLORANDO ANDO

 

Explorando ando


Alguien acotó, al escuchar el nombre de una abeja nativa que lleva por identificación Centris nigérrima (Nigerrima-negrissima), que «Desde mañana se deberá llamar Centris choquita o chokitissima»

 

Luego del correspondiente «madura de una vez», vino una nueva respuesta: «la ciencia, y la cordura de algunos, no se prestan para aquello».

 

Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.

 

Cada vez las temperaturas son más altas en este norte y esto no es solamente cosa de percepción (algo basado en los receptores de la temperatura), sino un hecho cierto. Bajo estas condiciones, el salir a recorrer el desierto se vuelve más una odisea que un agrado, pero pese a ello donde vamos nos encontramos con algo de flora y –cómo no- con ciertos minúsculos (insectos) que nos resultan muy novedosos por su colorido, su tamaño y por su capacidad de vivir ahí en todos sus estadios (huevo, larva, pupa e imago), asociados a las escasas plantas del lugar (endémicas, obviamente) y pese al rigor del clima y las adversas condiciones del entorno.

 

Ello nos lleva a preguntarnos: ¿Qué pasará con estos bichos cuando esa -ahora- escasa vegetación ya no prospere? Alguna vez fueron abundantes, la vegetación y los insectos, pero ahora resultan cada vez más escasos.

 

Y eso nos lleva a otra interrogante no menos relevante (qué preguntones somos): Estos minúsculos habitantes del desierto, ¿estarán catastrados por la ciencia? ¿Se sabrá de su existencia? Este pequeño escarabajo, por ejemplo, debe ser por su morfología un Atacamita. Pero difiere –a nuestro entender- de la especie que acostumbramos encontrar. Y nos queda la duda de cuál de los dos es la especie conocida para estas latitudes. ¿O será que ninguno de los dos lo es?

 

Poco, muy poco se sabe de las especies que habitan en nuestro territorio, y aún de aquellas que han sido conocidas y nombradas por la ciencia no se conoce otra cosa que su aspecto y su nombre, en la gran mayoría de los casos. Nadie sabe de su ciclo de vida, de sus hospederos, o del cómo se las han arreglado para sobrevivir en unas condiciones que otros no podrían soportar.

 

En un territorio como el nuestro, en su mayor parte inexplorado y en el que la fauna se resume a tan sólo unas pocas especies, quizá si estas preguntas que nos hacemos puedan parecer irrelevantes para la gran mayoría. Pero, vaya que se desgarran ropajes cuando los medios (masivos) les instan a llorar por las especies que se extinguen, y por la naturaleza que se pierde, en lugares tan distantes como otros continentes, pero en el nuestro, ningún medio nos invita a llorar y ninguno de aquellos ha llamado a proteger.



Nolana onoana

Escarabajo Atacamita

Nolana philippiana

Centris nigerrima


Hongos o bacterias en la roca (Cuarzo)

Cistanthe sp.

Plomito Tour