PRÓXIMAS RUTAS

viernes, 27 de marzo de 2026

POR AYUDAR AL PERÚ

 

Por ayudar al Perú

(Tan americanistas que somos)

Puerto de Cobija


Algunos estarán a favor y otros, en contra, de nuestros comentarios. Independiente de aquello, estamos de acuerdo con ambos.

 

Muy buenas tardes.

 

Cuando revisamos ciertos pasajes históricos, que comprometen a este norte por supuesto, nos preguntamos el porqué de ese sentimiento tan americanista y enfermizo que profesaban o, mejor dicho, trasudaban algunos, ese sentimiento que lejos de haberse extinguido sigue vigente y nos ha causado tantos problemas y desastres.

Sepan que en algún minuto de nuestra historia fuimos grandes; por ejemplo, para el año 1851 tan sólo en el puerto de Valparaíso se encontraban registrados 103 buques para el tráfico internacional y un número superior a 200 para el tráfico americano. A fines de esa década, nuestra marina mercante y su pabellón eran ampliamente conocidas en todos los puertos del mundo. Para los inicios de 1860 nuestros productos llegaban al mundo y nuestra moneda era tan valiosa como la Libra esterlina, pero vino a entrometerse el duende del americanismo y nos enfrascamos en una pelea que no era nuestra, para ayudar al Perú; pero ese país (sus políticos) nos pagaron con total deslealtad nuestra ayuda. Nos bombardearon Valparaíso, perdimos la gran flota mercante y tuvimos que llegar a pactar con Bolivia (por el territorio del norte), para que dichos vecinos tuvieran a bien interceder para que uno de sus ciudadanos, o más bien un español avecindado en su territorio, no siguiera surtiendo a la escuadra española.

 

Cuando hicimos mención de este dato histórico, hará una década atrás, los denuestos fueron numerosos y gran parte de nuestros contertulios nos mandaron a buen recaudo. Para ellos (siendo chilenos) el territorio tenía dueño y no era Chile el propietario.

A pesar de ello, insistimos en dejar muy en claro que tuvimos que inclinar obligadamente la cerviz (entregar parte del territorio en disputa), para que Bolivia nos apoyase -y también apoyase al Perú- declarándole la guerra a España y dejando de prestar ayuda a la flota de Pareja mediante el auspicio de la Casa Artola de Cobija, datos que ahora sacamos a la luz citando los escritos de Marcelo Segall, en el boletín de la Universidad de Chile de junio de 1967.

 

¿Dónde estuvo este escrito que tardó tanto en llegar a mis manos?

 

La Historia dice así:

 

«La Casa Artola tenía el control económico del tráfico de toda esta zona. Era la agencia de contratación. Su propietario, un vasco de convicciones carlistas, era muy considerado, responsable, solvente y serio. Siempre hacía hincapié en su honestidad, en su fe intransigente de católico guipuzcano y en su sinceridad. La historia antofagastina de la Casa Artola es casi la historia económica de la provincia en el lapso entre 1828 y la explotación salitrera. Cobija, su centro de actividad, era el puerto que conducía tanto a Potosí como a Salta (Argentina). Además, era un foco minero y de covaderas.

 

Cuando llegó a Cobija Artola, recién se había sido liberado el continente y todo negocio internacional era de buena perspectiva. Su Casa abarcó todo. En su patria había aprendido la proveeduría corriente, importó licores -“Jerez color paja”, “Oporto en Barriles”, vinos chilenos-, también botas y vidrios, según anota un poseedor de su correspondencia. En su paso por Brasil, aprendió el valor del tráfico humano, pero cuando algunas leyes impidieron acrecentar más su negocio se dirigió a Cobija. Allí aplicó sus conocimientos brasileños a los culíes chinos. También fue muy lucrativa otra actividad: el préstamo usurero. Habilitó con herramientas y comestibles a los mineros y covaderas a1 interés común de ese tipo de negocios, a1 50 por ciento, cobrable en las futuras extracciones. Ganaba en la proveeduría y en el anticipo. Todo pagado en productos para vender. Hábil comerciante, no dejó circular dinero corriente en su ciudad: el metal era producto para exportar. Nadie veía monedas sino sólo fichas y vales. Organizó el más perfecto sistema de acumulación de plusvalía y de control para impedir la huida de los trabajadores. Ya muy rico y con Casa Bancaria en San Sebastián, España, se permitió ofrecer capital al poderoso banquero y habilitador de Valparaíso don Agustín Edwards. Desde Cobija, le escribió el 10 de junio de 1861: “puede usted ocupar con franqueza a su afectísimo”. Sin embargo, es necesario evitar confundir a Edwards con Artola. El banquero de Valparaíso era hijo de un inglés audaz -participó en las luchas de la Emancipación- y de una criolla coquimbana. Más o menos liberal en asuntos religiosos. Además, sus descendientes directos se arraigaron al país. En cambio Artola fue el vasco español descrito por Pío Baroja como el típico “indiano”. El emigrante vuelto a su patria en calidad de nuevo rico, deseoso de participar en fiestas elegantes y de ser contertulio del señor Obispo. Caricatura de los conquistadores del siglo XVI, capaz de pasar sobre cadáveres para llegar a ser un personaje a su retorno. Mientras Edwards era todo prudencia sagaz y audacia mercantil, Artola cometió tres imprudencias graves y no estabilizó sus negocios en América. Una de sus imprudencias, la menor, fue dejar testimonio gráfico de los culíes de su mina Toldo de Gatico. Obra en mi poder. Toldo y sus anexos en su periodo de auge –aún se explota en pirquin- dio vida a una población de 7.000 habitantes. La segunda imprudencia fue más delicada: para obtener utilidades considerables y a la vez contentar su conciencia de peninsular pasó a ser el gran proveedor de la Escuadra Española del Almirante Pareja, destinada a recuperar sus colonias del Pacífico en 1864. Cuando Pareja se apropió de las Islas Chinchas, las mayores guaneras del Perú y del mundo, amenazando la Independencia de Sudamérica, su abastecedor fue Artola. Hay un documento -publicado en el Nacional de Lima, número 89- que dice: José María Artola “ha hecho de sus bodegas el gran depósito que sirve a la Escuadra Enemiga”. El 7 de abril el Prefecto Quintín Quevedo debió ordenar su expulsión del país y la detención de sus hijos por traidores a sus patrias, Jorge (boliviano) y Francisco (chileno). El padre huyó a España. Los hijos a la Argentina. El almacén de la Casa Artola de Cobija fue embargado. Sin embargo, nada importante les sucedió a los bienes Artola. Estaban trasladados a San Sebastián. En la carta citada dirigida a Edwards, le indicó que su hijo mayor estaba a cargo de su Banco en España. Y que desde allí, desde Europa, estaba a sus órdenes comerciales. La tercera imprudencia fue su único acto de caridad desinteresada: donó la Iglesia de Cobija. Pero la hizo construir en un terreno cercano a la playa. Y, en ciertos años, el océano Pacífico tiene muy altas mareas. Por ejemplo, el 9 de mayo de 1877. Desde entonces. Cobija es sólo ruinas. No sin razón Simón Bolívar bautizó a Cobija como Puerto General La Mar. Además de la ironía, en verdad fue en homenaje a1 héroe de la Independencia Lamar.

En suma, Artola no hizo otra cosa que continuar un viejo modelo, copiado ya por su colega Chopitea: “hacer la América” y establecerse de banquero en España.»

 

Esta historia continúa, por supuesto. Aún no llegamos a los primeros colonizadores de Antofagasta, pero hemos puesto en evidencia a los Artola.

 

 

La Guerra Hispano-Americana

 

https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/2025/02/la-guerra-hispano-sudamericana.html

 

La Casa Artola en Cobija
Cobija
Cobija

Quintín Quevedo

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

EL MINERAL DE CARACOLES

 

El Mineral de Caracoles

La Comarca de la Plata

24 de marzo de 1870

Iglesia de la Placilla de Caracoles en 1874


Algunos dicen que el grito de la plata fue dado en la mañana del 24 de marzo y otros hablan del día 25, pero todos coinciden que fue el año 1870 y señalan al «Cangalla» Méndez como el afortunado descubridor del derrotero de Caracoles, en nombre de José Díaz Gana. Ahora bien, hemos de tener presente que los panizos de plata de Caracoles fueron descubiertos por chilenos y trabajados por chilenos ¿Alguna duda de aquello?

 

Definamos «Cangalla»: El término cangalla se refiere principalmente, en el norte de Chile y las zonas mineras, al mineral de baja ley que era descartado. Históricamente, también denominaba un contenedor de cuero usado en mulas, utilizado por mineros para ocultar y robar mineral de mayor valor bajo la excusa de transportar estos desechos, actividad conocida como "cangallar".  

En Argentina, a veces se usaba el término para describir a una persona pusilánime.

 

 

En la Ruta:

 

Saludos estimadas y estimados amigos y seguidores de los Caminantes del Desierto.

Como institución, vamos constantemente de visita al antiguo mineral de Caracoles. Hablamos de aquellos parajes que se ubican en las proximidades del poblado de Sierra Gorda, Región de Antofagasta, Chile, en donde se conservan tan sólo los vestigios, los rastros dispersos del establecimiento de un numerosa población y en donde -hemos de confidenciar a ustedes- hay harto para explorar y descubrir, aunque el territorio no es muy amigable con los citadinos; más bien, es inseguro, peligroso para aquellos que no están habituados a los obstáculos, los acopios, los piques profundos y los desniveles producidos por las lluvias. De igual manera, considerando la frase acuñada que dice: «El tiempo es plata», el lugar nos muestra la improvisación en lo que respecta a la disposición de los muertos, ya que estos se encuentran por todo el lugar, dispersos, a veces apenas cubiertos por la dura tierra y con no pocos de ellos arrastrados por los aluviones. También nos encontramos con un camposanto bien establecido, un cementerio en toda regla, el que no sólo se ha visto afectado por las inclemencias del clima y el olvido, sino también por la acción vandálica de los saqueadores de tumbas y de los desalmados que encuentran diversión en destruir. Triste designio para los que allí yacen en su sueño eterno.

 

Vamos a la historia:

 

Nos indican los textos (que estamos revisando) que fueron los indígenas de la zona quienes relataban que en el cerro Caracoles, al interior de Sierra Gorda, la plata estaba en la superficie, y que los originarios llamados Garabito y Osario, decían conocer el lugar. El minero Díaz Gana tuvo fe en dicha leyenda y organizó una expedición a la que se unió el Barón Guillermo Arnoux de la Riviere, ciudadano francés que vivía en Cobija. El minero preparó luego una nueva expedición pero, para asegurar su éxito, trajo desde Copiapó a un cateador de fama: "El Cangalla" José Méndez. La expedición partió en marzo de 1870 y estaba formada por José Méndez, Simón Saavedra Reyes, el carretero Sagredo y José Porras. Después de mucho caminar se durmieron sobre unos cerros y el cansancio cerró sus ojos.

 

La luz del sol naciente iluminó los cerros. "El Cangalla" miró con asombro como miles de luces centelleantes, cual explosión de juegos de artificios, se desprendían de los cerros. No tuvo dudas. Entonces gritó a todo pulmón y el eco devolvió la voz: "esos cerros tienen panizos de plata". El cerro de la plata estaba así descubierto un 24 de marzo de 1870.

 

El descubrimiento de Caracoles impactó violentamente en la población de la región. La plata era un panal de rica miel para aventureros de toda índole. Hombres de empresas y hasta políticos buscaron la gran riqueza, también hubo poetas -populares- que hicieron versos elogiando a los descubridores chilenos y quedó en el tiempo esta copla.


Viene un enganche y me engancho

Y me voy pa´ caracoles

Y de allá traigo hartos soles

Pa´ remoler con los mauchos

 

 

Según nos dicen las crónicas de Francisco Solano Asta-Buruaga y Cienfuegos, escritas en 1899:

 

El mineral comprende tres grupos principales de minas, denominados de Caracoles, de Blanca Torre y de la Isla. El primero, y cuyo nombre se le dio por las amonitas o caracoles fósiles que por allí son comunes, fue también el primero descubierto en la mina, que se llamó La Deseada, el 25 de marzo de 1870, y subsecuentemente los otros. Sobre este hecho dice el prefecto de Cobija en informe del 20 de noviembre de 1873, pasado al gobierno de Bolivia: «Por los datos en el archivo de la notaría de Hacienda, aparece que varios cateadores (buscadores de minas), llevados por Don José Díaz Gana al desierto de Atacama, encontraron en una comarca desconocida y sin nombre varias vetas de plata, que fueron sucesivamente registradas en 19 de abril y 10 de mayo de 1870.»

 

Según ciertos relatos que anexamos a continuación, se exponía lo siguiente:

 

En dichos tiempos, el sub-prefecto de Atacama informaba a sus superiores que la población boliviana en el desierto era escasa (1872) y había carencia de trabajadores en la Provincia, debido a “las numerosas vetas que cada día se estaban descubriendo y cuyas adjudicaciones se están haciendo continuamente y no pueden todavía ser trabajadas por falta de brazos y de otros auxilios para el laboreo” . Demanda que fue suplida por trabajadores chilenos, encontrándose en 1875 el territorio boliviano –en el decir del Gobernador boliviano de Antofagasta– “invadidos por multitud de jornaleros y gentes mal entretenidas” que provenían de Chile. En este contexto, la irrupción de la placilla de Caracoles, 160 kilómetros desierto adentro, cambió la fisonomía poblacional de Atacama, debido a una concentración de población que en la región no tenía parangón. Allí persistió una relación porcentual semejante con la presencia de chilenos, quienes en 1873 -a juicio de un articulista boliviano- superaban “a los bolivianos desparramados en este mineral, en una proporción tal vez ni de un 10%”.

 

El impacto económico de Caracoles en la región fue de alta importancia, provocando un aumento de la población y habitaciones al que se le deben sumar las agencias de crédito, comercio, planta de destilación de agua, carretas, etc. Debido a que el flujo de los migrantes aumentó enormemente y a que desde Antofagasta se internaban a Caracoles, el gobierno boliviano decretó en 1871 la condición de Puerto Menor para la antigua caleta de La Chimba (Arce, 1997: 106). El corolario fue que la riqueza de Caracoles generó en el centro de Chile un “creciente entusiasmo”, que llevó a la Pacific Steam Navegation Company a establecer una línea desde Valparaíso a Cobija dos veces al mes (Tornero, 1872: 201).

 

En términos de distribución espacial, el mineral de Caracoles estaba conformado por una serie de explotaciones argentíferas y dos poblados: Placilla Norte y Placilla de la Isla, la primera con alrededor de 5.000 habitantes y la segunda con 4.000, aunque se ha llegado a establecer una cifra total de 20.000 habitantes (Arce, 1997: 243). Ambas formaban un conglomerado que poseía escuelas, diarios, teatro e iglesia (Bravo, 2000: 49), instituciones financiadas mayoritariamente por particulares. Es posible constatar que el patrón de ocupación del espacio fue disperso y respondió a la premura de instalarse para el beneficio de las explotaciones argentíferas, careciendo de lógica distributiva y diseño de sus calles. A partir de esto, Caracoles respondió al modelo de ocupación tardo colonial de las placillas, donde la presencia de las autoridades estatales fue escasa y la distribución se realizó a medida que los terrenos se ocupaban en las inmediaciones de las explotaciones.

 

Así se constata que el surgimiento de Caracoles tuvo una total carencia de planificación y de diseño urbano. Al respecto, André Bresson, un testigo privilegiado en el desarrollo de esta placilla escribió que en sus primeros años “todo estaba ubicado aquí o allá muy irregularmente ofreciendo el aspecto más miserable” (Bresson, 1886: 326), formada por algunas precarias casas hechas con murallas de piedra cubierta con alfombras, carpas y tolderías, carentes de orden, que resultaban de la premura por habitar el espacio, siendo las únicas casas de madera las de Díaz Gana. En 1872, Bresson indica que “como se pudo, se estableció un alineamiento en las calles siguiendo la dirección general de la quebrada” y el gobierno boliviano hizo construir una pequeña vivienda para el subprefecto. Dos años más tarde, la encontró como “una pequeña ciudad”, más ordenada y con calles simétricamente alineadas, en ángulo recto, “como se usa en las ciudades de origen español”, habiéndose convertido en una ciudad “populosa y rica” (Bresson, 1886: 326).

 

El hito que marcaría el inicio de la decadencia de Caracoles se produjo con el incendio del 8 de agosto de 1876, el que tuvo su más severo impacto en la calle de Mineros, acabando con edificios comerciales y viviendas, como describió un periódico local “pocas de las casas de comercio han restablecido su negocio, y los que vivían del producto de alquileres, hacen muy poco por restablecer sus pérdidas”. El incendio provocó un alza en los pastos para animales y en el transporte, a lo que se sumó la disminución de las minas explotadas y la caída en la producción argentífera. Obviamente, el resultado fue una merma en el número de habitantes, hasta el abandono del poblado a partir de 1878, cuando se acabaron los años de bonanza argentífera. Diferente fue el caso de las placillas que se crearon en el sector chileno del desierto de Atacama, donde la instalación de vecinos en las cercanías de las explotaciones fue regulada inmediatamente por las autoridades centrales enviando comisionados para el levantamiento de un plano que tenía como base el damero que mantenía una distribución ortogonal que buscaba la regularidad de las nuevas poblaciones, considerando la simetría y orden espacial implícito, que se entienden como sinónimos del orden social.

 

Para concluir, hemos de agregar que, en los ocho años que duró la bonanza de Caracoles, el mineral produjo 855.202 kilos de plata con valor de $ 30.053.000 de 48 peniques.

Se ha calculado que el costo total de producción ascendió en números redondos $ 18.000.000, en tanto que los empresarios hicieron una utilidad $ 13.053.000.

Para dar una idea de la magnitud de estos montos, cabe señalar que en 1871 la Casa de Moneda acuñó solo $ 659.364, que las exportaciones de artículos alimenticios en el mismo año eran de $12.302.223, en tanto que las importaciones fueron de $ 3.817.366.

El resultado de estas enormes utilidades fue el enriquecimiento rápido de aventureros y empresarios, quienes compraron fundos y construyeron fastuosas casas y palacios en Santiago, Valparaíso y Antofagasta.

 

 

Nace Caracoles y Colapsa Antofagasta

 

https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/p/nace-caracoles-colapsa-antofagasta.html

 

La Flor del Desierto

 

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/mc0012938.pdf

 























 

 


lunes, 23 de marzo de 2026

LA PLACILLA DE ESMERALDA

 

La Placilla de Esmeralda

(La ciudadela sobre los abismos)


Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos. Grato nos resulta el poder estar una vez más con ustedes en este lunes 23 de marzo, luego de un viaje con algo de épica, historia, derroteros y camaradería. El recorrido a la Placilla de Esmeralda, Quebrada La Cachina y territorios de Guanillos, con visita a caleta Cifuncho.

 

Antes de contarles lo que fue nuestro viaje a Esmeralda, definamos lo que es una Placilla, según los historiadores.

 

Las placillas eran un espacio marginal y autogenerado de poblamiento, que no seguía el modelo urbanístico del damero que funcionaba como referente de distribución y organización espacial y permitía diferenciar disciplinariamente, definiendo espacios dentro del trazado urbano (Durston, 1994: 109). Así, la placilla minera fue por antonomasia un lugar de descompresión social, espacio de juerga y vida alternativa al poder que estructuraron los sectores subalternos hasta mediados del siglo XIX.

 

Pues bien. Nosotros solo brindamos la opinión de terceros, de los investigadores, puede que no estemos de acuerdo o puede ser que sí lo estemos.

 

Saludos ¿Nos acompañan en nuestro recorrido?

 

Les hemos de contar que este sábado -recién pasado- salimos con rumbo nocturno al sur de nuestra comuna, más allá de la punta de los Taltales (Taltal) y por los límites de la región. Hablamos de Quebrada La Cachina ¿Han escuchado hablar de ella? También por la antigua Placilla de Esmeralda, inmersa en la cumbre de un terreno maravilloso y finalizando por la Quebrada de Guanillos. Todo este espacio se encuentra en la Región de Antofagasta y colinda con el Parque Pan de Azúcar, aquel parque cuyos límites se insertan entre las regiones de Antofagasta y Atacama.

 

Partimos de noche. Avanzamos -por la carretera- muy lentamente, no hay luna y no hay necesidad de correr, ya que contábamos con el tiempo suficiente para llegar a nuestro destino. Afuera, en el medio del desierto, se percibe el frío muy intensamente, quizás unos 5 a 6 grados por sobre el «0». Por aquí, entre el cruce de Taltal y la ruta 5 norte hay evidencia de que corrió el agua, agua que cayó en los sectores altos. Las huellas están ahí, o mejor dicho, las grietas. Entramos -en algún momento- por uno de los tantos caminos que nos llevan al balneario de Cifuncho, o Caleta para los que conocen mejor dicho lugar, y nuestro viaje continúa por unos 40 minutos hasta llegar a dicho enclave, para descansar un par de horas antes de continuar el viaje.

 

Ya en la costa, en caleta Cifuncho,

 

Siempre contamos con aquello del que todos duerman plácidamente, con una tranquilidad en la que se pudiesen contar los angelitos o las hadas del sueño, pero como resulta habitual, no faltan los desvelados, o, los inquietos, que se bajaron prestos apenas se detuvo nuestro bus. Un gran letrero nos indicaba que estábamos en Cifuncho, pero no bastaba tan sólo con aquello. Algunos comenzaron a bajar a la playa y luego se dirigieron al poblado hasta llegar al muelle, resulta evidente que más de algún residente se debió sorprender y dudar de nosotros -los recién llegados- e incluso hubo uno que se asomó a su ventanal, haciéndose visible, lo que nos permitió establecer una amena conversación con el lugareño. Era de Coquimbo, pero radicado hace más de 40 años en el sector y, siendo buzo-mariscador, sabía bastante del territorio y tenía algo que se agradece, la facilidad para comunicar dicha información y hacerla entendible a todos, no era simpleza de vocabulario por su simpleza de vida, cosa que ustedes entenderán, era una virtud aprendida con los años (algunos le llaman sabiduría), también con la experiencia y con algo que nos agrada, aquello de preguntar al que sabe o buscar en los textos (si los hubiese disponible) para entender su territorio y poder explicarlo al que le quisiera escuchar y vaya que lo escuchamos. Cuando nos preguntó que andábamos haciendo, sólo respondimos que conociendo su tierra y tratando de comprar empanadas, ahora, que fuesen las 05 de la madrugada, eso era tan solo circunstancial.

 

A las 7 de la mañana, cuando asoma el sol por el lado de la cordillera, los cerros se van llenando de colores y el mar retoma su color azul, es el momento de continuar nuestro viaje. Para algunos el bus sigue siendo muy cómodo y abrigado, por lo tanto, siguen su sueño. A eso de las 07.30 horas entramos de lleno por el territorio del Tigrillo; algunos, los menos, asocian el nombre a un cerro al que se le llama Tigrillo y, si hemos de hablar con la verdad, nos parece que hay que ser muy pareidólico para ver a un gato en dichas formaciones. Nosotros pensamos que dicho nombre viene de un gato salvaje que habitó, o aún habita, por estos lugares.

Se vienen las curvas cerradas, esas que si bien no fueron obstáculo en nuestro viaje anterior, ahora resultan de cuidado, el camino –o lo que queda de él luego del paso del agua- es tierra y gravilla, resbaloso y mucho más estrecho, pensamos -en algún momento- que tendríamos que partir el bus en dos para hacerlo pasar por ciertos lugares, pero pudo más la pericia del conductor (sigo sierra en mano por si mi opinión se debe ejecutar). Entramos en el primer llano, espacio libre, naturaleza, mucha vegetación y por donde vamos no hemos visto ser humano alguno, eso habla muy bien de nuestra elección de recorrido. Entramos por la segunda cadena de cerros, por el fondo mismo de una quebrada que nos llevará a nuestro destino; por aquí el camino no sólo se estrecha, también quedaron surcos y grietas (a ambas lados) que hacen a nuestra ruta algo riesgosa. Subimos por suaves laderas y bajamos por hondonadas, un camino peligroso pero entretenido, muy hermoso, hasta que llegamos a la última estribación y viene la bajada final, a la quebrada de la Cachina.

 

Teníamos muy claro que por estos lugares había llovido bastante y que, cuando llueve, quedan marcas profundas en el territorio. La carretera es la primera en verse afectada, ya que está compuesta de tierra compactada y bischofita, aquél mineral natural de cloruro de magnesio hexahidratado obtenido en el Salar de Atacama, tan usado en los caminos rurales de la región. Esta cubierta estabilizadora fue removida en algunas partes del camino, haciendo más lento nuestro transitar, por precaución. Las quebradas también se vieron comprometidas con los aluviones y el terreno se volvió de cuidado ya que, al verse humedecido, se torna lábil e inseguro tanto al apoyo como a la marcha.

 

La Cachina también tuvo sus impases, pero la vegetación, especialmente la Grama salada -Distichlis spicata- contuvo eficazmente la riada en ciertas partes. Toda el agua que proviene de los cerros aledaños se vertió en estas aguadas y solo originó daños en el camino sin afectar la vegetación y la fauna existente. Ahora, ¿De dónde proviene el agua que fluye por dicha quebrada y que mantiene estos ecosistemas?. Los estudios nos indican que provienen de un cerro que se encuentra a los pies del Cerro Chicoteado, es decir, por sobre los 1900 m.s.n.m y recorre el desierto hasta llegar a la costa en una extensión de 110 kilómetros. Desde La Cachina misma, hablamos de las vegas de la Cachina, por su vegetación palustre que se supone especialmente compuesta por Scirpus chilensis, especie que no vimos y que no hemos visto en otras oportunidades (¿Será tal vez Juncus acutus?), nos vamos por la quebrada en dirección oeste, camino a la aguada. En el trayecto nos encontramos con La Placilla de Esmeralda, ciudadela ubicada sobre un promontorio cuyo extremo oeste da directamente a una enorme grieta rodeada de grandes cumbres y muchas más grietas. Habría que ser guanaco para vivir y transitar por dichos lugares.

 

Sobre La Placilla de Esmeralda propiamente tal.

 

Es muy poco lo que hemos encontrado sobre este asentamiento, más bien, breves referencias en los escritos de antiguos naturalistas, ingenieros y gambusinos. Su historia -contemporánea por supuesto- se remonta a 1880, en los inicios de la Guerra del Guano y del Salitre y se le asocia a la industria de la plata, aunque si vemos el mapa geológico y mineral, podemos decir que esta zona destaca por sus rocas intrusivas (dioritas a granitos) con fallas tensionales que albergan mineralización de cobre y oro. Entonces ¿De dónde sale la plata? El hecho de que se nombre el cobre y el oro no significa que no hubiese plata, se le dio más importancia a los dos primeros minerales, pero, según los consultados para este escrito, la plata provenía de los mantos de Guanillos y las minas de Tigrillo, material que se depositaba en Esmeralda y luego se trasladaba a caleta Tigrillo para su embarque, y es ahí cuando entra nuestro buzo-mariscador quién nos dice que no hay cimientos, soportes o vestigios de que en aquel lugar haya habido un embarcadero, y que dicho material -ya procesado- era llevado a Cifunchos (Con « s» final, como lo dicen los mapas antiguos) para su embarque.

 

Esmeralda tuvo dos periodos de bonanza, desde 1880 a los inicios de los 1900 y entre 1940 hasta una fecha indeterminada, cuando fue reabierta y trabajada por una familia dedicada a la minería y que nos indican se dedicaban al oro.

 

¿Cuánta gente albergó dicha placilla?

 

Esta placilla fue el resultado de una planificación que denotaba una mayor presencia del Estado, comisionándose a Máximo Villaflor para que hiciera formal distribución de lotes y estructurara la incipiente vida urbana. En 1883, escribía al intendente de Atacama acerca de las dificultades que presentaba “uniformar una importante población de dos mil habitantes”. Más tarde, la Comisión exploradora del desierto de Atacama, realizó las mensuras para dejar “relacionado el local de las minas principales con el puerto más próximo de la triangulación general del Desierto”, levantándose el plano topográfico y verificándose otras operaciones de interés para el conocimiento de ese distrito minero. En el caso de este mineral, el damero usado como base de la distribución del poblado se adecuó a la morfología del lugar, pues al estar asentado en una quebrada se mantuvo la forma alargada, distribuyéndose 97 lotes en ocho manzanas rectangulares en un eje norte-sur.

 

Aunque tan sólo el puerto de Esmeralda albergó a doscientas personas, la existencia de la Placilla de Esmeralda fue efímera. Se fue despoblando paulatinamente, quedando como una ciudad fantasma una vez que los caminos cayeron en desuso.

 

Hay presencia de guanacos y otros animales por ciertos lugares, también hay presencia de cazadores. No nos extraña ¿A alguien le extraña?

 

Para saber un poco más:

 

El Departamento de Taltal: La Morfología del Terreno y sus Riquezas. Ludwig Darapsky

 

https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/colecciones/BND/00/SM/SM0000606.pdf