PRÓXIMAS RUTAS

miércoles, 27 de mayo de 2026

LAS BIOINCRUSTACIONES

 

Las Bioincrustaciones

Biofouling para los entendidos

(Y tan inofensivas que se ven)


Aunque nos parezca una noticia del pasado, aquellos que no saben sobre el tema, piensan que dichos mariscos, los que se encuentran adosados (incrustados) a los navíos, son aptos para el consumo.

 

Nos comenta el señor Bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia.

 

Nos llamó la atención esta noticia de inicios del siglo pasado, referente a una muerte ocurrida en nuestra ciudad por intoxicación alimentaria, la que se habría debido a mariscos recolectados de la quilla de un barco “forrado de cobre”. Como ahí mismo se dice, este no sería un caso aislado ni extraordinario, sino que se sabía de más de ellos, incluyendo uno de Iquique en que habría fallecido toda una familia.

¿Qué hacía a estos mariscos tan peligrosos? Y ¿lo son todavía? Estas son preguntas que se nos vinieron de inmediato a la mente. Y, ya a la primera búsqueda, sabemos que no lo son tanto como entonces fueron, pero aun así no deben consumirse por el alto riesgo de intoxicación.

Pero vamos a la realidad de esa época. Es comprensible que gente de escasos recursos, como ha de haber sido un lanchero del ferrocarril, al encontrarse frente a numerosos mariscos adosados al costado de un barco y expuestos a la vista después de haber sido éste descargado, se haya sentido motivado a sacarlos y llevarlos para su consumo. Estaban ahí y no se requería de gran esfuerzo para obtenerlos.

Pero, ¿qué los hacía peligrosos? Bueno, ciertas especies de mariscos crecían en la quilla y costados de los barcos desde que éstos se inventaron, causando daño al incrustarse en la madera de la que estaban construidos. Al reemplazarse la madera por el metal, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, para esos animales marinos no hubo gran diferencia, se adhirieron igual. Cuando aumentaba mucho su número causaban una pérdida de velocidad y un aumento del gasto de combustible. En los veleros hacían lo mismo, pero el viento era gratis, y el combustible no lo es, de manera que se buscaron estrategias para evitar que esto sucediera.

Y, como ya sabemos, la primera estrategia que el Homo sapiens utiliza es matar, por lo que se pintaron los barcos con pinturas extremadamente venenosas, que contenían arsénico, azufre y mercurio. Pero ¿Qué creen? Los mariscos y algas las resistieron. Entonces se comenzaron a recubrir las quillas con cobre (cosa que ya hacían con los veleros de madera), lo que les dio ese tradicional color rojo (que aún hoy día conservan los barcos). El óxido de cobre es también altamente tóxico, pero los mariscos, aunque en menor número, siguieron ahí.

Y así es como esos mariscos, que absorben y conservan los metales en su organismo, resultaban, en la primera mitad del siglo XX, altamente peligrosos para la salud humana y, en la práctica y dada la medicina de entonces, absolutamente mortales. Absorbían del metal en que estaban altas concentraciones de mercurio, arsénico, óxido de cobre y plomo (también utilizado como antiadherente), los que al consumirse causaban una serie de problemas digestivos y neurológicos que llevaban a la muerte.

A esto podríamos añadir que alrededor de los barcos se generaba (y se genera hoy) no poca contaminación, tanto industrial por los aceites y combustibles vertidos al agua, como biológica, por la descarga de aguas servidas. Todo eso era también filtrado por los mariscos y retenido en su interior, haciendo aún más peligroso su consumo.

Para la época de esta noticia, aunque la ciencia aun no comprendía bien el origen de estas intoxicaciones, se entendía claramente que estaban relacionadas con el cobre de los barcos. Por ejemplo, ya en 1873 el Imperio Otomano había prohibido por ley la extracción de mejillones desde los cascos de los barcos y desde el interior de los puertos, porque se sabía que resultaban tóxicos.


Los genios del siglo XX, por allá por 1960, Inventaron el TBT (Tributilestaño) para recubrir las quillas, producto que dio muy buenos resultados contra mariscos y algas, pero que a la vez era más venenoso y contaminante que todos los otros productos juntos, afectando a la vida en todo lugar por donde pasara el barco, de modo que para el año 2000 fue prohibido y dejó de usarse.

Qué se usa ahora? Óxido de cobre -sí, de nuevo el cobre- y otras técnicas vanguardistas, como la emisión de ondas de ultrasonido, productos de silicona -que les impiden a los mariscos adherirse- y, desde hace sólo unos pocos años, un hidrogel que –replicando el funcionamiento de la piel de la vida marina- crea una capa de agua de mar sobre la superficie del casco, impidiendo así que las bioincrustaciones (como se les llama técnicamente a estas especies marinas) puedan adherirse.

A pesar de todo lo que se ha hecho -y lo que se pueda estar haciendo-, la conclusión es la misma: los mariscos que crecen sobre las quillas de los barcos o al interior de los puertos, siguen siendo peligrosos y no deben consumirse.

Respecto a este tema de las bioincrustaciones, también puede mencionarse otro problema que se deriva de él: la transferencia de especies marinas de un continente a otro, con el consiguiente impacto en el medioambiente. Los antofagastinos tenemos un caso muy claro de esto, ya que en nuestras costas crece un Piure que no hay en el resto de Chile, ya que es originario de Australia y llegó precisamente así, hace mucho tiempo, en el casco de un barco.











 

 

jueves, 21 de mayo de 2026

LAS LIBÉLULAS DEL DESIERTO

 

Las Libélulas del Desierto

(Matapiojos para los amigos)



 

Probablemente sean uno de los insectos más conocidos –y queridos- por la gente, casi tanto como las mariposas. ¿Quién no se ha sentido atraído por una libélula en vuelo?

 

En nuestro país se han registrado 37 especies de libélulas. No debemos confundir éstas con los zygópteros –conocidos como “caballitos del diablo”- porque ésos son insectos diferentes, aunque puedan parecernos similares. A efectos prácticos, sería como decir que los zorros y los lobos son lo mismo.

 

De esas 37 especies, la literatura nos dice que en la Región de Antofagasta podemos encontrar solamente 5, a saber: Rhionaeschna brevifrons, Rhionaeschna tinti, Rhionaeschna variegata, Progomphus herrerae y Sympetrum gilvum. A éstas, nosotros agregaríamos una especie más, Gomphomacromia paradoxa, a la que hemos observado en reiteradas ocasiones.

 

Las Rhionaeschna deben ser las más conocidas, ya que son las grandes libélulas azules que podemos observar en toda la región, incluso en lugares de la pampa donde no esperaríamos ver libélulas, debido a la aridez reinante. En teoría, no deberíamos ver en las cercanías de nuestras ciudades otra especie que la Rhionaeschna tinti, ya que las otras dos se supone que sólo se encuentran en zonas con mayor altitud, sobre los 2500 m.snm, aunque en la zona central del país son muy comunes. Para distinguirlas hay que poner mucha atención a los diseños que llevan, ya que las diferencias no son tan evidentes. Es necesario poder observarlas bien, como en una foto, por ejemplo. En vuelo es imposible.

 

Por cierto, una mención que se hace de la especie Rhionaeschna fissifrons, parece ser un error, ya que esta especie no aparece registrada en nuestra Región.

 

Progomphus herrerae, en tanto, es una especie endémica de nuestra región, aunque su distribución parece estar restringida a la Provincia de El Loa, de manera que sólo yendo al altiplano la podremos ver. A diferencia de las otras especies de su género, que gustan de playas y riberas arenosas, esta libélula se ha adaptado a la vida en la Puna, frecuentando bofedales, aguadas y las fangosas riberas de los ríos del altiplano.

 

Por su parte, Sympetrum gilvum, -la especie más llamativa de las cinco debido al color rojo de sus machos– aunque es una especie de amplia distribución sudamericana, sólo se puede encontrar en Chile desde Arica hasta Valparaíso, pero en nuestra región, según hemos podido ver, su presencia parece limitarse también a El Loa.

 

Finalmente y, como bien sabemos que en ninguna parte falta un colado, debemos agregar a la Gomphomacromia paradoxa que, como ya habíamos mencionado, no está descrita para nuestra Región, pero a ella no le importa y sigue viviendo en estas tierras. Esta libélula es de color café muy oscuro, y presenta manchas de color amarillo que varían bastante de tonalidad, siendo a veces bastante opacas desvaídas y en otras más oscuras y llamativas. Llaman la atención sus ojos, de un color verde azulado.

 

Ya que no todos tienen la posibilidad de conocer las 6 especies en persona, aquí les dejamos cuando menos a cinco de ellas.
















 

martes, 19 de mayo de 2026

RUMBO A TOCONAO

 

Rumbo a Toconao

La Morada de los Toconares


Resulta evidente que en el territorio por el cual nos vamos desplazando (de sur a norte) resalta la vegetación (esta es abundante luego de las últimas lluvias), de igual manera, destacan sus volcanes y sus cerros cuyas cumbres sobrepasan (gran parte de ellas, los 5.000 e inclusive, los 6.000 metros) y por último, más no menos importante, los diversos cursos de agua que fluyen en dirección al gran Salar de Atacama.

 

Vamos rumbo a Toconao, la morada de los Toconares

 

En la cartografía oficial, la quebrada que contiene a Toconao asoma como la quebrada de Honar y el río Toconao, cuyo curso natural de agua nace entre el cerro Putas y el cerro Honar, desde donde fluye con dirección general poniente hasta desembocar en el salar de Atacama. En el informe de la Dirección General de Aguas y en algunos blogs de turismo aparece con el nombre de “Quebrada de Jere" o "Quebrada de Jerez". Bien valga el porqué de aquello.

En su curso alto el Toconao recoge las aguas del río Zilapeti y en su cauce inferior recibe las aguas del Poquios y del Sapaque.

 

Ahora bien, como resulta obvio que su nombre no pasará desapercibido, diremos que el mencionado Cerro Putas (5.407 m.s.n.m) -desde el cual nace el río Toconao- está ubicado a unos 50 km al suroeste de San Pedro de Atacama y, aunque no existe un registro histórico oficial de su bautizo, la tradición oral y los relatos locales atribuyen este peculiar y llamativo nombre a dos posibles razones: 

- A una Inspiración satírica: En el folklore de la minería y el arrieraje, se acostumbraba a usar nombres llamativos, irónicos o de carácter profano para lugares de difícil acceso, condiciones extremas o que representaban un desafío físico monumental.

- A leyendas tradicionales: Al igual que otras formaciones con nombres sugerentes en la zona (como el Valle de la Muerte), se asociaría a relatos folclóricos sobre las dificultades extremas, la escarpada geografía y el aislamiento del sector.

 

Sin embargo, creemos que su verdadero origen es otro y más antiguo. Los primeros españoles que llegaron a estas tierras tuvieron serios problemas para registrar la topografía indígena, ya que la lengua Kunza de los LickanAntay abunda en sonidos secos y guturales, difíciles de transcribir al español, por lo que “castellanizaban” los nombres a lo que les pareciese más similar. Misma situación se les presentaba con el quechua y el aymara, lenguas que también se usaron en la zona en distintos momentos.

 

Así, de acuerdo a lo que se conoce actualmente de estas lenguas por los diccionarios, tenemos que la raíz p’uta –o phuta- en el aymara y p’utuy –phutuy- en el quechua se refieren a algo que emerge del suelo, ya sea agua que brota o una prominencia de piedras o rocas, por lo que es probable que el nombre del cerro fuese P’uta o P’utuy (el cerro donde nace el agua o el río), y el transcriptor español lo asimiló a una palabra por él conocida. Con muy mal tino, si hemos de decir, ya que otros cartógrafos más pudorosos –en este siglo- han preferido señalarlo en los mapas como “Cerro Punas”, que suena bastante mejor.

 

Ahora, sea cual sea el nombre del cerro y su origen, no podemos menos que reconocer que las aguas que en él se originan impactan grandemente en el paisaje de la zona, creando lugares muy hermosos y llenos de vida, dignos de ser visitados, como hemos podido comprobar.

 














 

viernes, 15 de mayo de 2026

UNA HISTORIA DE AMOR EN BICICLETA


Una Historia de Amor en Bicicleta


Sandra acaba de partir en su viaje a la eternidad y aunque nunca la conocimos -a pesar de estar tan cerca- la recordaremos de la manera que muchos quisiesen ser recordados, con sus imágenes -cedidas por ella-, con su relato que habla de amor, de engaños y de nuestro norte.

 

Esta es una historia simple pero maravillosa en donde cada palabra es el reflejo de un ayer que parece a la vuelta de un sueño, pero es una historia que ya va para las cuatro décadas.

 

Una Historia de Amor en Bicicleta

(Recordar significa repasar por el corazón)

 

Por esas cosas del destino y bajo el embrujo de una imagen que muestra una desolada casona en el litoral costero de Tocopilla-Chile, específicamente en un lugar llamado Gatico, se comunicó con nosotros una agradable señora que, al poco hablar, nos dijo:

 

“Me llamo Sandra Fuentes Parra y quiero contarles una historia. Una historia de amor, pero en bicicleta, la cual incluye a Gatico como parte importante de mis recuerdos.

 

Cuando era joven -20 añitos-  yo tenía un novio alemán con el que decidimos viajar por el mundo en un velero. Después de un año de trabajo y de ahorros, nos dimos cuenta que no nos alcanzaba ni para las velas, por lo que se me ocurrió la idea de viajar en bicicleta (Un gran cambio de planes). Yo nunca había tenido una de estas, por lo que demoramos 3 meses en armar el viaje y subirme en uno de estos artefactos.

 

Con los ahorros compramos una carpa usada de militares, la cosimos para achicarla, buscamos los mapas necesarios, vendimos todo lo que teníamos y partimos desde Santiago en dirección al norte en octubre del año 1990.

 

El comienzo fue muy difícil. Recuerdo que al segundo día de viaje tuve un accidente y me dañé levemente la cabeza (Un comienzo poco auspicioso). En esos primeros días de recorrido avanzamos muy poco, de 25 a 30 km diarios. Todo esto cambió al norte de la Serena, parece increíble, pero mientras más nos adentrábamos en el desierto, más energía teníamos. Tuvimos en este trayecto tramos muy difíciles, como en la estación Los Vientos, mucho antes de llegar a Antofagasta. Este último tramo lo hicimos en un día con una distancia total de 100 km ¡En un día! Me sentía súper energética por lo que subimos Inmediatamente a San Pedro de Atacama, poblado del que tanto me habían hablado.

 

Ahí me enamoré inmediatamente del lugar, que por supuesto no tiene nada que ver con el San Pedro de hoy. El viento mecía los pimientos de la plaza en cada atardecer y en sus calles sólo transitaban rebaños de llamas y cabras en dirección a sus corrales. Todo era paz, una postal del ayer.

 

Después de permanecer por espacio de una semana, volvimos a Antofagasta y seguimos en dirección al norte, pero por la costa. Fue ahí cuando conocí el castillo de Gatico, hasta ese momento nunca había escuchado su nombre, es más, fueron los trabajadores del casino de Michilla quienes me dijeron que había sido un castillo de la armada de fines de los 1800.

 

Estuvimos dos días acampando en la casona, el camino era tan malo que no sentí -con la calamina del camino- cuando se cayeron los ganchos de la carpa y se perdieron, así es que este lugar fue perfecto para tener un techo en esas noches.

 

Más adelante, llegamos a Iquique y nos dirigimos a sacar la visa para entrar a Bolivia. Seguimos con nuestras bicicletas rumbo al altiplano, pero la puna me la ganó. Llegó un momento en el que ya no podía mantenerme en pie e hicimos dedo a un camión que nos dejó en Quebe, un pequeño poblado sin habitantes cercano a Colchane. En el lugar solo vivía un abuelito de unos 80 años que nos dejó ocupar el patio de una casa vacía, la cual era de adobe. Nos dejó además agua caliente para el mate y en la mañana nos llevó a tomar un baño caliente en una vertiente del lugar. ¡Estábamos en el paraíso!

 

Parece extraño, pero el pueblo estaba abandonado y recorrí con toda tranquilidad sus calles y casas, había también una escuela cuyas protecciones de ventana se golpeaban por efecto del viento y en su interior todo estaba como si los niños recién hubieran salido a recreo. Sus útiles intactos, los pizarrones con tareas y una gran foto del presidente de turno en cada sala.

 

Seguimos rumbo a la frontera y cruzamos a Bolivia para continuar en dirección a Oruro, en donde descansamos un par de días, después de la pesada ruta arenosa. Seguimos nuestra ruta por el altiplano visitando varios poblados que me dejaban cada vez más triste. Las condiciones en la que vivían las personas estaban fuera de todos los conceptos de pobreza que yo había conocido hasta ese momento.

 

Llegamos a La Paz en diciembre. Nos quedamos visitando los mercados y conociendo a la gente de esa ciudad maravillosa, hasta que decidí que quería terminar el viaje ahí mismo y también la relación con mi novio. Volví a Santiago en bus, lloré todo el viaje al reconocer los lugares y las piedras del camino.

 

Después de dos meses volví a San Pedro, a este norte mágico en donde hice toda mi vida, formé mi familia y cumplí todos mis sueños.”

Cuan grato es comprobar como una simple imagen puede despertar de tal manera los recuerdos de las personas; nos sentimos honrados al poder contarles esta historia, “Una Historia de Amor en Bicicleta”.