martes, 23 de enero de 2018

LOS PEQUEÑOS SOLDADOS



LOS PEQUEÑOS SOLDADOS

Los hijos ya eran grandecitos para andar jugando, debían ayudar con su trabajo y si debían ir a la guerra, que así fuera.  

Oficialidad de la Abtao

     En la actualidad sería reprochable y repudiable el ver a niños participando directamente en un conflicto bélico. Aunque sabemos que la guerra no distingue edades cuando toca a tu puerta. Pero hace 139 años -en un Chile y en un mundo distinto- muchos niños participaron del conflicto limítrofe “La Guerra del salitre” y llegaron a estas tierras donde fueron protagonistas del desembarco del 14 de febrero de 1879 en Antofagasta y de la Batalla de Calama, el 23 de marzo de ese mismo año. A sus cortos años cambiaron los juegos por las armas, marcharon como uno más junto a los soldados, dispararon contra el enemigo y vieron de cerca los horrores de la guerra. Algunos sobrevivieron, otros murieron como es el caso del soldado del Regimiento Cazadores, Carlos Fernández, quien cayó en la batalla de Calama.

Respecto a la post guerra y qué ocurrió con los que sobrevivieron al duro choque, cuentan que "la gran mayoría de los ex soldados fueron absorbidos como mano de obra en las distintas oficinas salitreras a lo largo de todo el Norte Grande, las cuales vivían un fructífero comienzo. Otros, por su parte, "siguieron la carrera militar o volvieron a trabajar las tierras en sus zonas natales".



TESTIMONIOS DE PEQUEÑOS GRANDES HÉROES

Artículo escrito por Diego Grandón Espinoza

José Emilio Amigo Amigo.

a) Oriundo de San Javier de Loncomilla e hijo de Santiago Amigo Yáñez y María Concepción Amigo Lineros, José Emilio Amigo fue el héroe más joven del Combate Naval de Iquique, siendo parte de la dotación de la corbeta “Esmeralda”, cuando sólo tenía 10 años.
     Según las nóminas de la tripulación que participó en dicho combate, el pequeño José figura como grumete de la “Esmeralda”, cuya labor era atender las bajas de los buques de la Escuadra. En aquellas nóminas aparece como fallecido durante el transcurso del combate, sin embargo, algunas fuentes aseguran que el grumete José Emilio Amigo habría sobrevivido a la contienda, logrando regresar posteriormente a Chile.
     Como prueba de lo anteriormente expuesto, el libro “La Dotación Inmortal”, publicado por el Museo Naval y Marítimo de Valparaíso, señala en uno de sus párrafos, refiriéndose al descubrimiento que el cabo 2º IM Juan Espinosa Espinoza hiciera acerca de este personaje:

“El cabo Espinosa encontró en los registros de la parroquia San Francisco Javier de Loncomilla, el certificado de matrimonio de José Emilio Amigo Amigo, hijo de Santiago Amigo y María Concepción Amigo, con Doralisa Lobos, hija de José Santos Lobos y Margarita Espinoza, documento fechado el 19 de noviembre de 1887…” [1]
Más tarde, encontraría inscritos en el registro civil los nombres de tres hijos del grumete Amigo, de los cuales, hasta el día de hoy, se busca a sus descendientes.

b) Luis Cruz Martínez.

     Nació en Villa de Molina el 5 de agosto de 1866, siendo hijo adoptivo de Martina Martínez de Franco. El apellido Cruz fue puesto por su madre en honor a la madrina del bautizo.
     Al estallar la Guerra del Pacífico, el pequeño Luis, de 14 años, cursaba el cuarto año de humanidades y, luego de abandonar sus estudios, se enroló voluntariamente en el Batallón Movilizado “Curicó” por algo que consideró mucho más importante: La Patria.
     Luis Cruz era tan pequeño que apenas podía alzar su fusil a la altura del hombro, por lo que sus camaradas de armas le dieron el apodo de “el cabo Tachuela”.
A fines de 1880, fue ascendido a sargento 2º, grado con el que participó en las acciones de Chorrillos (13-01-1881) y Miraflores (15-01-1881).
     En enero de 1882, y un año después de la ocupación de Lima, fue destinado a la 6º Compañía del Batallón “Chacabuco” con el grado de subteniente. Dicha unidad se encontraba en operaciones en la Sierra peruana con el objeto de hacer frente a la resistencia organizada por el general peruano Andrés Avelino Cáceres.
     El 9 de julio del mismo año, la guarnición chilena destacada en el pueblo de la Concepción, compuesta por 77 hombres [2], al mando del teniente Ignacio Carrera Pinto, es atacada por las fuerzas de Cáceres, compuestas por aproximadamente 300 soldados regulares y 1.500 individuos entre indios y montoneros.
     Los chilenos resistieron los ataques de las columnas peruanas durante todo el día, continuando el combate durante la noche y la mañana siguiente. Aproximadamente a las 09:00 horas del 10 de julio, y tras el incendio del cuartel chileno, tan sólo quedaban con vida el subteniente Luis Cruz Martínez y cuadro soldados, los cuales, pese a los llamados de rendición, se lanzaron en post de la muerte contra la masa de asaltantes, siendo brutalmente asesinados, desvestidos y descuartizados. El subteniente Luis Cruz Martínez tan solo tenía 16 años de edad.
     Es importante destacar que a la tropa chilena le acompañaban tres mujeres y dos niños, uno de los cuales había nacido la misma noche del combate. Todos ellos corrieron la misma suerte de los soldados de la guarnición.
     Tras el ingreso de las tropas chilenas del coronel Estanislao del Canto en la Concepción, y al verse imposibilitados de trasladar a Chile los cuerpos de los caídos, se tomó la determinación de extraer los corazones de los cuatro oficiales de la guarnición, entre los cuales se encontraba el del subteniente Luis Cruz Martínez. Años más tarde, dichos corazones fueron depositados en la Iglesia Catedral de Santiago, en donde se conservan hasta nuestros días.

c) Gregorio Araya Aburto.

     Miembro de la gloriosa dotación de la corbeta “Esmeralda” que combatió en Iquique el 21 de mayo de 1879. Gregorio Araya procedía de Tomé y era hijo de don Juan Araya y de doña Casimira Aburto.
     Se incorporó a la Marina en el año 1874, a la edad de 11 años. Según los registros de la época, Gregorio medía 1,37 mts. de estatura, tenía el pelo negro, los ojos pardos, la nariz chata, los labios gruesos y las orejas de tamaño regular.
     Sirvió como grumete a bordo del vapor “Ancud” y la corbeta “O`Higgins”. En 1878, tras un corto retiro de la institución, fue recontratado para embarcarse en la corbeta “Esmeralda”, ascendiendo a marinero 2º el día 12 de febrero de 1879.
Ya declarada la guerra a Perú y Bolivia, el 21 de mayo de 1879, Gregorio Araya se encontraba en la rada de Iquique a bordo de la “Esmeralda” que bloqueaba el puerto, junto a la goleta “Covadonga”.
     Muy temprano fueron avistados por el norte dos humos que resultaron ser los blindados peruanos “Huáscar” e “Independencia”, los cuales descargaron todo el peso de su artillería sobre las frágiles naves chilenas que no podían ofrecer mayor resistencia que el de los resueltos corazones patriotas dispuestos a darlo todo por la gloria de Chile. Uno de aquellos corazones guerreros fue el del marinero Gregorio Araya, el cual falleció en el transcurso del combate, cuando tenía 16 años de edad.

d) Francisco Silva Basterrica.

     Al igual que muchos niños chilenos que participaron en la Guerra del Pacífico, este joven muchacho huyó de su casa a la edad de 14 años. Proveniente de los campos de San Felipe, Francisco Silva dejó las labores agrícolas para incorporarse al regimiento 2º de Línea.
     Herido en la batalla de Tarapacá, fue tomado prisionero por los peruanos y obligado a marchar hacia Arica, atravesando el árido desierto mientras se desangraba. Gracias a la ayuda de una cantinera de su regimiento que marchaba junto a él, Francisco fue ocultado en un caldero y transportado a lomo de burro hasta el término de la travesía. Indudablemente, esta acción le salvó la vida.
     Ya de regreso a su tierra natal, Francisco se abocó nuevamente a sus labores en el campo. Años más tarde, uno de sus sobrinos se referiría a él, señalando que:
“El jamás hablaba de la guerra. No mostró sus condecoraciones. Era tímido, hablaba en términos muy sentenciosos y no ostentó nunca ni sus acciones de guerra ni sus heridas. Parece que las batallas le dejaron una huella indeleble que mortificaba sus días…” [3]

e) J. Arturo Olid Araya.


     Miembro de la dotación de la goleta “Covadonga” en el combate naval de “Punta Gruesa” y protagonista de numerosos combates y batallas de la Guerra del Pacífico y la Revolución de 1891. Arturo Olid nació en Valparaíso en 1866, siendo hijo de don Manuel Olid y doña Margarita Araya Garzo.
     Al declararse la guerra, a la edad de 13 años y medio, dejó sus estudios en el Colegio de los Padres Franceses de Valparaíso, logrando embarcarse en la goleta “Covadonga” como aprendiz mecánico, a ración y sin sueldo.
El 21 de mayo de 1879 participó en los combates navales de Iquique y Punta Gruesa a bordo de la “Covadonga”, a las órdenes del capitán de corbeta don Carlos Condell de la Haza.
     Respecto a este episodio de la guerra, Arturo Olid dejó constancia de sus vivencias en el libro “Crónicas de Guerra”, el cual fue publicado por sus hijos luego de su muerte y que contiene sus memorias:

“Confieso con humildad muy comprensible que yo estaba sobrecogido y anonadado en la cubierta de la ‘Covadonga’.” [4]

“Posiblemente, era aquel un espectáculo soberbio por su heroicidad y por su grandeza; pero mi edad no me permitía sentirme con deseos de transformarme ni en héroe ni en pasto de los peces, y cuando recordaba en medio de aquel caos guerrero la mansa y silenciosa tranquilidad de mi hogar y las apacibles horas transcurridas en las aulas de los reverendos Padres Franceses, todo aquello y mucho más pasa por la imaginación de un hombre en peligro inminente de muerte, hubiera deseado volver al colegio...” [5]

“…los gritos, los insultos, la batahola formada por aquellos endemoniados marineros cada vez que uno de nuestros cañones acertaba un tiro en el cuerpo de nuestro enemigo, los vivas a Chile salpicados con la poco parlamentaria palabra de Cambrone, la gruesa y ronca voz de Orella[6], que, espada y revólver en mano, mandaba cargar, entrar y sacar de batería su cañón, y tal vez más que todo el propio instinto de conservación hizo que me contaminara también del furor de aquella gente varonil, y desenfundando un gran revólver, con que también estaba armado, me pusiera a descargarlo tiro a tiro en dirección al buque enemigo.” [7]

     Tras la hazaña de Punta Gruesa, Arturo Olid fue nombrado alférez de Ejército, siendo agregado al Regimiento “Artillería de Marina”. Posteriormente tomaría parte en el desembarco de Pisagua, las batallas de Dolores, Tarapacá, Tacna, Chorrillos y Miraflores; en las tres últimas con el grado de subteniente.
     Sin duda, una de las batallas trascendentales en la vida del pequeño Arturo, sería la acaecida en la quebrada de Tarapacá, acción en la cual se encontró en medio de uno de los episodios más sangrientos de la guerra, en que una división chilena de 2.281 combatientes tuvo que hacer frente a un número superior de enemigos que bordeaba los 6.000 efectivos. En dicha oportunidad, el joven alférez Olid debió asumir el mando de su aniquilada 3ª Compañía de “Artillería de Marina”, con tan sólo 14 años de edad.
Respecto a lo acontecido en Tarapacá, Arturo Olid nos relata lo que sus ojos presenciaron alrededor de las 11:00 horas, en aquella “quebrada maldita”:

“A esa hora la batalla había asumido caracteres de horrible violencia: los peruanos, que contaban con la victoria, seguían confiados en su superioridad numérica y en la sorpresa de su ataque al “Zapadores”, hacían toda clase de esfuerzos para arrollarnos; el extenso y accidentado campo estaba sembrado de cadáveres y los que tenían la desgracia de caer heridos podían darse por muertos, porque ambos bandos estaban poseídos por un furor diabólico: no se perdonaba a nadie y como las municiones se habían consumido casi en su totalidad y las distancias se habían reducido a unos cuantos metros, la matanza se hacía a punta de bayonetas, a culatazos, a cuchillo y el que no tenía ya ni una ni otra, se cruzaba a bofetadas o mataba o moría apretándole el ‘cogote’ al enemigo.”
“… Nuestros soldados, desesperados, locos por la sed y por la rabia de verse en la impotencia para vencer, se habían convertido en verdaderas fieras y sabiendo que la muerte había de venir de una u otra manera, mataban sin lástima ni cuartel.”
“Vi muchos de los nuestros que, heridos y sin poder defenderse ni recibir auxilio, porque cada cual atacaba o se defendía solo o en grupos sin preocuparse de los demás, al ver que iban a ser muertos a bayoneta por un grupo de peruanos que se precipitaban como perros sobre ellos, se incorporaban para injuriar a sus victimarios y antes de ser despedazados, los escupían.” [8]

     En octubre de 1881, el subteniente Arturo Olid es ascendido a teniente de “Artillería de Marina”, tras haber participado en los bombardeos del Callao y los bloqueos de Ilo, Mollendo e Islay; a la edad de 16 años.
     Regresó a Chile junto a las tropas victoriosas del general Manuel Baquedano, luciendo con orgullo cinco condecoraciones de oro y plata por su participación en las diferentes campañas de la Guerra del Pacífico.

f) José Baltasar Briceño Cordero.
Nació en Rancagua el 19 de agosto de 1864, siendo hijo de Baltasar Briceño y Dalia Cordero.
El 20 de febrero de 1879 se contrató como grumete para servir a bordo de la corbeta “Esmeralda” por un período de un año.
El 21 de mayo de 1879, siendo parte de la dotación de la vieja “Mancarrona” [9], tomó parte en el combate librado en la rada de Iquique contra el blindado “Huáscar”, en el cual perdería la vida, a la edad de 14 años.

g) Gaspar Cabrales Besodilla.

     Nació en Valparaíso el 6 de enero de 1864. Sus padres fueron Domingo Cabrales y Estefanía Besodilla.
     El 14 febrero de 1879, Gaspar Cabrales participó en el desembarco y ocupación de Antofagasta, como tambor en una de las compañías del Batallón “Artillería de Marina”.
    Al estallar la Guerra del Pacífico, Gaspar Cabrales tenía 15 años de edad y había sido destinado a la guarnición de la corbeta “Esmeralda”, en calidad de tambor y corneta de órdenes.
     El día que la “Esmeralda” tuvo que combatir contra el “Huáscar” en las aguas de Iquique, Gaspar permaneció junto al comandante Prat desde el inicio de la contienda, cumpliendo fielmente sus órdenes.
     Al momento del abordaje al “Huáscar”, la orden de Prat no pudo ser transmitida por el joven corneta, pues había sido atravesado por numerosos proyectiles que le causaron la muerte. Sin embargo, otros relatos aseguran que una granada le habría arrancado la cabeza.
     Según el libro “La Dotación Inmortal”, del Museo Naval y Marítimo de Valparaíso; “Caído en la toldilla, Cabrales falleció con sus dedos oprimiendo la corneta”. [10]

h) José Dolores y Sabino González Valenzuela.

     Más que desconocida y olvidada resulta la historia de estos hermanos que alcanzaron la gloria en la quebrada “maldita” de Tarapacá, la cual fue contada por su propia madre al ilustre político e historiador Vicuña Mackenna, e inmortalizada en su obra “Álbum de la Gloria de Chile”.
     José Dolores y Sabino nacieron en la ciudad de Copiapó y fueron hijos de Rafael González y María Valenzuela.
     Al declararse el conflicto armado de 1879, José Dolores estudiaba en la Escuela de Artesanos de Copiapó y ganaba dinero llevando libros; ganancias que finalmente obsequiaba a su madre.
     La noticia de la guerra recorrió el extenso territorio nacional, y José Dolores decidió marchar al encuentro de los enemigos de Chile, engrosando las filas del “2º de Línea”, como soldado de la 3ª Compañía del 2º Batallón, al mando del capitán José Antonio Garretón.
     A fines de octubre de 1879, José Dolores González zarpó de Antofagasta, con su cuerpo, rumbo a Pisagua. Su pequeño hermano Sabido se agregó a escondidas al regimiento con la intención de acompañarlo.
     En el mes de noviembre del mismo año, luego de la batalla de Dolores, una expedición chilena [11] fue enviada a Tarapacá con el objeto de perseguir a los aliados fugitivos de la batalla antes mencionada.
     El 27 de noviembre, dicha expedición sería sorprendida en la quebrada de Tarapacá, por un ejército aliado fortalecido gracias a las tropas del general Buendía que provenían de Iquique. Las fuerzas peruanas y bolivianas más que duplicaban en número a las chilenas.
     Es en esta acción donde el pequeño José Dolores y su hermano Sabido pierden la vida, sucumbiendo uno al lado del otro, en medio de la horrenda carnicería que se llevaba a cabo en la árida quebrada de Tarapacá.
     Meses más tarde, el coronel Mauricio Muñoz [12], en una carta dirigida al general Erasmo Escala [13], se referiría a la suerte que ambos hermanos corrieron en el transcurso de la batalla:

“Respecto a los hermanos González, es efectivo que José Dolores pertenecía al regimiento i murió en Tarapacá a consecuencia de tres heridas que recibió en el combate. Sabino era un muchacho como de 11 años de edad, que andaba con su hermano, por consiguiente, no estaba agregado al regimiento. Según la exposición de algunas clases i soldados, cuando hirieron a José Dolores, Sabido lo condujo a un rancho que había ahí cerca, i de repente se vió arder, i se quemaron los dos hermanos, junto con otros.” [14]

i) José Agustín Coloma Acevedo.

     Nació en Valparaíso y sus padres fueron José S. Coloma y Agustina Acevedo.
En febrero de 1879 se contrató para servir a bordo de la corbeta “Esmeralda”, por el lapso de un año. José tenía entonces 16 años y medía 1,52 mts.
     Al momento de embarcarse tenía el grado de grumete, sin embargo, el 10 de marzo de 1879 sería ascendido a marinero 2º.
     El 21 de mayo, del mismo año, José Coloma sería herido en el combate desarrollado en la rada de Iquique, salvando de morir ahogado en las aguas, luego del hundimiento de la nave chilena, gracias a la ayuda del guardiamarina Vicente Zegers y del patrón de bote José Alarcón. Más tarde sería recogido por los marineros del “Huáscar” y trasladado al hospital de Iquique, donde se recuperaría y regresaría a Chile junto al resto de los sobrevivientes de la heroica contienda.
El marinero José Agustín Coloma falleció en Valparaíso en el año 1888.

j) José Manuel Concha.

     Nació en Valparaíso en el 1866, ingresando a la Marina como grumete al declararse la guerra. José Concha participó en el combate naval de Iquique a bordo de la corbeta “Esmeralda” cuando tenía 13 años de edad.
     El pequeño José fue uno de los pocos grumetes que sobrevivieron al combate y tras haber permanecido en calidad de prisionero durante varios meses, regresó a Chile en diciembre de 1879, junto al resto de los tripulantes de la gloriosa corbeta “Esmeralda”.
Tras retornar a la Patria, el grumete Concha se reembarcó, ascendiendo a marinero 2º y participando en los combates de Arica y de El Callao en 1880, a bordo del monitor “Huáscar”. Posteriormente, José Concha ascendería a timonel, participando, a inicios de 1881, en las operaciones de fuego de apoyo naval que el buque debió prestar a las tropas del ejército en los asaltos a las fortalezas peruanas de Morro Solar, Chorrillos y Miraflores.
     Finalizada la Guerra del Pacífico, José Concha contrajo matrimonio con Juana María González, debiendo trabajar como jornalero para poder subsistir.
     Falleció en Iquique el 10 de diciembre de 1911, producto de una enfermedad renal y en condiciones de miseria y pobreza.

k) Arturo Benavides Santos

     Nació en Valparaíso el 28 de agosto de 1864, siendo sus padres don Francisco Benavides Carrera y doña Leonor Santos del Real.
A comienzos de 1879, el joven Arturo cursaba el primer año de Humanidades en la Escuela Superior de Valparaíso, cuando la noticia de la guerra contra Perú y Bolivia hizo despertar en él su espíritu bélico y guerrero. Esto hizo que decidiera abandonar sus estudios y las comodidades del hogar, para marchar a la guerra y defender la tierra que lo vio nacer.
     Es preciso hacer un paréntesis en la historia de este valiente y osado niño porteño, para destacar un hecho que, sin duda, influenció notablemente en él para que decidiera ser soldado a toda costa. Me refiero a la recalada del capitán Carlos Condell a Valparaíso, luego de la acción de Punta Gruesa, y que el mismo Arturo Benavides relata en su libro titulado “Seis años de Vacaciones”:

“La relación del sublime combate de Iquique y el heroico sacrificio de Prat, Serrano y Aldea, era el tema de todos los comentarios; y creo que ningún niño en ese tiempo dejó de aprender de memoria la arenga de Prat.”

“Algunos días después llegó la ‘Covadonga’. Desde la mañana yo estaba con otros niños en el muelle a fin de ver, desde bien cerca, a Condell, oficiales y marinería que debían desembarcar. Cien veces se nos hizo retirar y otras tantas estábamos en las primeras gradas del muelle.”

“En el trayecto que Condell debía recorrer hasta la Intendencia y su casa, se erigieron hermosos arcos.”

“Cuando Condell llegó al muelle, la emoción que experimenté no la sé describir; creí que llegaba un semidiós. Y en ese instante resolví ser soldado, aun contrariando a mi padre, a quien tanto respetaba, y a mi madre a quien amaba hasta la veneración.” [15]
Es así como Arturo, de 14 años de edad, se alista en el Batallón “Lautaro”, haciendo oídos sordos a los consejos familiares que le recomendaban desistir de su empresa. Antes de zarpar con rumbo al norte, su padre lo despide con la siguiente sentencia: “Espero que cumplas siempre con tu deber, aunque te cueste la vida”. [16]

     Ya en Antofagasta, el pequeño Arturo es ascendido rápidamente a cabo 1º, y posteriormente a sargento 2º. Con este grado emprendió la campaña de Tacna y Arica, en donde experimentó, en carne propia, el sufrimiento y las penurias que significan atravesar las áridas e inclementes arenas de un desierto que hostilizaba paso a paso la marcha de un ejército resuelto a cumplir la sagrada misión que la Patria le impuso; me refiero a la fatigosa marcha de los soldados chilenos desde Ite, atravesando del desierto, hasta el río Sama, para finalmente enfrentar al ejército aliado atrincherado en las fortificaciones del Campo de la Alianza, al norte de Tacna.
Respecto a este acontecimiento, el sargento Arturo Benavides nos relata:

“El sol quemaba materialmente, produciendo dolorosas escoriaciones en la piel, y no corría ni la más ligera brisa que refrescara la atmósfera de fuego…”
“Para engañar la sed algunos se introducían balas en la boca y otros bebían su propia orina…”
“Como a las tres de la tarde no pude continuar la marcha; caí, y aunque hice esfuerzos no pude levantarme… ¡Y nadie podía prestarme ayuda!”
“Cuando me vi solo creí que me iba a morir… y lloré, y recé, y pensando en mi amada madre y en mi padre, hermanos y amigos me dormí…”
“Desperté cuando el sol se aproximaba al horizonte…”
“Quise incorporarme y no pude…”
“El profundo silencio y soledad en que estaba me dieron miedo, y volví a llorar y a rezar…”
“Después de algunos minutos divisé dos jinetes en un punto del horizonte; y temiendo fueran enemigos de un tirón deshice el pabellón y cargué mi rifle. ¡Mi vida les costaría cara!” [17]

Afortunadamente esos jinetes resultaron ser el coronel chileno Orozimbo Barbosa y su asistente, quienes finalmente le salvaron la vida.

     El 26 de mayo de 1880, Arturo participa en la batalla de Tacna, en donde gracias a su valentía y heroica actuación, es ascendido al grado de subteniente, con solo 15 años de edad.
     Días más tarde, el 7 de junio, el subteniente Benavides tomaría parte en el ataque a los fuertes ubicados al norte de Arica. Paralelamente a la acción de los “lautarinos”, los regimientos “3º” y “4º de Línea” tomaban por asalto las fortificaciones del morro, izando en la cumbre de éste la bandera nacional.

    El niño que alguna vez partió a la guerra desde su cálido hogar en Valparaíso volvería 6 años más tarde a la Patria convertido en un verdadero hombre, no sin antes haber dejado su huella indeleble en destacados escenarios bélicos como el Manzano, San Juan, Chorrillos, Miraflores, Tarma-Tambo e innumerables sitios de la Sierra peruana.
     Sus seis años de cruenta guerra, tanto contra los hombres, como contra los desiertos y enfermedades, fueron vistos de forma tan natural por este pequeño valiente, que serían recordados por él como sus “seis años de vacaciones”.
     Años más tarde, producto de la guerra civil de 1891, Arturo Benavides fue herido en la batalla de Con, siendo necesario amputarle una pierna.
Falleció en Santiago en 1937, a los 73 años de edad.

l) Adrián Guzmán Lavell.

Sus padres fueron don Fermín Guzmán y doña Petronila Lavell.

     El 20 de febrero del año 1879, a la edad de 14 años, se contrató como grumete para servir a bordo de la corbeta “Esmeralda”. Medía 1,53 mts. de estatura, era de tez morena, tenía el pelo y los ojos negros.
     Salvó con vida del combate naval de Iquique, siendo tomado prisionero por los peruanos. Luego de la ocupación de la ciudad, por parte de las tropas chilenas, el grumete Adrián Guzmán regresó a Chile a bordo de la cañonera “Pilcomayo”.
     Al igual que su joven compañero José Manuel Concha, al retornar a Valparaíso, el pequeño grumete Guzmán se embarcó en el monitor “Huáscar”, ascendiendo al grado de marinero 2º y participando en los combates de Arica, El Callao y los bombardeos de Morro Solar, Chorrillos y Miraflores.

m) Juan Bravo.


     Hijo de padres araucanos y con sólo 12 años de edad, Juan Bravo se fugó de su casa para enrolarse posteriormente en la Marina.
     Un detalle poco conocido es que este muchacho no conservó su apellido paterno, pues su progenitor había sido el indígena Mauricio Villacura. Juan decidió cambiarse el nombre al momento de contratarse como grumete, siendo reconocido luego con el apellido “Bravo”.
    El 21 de mayo de 1879, el grumete Bravo formaba parte de la tripulación de la goleta “Covadonga”, que mantenía el bloqueo del puerto de Iquique junto a la corbeta “Esmeralda”. En la madrugada de aquel día, el vigía apostado en la cofa de la frágil goleta avistó por el norte dos humos que resultarían ser los blindados peruanos “Huáscar” e “Independencia”, desatándose los ya conocidos combates navales de Iquique y Punta Gruesa.
     Al verse comprometido en dicha contienda, el joven grumete trepó hasta llegar a una de las cofas de la “Covadonga”, desde donde haría gala de su puntería y gran manejo del fusil al tener por blanco a los sirvientes del cañón de proa de la “Independencia”. Con tanto acierto procedió el grumete Bravo, que los fue eliminando uno a uno, impidiendo así la utilización de dicha pieza de artillería hasta la rendición de la nave peruana en los bajos de Punta Gruesa.
El grumete Juan Bravo tenía en ese entonces 14 años de edad.

n) Francisco Arredondo.

     Muy poco se sabe de este joven soldado que perteneció a la 2º Compañía del Regimiento Nº1 de Artillería.
     Según algunas fuentes bibliográficas, aquel niño tendría unos 13 años de edad, destacándose como corneta de la unidad. El libro “El Roto Chileno” de Roberto Hernández C. nos cuenta lo siguiente respecto a su participación en la Batalla de Miraflores:

“Este, para animar a la tropa no cesaba de tocar diana en medio del infernal bullicio de los primeros instantes de la sorpresa, a mismo tiempo que batía una bandera chilena con la mano que le quedaba libre.” [18]

o) Manuel Julio Prado.

    El soldado Manuel Julio Prado perteneció al Regimiento “Atacama”, el cual se formó con voluntarios provenientes de las cercanías de Copiapó. Manuel acudió al llamado de la Patria junto a dos hermanos, de los cuales él era el menor, con sólo 16 años de edad.
     En la Batalla de Tacna, el pequeño Manuel cayó en medio de las fortificaciones del Campo de la Alianza, siendo su cuerpo despedazado con loca y vengativa saña.
    Ante lo ocurrido, uno de sus hermanos, el cabo 1º Ascanio Prado, escribió unos versos que serían publicados en el periódico “El Atacameño”, en la cual expresaba su profundo dolor y odio hacia quienes quitaron la vida a su querido hermano:

“También, hermano mío, luchando como bueno,
Al grito de ¡a la carga! te he visto perecer,
Y he visto que, en tu cuerpo, el cuerpo de un chileno,
Cebábase el cholaje con sin igual placer.
No importa…… el cuerpo de mi hermano
En la candente arena yo veo estremecer,
Clamando esta venganza, y pronto de mi mano,
¡En Lima corrompida, en Lima la tendréis!
A Lima, a Lima iremos, y pobres de vosotros
Que sólo habéis mostrado las iras del chacal,
Allí tendréis leones sangrientos en nosotros
Que saben ante todo pelear para vengar.
“Ascanio Prado, cabo 1°

     El cabo Ascanio Prado caería más tarde en las cumbres de las fortificaciones de San Juan y Chorrillos, en medio de la violenta batalla que se llevaría a cabo el 13 de enero de 1881.

p) Otros grumetes y marineros de la corbeta “Esmeralda”.

     Es importante destacar que para el amanecer del 21 de mayo de 1879 había a bordo de la corbeta “Esmeralda” un crecido número de grumetes, muchos de los cuales tenían quince, catorce o trece años de edad, y aún menores. Según la nómina [19] oficial de la tripulación de la corbeta chilena, aquel día habrían a bordo “treinta y cuatro” grumetes, de los cuales tan sólo salvaron “cinco” del combate contra el blindado “Huáscar”. Me refiero a los grumetes Adrián Guzmán, Zacarías Bustos, Manuel Concha, Wenceslao Vargas y Mercedes Álvarez.

     Sin embargo, y basado en la biografía anteriormente expuesta, el grumete Emilio Amigo habría salvado milagrosamente del combate, con lo cual el presunto número de grumetes sobrevivientes se elevaría a “seis”.
Por otra parte, muy poco se sabe del resto de los jóvenes grumetes que perecieron a bordo de la vieja corbeta “Esmeralda” durante el transcurso del Combate naval de Iquique.
     Del grumete Germán Sepúlveda Vilches, por ejemplo, se pudo averiguar que provenía de Valparaíso. El 20 de febrero de 1879 se contrató en la Marina para servir a bordo de la “Esmeralda” por el plazo de un año. Sin embargo, el muchacho encontraría la muerte tres meses después, a la edad de 16 años.
     Respecto del grumete Antonio Espino, se sabe que su incorporación a la Marina se llevó a cabo el 22 de febrero de 1879, falleciendo durante el transcurso del combate de Iquique, cuando tenía sólo 14 años.
     Un dato curioso resulta ser que uno de los grumetes, Samuel Machicado, antes de contratarse como tal a bordo de la “Esmeralda”, había contraído matrimonio con una joven que 15 años llamada Elvira Suárez. Tras la gesta de Iquique, aquella muchacha quedaría viuda, pues el grumete Machicado perdería la vida en medio del combate.
     Por otra parte, Baldomero Orrego, quien con 14 años de edad era marinero 2º, también falleció durante la contienda, a bordo de la “Vieja Mancarrona”.

LOS NIÑOS DESCONOCIDOS

     En este capítulo se dará a conocer dos relatos citados, en donde se expone la participación de niños en diferentes combates y batallas de la Guerra del Pacífico, y que cuyos nombres permanecen en el anonimato, al igual que muchos otros. Dichos relatos fueron extraídos de fuentes bibliográficas y artículos relacionados con aquel conflicto bélico.

a) “El corneta perdido”.

     El siguiente es un relato del subteniente Francisco Figueroa, quien fuera oficial del Batallón “Quillota” en la batalla de Miraflores:

“Cuando yo avancé con la pequeña fuerza hacia la dirección que se me mandó, encontré un corneta perdido de su batallón, el cual se me ofreció contento para acompañarme. Le mandé tocar a la carga y el diablo de corneta tocaba a más y mejor, con tanta gracia y naturalidad, avanzando, saltando y haciéndole piruetas al enemigo, que todos los soldados se reían y lo celebraban, a pesar de que las balas llovían y silbaban terriblemente. El corneta no tendría doce años.” [20]

b) “El grumete del cabillero”.

     El presente es un relato del almirante don Vicente Zegers, quien participó en el Combate naval de Iquique, a bordo de la “Esmeralda”, con el grado de guardiamarina:
“Debo citar otro incidente que ocurrió al bajar de la toldilla. Vi a un muchacho que, tomado del cabillero del palo mesana, parecía estarse escondiendo. Entonces, dirigiéndome hacia él, le dije:

- ¡Sal de ahí inmediatamente, y vete a tu puesto!”
“Entonces él, con lágrimas en los ojos, me dijo.
“- ¡Señor, dispénseme, pero no puedo, porque me falta una pierna!”
“En efecto, me acerqué a él y vi que tenía la pierna derecha completamente destrozada, estando parado con la otra, sobre un charco de su propia sangre.” [21]

Tripulación del blindado Cochrane

REFERENCIAS

[1] Museo Naval y Marítimo de Valparaíso “La Dotación Inmortal”, Imprenta de la Armada, 2004, Pág. 97.
[2] La guarnición chilena estaba compuesta por el teniente Ignacio Carrera Pinto (de la 4º Compañía del Batallón “Chacabuco”), los subtenientes Arturo Pérez Canto (4º Cía.), Julio Montt Salamanca (5º Cía.), Luis Cruz Martínez (6º Cía.), 63 clases y soldados de la 4º Cía., 1 soldado de la 1º Cía., 2 soldados de la 2º Cía., 1 soldado de la 3º Cía., 1 soldado de la 5º Cía., 4 soldados de la 6º Cía. y 1 soldado de la 1º Cía. del Batallón “Lautaro”. Todo lo anterior sumaba un total de 77 chilenos.
[3] Revista “Vea”, Nº2076, Sociedad editora Revista “Vea” Ltda., 1979, Pág. 88.
[4] Olid, J. Arturo “Crónicas de Guerra”, RIL Editores, 1999, Pág. 38
[5] Op. Cit., Pág. 38
[6] El teniente 1º Manuel Joaquín Orella Echanez fue el oficial detall del Capitán Carlos Condell, participando en el Combate Naval de Punta Gruesa a bordo de la goleta “Covadonga”. Estaba a cargo de las piezas de artillería del buque, demostrando excelente puntería y certeza al efectuar sus descargas.
[7] Olid, J. Arturo “Crónicas de Guerra”, RIL Editores, 1999, Pág. 38
[8] Olid, J. Arturo “Crónicas de Guerra”, RIL Editores, 1999, Pág. 77
[9] Nombre dado a la corbeta “Esmeralda”, en forma afectuosa, por sus propios tripulantes.
[10] Museo Naval y Marítimo de Valparaíso “La Dotación Inmortal”, Imprenta de la Armada, 2004, Pág. 117.
[11] La expedición chilena estaba compuesta por los regimientos “2º de Línea”, “Artillería de Marina”, el Batallón “Chacabuco”, 270 hombres de la brigada de “Zapadores”, 115 Granaderos a Caballo, 30 Cazadores de Caballo, una batería de artillería sumada a otras 2 piezas Krupp y 27 artilleros. Lo anterior sumaba una fuerza efectiva de 2.281 hombres.
[12] Tras la muerte del coronel Eleuterio Ramírez en la Batalla de Tarapacá, el coronel Mauricio Muñoz asumió como comandante del Regimiento “2º de Línea”, a fines de 1879.
[13] General en Jefe del ejército expedicionario chileno en la campaña de Tarapacá.
[14] Vicuña Mackenna, Benjamín “Álbum de la Gloria de Chile”, Imprenta Cervantes, 1885, Pág.595.
[15] Benavides Santos, Arturo “Seis Años de Vacaciones”, Editorial Francisco de Aguirre, 1988, Pág. 16.
[16] Op. Cit., Pág. 28.
[17] Op. Cit., Págs. 54 y 55.
[18] Hernández C., Roberto “El Roto Chileno”, Imprenta San Rafael, 1929, Pág. 309.
[19] Ahumada Moreno, Pascual “Guerra del Pacífico, recopilación completa de todos los documentos oficiales, correspondencia y demás publicaciones referentes a la guerra que ha dado a luz la prensa de Chile, Perú y Bolivia”, Tomo ____, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1982.
[20] Op. Cit., Pág. 309.
[21] Op. Cit., Pág. 154.
Artículo escrito por Diego Grandón Espinoza
Tomado del blog de Jonatan Saona http://gdp1879.blogspot.com/2011/03/los-ninos-chilenos-en-la-guerra.html#ixzz5521WqETC



lunes, 22 de enero de 2018

MARÍA VALENZUELA. LA MADRE QUE VENÍA DE ANTOFAGASTA


María Valenzuela. La Madre que Venía de Antofagasta
Extraído del libro “Álbum Gloria de Chile” de Benjamín Vicuña Mackenna

Benjamín Vicuña Mackenna

     Fue reveladora i casi típica a este respecto la historia de los dos hermanos José Dolores i Sabino González, contada por su propia madre, la cual va a sernos licito reproducir a la postre de este libro de tristes memorias como la expresión más fiel de los dolores que la cruenta guerra depositó en los corazones, i que, durante las campañas de la última, se anidaron en silencio en mil hogares sin padres, sin hijos i sin pan. Es una historia casi doméstica, pero profundamente sincera, que por lo mismo vamos a contar sin suprimir nada en sus tristes detalles del hogar propio i ajeno, leyenda dolorosa del alma, del campamento i del altar.

     Era una tarde del mes de abril de 1880, cuando nuestro sufrido ejército, después de haber recorrido con fauces enjutas el desierto de Tarapacá, internábase abrumado otra vez por la sed en los desiertos de Moquegua, camino de Tacna i de sangrienta batalla, cuando sentí en mi apartada mansión de la avenida del oriente en el camino de Cintura de la capital, el Áspero rodar de un coche de posta. Por lo inusitado del caso i de la hora, pues los campanarios vecinos habían tocado ya las oraciones, salí yo mismo a la puerta i abrí. Era la de la novedad una mujer anciana, que llegaba con sus humildes trastos, un delgado i mugriento colchón envuelto en cilindro como lo acostumbran los pobres que no gastan el lujo del arábigo almofrej, un pequeño baúl de madera de álamo, que por su peso parecía vacío, un atado, i entre otras menudencias del menaje del pililo i de la mujer del pililo, un hermoso niño de siete años, descalzo, sin sombrero i con la cara i el pecho descubiertos a la intemperie.

     Esa mujer era el tipo de la madre del pililo, es decir, del soldado raso de Chile que nunca será más que soldado. El niño habría sido el mejor modelo del hijo del pililo para el lápiz de Michón o el pincel de Lemoine. El equipaje era jenuinamente el tren del pililo; hilachas, hilas, hecho la hila i de aquí lalila i en seguida el Pililo. El cochero, a su turno, era el pililo mismo, disfrazado de auriga. El cuadro estaba completo.
No pude menos de compadecerme de aquel triste atavio de la miseria; pero por la importunidad de la hora díjele con cierto desabrimiento a la recién llegada:
- ¿Que se le ofrecía, señora?
--Vengo, señor, de Antofagasta, a alojarme a la casa de la Protectora, -me contestó con voz humilde, -i me han dicho que es aquí ....
Confieso que una ráfaga de pesado mal humor pasó por mi alma. Era ya de noche. Mis amigos i mis niños esperaban, la sopa estaba servida; i el egoísmo, este aliado inseparable del hambre, egoísmo a su vez del ser orgánico que todo lo reclama imperiosamente a sus horas, interpúsose entre mi compasión i la viajera, entre su hambre i la mía.
-Señora, -repliqué en tono un tanto destemplado. -Mi casa no es posada, i apenas guardo entre sus cuatro tablas a mis hijos. Vaya a alojarse a la Moneda ....
Echose a llorar la pobre anciana, i entre sus sollozos me pareció oírle que decía con irreprimible angustia: --“.... Después que me mataron mis dos hijos...”
Estas palabras, que eran una exclamación de las entrañas, detuvieron mi brazo, que cerraba cobardemente la puerta, i volviéndome a la anciana, que se apoyaba como para sostenerse en la portezuela del desvencijado vehículo que la había conducido desde la estación, preguntele, como de uso en tales casos:
¿dónde, señora, mataron a sus hijos?
En Tarapacá, señor... - I la pobre anciana continuaba sollozando con los espasmos de todo su ser, el cuerpo i el alma. Era aquella desventurada una mujer gruesa, de sesenta años, rostro de india, ojos intelijentes, ese tipo de llavera de casa grande que va desapareciendo de Santiago con el porte de las casas, que los años i las jeneraciones, las capellanías i las crisis han hecho chicas.
Era locuaz i bien hablada, pero conocí a la luz amarillenta del farol del coche que su traje de viuda estaba raído, como el de su niño. Unas pocas canas, estas hojas incoloras del otoño de la vida, matizaban su espesa cabellera indijena, renegrida i desgreñada por la ajitación del viaje en tercera i con pase libre del gobierno. Todo aquello había cambiado el cuadro i el ánimo. El ánjel de la caridad se había asomado a mi corazón i a mi zaguán; mi hija mayor, blanca como las palomas del alba, cuyo nombre bien lleva, inquieta por la prolongación del diálogo, había venido a oírlo, i con su carita de pase libre del cielo parecía decirme: - “Dele, padre, alojamiento”.



     El hielo estaba roto. la puerta decerrajada, el egoísmo vencido. La anciana viajera del desierto fue hospedada con su niño en mi cochera, único cuarto de alojados que me había reservado el destino, i allí la infeliz, después de copiosa cena debió dormir, junto a los caballos, con los serafines alados del descanso i soñar con sus hijos muertos en la hondonada maldita de Tarapacá, pero coronados ambos por la aureola de la gloria i de la gratitud. Al dia siguiente, antes de enviarla al santo asilo del Perpetuo Socorro, asistido, cuidado, barrido, alimentado i hasta peinado (ardua tarea) por los ánjeles del trabajo, presididos en su diaria faena por otro ánjel, (una hermana no olvidada e inolvidable que después de la fatiga emprendió su vuelo a los cielos) llamó a la pobre vieja de Antofagasta i la interrogué sobre su caso, sus deseos, su vida i sus papeles.
Era una mujer entre candorosa i astuta, entre huasa i minera, entre colchagüina i atacameña, capaz de cautivar con su palabra la más terca incredulidad. Era una mujer ladina porque había sido negociante en los vapores (vaporina), pero al mismo tiempo su naturaleza era profundamente sincera i sensible. I entonces aquella buena mujer refiriéndome una historia triste i lóbrega como la noche, como son todas las vidas de las madres que ya no tienen hijos. I como esa leyenda se amolda hoi a muchos corazones, i se aclimata, regada con llanto, en muchos hogares, vamos a contarla tal cual la injenua i aflijida madre de Antofagasta nos la contó a nosotros, con sus propias palabras, reviviéndola de pruebas que honran a nuestros jenerales a nuestros jefes i a nuestros simples soldados.
-Yo soi, señor, -me dijo, -una pobre mujer criada i nacida (las jentes de Chile, a su decir, crianse antes de nacer) en Rengo, pero me casé en Santiago, en la parroquia de Santa Ana, cuando el señor Isaguirre trajo las reliquias de Roma i las distribuyó en las iglesias.

     Ni esa fecha, ni esa memoria, ni esas reliquias estaban en mis apuntes; pero, como la muerte de Portales, el veinte de abril, la pelea de Loncomilla, el incendio de la Compañía i la pelea de Tarapacá, tales anales pertenecían al fúnebre almanaque del pueblo, que cuenta los años por sus dolores, como el guardabosque la edad de los árboles por los anillos concéntricos de su corteza lacerada, dejola proseguir, aceptando que las reliquias habrían sido contemporáneas más o menos con el ánima de la artillería (1852).

-Yo me llamo María Valenzuela, -continuó diciendo la viajera de Antofagasta, -i mi marido se llama Rafael Quesada González, i así debe estar en mi partida de casamiento, porque soi mujer lejitima, casada i velada por la Iglesia. Estuve dos años sirviendo en casa de don Domingo Godoi, en la calle de la Compañía, i allí conocí a muchos caballeros que ahora me harán bien, a don Bernardo Solar, a don Manuel Bulnes, a don Bartolo Cañas, a don Gabriel Vicuña. -Señora, -le interrumpí con lástima. -Todos estos bienhechores están muertos.

     Pero la infeliz no pareció inmutarse. Para el pobre, los vivos, en materia de dones i gratitud, son la misma cosa que los difuntos. Piden limosna a sus hijos, i así el recuerdo sirveles de pan durante dos o tres jeneraciones. ¿Quién podría negar una moneda o una levita vieja al pobre de su padre?

     Así será, señor, -prosiguió diciendo la madre de Antofagasta. -Pero a los dos años de casada, mi marido me llevó a Valparaíso porque encontró trabajo en los almacenes fiscales que estaban en construcción, i allí me nació mi primer hijo, que está ahora en la ambulancia de Calama i se llama José Manuel. Vivimos en Valparaíso siete años, pero vino la revolución de don León Gallo (i hacia bien la anciana en llamar solo con esos dos nombres de batalla a aquel noble ser, campeón i adalid, león i gallo), mi marido perdió su trabajo con la guerra, i como tenía un hermano en Copiapó, me fui para “Abajo”, dos vapores después de la pelea de La Serena. Es ese otro nombre pintoresca i merecidamente trocado. Por lo demás, las jentes de nuestras costas que hacen de todas las beldades sirenas, cuentan las fechas del mar por vapores como los araucanos las de sus tratos i sus guerras por las lunas. En 1869, tres vapores eran una luna, es decir, un mes.  

     En Copiapó nació mi segundo hijo, José Dolores, i el tercero, Sabino, i no me queda más que este i el de Calama, que hace catorce años que no lo veo... i los otros son los de Tarapacá, ensayó decir la anciana. I aquí la infeliz prorrumpió en amargo llanto sin ser dueña de proseguir. Dile tregua i consuelos. Le ofrecí una pensión de la Protectora i el pago que debe el Gobierno por la lei de re- compensas a los que mueren en batalla. Pero todo era inútil. Habíase roto la venda de la herida i manaba toda su sangre sobre el corazón i del corazón sobre los labios. El fondo del alma, del cual saca la angustia humana sus palabras i sus sollozos comprimidos, estaba agotado en aquel pecho rudo i sensible, i sólo quedábale intacto, pero inagotable, como los pozos salobres del desierto, el fondo de las lágrimas. La pobre mujer no dejó de llorar un momento hasta que, una o dos horas más tarde enviada a los refujios del Perpetuo Socorro con una esquela especial de recomendación para la ecónoma de aquella institución de los últimos consuelos, la señorita Lucrecia Calvo, una niña santa que en aquel tiempo recorría todos los días los sucios barrios del Matadero llenos de pantanos en las calles i en los corazones; pero que no llevaba corneta blanca en la cabeza, porque esa era la túnica de su alma. I en ella reconócenla todavía los que lloran i los que se arrepienten.

     Por mi parte, no he tenido nunca miedo a los muertos ni he sido cobarde para el dolor. Pero en el patio de asfalto de la Protectora, donde cada dia sentábanse en 1879, entre la matanza de Tarapacá i la matanza de Tacna, trescientas, cuatrocientas, quinientas (hubo dia de seiscientas ) mujeres exhaustas, casi desnudas las más, con luto prestado las otras, con niños enfermos de hambre, pendientes al escuálido seno, con papeles mugrientos de empeño en las casas de prendas, pidiendo unas su rescate, otras la herencia del hijo, del padre, otras la sangre o la mortaja del esposo muerto en el hospital o en el desierto, me he maravillado de las mil formas que tiene el dolor humano en el rostro, en la palabra, en el acento en la mirada de sus víctimas. Una mujer joven todavía, alta, morena, no mal parecida, enjuta, de mirada fija i serena, comenzó a visitar con alguna frecuencia las oficinas de la Protectora, una semana después de la acerva, pero no exajerada nueva de Tarapacá, matanza de buitres, hecha a palos, sobre cadáveres i sobre rendidos por indios de la sierra adiestrados en ese ejercicio. Esa mujer había perdido en esa matanza a su marido. sarjento del Chacabuco, i a su hijo, soldado del 2°.  

Oficialidad del Segundo de Linea

     Rara vez hablaba, llegaba sin saludar, sentábase muda, miraba con la fijeza del martirio, mostraba sus papeles, que eran una carta de Domingo Toro Herrera, recibía su socorro o noticias de su tramitación; i, como había llegado, se volvía lentamente, como la estatua del silencio, vestida con la túnica i el manto negro de la negra desesperación. En aquella desdichada, cuyo nombre era Dorotea Riveros, viuda, sin hijos, sin hogar, sin esperanza, el dolor había revestido en ella las formas tétricas i rígidas de la viudez, como en la madre de Antofagasta el dolor era la temblorosa elocuencia del llanto. ¡Ah! vosotros los felices, los satisfechos, los triunfadores cotidianos que libáis en la copa egoísta de la victoria solo la primera espuma que brota del fondo de jenerosa copa, al ruido de las músicas que pregonan las batallas, vosotros no alcanzáis a divisar sus heces ni a sentir en los labios su amargo dejo de horror. ¡Ah! ¡Si todos los días, siquiera una vez por semana, pudierais ver lo que es la guerra dentro de los corazones, os asombraríais de saber cuán horrible cosa es la guerra!

     Al fin, la desolada madre mitigó su aflicción, i continuó su relato sin dejar de llorar. -Señor, -nos dijo, - mi hijo José Dolores era todo mi alivio. Lo bautizó el señor cura Julio, i salió bueno. Lo puse en la escuela de los artesanos de Copiapó, que es la mejor del pueblo, i aprendió hasta llevar libros. Cuando vino esta guerra de ahora, llevaba los libros de don Pablo Varas, i ganaba mucho dinero, porque además que él se trataba mui bien, me daba todos los meses quince, veinte i hasta más pesos, Cuando me encontraba sudando en la batea me decía: Madre, no lave. I a escondidas pagaba el pobrecito su lavado aparte. I el llanto caía sobre el regazo de harapos de la madre como el agua cayera en la rústica batea.

    Pero como el niño, señor, había aprendido el manejo de las armas en la escuela de los artesanos i nuestro cura Julio nos pidió nuestros hijos prestados para la patria en una plática a todas las madres de Copiapó, yo le dije: anda, pero yo voy contigo. I con el i con mi marido, con Sabino i este niño nos fuimos a Antofagasta en la primera jente que fui: vestida de paisano para la guerra. Llegamos allí. Mandaron a mi hijo a engrosar el 2° de línea a Caracoles, i luego volvió de Calama hecho un soldado, en la compañía del capitán don José Antonio Carretón (Garretón.) Cuando lo vi tan parado, mi corazón se aflijió i le dije: -Hijito, ¿quieres que te saque de paisano? I él me dijo: -- No, madre. Es preciso pelear por la patria, i lo que acabemos con los cholos, hemos de dar guerra a la Arjentina, i hasta usted madre ha de pelearla. ¡Pobre muchacho! Era atacameño, había olido la pólvora en Calama, había bebido agua del Loa i se había hecho héroe i conquistador. Pero dejemos continuar su fúnebre relato a la madre del atacameño.

     En Antofagasta pasamos muchos meses esperando i dándonos vuelta como pobres. El capitán Carretón era mui bueno i mi hijo me socorría con su rancho. Además, el capitán Carretón le había tomado cariño a Sabino, niño mui travieso, i lo llamaba el ñato i le hacía apuntar al blanco. Un dia vino el niño con una chaucha que le había dado el capitán porque le apuntó al blanco en la guata (así, vino. el pobrecito diciendo) i saltaba de gusto porque no sabía que lo estaban enseñando a morir: no tenía más que trece años i era poco mayor de porte que este, i la madre casi orgullosa de su angustia señalaba a su chicuelo único compañero en su peregrinación.

    El ejército chileno había partido entretanto de Antofagasta, rumbo de Pisagua, a fines de octubre de I 879. José Dolores Gonzalez marchó en su cuerpo i su pequeño hermano Sabino, agregose a escondidas al Atacama, como atacameño, i con el mismo título que el perro fiel que sigue al rejimiento. No era soldado ni podía ser soldado, pero ¿quién podía estorbarle ir de perro de su cuerpo? Antes de alejarse el soldado de Calama, dejó asegurada la subsistencia de su madre, reservándole la mitad de su sueldo, conforme a la siguiente boleta: El que suscribe certifica que el soldado de la 3." del 2.' del rejimiento 2.0 de línea, José Dolores González, ha dejado una mesada de cinco pesos a su madre María Valenzuela. Antofagasta, octubre 27 de 1879.
J. A. 2° GARRETÓN.

     Esto sucedía el 25 de octubre de 1879. Un mes después, el 27 de noviembre, los dos hermanos perecían, el uno abrazado del otro, i todavía, en esta extraña sucesión de fechas lúgubres, el 27 de diciembre el soldado distinguido del 2 de línea, J. Valverde, dirijióle la siguiente carta, propia de un valiente, pero que llevaría eterno luto a un desamparado hogar:
Santa Catalina, diciembre 27 de 1879.

Señora María Valenzuela, Antofagasta.

     Mui señora mía: Recibí oportunamente su conmovedora carta, fecha 16 del presente, la que paso a contestar. Señora: es preciso tener un poco de resignación i valor, i ver que cuando nuestra querida patria se encuentra ultrajada, es necesario lavar esa afrenta hasta vencer o morir. Sus hijos, José Dolores Gonzalez i Sabino, sucumbieron en la gloriosa batalla de Tarapacá en defensa de nuestro querido Chile. Extraño me parece decirle que sus dos hijos pelearon con bastante bravura hasta el último momento de su vida. Yo, señora, salvó gracias a la Divina Pro- videncia, por razón de que la batalla ha sido una de Ias más sangrientas que ha habido hasta la fecha, i por milagro no mis se ha podido es- capar. Nuestro rejimiento 2° de línea se portó como pocos; era imponente i terrible ver a sus bravos soldados, pelear con tanta bravura i valor; todos en Jeneral se han portado como unos héroes.  Tenga, pues, señora, valor i resignación al saber la pérdida de sus dos queridos hijos; Dios i la Nación sabrán premiar tan grandes sacrificios, i creo lo mis probable que, si usted ha perdido sus únicos hijos que tenía i no contaba con más apoyo que ellos, el gobierno le dad alguna cosa, haciendo usted presente la desgracia en que se encuentra. Quedo, pues, señora, sintiendo grandemente la pérdida de sus hijos; pero es preciso tener consuelo i un poco de resignaci6n. Quedo de usted S. S.
J. VALVERDE.

     Pero el distinguido Valverde, del 2° de línea, por enviar consuelos i recados, descuidaba dar a la aflijida madre lo único que consuela en el dolor, los detalles del dolor, que son lo que las hilas a la herida, el aparato que sostiene el bálsamo i lo difunde. Pero enviaríale aquellos un noble soldado que, bajo ruda i hasta áspera corteza, ocultó alma bien puesta, el coronel Muñoz, cuando pasó a ser jefe del rejimiento sacrificado en masa en la garganta de Tarapacá. He aquí su carta de detalles al Jeneral en jefe:

Señor don Erasmo Escala. Pisagua.

Mui estimado Jeneral:

     He hecho las averiguaciones de que me habla en su apreciable carta del 5 del presente. Respecto a los hermanos Gonzalez, es efectivo que José Dolores pertenecía al regimiento i murió en Tarapacá a consecuencia de tres heridas que recibió en el combate. Sabino era un muchacho como de 11 años, que andaba con su hermano, por consiguiente, no estaba agregado al rejimiento. Según la exposición de algunos clases i soldados, cuando hirieron a José Dolores, Sabino no condujo a un rancho que había por ahí cerca i de repente se vio arder, i se quemaron los dos hermanos, junto con otros.

     Es algo que lleva al alma entristecida aliento jeneroso, tomar nota de esta preocupación minuciosa del arrogante jefe por la suerte i la memoria del soldado oscuro que ha caído bajo la bandera. Pero cuando leímos con profunda satisfacción la honrosa carta del coronel Muñoz, la anciana de Antofagasta sacó de debajo de su raído manto i con cierta ufanía otro envoltorio en forma de raído escapulario. Contenía este una carta del valeroso manco, hoi muerto i casi olvidado porque tuvo más lastimas que arrogancia en la guerra.

     Esa carta, escrita por un Jeneral en jefe en campaña a la madre de un pobre soldado muerto en lóbrega celada, decía así textualmente:

Señora doña María Valenzuela de González. Antofagasta.

mui señora mía:

Le Incluyo a usted, en contestación a su estimada de fecha 25 del próximo pasado, la carta que me ha dirijido el coronel Muñoz, jefe del regimiento 2° de línea, a propósito de los datos que le he pedido con motivo de satisfacer sus deseos. Con tales antecedentes usted puede presentarse al gobierno, si lo juzga conveniente. Deseando vivamente Sean satisfechas sus aspiraciones, soi de usted A. S. S.
ERASMO ESCALA.

     Una palabra más agregaremos a este jeneroso testimonio de una alma bien templada en el deber i la virtud, alma de Bayardo. -Las aspiraciones de la pobre madre, que el Jeneral en jefe del ejército del norte deseaba tan vivamente ver cumplidas, fueron satisfechas, i probablemente a la hora i en el año que escribimos (marzo de 1885) la madre de los dos jemelos de Tarapacá, si no los ha seguido, los recuerda i los llora en pobre pero no desamparado hogar.


     Tal es, tal fue la última guerra de Chile vista dentro de los hogares, estudiada en la profunda intimidad de los corazones, i para los que en medio del deslumbrador bullicio de las armas i en el alegre alardeo de las victorias no la hayan conocido bajo la áspera túnica del soldado ni el regazo de tosco sayal de sus madres, quede aquí contada