El Valle de las Ciudades Muertas
Los ancestros nos miran
Hemos estado ahí -en múltiples oportunidades- y llegamos en un simple furgón. El territorio es llano, monocorde. Hablamos de una extensa planicie en donde anida el sol de forma perpetua, un territorio que se extiende desde y hasta donde alcanzan nuestros ojos. En el lugar no hay hito o señalética que nos señale nuestro derrotero, eso se agradece ya que no todos los visitantes van a conocer y esto - lo de los letreros o hitos- no es un impedimento para nuestra visita. Solo hay que detenerse en cierto punto del camino, cruzar una profunda grieta moldeada por el agua y avanzar -cierta distancia- por la arena candente.
Hay un antes, en esta visita, y ese antes es para explicar lo que veremos, algo de la historia y lo que no se debe hacer. Todo en el lugar es frágil y gran parte de las estructuras no son visibles.
Como ha pasado el tiempo – algo más de 60 años para ser exactos - y hemos comprobado como el hombre ha modificado la geografía. Con esto quiero decir que, lo que antaño resultaba una aventura, aquello de procurar acceder por espacios que eran inaccesibles y dificultosos, hoy nos resulta cotidiano y sencillo. Además, hemos de sincerarnos. No se trata tan sólo de que hubiese un camino, aquello de visitar las ruinas de un antiguo poblado puede que no resulte del todo atractivo -para muchos- y más aún cuando no hay nada ni nadie que guíe nuestros pasos. Pesa en el consciente que podamos causar algún daño (sin querer por supuesto) y es una idea que ronda nuestra mente, pero nos bastó tan solo una pequeña frase dentro de la información, acerca de lo que nos esperaba en dicho lugar, para despertar nuestro interés y acceder al sitio. Esta frase dice así:
«Con ocasión de la visita al sitio primeramente descubierto, aproveché para volver a cierta casa en la cual -como había escrito a la Dra. Motsny- creí haber descubierto una cara modelada en el barro; vi que la escultura estaba ejecutada con mano segura y estaba muy bien realizada. Esta cara había sido descubierta en la hilera superior de bolas de barro que formaban el muro y debajo se encontraban dos más, de ejecución mucho más tosca»
Emile de Bruyne
Son las caras del pasado que se preservan hasta hoy en día en los muros de una antigua aldea. Una hermosa noticia.
La historia inicia así:
Cuenta, el escrito consultado, que causó mucha expectación, en dicho momento, la llegada al aeropuerto de Cerro Moreno de un equipo periodístico de la revista “Ercilla”, integrado por el cronista Jorge Inostroza y el reportero gráfico Bibi de Vincenzi, esto acaeció al mediodía del domingo 3 de marzo de 1963. La misión, de dicha expedición, era llegar hasta las ruinas de una antiquísima aldea prehispánica hallada dos años antes en la frontera entre las provincias de Tarapacá y Antofagasta.
Jorge Inostroza, famoso autor de la conocida novela histórica “Adiós al Séptimo de línea”, entre otras obras, recibió la ayuda de la jefatura de la I División del Ejército, con asiento en Antofagasta, que dispuso su traslado hasta Calama. En la capital loina, el comandante del Regimiento “Calama”, Juan Vidal, ordenó equipar un equipo motorizado de gran poder, capaz de vencer los duros obstáculos del desierto – en aquel momento inexplorado - de la zona que se pretendía examinar. Contaba además con un equipo de radiotransmisión para caso de extravío, tiendas, agua y víveres para una semana. Los baqueanos Muñoz y Orquera y el experto cartógrafo, Mayor Sergio Cartagena, componían la dotación.
La historia de “las ciudades muertas” comenzó en abril de 1961 cuando James Kieghley, miembro de la Asociación Sykes de Iquique realizó un vuelo de reconocimiento geológico en helicóptero sobre el Desierto de Atacama, observando algunas ruinas abandonadas en el interior de la pampa y las fotografió desde el aire, material que luego entregó a Roberto Hamilton, geólogo jefe de la Chile Exploration Company de Chuquicamata, quien a la vez las compartió con el ingeniero Emile de Bruyne. Ambos se comprometieron a hallar estas ruinas, iniciando la búsqueda de información, hasta que el 26 de enero de 1963 embarcaron en un avión del Club Aéreo de Calama y luego de más de una hora de vuelo encontraron el pueblo perdido.
No había ninguna indicación acerca de la ubicación de este antiguo pueblo, semi sepultado bajo la arena; no se pudo obtener ninguna información específica relativa a su existencia previa, ninguna leyenda, ni tampoco indicación de caminos, que hubiera podido ayudar; era sencillamente desconocido en el presente. La fotografía de Kieghley mostró sólo un rincón del pueblo y parte de la quebrada en cuyo borde estaban las ruinas. Con esta fotografía -como única prueba- Bob Hamilton y Emile de Bruyne consultaron e investigaron mapas aéreas y otros
De acuerdo a un informe de Emile de Bruyne, llamó la atención de estos hombres, una gran plaza central de forma ovalada con un monolito en el centro y más de un centenar de muros circulares que serían de antiguas habitaciones casi sepultadas bajo la arena. Las informaciones recopiladas y las fotografías captadas fueron entregadas a la arqueóloga Grete Motsny, quien en 1964 fue designada directora del Museo Nacional de Historia Natural. Esta investigadora en 1970 publicó la obra “La sub-área arqueológica de Guatacondo”. Dos meses después de su incursión aérea, De Bruyne acompañó al grupo periodístico de “Ercilla” hacia el sitio del hallazgo, no sin antes exigir no divulgar el lugar exacto del pueblo.
Esta expedición tuvo un mérito mayor ya que, sin proponérselo, el grupo descubrió un segundo pueblo. Estudios especializados posteriores identificaron estos sitios como Ramaditas y Guatacondo 1, que se localizan en el período formativo tarapaqueño que se extendió aproximadamente entre los 900 años antes de Cristo y 900 después de Cristo. Ambas aldeas están ubicadas en el curso de la quebrada de Guatacondo. La primera, la de Ramaditas, se ubica en su curso inferior, cercano a la ruta que une la carretera Panamericana con el pueblo homónimo, a ocho kilómetros del cerro Challacollo y que considera tres hectáreas con tres conjuntos arquitectónicos, estructuras domésticas y un área de campos de cultivo. Guatacondo 1, llamada así por Grete Mostny, está a 12 kilómetros más al interior, con una estructura central (plaza), que todavía muestra un monolito de piedra al centro y recintos distribuidos en torno a este espacio. El reportaje publicado por “Ercilla” el 13 de marzo de 1963, ahonda en detalles descriptivos del “valle de las ciudades muertas”, reiterando la necesidad de que estas aldeas con pisos semisubterráneos y viviendas circulares como Tulor (cerca de San Pedro de Atacama), permanecieran fuera del alcance de los saqueadores, que destruirían estos testimonios del pasado prehispánico de Tarapacá y Antofagasta.
Hemos de agregar que, en la actualidad, estos espacios están al alcance de la población o, mejor dicho, están al alcance de aquellos que gustan de los temas de las antiguas culturas que habitaron el territorio y la forma de vida de esta gente. Mas, y esto es lo positivo, no resulta tan fácil el llegar a estos sitios. La arena del desierto junto con su socio, el tiempo, se han encargado de invisibilizar gran parte de las estructuras, de las edificaciones, de los canales, aquella arena que erosiona, destruye, en este caso ha formado un manto protector y los rostros de los ancestrales, que fueron modelados en el barro -figuras sorprendentes- quedaron en el lado más protegido. Resulta evidente que este lugar puede ser restaurado y preservado, forma parte de una historia que nos habla de un desierto no tan desierto como el que conocemos en la actualidad y del hombre (el sapiens-sapiens) habitando en el hará unos 3000 años atrás.
Fuente e información:
Informe sobre el descubrimiento de un área arqueológica.
https://publicaciones.mnhn.gob.cl/668/articles-71057_archivo_01.pdf
Emile de Bruyne
En los círculos en rojo, las dos caritas registradas por De Bruyne en una de las estructuras de la aldea de Guatacondo. Colección del Museo Nacional de Historia Natural.
Jorge Inostroza Cuevas

















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