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jueves, 6 de enero de 2022

POR LOS DERROTEROS DE CACHINALES DE LA SIERRA

 CACHINALES DE LA SIERRA


 “Los hombres, que bajo el eterno sol buscaban oro, no eran precisamente los mejores y más pacíficos. Era gente muy rápida en sacar el cuchillo y el revólver”.



Esta frase nos suena y resuena bastante intimidante, en la actualidad, pero este norte no congregó – en sus inicios – a gente muy pacífica o fácilmente doblegable (ni siquiera en la actualidad). Habitar en estos parajes, tan carentes e inhóspitos, resultó una tarea muy difícil y requería de temple, de un carácter fuerte, indómito y muy preparado para las adversidades (que eran muchas).

Ahora bien. Cuantos sureños llegaron por estos lugares en búsqueda de la esquiva riqueza y cuantos de ellos dejaron sus restos en estas soledades.  Una pregunta que no sabríamos responder con un número exacto, pero si con algo de historia.



Por ciertos lugares del Atacama – en este inmenso despoblado - aún es posible encontrar los vestigios de los antiguos poblados mineros en donde la soledad, el viento y la arena del desierto, han realizado su trabajo de olvido. Uno de ellos (entre los muchos que existieron) es Cachinales de la Sierra, un lugar inhóspito, carente de todo lo necesario, en donde cuesta creer que hubo población humana, en gran número, y en donde hoy, cuesta llegar por el estado de los caminos y por lo peligroso del sector.

Según la leyenda o historia, que nos contaron hará algunos años atrás. Una mujer del poblado de Cachinales de la Sierra aburrida de las soledades y las privaciones, le comunicó al marido que, cierto día, abandonaría el lugar y volvería a la ciudad. El marido, presa de la desesperación (por el abandono y los celos) la introdujo violentamente dentro de una de las casas, se aferró fuertemente a ella y prendió un par de cartuchos de dinamita, volando por el aire casa y pareja. Es por esto que - según algunos – se estableció un pequeño recordatorio en el sitio, una ermita o animita. Más, si toda esta historia es parte de un mito, leyenda o si fue un hecho verídico, eso ya no forma parte de nuestra búsqueda, pero da para el inicio de este relato.


Vamos con la historia propiamente tal

Hacia 1860 “Taltal está tomando mucha importancia pues por él se exportan gran cantidad de minerales de cobre; ya había construido un establecimiento de fundición y probablemente se construirán otros, lo cual hace crecer la riqueza de las minas que se trabajan en esta parte del territorio”.

 A este inicio cuprífero de la región se sumaron nuevos descubrimientos argentíferos, como en Cachinal de La Sierra y Esmeralda.

En 1882 se inició el funcionamiento del ferrocarril de la Taltal Railway Company hasta El Refresco y en agosto del año 1888 alcanzó la localidad de Aguada de Cachinal, distante 42 km de la anterior.

De forma simultánea a la llegada del ferrocarril a la estación de Refresco se inició un proceso de solicitudes de sitios en la población.

En 1888 la localidad pasaba de los 2.000 habitantes, aunque Arturo Olid escribió que ese mismo año entre la población de Aguada de Cachinal y el mineral de Guanaco ascendía a 5.000 habitantes. Este mismo año, Ernesto Williams, en un informe para la Sociedad Nacional de Minería indicaba que Aguada de Cachinal llegó a formar “una regular población minera comercial”, en una placilla distribuida en base al característico plan simétrico discutido con antelación.



Después del período de bonanza, la población comenzó a descender, aunque el censo de 1895 consignó que, en el poblado, quedaban 679 habitantes y se mantuvo en la subdelegación que según el censo de 1907 estaba habitada por 1797 personas.

Hacia el fin de la década de 1920, la mayoría de los trabajadores migró en busca de nuevas oportunidades laborales, siendo absorbidos por las oficinas salitreras cercanas, principalmente las oficinas Caupolicán y Moreno, donde, según el Inspector del Trabajo de Taltal, en 1929 se ocupaban “bastantes trabajadores del antiguo pueblo de Aguada (El Guanaco) que está muy cerca de esas Oficinas a donde se ha ido a radicar definitivamente, pues el citado pueblo ya está casi deshabitado”.

El proceso de poblamiento aumentó la oferta económica en la placilla, existiendo al inicio de 1883 seis tiendas de mercaderías surtidas y menestras, un café y una panadería y una fonda. Desde 1884 la localidad era el 2° distrito de la subdelegación de Cachinal de La Sierra, donde existía una aguada o puquio, como se denominaba a los lugares de aprovisionamiento de este recurso en el desierto, destinado a proveer de agua al mineral de plata de Cachinal de La Sierra, y donde en 1882 se inició la instalación de una máquina de amalgamación de la Sociedad Beneficiadora de Metales, que recibía 11 carretas diarias para procesar y obtener plata. Ubicada a 126 km del puerto de Taltal, la localidad que había concentrado informalmente alrededor de 280 personas estaba unida por un camino carretero que debido a los descubrimientos auríferos se vio altamente frecuentado “por el cual transitan diariamente numerosos coches conduciendo pasajeros y multitud de carretas llevando víveres y retornando minerales”, con el consecuente beneficio para el movimiento portuario y el comercio local que lo aprovisionaba.



La localidad estaba ligada completamente a la fundición emplazada en sus cercanías, por tanto, entró en franca decadencia cuando la Compañía Minera Arturo Prat compró un establecimiento de fundición en el puerto de Taltal. Según Olid, frente a la adversidad se iniciaba el desalojo del incipiente poblado y “la tribulada población de la Aguada alistaba sus cacharpas para buscar en otra parte mejores vientos y mejor fortuna”.

Cuando llegó a la localidad el “monstruo del siglo”, como denominaba la prensa local al ferrocarril, el poblado se convirtió en un nodo más de la red ferroviaria en ampliación. La prensa destacó la ocasión, que consideraba como parte de la modernización e integración al país y el fin de los espacios inhabitados: “es un hecho que el árido desierto de Atacama va a desaparecer” sentenciaba un articulista de Taltal, “porque no es posible llamar desierto donde el tren hace oír a cada rato el potente silbido de sus calderos y donde el telégrafo va marcando con la uniforme  sucesión de sus postes, que por ese delgado alambre que les une se comunican el mundo entero, se transmite sus impresiones, sus novedades, sus esperanzas i sus desengaños”.



Siguiendo el citado informe de Manuel José Vicuña, en 1888 la localidad pasaba de los 2.000 habitantes, aunque Arturo Olid escribió que ese mismo año entre la población de Aguada de Cachinal y el mineral ascendía a 5.000 habitantes. Este mismo año, Ernesto Williams, en un informe para la Sociedad Nacional de Minería indicaba que Aguada de Cachinal llegó a formar “una regular población minera comercial”, en una placilla distribuida en base al característico plan simétrico discutido con antelación. Después del período de bonanza, la población comenzó a descender, aunque el censo de 1895 consignó que en el poblado quedaban 679 habitantes y se mantuvo en la subdelegación que según el censo de 1907 estaba habitada por 1797 personas.

En el espacio urbano que se consolidaba, se repitió la sociabilidad característica de este tipo de centros de producción minera, donde diariamente arribaban aventureros, buscadores de fortuna, comerciantes, familias completas y mujeres solas en busca de trabajo. Con la llegada de nuevos pobladores se complejizaba la oferta de menestras, servicios y entretenciones, sumándose almacenes de provisiones, de mercaderías, de útiles para minas, casas compradoras de minerales, oficinas de ensayes, hoteles con regular confort, cafés, panaderías, boticas, carnicerías y todo aquello que pueda llenar las primeras necesidades de un pueblo, se han reunido ya en la Aguada de Cachinal, para facilitar sus trabajos, contribuir a su desarrollo y borrar el desierto en buena extensión de territorio.

La explotación aurífera y su promesa de riqueza fácil hacían de estos lugares espacios de difícil convivencia, una verdadera “fiebre del oro” que era comparada con la suscitada algunos años antes en la lejana california. Según Plüschow, quienes llegaban en busca de trabajo “los hombres que bajo el eterno sol buscaban oro no eran precisamente los mejores y más pacíficos. Era gente muy rápida en sacar el cuchillo y el revólver”.



Después del broceo de la mayoría de las explotaciones, sus dueños cerraron y el despoblamiento vino a la par del proceso de decadencia del mineral. Hacia el fin de la década de 1920, la mayoría de los trabajadores migró en busca de nuevas oportunidades laborales, siendo absorbidos por las oficinas salitreras cercanas, principalmente las oficinas Caupolicán y Moreno, donde, según el Inspector del Trabajo de Taltal, en 1929 se ocupaban “bastantes trabajadores del antiguo pueblo de Aguada (El Guanaco) que está muy cerca de esas Oficinas a donde se ha ido a radicar definitivamente, pues el citado pueblo ya está casi deshabitado”.




Recorriendo el Desierto.

He aquí uno de los objetivos de los Caminantes del Desierto. El llegar a ciertos lugares en donde pocos han estado y tener la posibilidad de constatar la historia in situ. Han de saber, que en cada espacio que visitamos, no solo la flora y la fauna nos resulta de importancia, la historia también forma parte del patrimonio de este norte y tiene su espacio en nuestras páginas.



 

Para saber más.

https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0719-12432019000200009

 

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