Pabellón de Pica y Huanillos
En los inicios de la Guerra del pacífico
¡Bueno Chile! ¡Muelan peluanos!
Hará pocos días atrás se conmemoraron los 147 años del inicio de un conflicto. Una efemérides que ya pasó al olvido, cosa que algunos aplauden y otros recriminan, pero son fechas importantes en la historia de nuestro país. El 5 de abril de 1879, se da inicio a la Guerra del Pacífico. Esta decisión, tomada por el gobierno del presidente Aníbal Pinto, se debió al incumplimiento de acuerdos limítrofes por parte de Bolivia y al tratado de alianza defensiva secreto entre Perú y Bolivia de 1873. El 6 de abril, Perú declaró el casus foederis -"caso de alianza" o "motivo de la alianza"- es decir, la entrada en vigor de la alianza secreta con Bolivia.
Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.
Este fin de semana recién pasado, hicimos ruta por el camino costero que une a Pabellón de Pica y Huanillos con la desembocadura del río Loa. Un territorio angosto, entre el mar y los cerros de la cordillera costera, carente de todo lo necesario para la más mínima subsistencia; una cosa es leer o mirar a la ligera la cartografía de la zona y otra muy distinta es estar ahí, palpar, sentir, ver el paisaje y recorrer las decenas de kilómetros que tuvieron que realizar nuestros connacionales, luego de que se les conminara a abandonar el territorio peruano (fueron expulsados), al inicio del conflicto que todos conocemos como «La Guerra del Pacífico» o «La Guerra del Guano y el Salitre». Chile (nuestro estado) no expulsó a los ciudadanos peruanos y/o bolivianos avecindados en nuestro país, no los obligó a refugiarse en botes, a pasar miserias o marchar por el desierto y, si así lo hicieron, fue por decisión propia, por el temor a la guerra y sus complicaciones, cosa que se dio en las ciudades del norte.
¡Bueno Chile! ¡Muelan peluanos!
La expulsión de los chilenos de Iquique.
- Decreto de expulsión
MARIANO I. PRADO, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.
Considerando: Que el estado de guerra en que se encuentra la República con la de Chile hace indispensable la adopción de toda medida que asegure el buen éxito de las operaciones militares,
Decreto:
1.º En el perentorio término de ocho días contados desde la fecha, salvo el de la distancia, saldrán del territorio nacional todos los chilenos que actualmente residen en la República;
2.° Quedan exceptuados de lo dispuesto en el artículo anterior: 1.° los chilenos comprendidos en el inciso 2.° i 3.° artículos 34 de la Constitución; i 2.º los que habiten en la República más de diez años, siendo casados con peruanas i propietarios de bienes raíces, siempre que con su conducta no se hagan sospechosos al Gobierno, en cuyo caso se considerarán incursos en el artículo 1.º;
3.° Los que no cumplan con este decreto en el plazo fijado, serán internados a su costa, a los puntos que designe el Gobierno;
4.° Los Prefectos de los departamentos cumplirán estrictamente, bajo la más severa responsabilidad, este decreto.
Dado en la casa de Gobierno en Lima a 15 días del mes de Abril de 1879.
MARIANO I. PRADO
Juan Corrales Melgar
-Extensión de la expulsión
MARIANO I. PRADO, PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA
Considerando Que los últimos hechos practicados por el almirante de la escuadra chilena, atacando sin previo aviso contra los principios establecidos por el derecho de gentes los puertos indefensos de Mollendo, Iquique i Pabellón de Pica, autorizan al Gobierno del Perú para adoptar toda especie de represalias en defensa de la justicia i de sus derechos, Decreto:
Declárase extensivo a todos los chilenos que residen en el territorio de la República, sin excepción alguna, lo dispuesto en el artículo 1.° del supremo decreto de 15 del corriente, debiendo en consecuencia salir del país en el plazo fijado en el citado artículo.
Dado en la caso de Gobierno en Lima a los 17 días del mes de Abril de 1879.
MARIANO I. PRADO.
Juan Corrales Melgar.
(Boletín de la Guerra del Pacífico, Editorial Andrés Bello, 1979, ps. 63-64)
II.-Expulsión de los chilenos de Iquique y el croquis de don Jaime Puig y Verdaguer, corresponsal de la revista “Ilustración Española y Americana”, de Madrid.
En su primera página, la citada publicación inserta el croquis de don Jaime Puig y Verdaguer, con el que se ilustra la “salida de los súbditos chilenos, a consecuencia de la ruptura de las hostilidades”, tomado el 1° (sic) de Abril de 1879.
A continuación, la mencionada revista se refiere a:
“Salida de los súbditos chilenos a consecuencia de la ruptura de hostilidades”.
“A ochenta mil (Número citado por el corresponsal, treinta mil refieren otras publicaciones) elevábase próximamente el número de súbditos chilenos que, dedicados a la explotación de las minas y de los depósitos de guano y salitre, tenían en el Perú su residencia al estallar la guerra entre aquella república, aliada de Bolivia, y la de Chile, en la forma de que hemos dado cuenta a nuestros lectores en precedentes números de La Ilustración. Los colonos chilenos eran, en lo general, gentes aptas y dispuestas para toda clase de trabajos, y laboriosos al extremo de haber conquistado el calificativo de los ingleses de Sud-América: la república peruana utilizaba sus brazos en las obras públicas de más importancia, como son la construcción de líneas férreas, puentes, calzadas, etc., las cuales se encuentran ahora en suspenso por falta de aquéllos. Tales son siempre las consecuencias de la guerra.
El grabado que damos en la página primera, según croquis remitido por nuestro celoso corresponsal en Iquique, D. Jaime Puig, representa el aspecto del muelle de aquella población en el día 10 de Abril último, al abandonar los súbditos chilenos el suelo hospitalario que les albergara, a consecuencia de la intimación hecha por el comandante de la escuadra chilena al presentarse ésta en la rada de Iquique, cinco días antes.
«Tristísimo espectáculo -nos escribe nuestro citado corresponsal- era el que ofrecían aquellos centenares de familias muchas de ellas con largos años de residencia en el Perú, bajo cuyo sol habían visto crecer a sus hijos: tierra hospitalaria, tantas veces regada con el sudor de sus frentes. Debo agregar, en honor de las autoridades peruanas, y sin ánimo de establecer paralelo alguno, que los emigrantes no han sido molestados, ni aún por las demostraciones populares”.
Deseamos ardientemente que una paz honrosa venga a poner pronto término a los lamentables disturbios de aquellas repúblicas” (La Ilustración Española y Americana, Nº 22, Madrid, 15 de junio de 1879, ps. 386-387).
III.-Don Jaime Puig y Verdaguer (1852-1915)
Además de ser el autor del croquis que testimonia la expulsión de los chilenos de Iquique, publicado el 15 de Junio, en la revista “Ilustración Española y Americana”, narró los acontecimientos bélicos que le tocó presenciar durante su permanencia el Iquique.
El éxodo de los chilenos.
“Los aprestos de guerra se llevaban a cabo con toda celeridad en la rada de Iquique, capital de la provincia de Tarapacá, y en la islilla se trabajaba día y noche para fortificarla convenientemente.
Desde algunos días antes, una multitud de peones de las salitreras e infinidad de familias chilenas habían iniciado un éxodo extraordinariamente simultáneo; los muelles se llenaban sin que las grandes lanchas y multitud de botes dieran abasto a aquella emigración insólita, que evocaba la idea del pueblo israelita a orillas del mar rojo.
Iquique, Pozo Almonte, Cocina, San Juan y la pampa toda, se despoblaban, y tuve ocasión de ver a muchos peones, alias rotos, que ya en las barcazas y en las lanchas, espolvoreaban sus zapatos cochabambinos, para no llevarse a la patria ni una partícula de la tierra que abandonaban.
La dulce idea de que regresaban a Chile les confortaba de cualquier pesar o recuerdo amable y cada uno de aquellos robustos hijos del trabajo lanzaba al viento potentes gritos de viva Chile, repetidos y coreados por el acento de tiple de mujeres y niños de los que había alguna, y cuya conciencia despertaba en aquel gran momento histórico al amor eterno de la patria añorada.
Todas aquellas multitudes iban a engrosar el ejército que se organizaba en Caldera, en Copiapó y otros lugares, y que había de ser más tarde la avanzada asaltando Pisagua”.
2.-El bloqueo de Iquique (5 de Abril de 1879).
“El día 5 de aquel mes de abril, es para mí un día memorable, una fecha que no se borrara de la memoria en tanto que aliente un soplo de vida en mi ser.
En lo más activo de los trabajos de fortificación, apareció por el lado sur la escuadra chilena, causando aquella inesperada visión, un asombro y una confusión indescriptible”.
“Serían las dos de la tarde sino por filo, sobre poco más o menos, cuando la escuadra entraba al puerto, en hilera perfecta, con el Blanco Encalada a la cabeza, enarbolando la insignia”.
“La indignación de los naturales era inmensa, y se apostrofaba y protestaba de aquella actuación ejecutada, según decían, sin previa declaratoria de guerra, reputándola como una infracción del Derecho Internacional”.
“Pero los peruanos ignoraban que Chile había sabido cubrir bien el expediente en cuanto al Derecho Internacional; puesto que a las ocho de la mañana del mismo día 5 de abril se había declarado la guerra al Perú y a Bolivia solemnemente por medio de bando en Santiago y Valparaíso, en tanto que esa declaratoria de guerra era trasmitida a todas las cancillerías por cable en el mismo punto y hora en que el bando la hacía pública en el país”.
“William Rebolledo había salido algunos días antes con su escuadra rumbo al Norte, con orden expresa de que, hallándose a 40 millas en alta mar, abriera los pliegos cerrados que se le habían entregado por el Ministerio de Marina”.
“Abiertos los pliegos en la latitud señalada, se enteró de que el día 5 de abril, a mediodía, debía entrar a Iquique, y realizar lo que hemos visto que llevó a buen cabo y remate”.
“El señor Capitán del Puerto don M. Porras, mandó preparar el bote de la Capitanía para abordar al Blanco, cohonestando (Justificando) aquella decisión con un deber de cortesía marítima, en su calidad de Capitán del Puerto; pero en realidad, para saber a qué venía aquella escuadra y a que se debía aquella actitud, sin que se hubiese saludado la plaza.
Allí en aquel muelle y en aquel instante me hallaba con varios amigos, pisando el estuoso tablazón y al pasar por mi vera el señor Porras hube de decirle:
«Señor don Melitón, no vaya usted, porque se llevará un chasco».
“Como quiera que protestara anticipadamente del desaire anunciado, hube de insistir significándole que aquella escuadra ya no era una escuadra amiga, que venía en son de guerra como lo indicaba la calacuerda, el zafarrancho de combate y las enormes banderas izadas, pues cualquier profano podía ver desde tierra, que las colisas de popa y proa, y aún las piezas de batería estaban desenfundadas y servidas por sus respectivas dotaciones”.
“Pero el señor Capitán de puerto, que, dicho sea de paso, era todo un hombronazo, como veremos en el 21 de mayo, se lanzó a la buena de Dios llegando a los pocos momentos al costado de la Capitana”.
“Saludó desde su Ayuso (desde abajo), declarando ser el Capitán del Puerto; pero no se le bajó la escala, anunciándole que la guerra había sido declarada y que en breve bajaría a tierra un oficial, llevando una importante misiva”. “En ese momento llegó al muelle mi simpático y malogrado amigo Juan Terrens, acompañado de Salvador Pirretas, Adolfo Posada y otros, y todos juntos dimos unos pasos más hacia la escalera de desembarque; a fin de presenciar mejor la maniobra de la escuadra y separarnos un tanto de la multitud que se hallaba en los alrededores de la aduana. De pronto, suenan los pitos de contramaestre y en menos tiempo del necesario para referirlo, unos cuantos marineros se colocan dentro de un hermoso bote el cual se hallaba izado en los pescantes del centro, sobre la mura de estribor y comenzó a descender rápidamente, atracando luego a la escala, arriada también al mismo tiempo en tanto que descendía un oficial muy apuesto seguido de un cabo de mar y otros más. Una vez en el bote ocupó cada cual su puesto, se colocó la bandera a popa, armaron remos, y comenzó el bogar hacia tierra con ese ritmo solemne y acompasado que produce el traqueteo de los escalamos, tan peculiares en los botes de la marina de guerra.
Luego los bicheros de popa y proa aseguran el bote a la escala del muelle.
El gallardo oficial subió por fin, y con paso seguro, comenzó a andar con mucho donaire dirigiéndose resueltamente hacia nosotros, y estaba de Dios, como diría un fatalista, que las primeras palabras de aquel bizarro marino al pisar tierra peruana habían de ser dirigidas al que esto cuenta”.
“¿Caballero, tenga la bondad de indicarme adonde se halla la prefectura?”.
Correspondí con una atenta genuflexión y amable sonrisa, convertí a la derecha y señalando un negruzco [pentepilon] que se elevaba como una mole a poca distancia, exclamé: «Ahí la tiene Ud., señor». Se despidió agradeciendo cortésmente la indicación y siguió avanzando en la mano izquierda, en tanto que el brazo derecho seguía el movimiento marcial, de aquel cuerpo sobre cuyos hombros perfectos se mecía a merced de un robusto esplenio una hermosa cabeza de Pélide sin afectación ni pedantería.
A los pocos pasos hallábase un capitán perteneciente al batallón Zepita, y sin duda por cortesía y quizá por no pasar sin decirle nada, se le acercó también, haciéndole con un gran cumplido la misma pregunta que me había hecho a mí; pero el buen hijo de Marte, cuyo ánimo debía estar en una fuerte tensión pasionalmente patriótica, peso una cara más ferreña que la del viejo Druso de Samnio, limitándose a contestar, muy mal humorado, con un «si» tan seco como puede permitirlo este adverbio de afirmación; pero el garrido oficial de marina, poseído sin duda de un fino [docetismo] intuitivo, justificaría aquella incongruencia, a juzgar por la inmutación y la ecuanimidad con que siguió su camino cabe el caserón de las cinco puertas.
Aquel marino a quien se había confiado tan arriesgada y delicada misión, era Arturo Prat.
Tendría a la sazón 28 o 30 años sobre poco más o menos; era de estatura más bien alta que regular, unos ocho codos le calculé desde la coronilla a las plantas de los pies; todo él era bellamente proporcionado, usaba barba negra como el azabache, ligeramente partida en el centro y cuadrada; ojos garzos, mirada inteligente y sugestiva, y velada por unas magníficas cejas que guarnecían graciosamente los arcos ciliares de aquel rostro varonilmente amable y simpático.
Tal era Arturo Prat, el oficial que venía a notificar el bloqueo, solo y sin más compañía que su sable de marino, pasando luego por entre medio de una multitud enemiga, pero muda, grave y circunspecta, en cuyos rostros se dibujaba más atonismo, ansiedad, que ira y protesta.
Arturo Prat se hallaba ya conferenciando con el Prefecto, y la muchedumbre se había aglomerado frente a la puerta esperando noticias con ansiedad delirante.
El ajetreo de los que subían y bajaban era grande, y entre estos debo citar al cabo de matrícula Medrano, que era el que más se distinguía en vehemencia y garrulería (charla excesiva) sensacional.
«Señores! ¡Que nos bloquean… nos declaran la guerra!» y era de verle y oírle, los ojos casi fuera de las órbitas, jadeante y sudoroso, se pirraba por dar al público noticias emotivas, al que se dirigía con énfasis y aires de superhombre.
“¡Señores! (volvía a gritar Medrano): Nos dan sólo veinticuatro horas de tiempo para que se ponga en salvo toda la parte indefensa de la población».
Efectivamente el público, que comprendió que el cabo de matrícula había dicho la verdad, comenzó a desbandarse como si hubiera sonado el grito de sálvense quien pueda.
Una hora después, a eso de las cuatro, se publicaba por bando, lo que había dicho Medrano, y supimos oficialmente que desde aquel momento la plaza de Iquique quedaba bloqueada; que se concedían veinticuatro horas para que el vecindario indefenso desocupara la ciudad; que toda contravención sería castigada a cañonazos, etc., etc.”.
¡Qué barullo y qué trajín, santo cielo! Por cada carretada de muebles o mercancías había que pechar quince y hasta veinticinco soles; tal era el arrebato y la prisa con que se desocupaban casas y almacenes.
Toda la noche trabajó aquel vecindario.
Amaneció el día 6 con más ajetreo y pavura. La mayor parte del comercio y muchos particulares se trasladaron a la sabana, cerca del cementerio, y tras de los promontorios del camal. Allí se improvisaron amplias carpas, y se ahondaban pozos cómodos rodeando las bocas con sacos de arena, a fin de tener un sitio seguro en caso de bombardeo.
Como quiera que la mayor parte del comercio allí refugiado se componía de españoles e italianos, acordóse ponerle el nombre de Lepanto, y así siguió denominándose durante mucho tiempo aquel lugar”.
3.-Los primeros cañonazos de la escuadra sobre Iquique.
Un repente estrepitoso alarmó a la población en lo mejor de la tarea de liar objetos e indumentaria. Un cañonazo había sido disparado sobre la coquina condensadora, administrada por el noble asturiano señor don Eduardo Llanos. Eran las siete de la mañana.
El cañonazo aquel produjo gran alarma en toda la ciudad, y en los cuarteles, donde sonaron los clarines, se puso la tropa precipitadamente sobre las arenas, produciéndose con eso aún mayor confusión, pues nadie sabía lo que verdaderamente pasaba. La Chacabuco era la que había disparado el primer cañonazo, para dar a entender a la condensadora, que allí no se permitía más humareda que la de los buques.
No bien se reponía el público de aquel sobresalto, a eso de las ocho, sonó otro cañonazo, luego otro y otros, hasta seis consecutivos, disparados por la Magallanes, sobre el tren que salía furtivamente con toda velocidad para San Juan de la Pampa subiendo por un plano inclinado de 5 por ciento de gradiente.
El intrépido maquinista, no perdió la serenidad ni un momento y siguió valientemente, aclamado con grandes aplausos, hasta trasponer la colina sin haber recibido un solo impacto, a no ser una ligera rozadura de proyectil en el furgón de la máquina. La Angamos, que tenía a su cargo todo el polígono de la sabana por el lado de Cavancha, disparó también sobre unos arrieros, que ajenos a lo que sucedía, venían a la ciudad procedentes del interior de la provincia. Los disparos por aquella parte producían un pánico aterrador en el ánimo sencillo de los humildes pescadores”.
“Ya tenemos, pues, descrita a grandes y ligeros rasgos, la peripecia inicial de aquella sangrienta guerra, los primeros cañonazos habían sido disparados. Los últimos no serían oídos por mí ni por Prat, pues ambos partíamos para otros mundos”.
4.-El Huáscar se cuela sigilosamente en la bahía de Iquique (14 de abril de 1879)
“A eso de las cinco o seis de la tarde abandonábamos la carpa de la pampa y bajábamos a la ciudad para cenar de lo que hubiere, y luego solíamos pasar las veladas en un llamado «Hotel Caballero», donde se recogía alguna noticia imaginaria, ya que nuestra posición de sitiados no era de las más propicias para regocijos de que estábamos tan ávidos, contra el sentir y el pensar de Fileas Fox, que los creía innecesarios.
Allí en santo amor y armonía, hacíamos una partida de billar hasta las diez u once de la noche, según el partido y con quienes se concertaba.
Una noche, si mal no recuerdo la del 14 de abril, todos los contertulios abandonaron súbitamente las mesas y los tacos, poseídos de un estupor insólito. Un marino apareció como un fantasma en el umbral de la puerta, y en su gorra se leía claramente: Huáscar.
“¿De dónde sale usted? ¿Por dónde ha venido usted? ¿Cómo se llama usted?”. Y el buen cholo, agobiado por aquel nutrido chaparrón de preguntas, no acertaba a dar contestación alguna, permaneciendo mudo… hasta que por fin pudo hablar. En síntesis, aquel marino era efectivamente de la tripulación del Huáscar. Este monitor había entrado a la bahía con las luces apagadas: los compañeros del hombre que teníamos delante, estaban en el bote, junto al muelle, y él había saltado acompañando a su teniente, el cual en aquellos momentos conferenciaba con el jefe militar de la plaza y con el Prefecto, a los cuales había venido a saludar en nombre del Contralmirante Grau; tenían orden, en caso de oír un cañonazo, de quedarse en tierra, y si no, dentro de media hora regresar sigilosamente a bordo.
La curiosidad reaccionó en nuestras fantasías, y uno tras otro en escarrio o en grupos de camaradas, nos encaminamos al muelle envueltos en las tinieblas de una noche más negra que boca de lobo.
Unas voces quedas, muy quedas, se acercaban.
Era el oficial del Huáscar y su marinero que regresaban a bordo, perdiéndose pronto en la oscuridad cual siluetas fantasmagóricas.
Después de quince minutos, un enorme fogonazo iluminó con fulgor de rayo el negro espacio, y una potente detonación hizo vibrar el aire de manera extraordinaria.
Luego otra, otra más… Era la sorpresa del Huáscar.
Los buques chilenos, ante semejante antuvión de ruda sorpresa, entraron de repente con una alarma ruidosa e inusitada. Moviéronse aceleradamente, y empezó un fragor de disparos siniestros y simultáneos, entre fugitivos y perseguidores, con riesgo inminente de dañar en el amigo, lo que se deseaba dañar en el enemigo. Y comenzó una zaga incierta y desesperada, ya que el Huáscar dejó de disparar navegando sin luces y como perdido en la inmensidad de un antro profundo, para despistar al temible rival.
Los contertulios del «Hotel Caballero» nos dispersamos hondamente impresionados, a semejanza de los mochuelos que buscan sus olivos en horas de tormenta.
Yo fui acompañado de Mr. Broski, mi buen polaco, risueño y alegre como unas castañuelas; un excelente judío ataviado con tan luenga y verde levita, que más que mercader de buhonería parecía el embajador de la tribu de Leví”.
“Desde aquella memorable y osada sorpresa del Huáscar, la escuadra chilena, adoptó el partido de abandonar la bahía todas las noches de Dios, para evitarse nuevas sorpresas, dejando en el ancho puerto, cual atalayas inamovibles, a la Esmeralda, a la Covadonga y, además, el transporte Lamar, a fin de mantener la efectividad de aquel bloqueo riguroso… Regresaban, pues, todas las mañanas…
En ese día ya no pudimos gozar de la majestuosa entrada de la flota sitiadora …¿Por qué no entraba la escuadra? ¿Qué había sucedido; donde se hallaba? Tales eran las preguntas que corrían de boca en boca en alas de la curiosidad.
Nos indica el señor Cesar Vásquez Bazán.
Chile atacó puertos no fortificados de Pabellón de Pica y Huanillos, en el departamento peruano de Tarapacá, en abril de 1879.
Chile atacó Pabellón de Pica y Huanillos, en el departamento peruano de Tarapacá, en abril de 1879.- A diez días de declarada la guerra, poblaciones peruanas sin guarniciones militares fueron bombardeadas y destruidas por Chile.- Ataque estuvo a cargo del blindado "Blanco Encalada" y las corbetas "Chacabuco" y "O'Higgins".- Agresión contra poblaciones indefensas fue hecha sin previo aviso, violando la Declaración de Bruselas de 1874 (artículos 15 y 16)
Chile a través de Juan Williams Rebolledo señaló a los “asiáticos” como principales agentes de la destrucción de Pabellón de Pica y Huanillos. El cínico marino chileno atribuyó a “la noche” la consumación de la destrucción de ambos puertos peruanos (Williams Rebolledo 1882, 27).
En Pabellón de Pica, los delincuentes de guerra chilenos robaron una pequeña lancha a vapor –el López Gama– y treinta lanchas grandes utilizadas en el carguío del guano. Luego de sus raterías, procedieron a destruir las instalaciones de embarque de guano, incendiando finalmente el muelle, las plataformas, los puentes y las mangueras. Similares tareas cumplieron en Huanillos el 16 de abril de 1879.
Pabellón de Pica y Huanillos eran dos pequeños puertos no fortificados, sin presencia militar peruana, en el departamento de Tarapacá. Al destruirlos el 15 y 16 de abril de 1879, Williams Rebolledo violó el artículo 15 de la Declaración de Bruselas de 1874, que establece que “Las ciudades, aglomeración de habitaciones o poblaciones abiertas que no hagan resistencia no pueden ser atacadas ni bombardeadas”.
De igual forma, el criminal de guerra Williams Rebolledo incumplió el artículo 16 de la citada Declaración, que estableció que los jefes de las fuerzas atacantes “deberían hacer todo lo posible por advertir a las Autoridades antes de comenzar el bombardeo”. La Declaración de Bruselas de 1874 fue adoptada como código de guerra por Chile en 1879 y su violación desde los días iniciales de la Guerra del Pacífico fue una constante en el comportamiento de las fuerzas militares y navales de Chile. El ataque y destrucción de Pabellón de Pica y Huanillos fueron los primeros crímenes contra la humanidad cometidos por Chile en la guerra de 1879 contra el Perú.
Por atacar sin previo aviso poblaciones indefensas es que el Perú califica como criminal de guerra al contralmirante chileno Juan Williams Rebolledo.
La Prensa de Bolivia
La prensa boliviana se refiriera al origen étnico de los chilenos vinculándolos a un comportamiento específico. A propósito de los ataques por mar a los puertos peruanos de Pisagua, Huanillos y Pabellón de Pica (abril de 1879), El Heraldo de Cochabamba aseguró que se trataba de una “Guerra de Piratas”, en la cual Chile “cede al impulso de la sangre”, calificando su comportamiento como “lógico” pues “obedece a los instintos de su raza; hace la guerra de malones”. Esta última palabra aludía a la táctica mapuche de atacar de manera sorpresiva y saquear los asentamientos adversarios, practicada durante la resistencia a la conquista española. Con todo, la confianza en la victoria sobre quienes eran considerados como descendientes de una etnia inferior era total.
Con posterioridad se publica en el Boletín de Guerra del Ejército Boliviano, publicación oficial de la milicia altiplánica que vio la luz en Tacna donde se encontraba acantonada esa fuerza, aseguró que los chilenos “no pueden hacer del roto un soldado subordinado, valiente, conocedor de sus obligaciones y competente en su profesión”; así, “Chile en vez de ejército, tienen una aglomeración de hombres y nada más”. De ese modo, remarcó en su carácter étnico híbrido que lo hacía inapropiado para formar buenos combatientes. Al año siguiente, La Tribuna de La Paz insistió en la mezcla racial de Chile y de su comportamiento inapropiado asociándolos al robo y la destrucción, calificándolos como “salvaje raza de Arauco y hoy enjambre de piratas y bandidos con frac”.
Corolario.
Aquellos chilenos que fueron obligados a marchar de sus hogares, a dejarlo todo, volvieron y dejaron huellas profundas que aún producen odiosidades. Aquellos que fueron tratados como esclavos (los chinos) tuvieron su venganza y su libertad.
Estuvimos donde ellos estuvieron, vimos lo que ellos vieron, solo nos faltó vivir, lo que ellos vivieron.


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