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sábado, 21 de marzo de 2026

NI LOS FARAONES SE SALVARON DEL SAQUEO

 

Ni los Faraones se salvaron del saqueo

Menos aún los más desafortunados


Algunos, los menos por supuesto, nos dicen o nos piden que no vayamos a los cementerios del desierto para, de esa manera, evitar hacerlos públicos y que así no lleguen los (que nos recomiendan poner para graficar a los saqueadores) Sin embargo, la verdad es que nosotros no vamos a los cementerios, son éstos quienes asoman en nuestro constante deambular por el territorio, y nos resulta muy difícil el abstenernos de visitarlos, cosa que hacemos con la única finalidad de satisfacer la curiosidad y brindar el correspondiente saludo a la «Parca» y a los descarnados. Y, ciertamente, no es difícil ni extraordinario encontrarse con cementerios al recorrer la pampa, si consideramos la cantidad de oficinas salitreras que hubo en nuestra Región.

 

Ahora, el pino Oregón parece ser la madera con la cual se elaboraban la mayor parte de los ataúdes y otras estructuras funerarias, y ante esto nos asaltan dos dudas:

¿Habría una funeraria en aquellos lugares que contaban con tan poca gente? Creemos que no, que los familiares y los carpinteros del lugar eran quienes elaboraban dichos cajones, tanta improvisación así lo deja en claro.

 

Tanto las edificaciones como las instalaciones industriales estaban hechas de pino Oregón, y por lo que hemos visto también los cementerios. La historia nos dice que dicha madera era traída como lastre en los barcos, para equilibrar la embarcación. ¿No será mucho el gasto? Porque bastaba con estibar sacos con tierra para dicha tarea y está el ejemplo del principal parque de Antofagasta, la avenida Brasil, en el cual se utilizó la tierra del lastre (de las naves) para crear dicha área verde, eso dice la historia. Para nosotros, la madera del pino Oregón era traída para comercializarla, aquí, esa madera valía su peso en oro, sobre todo por su resistencia (dureza) a las inclemencias del desierto. Entonces ¿Gratis? No nos calza. ¿Dilucidar esto nos hace más doctos o cambia en algo la historia? En nada, absolutamente en nada, pero siempre asoman personas que quieren saber un poco más y no podemos sólo elucubrar, debemos contar con respuestas válidas.

 

Un botón de mi cosecha.

 

¿Por qué tanto muerto en este norte?

 

Las enfermedades pues. Lo que antes intentaban curar los «curanderos» y/o la fe (y se consideraban milagros) hoy lo cura la ciencia. Morir en aquel entonces era fácil, bastaba un resfrío, una apendicitis, un zancudo, una plaga de piojos, etc., para que la gente, especialmente niños y ancianos, cayeran como moscas (dicho naturalizado chileno) Debemos recordar que varias enfermedades infantiles de las que hoy apenas se recuerda el nombre, como el Coqueluche, hacían estragos entre los pequeños.

 

Dejamos al margen los males de ojos, los empachos, las lipirias y los soponcios.

 

 

El señor bichólogo, Don Rodrigo Castillo del Castillo y Castillo Tapia nos dice:

 

Hace ciento once años atrás, alguien grabó una placa recordatoria de hierro, una suerte de lápida que pocos podían darse el lujo de tener, la fijó con dos fuertes remaches en una gran cruz de hierro, que no era menos lujosa, y la instaló en una tumba recién ocupada en un cementerio salitrero.

Quizás alguien, en su ignorancia de la realidad de esa época y momento, considere exagerada, y hasta risible, mi calificación de “lujosa” para una gruesa placa mortuoria mal cortada y peor escrita, plena de faltas ortográficas y montada en una cruz descuadrada. Pero quien haya visto que en todo ese cementerio, en el que yacen no menos de quinientos difuntos, sólo una tumba posee una cruz metálica como ésta y una placa semejante, tal vez entenderá lo que quiero decir. Si bien hay unas cuantas cruces metálicas (que no llegan a la decena) ninguna tiene tan generosas dimensiones, y definitivamente ninguna otra tiene semejante placa metálica para identificar al difunto. Ni siquiera una de menor calidad o peor escrita.

 

Lo mejor que se puede encontrar en las otras tumbas son palabras grabadas en una tabla, ya borradas por las inclemencias del clima y el paso implacable del tiempo, o algunas iniciales y fechas talladas en la propia cruz, no menos ilegibles ya. La mayoría de las tumbas –por otra parte- no son sino un túmulo de tierra y una cruz de madera mal clavada en el suelo que, en muchas de ellas, ya ha perdido el travesaño y no parece ser sino una anónima estaca sobresaliendo del suelo. Pocas son las que lucen una valla de madera, más o menos elaborada, protegiéndolas, y no son más de tres aquellas en que la valla es de metal.

 

Curiosamente, la sepultura desde la que orgullosamente se erige la gran cruz metálica, es una de las que menos destaca, ya que del túmulo sobre ella queda apenas nada, y nada –también- la rodea o protege. De no ser por la sobredimensionada cruz, pasaría desapercibida entre tantas otras.

De quien allí yace sólo se sabe que era mujer, mas no su edad, ya que nada se dice de ella. Muchas de las tumbas del aquél cementerio son de niños de corta edad, pero no son menos las de adultos, según se puede colegir por su tamaño, pero en este caso lo derruido del túmulo funerario no deja inferir nada. El nombre de ella nos quedará también sempiternamente oculto, tras las escuetas y enigmáticas iniciales que preceden a su apellido, Ramos.

 

Esta tumba se ha agregado al selecto y reducido grupo de aquellas que, pese a los años, han quedado grabadas en mis recuerdos, de los distintos cementerios abandonados que he visitado en la pampa. Difícilmente podría olvidarla, pero, curiosamente, no por quien en ella fue sepultada, ni por el estado en que se encuentra –como me ha ocurrido con otras- sino por esa gran cruz y su placa.

Dos cosas al margen:

No daremos ubicación y si nos preguntan por soluciones que vayan más allá de la naturaleza humana (de algunos por supuesto) bastaría con cubrir los cementerios y colocar una placa, una cruz o, un símbolo que indique que es un lugar de recogimiento (descanso), símbolo que incluya a todos. Esto impediría, de una buena vez, que se siga destruyendo, por acción de la naturaleza, el tiempo y del sapiens-sapiens.















 

 

 


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