Solo cantan los cascajos
En la Odisea, versión antofagastina
Hoy podemos vivir a miles de kilómetros de este norte y, no obstante, en un par de horas ya estamos pisando el territorio. Es indudable, Se acortaron las distancias y así cualquiera llega por estos lares; con ello, se ha ido apagando el sentimiento de arraigo, si es que alguna vez lo hubo. Esto significa que no todos los que estamos acá, en este norte, somos de acá y nos sentimos parte del norte.
Palabras de un escribano que nació a los 18 años, acá, en Antofagasta. Lo certifica el acta (hecha por mi) que reafirma totalmente mi antofagastinidad.
Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.
Resulta evidente que el acceso a las ciudades del norte de nuestro país - en los inicios- era difícil, ya que dicho acceso se realizaba en barco (vapores) a pesar de que ya existían caminos o senderos (muy precarios) entre Chañaral, Taltal y Antofagasta. Esto último -sobre los caminos- quedó escrito en los relatos de Isaac Arce en su historia del bandido chileno Silverio Lazo (El Chichero), quien, arrancando de las autoridades, fue perseguido y abatido cerca de Chañaral. La ruta de escape fue por los caminos improvisados, esos que solo se atrevían a cruzar los carreteros con sus carretas y resultaban un calvario para hombres y animales.
Al poco andar -de nuestras ciudades- ya habían caminos para unir Antofagasta con Calama e inclusive con trazo directo a Caracoles, el gran mineral de la plata, pero no existían caminos para unir Antofagasta con Tocopilla de forma directa o esta última ciudad con Iquique y quienes se movilizaban entre una ciudad y otra, debían esperar el paso de un vapor o darse la vuelta por las rutas salitreras, ya sea en carreta, en tren o en su propio caballar y bajar a Tocopilla por la conocida cuesta Barriles, esa que unía Tocopilla con una gran cantidad de oficinas salitreras repartidas por el medio del desierto, a espaldas del río Loa, conocidas como el cantón Toco.
Para 1914 se viene un gran adelanto, se inaugura definitivamente la línea de ferrocarriles (longitudinal norte) que unía nuestra ciudad y región con el resto del país, esto indica que realmente estábamos muy aislados del territorio nacional y, aunque los viajes duraban sólo un poco menos que los realizados por Odiseo (si se iba a la capital o al sur del país), al menos disminuía notablemente el tiempo de viaje, los costos y las complicaciones generadas al viajar por mar. Además, se tenía acceso a los pueblos intermedios, cosa que no podía hacerse en los barcos de pasajeros.
Con el correr del tiempo, también llegan los coches que no requieren animales de tiro. Lentamente se van bajando las cortinas de carreteros y de diligencieros, de herreros y posaderos,
ya no se requieren tantos animales para la carga e, inclusive, es la misma economía la que se encarga de parar el crecimiento regional. Vienen los años de oscurantismo, de retroceso.
Ya para el año 1960 (En el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez) se habló de completar el tramo final del camino, los 20 km de carretera que unían a Antofagasta con Tocopilla y de otras obras que estaban inconclusas entre Taltal y Antofagasta. He de contarles que, siendo aún muy pequeño, me trajeron a Antofagasta en un bus de una desaparecida empresa llamada Libac, dicho bus salió a las 17:00 horas desde la ciudad de La Serena y llegamos a Antofagasta a eso de las 16:00 horas. En aquellos años no era objetable que los padres hicieran un sitio para dormir -a los menores- bajo los asientos, pero fue imposible dormir por el estado de la carretera, que según lo que voy relatando, no tenía más de 8 años de construcción, o quizá fue proyectada pero no se construyó. Cosas que sabemos que pasan, pero ponemos cara de que vimos a la virgen.
Para los años 80, fines de los años 80, pude conocer el camino que unía a la ciudad de Antofagasta con Tocopilla y la historia era triste. Los conductores que transitaban por dichos lugares eran osados y el camino era para valientes. Quizás el poco de asfalto que quedaba -en dicho trazado- era para recordar que alguna vez existió un camino.
La ruta a Taltal estaba en las mismas condiciones o quizá peores y una vez (1985) nos invitaron a conocer la salitrera Pedro de Valdivia, casi no llegamos ya que estaban refaccionando la ruta y nos perdimos por los vericuetos polvorientos del desierto.
Hoy, podemos llegar a cualquier punto y hasta las huellas más imperceptibles nos parecen practicables para la aventura, para seguir la ruta pionera de carreteros y gambusinos, de familias y de gañanes. De igual manera, de cuando en vez volvemos a subirnos en una chalupa o embarcación para revivir las antiguas sensaciones del navegar por el no tan pacífico Océano Pacífico (que no lo es tanto) y mirar, ya sea por babor o estribor, como se va perdiendo la ciudad en lontananza. Esa vista nos hace pensar en lo que habrán sentido los primeros habitantes asentados por este norte al abandonar sus hogares con la esperanza de un futuro, futuro que para más de alguno quedó truncado en el fondo del mar o en algún camino del desierto.
Jalisco, aunque te moleste. Ser chileno (que lo somos y hasta el tuétano) es orgullo de muchos, ¿Antofagastino? Privilegio de pocos. No excluimos a nadie, salvo a quién no se siente antofagastino ¿Capito?
Un viaje en los vapores de la mala del Pacífico i una mirada al desierto de Atacama. Eulogio Allendes.
https://www.bcn.cl/Books/Un_viaje_en_los_vapores_de_la_mala_del_Pacifico/index.html#p=6













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