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viernes, 3 de abril de 2026

SOLO CANTAN LOS CASCAJOS

 

Solo cantan los cascajos

En la Odisea, versión antofagastina


Hoy podemos vivir a miles de kilómetros de este norte y, no obstante, en un par de horas ya estamos pisando el territorio. Es indudable, Se acortaron las distancias y así cualquiera llega por estos lares; con ello, se ha ido apagando el sentimiento de arraigo, si es que alguna vez lo hubo. Esto significa que no todos los que estamos acá, en este norte, somos de acá y nos sentimos parte del norte.

 

Palabras de un escribano que nació a los 18 años, acá, en Antofagasta. Lo certifica el acta (hecha por mi) que reafirma totalmente mi antofagastinidad.

 

Muy buenas tardes tengan, estimadas y estimados amigos.

 

 

Resulta evidente que el acceso a las ciudades del norte de nuestro país - en los inicios- era difícil, ya que dicho acceso se realizaba en barco (vapores) a pesar de que ya existían caminos o senderos (muy precarios) entre Chañaral, Taltal y Antofagasta. Esto último -sobre los caminos- quedó escrito en los relatos de Isaac Arce en su historia del bandido chileno Silverio Lazo (El Chichero), quien, arrancando de las autoridades, fue perseguido y abatido cerca de Chañaral. La ruta de escape fue por los caminos improvisados, esos que solo se atrevían a cruzar los carreteros con sus carretas y resultaban un calvario para hombres y animales.

 

Al poco andar -de nuestras ciudades- ya habían caminos para unir Antofagasta con Calama e inclusive con trazo directo a Caracoles, el gran mineral de la plata, pero no existían caminos para unir Antofagasta con Tocopilla de forma directa o esta última ciudad con Iquique y quienes se movilizaban entre una ciudad y otra, debían esperar el paso de un vapor o darse la vuelta por las rutas salitreras, ya sea en carreta, en tren o en su propio caballar y bajar a Tocopilla por la conocida cuesta Barriles, esa que unía Tocopilla con una gran cantidad de oficinas salitreras repartidas por el medio del desierto, a espaldas del río Loa, conocidas como el cantón Toco.

 

Para 1914 se viene un gran adelanto, se inaugura definitivamente la línea de ferrocarriles (longitudinal norte) que unía nuestra ciudad y región con el resto del país, esto indica que realmente estábamos muy aislados del territorio nacional y, aunque los viajes duraban sólo un poco menos que los realizados por Odiseo (si se iba a la capital o al sur del país), al menos disminuía notablemente el tiempo de viaje, los costos y las complicaciones generadas al viajar por mar. Además, se tenía acceso a los pueblos intermedios, cosa que no podía hacerse en los barcos de pasajeros.

 

Con el correr del tiempo, también llegan los coches que no requieren animales de tiro. Lentamente se van bajando las cortinas de carreteros y de diligencieros, de herreros y posaderos, ya no se requieren tantos animales para la carga e, inclusive, es la misma economía la que se encarga de parar el crecimiento regional. Vienen los años de oscurantismo, de retroceso.

Ya para el año 1960 (En el gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez) se habló de completar el tramo final del camino, los 20 km de carretera que unían a Antofagasta con Tocopilla y de otras obras que estaban inconclusas entre Taltal y Antofagasta. He de contarles que, siendo aún muy pequeño, me trajeron a Antofagasta en un bus de una desaparecida empresa llamada Libac, dicho bus salió a las 17:00 horas desde la ciudad de La Serena y llegamos a Antofagasta a eso de las 16:00 horas. En aquellos años no era objetable que los padres hicieran un sitio para dormir -a los menores- bajo los asientos, pero fue imposible dormir por el estado de la carretera, que según lo que voy relatando, no tenía más de 8 años de construcción, o quizá fue proyectada pero no se construyó. Cosas que sabemos que pasan, pero ponemos cara de que vimos a la virgen.

 

Para los años 80, fines de los años 80, pude conocer el camino que unía a la ciudad de Antofagasta con Tocopilla y la historia era triste. Los conductores que transitaban por dichos lugares eran osados y el camino era para valientes. Quizás el poco de asfalto que quedaba -en dicho trazado- era para recordar que alguna vez existió un camino.

 

La ruta a Taltal estaba en las mismas condiciones o quizá peores y una vez (1985) nos invitaron a conocer la salitrera Pedro de Valdivia, casi no llegamos ya que estaban refaccionando la ruta y nos perdimos por los vericuetos polvorientos del desierto.

 

Hoy, podemos llegar a cualquier punto y hasta las huellas más imperceptibles nos parecen practicables para la aventura, para seguir la ruta pionera de carreteros y gambusinos, de familias y de gañanes. De igual manera, de cuando en vez volvemos a subirnos en una chalupa o embarcación para revivir las antiguas sensaciones del navegar por el no tan pacífico Océano Pacífico (que no lo es tanto) y mirar, ya sea por babor o estribor, como se va perdiendo la ciudad en lontananza. Esa vista nos hace pensar en lo que habrán sentido los primeros habitantes asentados por este norte al abandonar sus hogares con la esperanza de un futuro, futuro que para más de alguno quedó truncado en el fondo del mar o en algún camino del desierto.

 

Jalisco, aunque te moleste. Ser chileno (que lo somos y hasta el tuétano) es orgullo de muchos, ¿Antofagastino? Privilegio de pocos. No excluimos a nadie, salvo a quién no se siente antofagastino ¿Capito?

 

Un viaje en los vapores de la mala del Pacífico i una mirada al desierto de Atacama. Eulogio Allendes.

 

https://www.bcn.cl/Books/Un_viaje_en_los_vapores_de_la_mala_del_Pacifico/index.html#p=6

















 


domingo, 11 de enero de 2026

AÚN QUEDA VIDA Y VESTIGIOS DEL PASADO

 

Aún Queda Vida y Vestigios del Pasado

(Por las quebradas de Tocopilla)


Verdaderamente era un deleite el escuchar las historias y anécdotas que contaban los viejos, los ancianos para los más puristas, por aquello, al lugar que fuésemos o en el sitio que estuviésemos procurábamos acercarnos a ellos y aunque dichos relatos no fuesen más que sus vivencias -cosas muy personales- que en más de las veces iban acompañadas con ciertas exageraciones y no formasen parte de ninguna historia oficial, resultaron ser muy importantes para nosotros y más aún, siempre procuramos dejar el testimonio escrito de ellas.

 

Ahora, entre todas las historias que atesoramos hubo una que marcó nuestro inicio en la naturaleza y esta nos decía que, en ciertas épocas, especialmente en la primavera, la familia (Padres, hijos abuelos, etc.) se iban de visita a las quebradas aledañas a Tocopilla con la tarea de buscar flores para adornar la tumba de sus muertos ¿Flores? ¿Mucha gente buscando flores en esta parte del desierto?

Lo más sorprendente de oír es, que volvían con flores, según sus relatos.

Entonces ¿Porqué no podemos ir nosotros a buscar esas flores con la única misión de encontrarlas y fotografiarlas?

 

Reciban nuestros saludos estimadas y estimados amigos de Caminantes del Desierto.

 

Donde llegamos -en dicha oportunidad- fue fruto de una anécdota y de un pálpito, una simple corazonada de alguien que, sin conocer siquiera dicho lugares, se dio a la tarea de organizar un viaje que resultó ser una de las experiencias más productivas y bizarras. Este recorrido se hizo en los tiempos en donde se caminaba bastante, no había una ruta prefijada y se toleraban los imprevistos. Todo acierto y contratiempo formaba parte de la aventura.


Por el inicio

 

Pues bien. Algo nos decía -cual famoso grillo de cuento- que en cierta quebrada que se encuentra camino a la comuna de Tocopilla (por la costa), hallaríamos algo más que riesgos y rocas, muchas rocas. Eso nos había confidenciado un antiguo lugareño, pero jamás pensamos que tendríamos acceso -además- a una parte de la historia remota de este territorio, una historia muy ligada a la minería y los sueños de riqueza.

 

Dichas quebradas -hablamos de grietas profundas y cumbres casi inaccesibles- no resultan muy atractivas para la gran mayoría de las personas, puesto que se tiene muy internalizado que sólo se encontrará cansancio, peligro, arena y roca, nada de interés. Además, el acceder a la zona intermedia del desierto, a la zona de los grandes yacimientos de caliche, ya no requiere de mucho esfuerzo por la presencia de caminos intermedios, vías mineras que nos conducen por todo el territorio y nos facilitan el acceso -inclusive- hasta las máximas cumbres, sin esfuerzo alguno.

 

Como suele ocurrir con quien trabaja durante toda la semana y aprovecha el descanso para salir a trepar cerros, Un sábado cualquiera - muy temprano- se tomó el bus con rumbo a Tocopilla. Ya cercanos a dicha ciudad, digo cercanos en unos 40 kilómetros, aproximadamente, se solicitó el alto y ahí - en medio de la nada- nos bajamos con la extrañeza reflejada en el rostro del conductor y el auxiliar.

 

Comenzamos la caminata, como es menester a menesterosos, por un terreno dificultoso en dirección a una de las grietas, la más benigna, según nosotros, cosa que nos llevó tan solo un par de horas durante las cuales el sol nos regaló sus mejores rayos, a lo que, constantemente le devolvíamos algunas centellas adornadas con maldiciones y denostaciones.

 

Mientras cruzábamos al territorio de la grieta, el terreno se tornaba más complejo, no solo debido a los cascajos que crepitaban sonoros a las pisadas, sino por los surcos y pisaderas, desniveles del camino que se desmoronaban sin previo aviso y hacían peligrar los tobillos. No corría aire, la quebrada es sofocante, estrecha en su inicio. ¿Qué hago acá? me pregunto y recrimino. Nos miramos de soslayo y lo comentamos: estas laderas son una amenaza con sus rocas en tan precario equilibrio. Bueno, es parte de la aventura.

 

Encontramos una pirca. Es evidente, allí se cobijó alguien y no fue por un día, esa estructura no se levanta tan rápido. En las cercanías de dicha pirca asoma una planta, una de aquellas que son habituales a esta parte del desierto y se agradece su presencia, puesto que cambia el color al terreno tan monocorde. Es una Solanum (tomatillo). La estructura de piedras es la que hace de atrapanieblas e irriga a esta rebelde clorofilada que florece en la nada absoluta.

 

Pasito a pasito.

 

Llegamos a un sector en donde cualquiera hubiese dicho que estábamos en una ripiera. Más que un montón de piedras, es casi un cerro de ellas, de todos los tamaños, totalmente limpios de tierra y con unos arbustos muy coloridos en uno de sus costados. Aunque es la primera vez que vemos esas plantas, resulta evidente que es una Nolana (Nolana tocopillana). Luego de las fotos de rigor, la búsqueda de minúsculos y quizás alguna otra expresión de vida (reptiles, aves) seguimos por la grieta en dirección a lo más profundo de la quebrada. Cosa rara, comienzan a asomar más plantas, muchas especies de las que comienzan también a manar los aromas. Solo conocemos dos especies que son tan fragantes y ambas estaban ahí. Una de ellas no es para alegrarse, aunque es hermosa, la Nolana balsamiflua. La segunda tiene un aroma a limón que llama a meterla en agua y ponerle unos hielos. Si la vida te da Eremocharis, aprende a hacer limonada. La Eremocharis fruticosa Phil.

 

No sabíamos cuanto nos restaba aún por caminar y por donde nos llevaría dicha grieta y aunque estábamos preparados, con carpas, alimento y agua, la sola idea de quedarse a pernoctar en dicho lugar no sonaba muy atractiva. Seguimos, pues, con la esperanza de que más adelante cambiaría el panorama.

 

Habremos avanzado tan solo unos 500 metros -lo que resulta casi imperceptible al sentido aventurero- por los intrincados vericuetos de la quebrada y por alguno que otro extravío que nos retrasa al querer acceder a cuanta planta en media ladera advirtiésemos, cuando en frente nuestro, en una improvisada ondulación, nos encontramos con una nueva pirca; ésta era más grande que la anterior y contaba con un corralón, también con vestigios de antiguos utensilios, sacos arpilleros y mineral (trazas, restos). Bastaba con levantar la vista y en una de las laderas cercanas, esas que conforman paredones atemorizantes, advertimos un gran socavón que, por cierto, nos invitaba a subir y entrar, pero el camino, el precario camino a la entrada había desaparecido. Fue aquí en donde encontramos una gran cantidad de huesos de guanaco, al parecer, estos gambusinos contribuyeron a la reducción de su número. En un borde del pircal, aún se conservaba una pequeña pila de troncos de cactus, que han de haber servido como leña, cosa casi evidente.

 

No vimos huellas recientes del sapiens-sapiens o de animales. Aunque el agua y el viento se encarguen de borrarlas siempre quedan vestigios del paso inexorable del hombre y en este lugar no los hay.

 

Que grato -nos resulta entonces- el estar en donde pocos han puesto el pie y en donde pocas cosas han cambiado con el transcurrir del tiempo. Las pircas erigidas para protegerse del medio, siguen ahí, los corrales también, aún es factible el encontrar alguno que otro objeto del ayer en un lugar en donde floreció la esperanza de la riqueza con una prometedora veta de cobre o de oro y que fue explotada de manera muy artesanal, tan solo un hoyo a media ladera. Aquello del trabajar hasta que se agotase la veta o hasta perder la vida.

 

En el lugar no hay señas o improvisados memoriales, buena señal y tan solo las flores subsisten, resisten, sobreviven, una flora casi desconocida para la gran mayoría, flores que, de acuerdo a las historias, servían para adornar las cruces del desierto, el lugar donde descansan en perpetuo silencio los seres queridos.

 

Bajamos a la planicie litoral -por seguridad- cuando el sol ya se perdía en el horizonte, en busca del necesario descanso, con vistas a continuar recorriendo aquellos parajes al día siguiente.

 

Al Margen:

 

Gran parte de las cactáceas columnares Eulychnia iquiquensis están muertas, calcinadas. Solo encontramos un individuo con vida y es relativamente nuevo. Los caracoles terrestres (pulmonados) ya no existen, sus caparazones son escasos y no conservan los colores originales, lo que nos indica, que son de muy antigua data. Sobre los caracoles marinos, de la imagen, independiente que este territorio estuviese bajo el mar y en algún evento posterior, las aguas del océano llegase a esta parte del territorio, por su estado y color, pensamos que fueron trasladados -por alguien- al lugar.