Antofagasta
La del Mar por supuesto
Tierra del Salar Grande es su significado, así de simple, y su homónima, de la cual deriva su nombre, se encuentra por el noroeste argentino, Antofagasta de la Sierra, es decir, Antofagasti (En camanchaco) o Anta Pakay (En Kakan), resultan ser, como alguien me dijo alguna vez, simples «Complicaciones» sin sentido y sin razón.
Pues bien. De vez en cuando, o de cuando en vez, nos preguntamos ¿Qué hubiese pasado si, las ideas que se gestaron por estos lugares se hubiesen concretado? Es decir, si se hubiese conformado una República independiente que llevase por nombre Archibolia (la idea original) ¿Hubiésemos llegado a ser una gran nación? Sobre aquello de la nación independiente, está plasmado en algunos textos históricos, pero es desconocido para la gran mayoría.
Aparte de lo anterior, es bastante lo que desconocemos de la historia de nuestra ciudad, y esto fundamentalmente porque es muy poco lo que nos han enseñado sobre ella. Con suerte nos dijeron en la escuela, a los más viejos, que las tropas chilenas habían desembarcado en Antofagasta y que desde aquí se había iniciado la campaña militar de la Guerra del Pacífico.
Pero ¿acaso nos enseñaron algo sobre cómo era entonces la ciudad? Si hasta se celebra el día 14 de febrero de 1879 como si fuese el de la fundación de Antofagasta, cuando la realidad es que para esa fecha ya superaba los 3.000 habitantes y, aunque carecía de muchas cosas, estaba muy bien trazada, con amplias y ordenadas calles (que todavía hoy permiten un tránsito fluido de vehículos) y abundaban los edificios comerciales e industriales que proporcionaban trabajo a gran parte de la población.
Claro está que, siendo una ciudad tan distante de los dos gobiernos que tenían algo que ver con ella, el de Bolivia –a quien le estaba encomendada la administración del territorio- y el de Chile –que tenía en sus manos su explotación- no había un orden bien establecido, pese a todo lo que hacían en ese sentido el Municipio y la Sub-Prefectura de Mejillones, de quien dependía. De esta manera, abundaban sobremanera los locales de diversión de todo tipo, como fondas, picanterías, salas de billar y reñideros de gallos. Las chinganas –“casas de diversión”- funcionaban toda la noche con su música y cantos (y otras actividades menos bulliciosas), ya que gran parte de la población estaba formada por aventureros que venían en busca de ganancias fáciles y por mineros y trabajadores ansiosos de gastar su dinero en licor y mujeres.
Fue necesario establecer un Reglamento para el funcionamiento de estos establecimientos, en el que se establecía que no podían funcionar después de las 11 de la noche, debiéndose expulsar a todos los clientes a esa hora y cerrar. Además, debían pagar fuertes sumas por las patentes comerciales, que alcanzaban a 20 pesos para chinganas y hoteles “de primera clase” y a 10 para los de segunda, canchas de palitroques y billares. Se prohibía también los juegos de azar y que se realizaran juegos en las calles (carreras, peleas, por ejemplo)
Existía ya el “Hospital del Salvador” (del que aún quedan algunos vestigios junto al que fuera el Hospital Regional), el que –por cierto- fue construido con fondos de la ciudad y aportes de los industriales, ya que el gobierno chileno no puso nada, excepto tan abundantes como vanas promesas. Cualquiera diría que nada ha cambiado desde entonces.
Posterior al establecimiento del dominio chileno sobre el territorio, las autoridades municipales dictaron nuevas normas para ordenar la ciudad, entre las que podemos nombrar las siguientes:
- Multa de 2 pesos para quien amansara animales en la vía pública.
- Toda cabalgadura o vacuno que deambulara por las calles era retenido por la policía y, si no era reclamado, se conducía al “Depósito de animales aparecidos”. Algo así como el actual “corral municipal”. ¿Cuidarían a esos animales con el mismo celo y preocupación con que se cautelan los vehículos retenidos actualmente? Es de esperar que no.
- Se prohibía el arreo de animales –vacas, ovejas, etc.- por las calles principales, aunque fuesen destinados al consumo de la población, y se establecían las calles por donde debía hacerse. Es de considerar que en aquellos tiempos no existían medios para preservar la carne, y el ganado se traía vivo, desde el sur o desde Argentina, y debía ser faenado a diario para el consumo de la población. Por cierto, tampoco se permitía mantener chiqueros dentro de la ciudad.
- Los jinetes no podían transitar por las veredas ni por el interior de las plazas o paseos públicos; y tampoco podían dejar el caballo con las riendas sueltas o sobre las veredas. (Medidas que resultan precursoras de las actuales normas para los vehículos)
- Los vehículos (carros y carruajes) debían detenerse y ceder el paso a las personas de a pie, cada vez que fuese necesario, no podían ir a una velocidad mayor que el trote normal de los animales que los llevaban, y no podían ser conducidos por menores de 14 años. El tránsito nocturno de estos vehículos estaba prohibido, con excepción del transporte de equipajes y vehículos previamente autorizados.
- Se castigaba hasta con 6 días de prisión a quienes rayaran o deterioraran “de cualquier otra manera las paredes, puertas, planchas de avisos o ventanas o los objetos de uso u ornato público, que den frente a la calle o que hagan en ellas pinturas u otras impropiedades que afeen su parte exterior”. Más grave se consideraba el colocar avisos de espectáculos o pegar en las paredes “pasquines, libelos infamatorios o denuncias inmorales”, lo que se castigaba con veinte días de prisión. (Ah, ¿por qué no existe ya esa norma?)
- La presencia de perros vagos estaba también prohibida, y eran perseguidos por la policía, por considerarse un problema para la seguridad de la población.
-Hasta un día de prisión podían pagar quienes utilizaran las calles para diversiones como jugar a la pelota, al trompo, a la rayuela o elevar volantines, todas actividades molestas y hasta peligrosas para los transeúntes.
- Se sancionaba también severamente a los vendedores ambulantes que ingresaran a las viviendas sin ser llamados, y podían ser detenidos por los dueños de casa y entregados a las autoridades. Esto puede no entenderse actualmente, ya que vivimos encerrados tras rejas, pero en aquellos tiempos las puertas de las casas estaban abiertas durante el día, dando pie a que se pudiera entrar.
-Para finalizar, una curiosa norma: se prohibía “bañarse sin vestido en la parte del mar comprendido entre la Fábrica de Gas por el Sur y el Establecimiento de Hornos de Fundición de Bellavista por el Norte”. Es decir, ¿fuera de esos límites estaba permitido?
Una certeza histórica -como botón para la próxima cosecha- todos los que aparecen en las imágenes, están muertos.










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