Hasta aquí llegaste, Juan Lillo.
(Dicho sureño)
«Tooodos al trennn» es tal vez el llamado que esperan aquellos que quedaron en la estación, en una espera eterna, pero es solo el viento el que rompe el silencio del desierto.
Tengan muy buenas tardes estimadas y estimados amigos.
Suena bastante bien aquello de «Sitio Patrimonial» «Espacio Protegido» y/o «Sitio Histórico», bastante bien porque se viene de inmediato al pensamiento que dichos lugares, bajo esa consigna, están custodiados, protegidos y durarán eternamente pero, si vemos el estado de muchos de esos espacios en apenas 100 años de vida, imagínense a los 200 años, en ese lapso de tiempo no quedará nada y ¿Qué le podemos decir a la naturaleza? ¿Qué no siga en su trabajo de destruir el legado? Protección debe incluir el recuperar y mantener efectivamente este legado, si es eso lo que se quiere, por supuesto.
Ahora, sobre la acción destructiva del sapiens-sapiens, que podemos decir que no se hubiese dicho. Son los engendros que ha formado esta sociedad. Muchos esperan bastante de las futuras generaciones y tal vez nos baste, que no sean peores que nosotros.
Las estaciones del Desierto
Pues bien. Han de saber que para unir nuestro extenso territorio, el de Antofagasta-Chile, se utilizó el ferrocarril, y fueron las máquinas de vapor las primeras que circularon por este territorio, cruzando el desierto de mar a cordillera y de norte a sur. Para facilitar dicho tráfico, tanto de gente como de cargas, se requería contar con ciertos puntos que se llamaron Estaciones y que resultaban equidistantes entre sí, es decir, cada cierto trecho era necesario contar con una edificación que contara con estanques acumuladores de agua, para dar de abrevar a tamañas bestias (metálicas) y con acopios de carbón. Dichas estaciones (y la gente apostada en ellas) cumplían el propósito de suministrar los elementos básicos para el funcionamiento de los trenes, asegurar el tráfico de gente y de carga, mantener las vías expeditas y asegurar la comunicación mediante el telégrafo, aquellos hilos metálicos tendidos sobre postes de madera que corrían a la par de los rieles y por los cuales se enviaban y recibían los mensajes del ayer. Mas, no todo era tan sencillo como parece o como lo hacemos parecer y es por esto que traemos este relato, una historia que es fruto de nuestros explorativos, de las constantes visitas que hacemos al territorio y muy especialmente a aquellos lugares que encierran historias y que hoy día están en total abandono.
Los Muertos del Desierto
“Díganles, a los que me esperaron, que aquí quedé, bajo este suelo, bajo este sol”
A lo largo del desierto aún nos podemos encontrar con numerosos vestigios de las antiguas estaciones del ferrocarril (Longino y Antofagasta-Bolivia) y hemos de confidenciarles que sobran los dedos de una mano para contar aquellas que aún permanecen en buenas condiciones, puesto que son muchas más las que resultan irreconocibles y no es sólo por el paso del tiempo, como muchos suponen, sino simplemente por la acción vandálica, aquello del «que no se pierda, total ya no funciona o ya no sirve»
Las hemos visto, las que se mantienen y las desaparecidas, en nuestros viajes por la pampa. De algunas sólo quedan un par de muros en pie y de otras ni siquiera eso, apenas unos restos que escasamente se levantan del suelo. De otras más, quizá -con suerte- permanezca todavía el letrero y algún árbol muerto o agonizante. Y, en algún caso, no queda apenas nada, pero se puede ver todavía una vieja y cuarteada cruz de madera (o varias), que señala el lugar en que descansan los restos de algún pasajero que perdió la vida a bordo del tren, y no alcanzó a llegar a su destino.
Siendo los viajes tan largos, eso era algo que podía suceder. Ya fuese por alguna enfermedad, accidente o por acción violenta de algún tercero, podía ocurrir que alguien muriera en el tren. Y, en esos casos, había dos posibilidades: si el viaje estaba ya por terminar, se llevaba el cuerpo hasta su destino, para que fuese retirado por sus familiares o conocidos. Pero si el deceso ocurría en algún lugar lejano y faltando aun buena parte del viaje, simplemente se desembarcaba el cuerpo en la estación más próxima, y se procedía a enterrarlo en sus cercanías (a menos que existiese en ella un cementerio)
Así, al cerrarse y desmantelarse las estaciones, tras el término de los trenes de pasajeros, de unas cuantas de ellas no quedó más señal de su presencia que las cruces de los muertos. Todo lo demás, que podía ser útil, se lo llevaron, pero nadie podría llevárselos a ellos, y quedaron ahí, mudos testigos de un tiempo ya olvidado.












Así nomás es la historia de los que partieron durante las faenas del salitre. Yo tengo 3 integrantes de mi familia enterrados en el cementerio de la oficina Chile, los dejé el año 1960, (Ya estaba la oficina en sus últimos años de operación) Cuando tengo la oportunidad de viajar a l sur de Antofagasta, los paso a ver y realizo algunos arreglos. Pero aquí viene lo triste, cuando partimos de la oficina, el cementerio estaba en condiciones de usarse; al poco tiempo se robaron la calaminas de la entrada, a los poco años destruyeron y robaron el cierre, que consistía e un bordado de zunchos, afirmado el palos de pino Oregón, Hoy están los difuntos en el desierto desnudo. mis saludos y felicitaciones por la labor que realizan. Carlos López Morales.
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