Por ayudar al Perú
Algunos estarán a favor y otros, en contra, de nuestros comentarios. Independiente de aquello, estamos de acuerdo con ambos.
Muy buenas tardes.
Cuando revisamos ciertos pasajes históricos, que comprometen a este norte por supuesto, nos preguntamos el porqué de ese sentimiento tan americanista y enfermizo que profesaban
o, mejor dicho, trasudaban algunos, ese sentimiento que lejos de haberse extinguido sigue vigente y nos ha causado tantos problemas y desastres.
Sepan que en algún minuto de nuestra historia fuimos grandes; por ejemplo, para el año 1851 tan sólo en el puerto de Valparaíso se encontraban registrados 103 buques para el tráfico internacional y un número superior a 200 para el tráfico americano. A fines de esa década, nuestra marina mercante y su pabellón eran ampliamente conocidas en todos los puertos del mundo. Para los inicios de 1860 nuestros productos llegaban al mundo y nuestra moneda era tan valiosa como la Libra esterlina, pero vino a entrometerse el duende del americanismo y nos enfrascamos en una pelea que no era nuestra, para ayudar al Perú; pero ese país (sus políticos) nos pagaron con total deslealtad nuestra ayuda. Nos bombardearon Valparaíso, perdimos la gran flota mercante y tuvimos que llegar a pactar con Bolivia (por el territorio del norte), para que dichos vecinos tuvieran a bien interceder para que uno de sus ciudadanos, o más bien un español avecindado en su territorio, no siguiera surtiendo a la escuadra española.
Cuando hicimos mención de este dato histórico, hará una década atrás, los denuestos fueron numerosos y gran parte de nuestros contertulios nos mandaron a buen recaudo. Para ellos (siendo chilenos) el territorio tenía dueño y no era Chile el propietario.
A pesar de ello, insistimos en dejar muy en claro que tuvimos que inclinar obligadamente la cerviz (entregar parte del territorio en disputa), para que Bolivia nos apoyase -y también apoyase al Perú- declarándole la guerra a España y dejando de prestar ayuda a la flota de Pareja mediante el auspicio de la Casa Artola de Cobija, datos que ahora sacamos a la luz citando los escritos de Marcelo Segall, en el boletín de la Universidad de Chile de junio de 1967.
¿Dónde estuvo este escrito que tardó tanto en llegar a mis manos?
La Historia dice así:
«La Casa Artola tenía el control económico del tráfico de toda esta zona. Era la agencia de contratación. Su propietario, un vasco de convicciones carlistas, era muy considerado, responsable, solvente y serio. Siempre hacía hincapié en su honestidad, en su fe intransigente de católico guipuzcano y en su sinceridad. La historia antofagastina de la Casa Artola es casi la historia económica de la provincia en el lapso entre 1828 y la explotación salitrera. Cobija, su centro de actividad, era el puerto que conducía tanto a Potosí como a Salta (Argentina). Además, era un foco minero y de covaderas.
Cuando llegó a Cobija Artola, recién se había sido liberado el continente y todo negocio internacional era de buena perspectiva. Su Casa abarcó todo. En su patria había aprendido la proveeduría corriente, importó licores -“Jerez color paja”, “Oporto en Barriles”, vinos chilenos-, también botas y vidrios, según anota un poseedor de su correspondencia. En su paso por Brasil, aprendió el valor del tráfico humano, pero cuando algunas leyes impidieron acrecentar más su negocio se dirigió a Cobija. Allí aplicó sus conocimientos brasileños a los culíes chinos. También fue muy lucrativa otra actividad: el préstamo usurero. Habilitó con herramientas y comestibles a los mineros y covaderas a1 interés común de ese tipo de negocios, a1 50 por ciento, cobrable en las futuras extracciones. Ganaba en la proveeduría y en el anticipo. Todo pagado en productos para vender. Hábil comerciante, no dejó circular dinero corriente en su ciudad: el metal era producto para exportar. Nadie veía monedas sino sólo fichas y vales. Organizó el más perfecto sistema de acumulación de plusvalía y de control para impedir la huida de los trabajadores. Ya muy rico y con Casa Bancaria en San Sebastián, España, se permitió ofrecer capital al poderoso banquero y habilitador de Valparaíso don Agustín Edwards. Desde Cobija, le escribió el 10 de junio de 1861: “puede usted ocupar con franqueza a su afectísimo”. Sin embargo, es necesario evitar confundir a Edwards con Artola. El banquero de Valparaíso era hijo de un inglés audaz -participó en las luchas de la Emancipación- y de una criolla coquimbana. Más o menos liberal en asuntos religiosos. Además, sus descendientes directos se arraigaron al país. En cambio Artola fue el vasco español descrito por Pío Baroja como el típico “indiano”. El emigrante vuelto a su patria en calidad de nuevo rico, deseoso de participar en fiestas elegantes y de ser contertulio del señor Obispo. Caricatura de los conquistadores del siglo XVI, capaz de pasar sobre cadáveres para llegar a ser un personaje a su retorno. Mientras Edwards era todo prudencia sagaz y audacia mercantil, Artola cometió tres imprudencias graves y no estabilizó sus negocios en América. Una de sus imprudencias, la menor, fue dejar testimonio gráfico de los culíes de su mina Toldo de Gatico. Obra en mi poder. Toldo y sus anexos en su periodo de auge –aún se explota en pirquin- dio vida a una población de 7.000 habitantes. La segunda imprudencia fue más delicada: para obtener utilidades considerables y a la vez contentar su conciencia de peninsular pasó a ser el gran proveedor de la Escuadra Española del Almirante Pareja, destinada a recuperar sus colonias del Pacífico en 1864. Cuando Pareja se apropió de las Islas Chinchas, las mayores guaneras del Perú y del mundo, amenazando la Independencia de Sudamérica, su abastecedor fue Artola. Hay un documento -publicado en el Nacional de Lima, número 89- que dice: José María Artola “ha hecho de sus bodegas el gran depósito que sirve a la Escuadra Enemiga”. El 7 de abril el Prefecto Quintín Quevedo debió ordenar su expulsión del país y la detención de sus hijos por traidores a sus patrias, Jorge (boliviano) y Francisco (chileno). El padre huyó a España. Los hijos a la Argentina. El almacén de la Casa Artola de Cobija fue embargado. Sin embargo, nada importante les sucedió a los bienes Artola. Estaban trasladados a San Sebastián. En la carta citada dirigida a Edwards, le indicó que su hijo mayor estaba a cargo de su Banco en España. Y que desde allí, desde Europa, estaba a sus órdenes comerciales. La tercera imprudencia fue su único acto de caridad desinteresada: donó la Iglesia de Cobija. Pero la hizo construir en un terreno cercano a la playa. Y, en ciertos años, el océano Pacífico tiene muy altas mareas. Por ejemplo, el 9 de mayo de 1877. Desde entonces. Cobija es sólo ruinas. No sin razón Simón Bolívar bautizó a Cobija como Puerto General La Mar. Además de la ironía, en verdad fue en homenaje a1 héroe de la Independencia Lamar.
En suma, Artola no hizo otra cosa que continuar un viejo modelo, copiado ya por su colega Chopitea: “hacer la América” y establecerse de banquero en España.»
Esta historia continúa, por supuesto. Aún no llegamos a los primeros colonizadores de Antofagasta, pero hemos puesto en evidencia a los Artola.
La Guerra Hispano-Americana
https://caminantesdeldesierto.blogspot.com/2025/02/la-guerra-hispano-sudamericana.html






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