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martes, 5 de mayo de 2026

JUAN LÓPEZ EL PIONERO

 

Juan López. El Pionero

Entre Menosprecios y Menoscabos


Yo cuento en mi poder con una roca que contiene cobre y fue encontrada por la Quebrada Mateo, donde tenía sus vetas el primer habitante de Antofagasta. A esta roca le puse por nombre Juan López ¿Con eso basta para decir que López tiene otro memorial en Antofagasta?

Partamos por el inicio, como diría todo buen hijo de vecino (a).


Tratado de límites entre la República de Chile i la de Bolivia. 13 de diciembre 1866.

 

JOSÉ JOAQUIN PÉREZ,


PRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE CHILE.

ARTÍCULO VII.


En atención a los perjuicios que la cuestión de límites entre Chile i Bolivia ha irrogado, según es notorio, a los individuos que, asociados, fueron los primeros en esplotar seriamente las huaneras de Mejillones, i cuyos trabajos de explotación fueron suspendidos por disposición de las autoridades de Chile en 17 de febrero de 1863, las Altas Partes contratantes se comprometen a dar, por equidad, a los espresados individuos una indemnización de ochenta mil pesos, pagadera con el diez por ciento de los productos líquidos de la aduana de Mejillones.

 

(Cita textual. Significa que se copió tal cual estaba en el tratado)

(Mis disculpas a los que entendieron. Esta explicación va para aquellos que luego dicen que cometemos faltas de ortografía. Hay varios)

 

De nuestra consideración:

 

Estimamos que este punto guarda relación directa con la sociedad establecida por Juan Garday, Juan López (No dice en parte alguna Chango López, para los jaliscos) y Matías Torres.

 

Nos han explicado, en múltiples oportunidades, que Juan López arribó a las costas de lo que él denominó Peña Blanca -actual Antofagasta- en procura y espera de la compensación de la cual se creía merecedor por los gastos realizados y las energías brindadas al derrotero del Morro de Mejillones, ante el descubrimiento y explotación del guano rojo. Esta explotación se vio truncada por arbitrios del Gobierno de Chile y disputas territoriales con el Gobierno de Bolivia.

 

Las vicisitudes de López quedan registradas en una carta memorial, en la cual da cuenta al presidente de Bolivia que fue él quien descubrió las Guaneras de Mejillones, constituyéndose así en “la piedra angular” del nacimiento de Antofagasta y Mejillones, en compensación, solicita un terreno en el centro de Mejillones y un trabajo en la Aduana Interventora.


Pues bien, esa carta nunca llegó al presidente. Aparentemente quedó en poder del edil Matías Rojas (según algunos), posteriormente pasó a Pedro Pablo Figueroa y finalmente a Isaac Arce Ramírez, en cuyos archivos fue redescubierta a fines de los 70. ¿Qué motivos podrían haber llevado a la autoridad municipal para no enviar –y retener- una carta entregada de forma oficial, sino los propios intereses?

 

Por último y no menos importante.

 

Nos indica el Señor Wilfredo Santoro Cerda (opinión en la que estamos totalmente de acuerdo):

 

Hay un elemento en la literatura de Isaac Arce que representa un estigma para López. Será el prestigioso historiador en su obra “Narraciones Históricas de Antofagasta” quien proyectará profusamente el apodo “chango”. Tal calificativo fue utilizado en forma despectiva y pareciera tener su origen en el círculo íntimo de José Santos Ossa. (Ossa fue testigo de la cercanía de López con los nativos asentados en esta parte del territorio y es muy probable que López, hablase su idioma.

 

Sintetizando, dos errores –si es que lo fueron- y una práctica no usual provocaron un grave perjuicio en la figura histórica de Juan López. El primer error es señalar que alguien le escribió el memorial, citando como fuente un diario que no dice eso (hay copias de aquello). El segundo error es quitarle la calidad de empresario y decir que era un simple cateador, aunque el tema de su empresa se trató en el Congreso, inclusive. Por último, no es habitual tratar a grandes personalidades con apodos, más aún si son despectivos. Dar la impresión de que no era capaz de escribir, de que no era empresario y tratarlo de "chango" –en una época en que éstos eran considerados seres inferiores- contribuyó a su difamación histórica.

 

No tenemos referencias, pero se presume a leguas.

 

A López jamás se pagó compensación alguna ya que, estaba -primeramente- en manos de Bolivia (por tratado) y luego, con la reivindicación del territorio, en manos del Estado Chileno.

 

Ni siquiera en nuestra propia ciudad se le ha dado el reconocimiento debido. Incluso el mencionado Matías Rojas, quién -presumiblemente- lo perjudicó notablemente, tiene una calle con su nombre ¿y Juan López no? Alguien nos decía que hay una población llamada “Chango López” y que eso debería contar como homenaje pero, ¿es así? ¿Podemos considerarlo “homenaje” cuando se está empleando el mote que algunos arteramente le pusieron?

También se dice que, hay un balneario con su nombre -en caleta Abtao- y con eso basta.

 

Si Ossa es recordado con una calle en pleno centro de Antofagasta, ¿por qué no hacer lo mismo con Juan López? Ni San Martín ni Washington hicieron nada por esta ciudad, bien podría nuestro municipio considerar el cambio de nombre de alguna de esas arterias, reconociendo –por fin y después de tanto tiempo- su relevancia en la historia regional.

 

 

Según este humilde escribano:

 

Bastarían dos acciones para resarcir el honor y preservar la historia.

 

Lo primero: Dejar de usar la palabra «Chango» con Juan López. No le busquen caminos alternativos, la palabra Chango fue impuesta por los españoles y tiene un solo significado.

 

Segundo: Recuperar la carta memorial y ponerla a resguardo en el lugar donde se resguarda, se atesora y se muestra la historia, en el Museo de Antofagasta. 

La historia de Antofagasta debe estar visible para los antofagastinos.



 

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

NOTAS DE ANTOFAGASTA. MARIANO LATORRE

Es claro que Antofagasta tuvo un comienzo (un inicio, un poblamiento. 1866), pero muy pocos conocen a la gente que pobló esta tierra y que nos brindó un regalo único, una maravillosa identidad de desierto, de esfuerzo, de gallardía y de indómito carácter.

El que llegó a estas tierras (luego de viajar cientos o miles de kilómetros) no vino por una promesa vana (míseras dádivas) o por un espacio en el cielo.

El hombre y la mujer que llegaron a este terruño venían a forjarse un porvenir basado en su propio esfuerzo.


¿Cuándo se acabó aquello? ¿Cuándo nos venció el centralismo? ¿Habrá sido en los tiempos cuando las autoridades (electas o impuestas) dejaron de pensar en región y se entregaron a sus propios intereses políticos y/o partidistas? o tal vez cuando los locales (Los antiguos antofagastinos) se fueron al descanso eterno y dejaron (en su lugar) a la nuevas generaciones, e inclusive, algunos aseguran que esto sucedió cuando las mineras prefirieron a los foráneos por sobre nuestra gente sin que nadie levantase la voz, etc, etc, etc.

Independiente de lo anterior, nos cambiaron, nos hicieron olvidar nuestra historia y nos hicieron creer que siempre hemos sido parte (sumisa) de la estrella unitaria (una sola bandera).

Sin los antiguos, sin nuestra identidad y sin historia - por la cual sentir orgullo - solo queda lo que hoy vemos.

Oleo de la primera Municipalidad. 

Presente en el Museo Regional de Antofagasta


Pero vamos con los que saben, vamos con la historia.



MEMORIAS Y OTRAS CONFIDENCIAS

De: Mariano Latorre


NOTAS DE LA COSTA NORTE 1971


No es la costa que se extiende desde Arica a Caldera la verdadera costa de nuestro país.

Los cerros de la cordillera del litoral, en la costa central de Chile, aunque ásperos y pobres, se visten a la llegada de la primavera de un tapiz de risueños verdores que salpica la policromía de miles de flores anónimas y hasta las rocas, hundidas en el mar, las decoran aceitosas y movibles trolas de cochayuyos o la masa verde de los luches o luchecillos, paraíso de corvinas y cachambas (Lisas).

La costa norte fue poblada casi en su totalidad por chilenos, venidos de todas partes, especialmente de Atacama y Coquimbo.

Su entrada a la vida civilizada es la expansión natural de una raza fuerte y dominadora.

El precoz florecimiento de sus puertos principales, sobre todo Antofagasta, se debe al músculo del minero, desprejuiciado y audaz, a la resistencia broncínea del barretero y el desripiador pampino y a la pupila de águila del cateador que recorrió las huellas del desierto y la cordillera y supo encontrar la riqueza, prendido a su pupila alucinada un retazo de espejismo, y en el corazón un temple de voluntad más rico que los mismos metales descubiertos.

Al servicio de capitales chilenos, primero y de extranjeros más adelante, la potencia inagotable de nuestra raza creó la riqueza y atrajo hacia esas zonas el comercio del mundo, como las ciudades del sur, al derribar la selva secular, fueron hijas del hachero criollo, emigrado de Chillán, Llanquihue y Chiloé en busca de un trozo de tierra que la suerte le negó en su calidad de inquilino.

Un sucederse de cerros muertos, fantásticamente policromados de verde, rojo y azul, es la costa del norte hasta las cercanías de Coquimbo.

En vano un sol bruñido y siempre presente, aloja las deshollejadas jorobas con las lloviznas de oro de sus rayos.

Salvo en los oasis del interior, Pica y Chiu-Chiu, la tierra no responde al agobio fecundador de su luz.

Gris en las camanchacas matinales, de una rojez de greda quemada en la limpieza de los prolongados atardeceres, dormitan esos cerros, en cuya entraña se han cuajado los metales más ricos de la tierra sin que turbe su modorra el más mínimo signo de vida.

El vuelo blanco de gaviotas y garumas y el lento desfile de los alcatraces a lo largo de la costa, pone allí una nota de movimiento y el mar barnizado de sol, hirviente de peces, es más acogedor y menos hosco que ese muerto encadenamiento de ondulaciones, chorreadas de sal

Antofagasta, próspera y moderna, es un oasis civilizado en medio de cerros abruptos y colinas minerales. Es como el espejismo del cateador y del dinámico industrial que se unió a él.

Ingleses, yugoslavos y norteamericanos vinieron después, cuando la población ya vivía rica y floreciente, preñada de porvenir.

Sus capitales, sus máquinas y su esfuerzo no es posible negarlo, germinaron en el terreno, ya preparado por nuestra raza en tiempos anteriores, con la sangre de su cuerpo y la energía de su espíritu.

Caleta de la Chimba se la llamó en los primeros tiempos y, sin embargo, su soledad y su esperanza modelaron la extraordinaria figura de aquel chileno, Juan López, el chango López, su fundador, su primer habitante y su primer industrial, al descubrir las guaneras del Morro de Mejillones.


Oleo de López. Museo Regional de Antofagasta

Había en López un inagotable espíritu de acción. De las mejores substancias de nuestra raza estaba formado. Fuerza física y entereza constituían sus características de luchador. La adversidad no lo amedrentó jamás. Así, al no encontrar ni guano ni minerales en la costa que va de Cobija a Antofagasta, no titubeó en embarcarse para las guaneras del Perú a ganarse la vida.

Y además un soñador, enamorado del desierto, que ponía alas a su dinamismo siempre activo.

Hay un instante en que, vencido, se vuelve al sur. Pero inesperadamente la imaginación enciende de nuevo su voluntad dormida y Juan López se establece para siempre en la playa de Peña Blanca o Caleta de la Chimba.

Su ensueño se ha tornado realidad, de improviso. El cobre del Salar del Carmen descubre su escondido tesoro. Se instala en un rancho de carrizo y en la playa misma. Cuatro burros de su propiedad llevan el mineral hacia la costa y en un bote, El Halcón, así se Llamaba simbólicamente, los embarca a las fundiciones de Cobija o del sur de Chile.

Más adelante se asocia con don José Santos Ossa, el fundador de la industria minera de Antofagasta, que aprendió mucho del chango López, maestro de mineros, primer habitante que fundó su edificio, como el dicta a un amigo al referirse a Antofagasta.

En don José Santos Ossa había, como en López, un hombre práctico unido a un visionario, aunque de superior calidad intelectual.


José Santos Ossa. Recreación de Caminantes del Desierto.


La aventura era su atmósfera habitual, su razón de vivir, pero poseía al mismo tiempo el concreto sentido .de la organización.

En lucha contra la puna y contra la sed logra, finalmente, dominar a esa bestia callada y trágica que es el desierto.

Así nace la Sociedad Explotadora, cuna de la industria chilena en Antofagasta.

Largas filas de carretas comienzan a llegar a la playa del chango López, repletos sus vientres del salitre de la Pampa. Las carpas de sacos parchados de los primeros habitantes se estabilizan en casas de madera y calamina.

Al salitre hay que agregar la plata de Caracoles que hace nacer al puerto, llamado ya Antofagasta en 1870, de una palabra quechua que quiere decir Pueblo del Salar Grande.

En sus comienzos el pobre caserío de Antofagasta fue minero. Recuerda a San Francisco de California, la tierra del oro, por la calidad de sus primeros pobladores, mezcla de aventureros o bandidos y hombres de acción.

Imágenes del antiguo Antofagasta


Así como el jinete y las diligencias, tiradas por varias parejas de caballos, fueron la típica nota de San Francisco, pintado por Bret Harte, la carreta de enormes ruedas, conducida por mulas y el carretero, audaz piloto del desierto, constituyeron la característica de los tiempos heroicos del puerto salitrero.

El roto enganchado en el sur no volvió ya a su tierra. Se transformó en un colonizador audaz, embriagado a veces por la cuantía de sus salarios que lo convirtió en un gran señor de cadena de oro y ojotas.

La atmósfera se prestaba para ello. Todo lo que había en potencia en su naturaleza elemental, apagada por el inquilinaje, sufrió en este ambiente, en desbordado impulso de vida, de irreflexión, de energía poderosa salida repentinamente de madre. Los gestos fanfarrones, desafiantes, típicos de su origen andaluz. Fajos de billetes echados sobre el mesón de la cantina. El corvo “pelado” al menor ademán agresivo. El barril de cerveza que se compra de antemano y que él bebe impertérrito en el dedal de su china, olvidado en el bolsillo de su chaqueta, como en la tragedia alcohólica, en un arranque impulsivo muerde el cartucho de dinamita que despedaza su cráneo en mil trozos sanguinolentos.

Y como una evasión lógica de una raza fuerte, aparece el bandido. El Chichero, entre otros, humilde vendedor de chicha de jora, que en un momento dado se rebela contra el patrón y se echa al desierto, asalta los retazos de carretas, amarrando, como en California, a carreteros y pasajeros, a quienes roba alhajas y dinero. Y como el Chichero, muerto por la policía en las cercanías de Chañaral, el Colorado y Bruno Guerra, célebres en las épocas heroicas de Antofagasta.

Cuando la etapa minera, base de la población, empieza a decaer, la salva de su ruina el salitre que despereza a la ciudad y la hace subir de golpe al máximo de importancia por su población y por la belleza de sus edificios.

Durante algunos años, fue la tercera ciudad de la República, disputando esta categoría a Concepción, la ciudad universitaria.

Plaza Colón de Antofagasta

Los habitantes tuvieron por ella un cariño casi humano, algo así como una pasión morbosa.

Decoraron fastuosamente sus edificios con la prodigalidad del hombre que se enriquece de improviso. Crearon jardines y avenidas, formando terreno vegetal con tierra fértil del sur, donde había piedras y colinas esteparias.

Una muchedumbre febril deambulaba por sus calles y llenaba sus paseos y restoranes.

Hombres recién desembarcados de veleros y vapores de todo el mundo, tozudos alemanes, ágiles ingleses, franceses gesticuladores, yanquis de soberbia contextura y laboriosos yugoslavos.

Oleo de Antofagasta presente en el Museo Regional


Y en los muelles pululantes, entre chirridos de grúas y silbatos de remolcadores, cobrizos rotos, al hombro sacos de salitre, trasladaban la riqueza del desierto a las insaciables bodegas de los barcos, prodigiosa población flotante en la que fue desierta bahía del chango López.

Los extranjeros, sobre todo los norteamericanos, invirtieron ingentes capitales, no solo en la industria del salitre sino en minerales de cobre, como Chuquicamata, ciudad de hierro y electricidad, construida en pleno desierto de Atacama.

Y de improviso, la guerra europea.

El salitre, imprescindible materia prima, sobre todo en los explosivos adquiere un auge fabuloso.

Antofagasta y toda la zona salitrera ven llegar la riqueza, el fantasma de las alas de oro, como un espejismo del desierto, inasible un instante, que toma forma corpórea repentinamente.

Pero todo es ilusorio. Arriba la crisis como una parálisis repentina. Las grandes instalaciones de salitre sintético hacen competencia al salitre natural y esa prodigiosa actividad se apaga poco a poco. Empieza la agonía irremediable.

Dejarán de humear las chimeneas que animaban el desierto con la energía de la conquista humana. Sus fuegos, encendidos día y noche, se apagaron en las calderas centelleantes.

En largas filas abatidas, los obreros y sus familias emprenden el éxodo hacia los puertos. Grandes masas hambrientas, los cesantes, eran embarcados en las cubiertas de los buques para llevarlos a los albergues de Valparaíso y de Santiago.

En el desierto campamento de los pampinos quedaban los animales domésticos, gatos y perros, que volvieron, en medio del desierto, a la vida primitiva.

Muchos fueron ultimados a tiros por los guardianes de las oficinas. Otros, los más fuertes, huían hacia la Pampa, siguiendo la acogedora suavidad de los caminos. Sus esqueletos iban marcando la fortaleza de cada uno de ellos.

Antofagasta se despobló rápidamente. Era como un desangre, no estancado, de su vitalidad.

Obscuro es su porvenir como el de todos los puertos del norte.

Se tejen, en la desesperación, hipótesis halagadoras.

Quizás el ferrocarril que unirá el puerto con las provincias argentinas limítrofes aumente su comercio desfallecido. Quizá el azufre, del cual existen en Ollague inagotables sulfateras, sea su porvenir.

Incluso se ha pensado convertir a Antofagasta en el único puerto del norte, en desmedro de Iquique y demás puertos del desierto.

La misma suerte han corrido los hermanos menores de Antofagasta, Taltal y Chañaral, hijos igualmente del azar de las minas y del repentino crecimiento de sus calichales.

Hombres semejantes, hábiles cateadores, mineros vigorosos, industriales audaces, rotos de soberbio empuje, llevaron la prosperidad a esos puertos, hoy en agonía.

Solo el cobre subsiste de la antigua riqueza y así coma Chuquicamata sostiene en parte a Antofagasta, Potrerillos da vida a Chañaral, el último puerto del desierto.

La época heroica, la etapa de conquista, pasó para siempre. Algunas de sus bahías, Cobija y Caleta Oliva, al sur de Antofagasta, han desaparecido.

Paposo, que era el límite entre Chile y Bolivia antes de la guerra del Pacifico, es hoy una aldea conquistada de nuevo por los descendientes de los changos. Veinte pescadores viven donde fondearon veleros y vapores y se hablaron todas las lenguas de la tierra.

El tiempo, juez sin apelación, dictador irónico del destino de hombres y de pueblos, se complace en volver a las épocas primeras las regiones donde la ambición humana llevó su poderío.

El palacio suntuoso, iluminado por la electricidad, es hoy la choza del pescador, a quien alimentó el mar con sus mariscos y peces nunca agotados.

El ritmo precipitado de esa vida ha muerto. El aventurero, siempre dispuesto a la acción en todas las edades del mundo, emigró hacia las caucheras del Beni y del Brasil.

Solo resta el sedentario comerciante, el burócrata oficial, somnoliento ante el mostrador o el escritorio sin clientes y una masa popular que vive de los despojos de la pasada riqueza; pero la vitalidad creadora de la raza chilena no ha muerto. Solo duerme en espera de nuevas hazañas que realizar en el futuro cada vez más claro de nuestra tierra.


QUIÉN FUE MARIANO LATORRE



Nació en Cobquecura el año 1886.

Mariano Latorre fue un novelista chileno, principal representante junto con Marta Brunet de la corriente literaria llamada “criollista” en Chile. Dejó sus estudios de leyes por la pedagogía, y se recibió de profesor de castellano. Posteriormente dio clases de literatura en la Universidad de Chile, compaginando su labor docente con la actividad literaria, en la que, además de concebir sus propias creaciones, fue requerido con frecuencia para prologar las obras de otros autores y colaborar en revistas y diarios.

Durante treinta años recorrió todo Chile, documentándose respecto a las costumbres, paisajes, flora, fauna, indumentarias, entonaciones del habla, etc. Su obra bebió de la directa observación de la naturaleza, medio que conocía por sus continuas excursiones al campo. Ello le permitió desarrollar una literatura que destacó por una explícita presencia del naturalismo y del costumbrismo, como se apreció ya en su primer título, Cuentos del Maule (1912), libro de relatos en el que empezó a definirse el criollismo que predominó en toda su producción.

Otros títulos del mismo género son Cuna de cóndores (1918), Chilenos del mar (1929), On Panta (1935), Hombres y zorros (1937) y La isla de los pájaros (1955). Entre sus novelas destaca Zurzulita (1920), en la que la protagonista es la cordillera de los Andes, por donde desfilan una serie de personajes, como campesinos, pobres y seres marginados, víctimas de los poderosos elementos de la naturaleza. Otras novelas suyas son Ully (1923) y La paquera (póstuma, 1958).

En 1944, por sus méritos, laboriosidad y su gran contribución al conocimiento de las costumbres, lenguaje y marco natural patrio, le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura. Un año más tarde fue nombrado académico de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile. En el terreno de la diplomacia, Mariano Latorre fue agregado cultural en España, Argentina, Colombia y Bolivia.

En 1971 se publicaron sus ensayos, reunidos bajo el título de Memorias y otras confidencias. Libro del cual sacamos este extracto NOTAS DE LA COSTA NORTE 1971

Murió en Santiago el año 1955


lunes, 21 de mayo de 2018

LA HISTORIA PINTORESCA DE ANTOFAGASTA


Por Antonio Acevedo Hernández.

     Los viejos, sentados a la orilla del mar, queman sus cigarrillos y piensan en las macabras caravanas vestidas de seda, del pecado tan fascinante y tan. fugaz. Se estremecen todavía al recordar a las maravillosas mujeres, venidas desde todos los rincones del mundo, a Antofagasta, a cambiar pecados por oro, a confundir lágrimas con risas, y placer, con muerte.

Plano de Antofagasta 1869

     Ni los marinos que hacían la carrera al norte, orillando las costas de Chile, ni los bolivianos dueños del predio en que se alzaría Antofagasta, tenían la menor idea de que un día seria uno de los puertos más importantes del Pacífico. Antofagasta nacería sobre tierras y mar de La Chimba o Peña Blanca, nombres ya casi olvidados.

     Pero vino un hombre: el Chango López, Juan López. que al decir de la gente informada no era. chango, sino huaso de Copiapó. Lo cierto es que fue ese hombre quien descubrió y habitó, solitariamente, La Chimba, o Peña Blanca. También descubrió el agua de la quebrada de Cerro Moreno, edificó un refugio y se dio a explorar el tremendo desierto que un día tuvo un parto milagroso: entregó el nitrato del Salar del Carmen, y también el Cerro de la Plata rebautizado por los descubridores, con el nombre de Caracoles, una de las riquezas más grandes que ha dado el planeta.

Monumento a Juan López

     El Chango López, el primer habitante de Antofagasta, era minero; en busca de fortuna arribó a esa zona; trabajó desesperadamente, cerca de las manos tuvo la riqueza; la cogió alguna vez, más el destino adverso le impidió cobrar el fruto de su esfuerzo. López fue el símbolo de la mala suerte.

     Unos franceses de apellido Latrille, se enriquecieron explotando las guaneras: don José Santos Ossa y don Francisco Puelma encontraron el salitre y don José Diaz Gana, asociado al barón Guillermo Arnoux de Riviere, el fantástico Cerro de la Piala. Dos expediciones habían practicado en busca del cerro legendario, sin provecho alguno; las manos del destello le hicieron daños estuvo a punto de retroceder; pero determinó hacer una nueva tentativa. El barón Arnoux se fue a Francia, pero dejó el dinero para la nueva Intentona. Y fueron hombres de minas los que encontraron el famoso Cerro de la Plata. Sus nombres hay que anotarlos: el jefe de la expedición fue Simón Saavedra y los acompañantes, Ramón Méndez (Cangalla), José Méndez, Ramón Porras y Ezequiel Reyes. La hazaña se cumplió o debió cumplirse el 13 de mayo de 1881 no siendo segura esa fecha.

José Santos Ossa

Francisco Carabantes

José Díaz Gana

     La voz de la plata se oyó en todos los corazones aventureros: millares de hombres de minas, comerciantes, mujeres y trabajadores inundaron Caracoles. Fueron muchos los pedimentos, muchas las minas. Los senos de la tierra no se cansaban jamás de dar plata. El roto de Chile acudió el primero; no le arredraba el desierto sin agua, quemante en el día, helado en la noche; él reía y cantaba. Los poetas populares hicieron versos elogiando a los descubridores chilenos. Y surgió una copla:

"Viene un enganche y me engancho,
y me voy pa. Caracoles;
y de allí 'traigo hartos soles.
pa' remoler con los Mauchos."

     Se vio de nuevo la avidez de California y Chañarcillo. La voz de la fortuna es cosa de encanto: es dolor, duda, temor y acumulaciones de deseos. ¿La muerte? ¿Qué significa la muerte, si al margen de ella se puede encontrar la fortuna?

     Para llegar a Caracoles, a 180 kilómetros de la costa, había que entrar por Cobija, hoy ciudad muerta; la distancia aparente es corta; pero la ruta, espantosa. Y he aquí cómo Caracoles determinó la creación de Antofagasta, mísera aldea sin porvenir antes de ese descubrimiento.

     Dos hombres animosos, Don Francisco Bascuñán y don Justo Peña, fueron a Caracoles, descubrieron minas y resolvieron lanzarse al desierto en busca de una ruta más corta. Fuerte era la aventura, pero la intentaron. Bajaron la serranía y tomaron un cauce muerto, o tal vez una quebrada, y al cabo de unas peripecias trágicas se encontraron en La Chimba, que después fue Antofagasta, el hogar y la esperanza del Chango López.

     Corto, relativamente, resultó. el camino: los aventureros y los hombres de empresa lo aceptaron; perdió cobija su prestigio y en la tierra del Chango sin tierra, Juan López surgió un poblado que, en muy poco tiempo, sería el floreciente puerto de Antofagasta, con prensa, iglesia, bomberos, escuelas, teatros, industrias, etc.

     Debió fundarse corno aldea en 1868. Es interesante anotar que los tratadistas están en desacuerdo con la fecha de la efectiva fundación de la aldea de Antofagasta y también del puerto.

   El factor más importante en la fundación de Antofagasta fue sin duda el descubrimiento del camino que acortaba la distancia entre la costa y el mineral de Caracoles: pero nadie presintió lo que llegaría a ser.

     Si se considera que en Caracoles la población alcanzó a 20.000 habitantes, que sumados a los del salitre formaron una gran cantidad, y que Antofagasta era una ciudad llena de comercio, debernos admitir que esa gente Invadiría al puerto en busca de esparcimiento. Le era necesario separarse del desierto demoledor, En Antofagasta lo encontraría todo, desde las cosas más apremiantes, hasta el vino y el amor. Por lógica la ciudad debió ser el más resonante sitio de riqueza y vicio.

La Placilla de Caracoles 1873

     Con el descubrimiento de los minerales de Caracoles y Huanchaca, que alzaron sus altos hornos en Antofagasta, que derramaban un río de metal precioso sobre la dudad, vino La edad fantástica, increíble, de la población: envueltos en el brillo del oro, formaron allí su aquelarre los siete pecados capitales.

     El dinero se ganaba a manos Llenas. En verdad, costaba esfuerzo. pero ¿Qué podía importarte al estupendo roto el esfuerzo? Los establecimientos de Huanchaca, Templemann y Caracoles reunían, como se ha dicho, muchos obreros que ganaban mucho dinero y vivían la peor de las vidas. Derrochaban sus ganancias y su salud: estaban desatendidos por las autoridades y eran diezmados por los caciques políticos sin más perspectiva que enriquecer a los ricos y jugar sus vidas con los dados de la muerte.

     La ciudad, en aquel tiempo, semejaba una mancha de sombra Junto a la claridad del océano; parecía un gran pulpo succionador de vidas. Poseía muchas calles, donde vivía la gente de trabajo y los maestros; pero había una nombrada Nuevo Mundo donde medraban las casas de amor, frente a cuyos portales brillaban los más fantásticos faroles.

Plano de Antofagasta 1873

     En toda su extensión reinaban las canciones y las cuecas --- entonces, zamacuecas -- y en todos los sitios la razón suprema era la embriaguez. con su cortejo temible de incoherencias. Los rotos aparecían con los bolsillos rebosantes de monedas, que arrojaban a la calle, como quien dispara pedruscos.

     El más insignificante pedía cien vasos de ponche. El amor iba con el que poseyera más fuerzas o mejor supiera esgrimir el corvo, ese mismo corvo que hiciera célebres a los soldados del Batallón Atacama formado por mineros.

     Hubo pecadoras célebres. Se dice de una que, sorprendida en Santiago buscando esclavas blancas, y a la que, para dejarla en libertad, le exigieron como garantía una crecida suma que no llevaba encima, dejo en prenda sus joyas, avaluadas por la autoridad en 500.000 pesos de aquella moneda en peniques. Ese medio millón representaba, proporcionalmente, trozos de vida del pueblo de Chile, tan sufrido y tan desorientado.

     También las calles 12 de febrero y Angamos. Hoy Manuel Antonio Matta-- lucían esa especie de negocios.

     Y había uno más, un tanto oculto disimulado, que llegó a ser el punto de reunión de toda la ciudad, sin distinción de clases. Llamábase Las Delicias del Canario. Atraía, probablemente, ese nombre, por parecer arrancado de algún relato de piratería. Un día, alguien escribirá la novela de aventuras de Antofagasta y hará una obra de gran palpitación.

     Los viejos, sentados a la orilla del mar, queman sus cigarrillos y piensan en las macabras caravanas vestidas de seda, del pecado tan fascinantes y tan. fugaz. Se estremecen todavía al recordar a las maravillosas mujeres, venidas desde todos los rincones del mundo, a Antofagasta, a cambiar pecados por oro, a confundir lágrimas con risas, y placer, con muerte.
                                                                                                                                     A. A. H.


Antonio Acevedo Hernández






viernes, 31 de marzo de 2017

JOSÉ SANTOS OSSA. UN GIGANTE EN LA HISTORIA DEL DESIERTO


José Santos Ossa

José Santos Ossa en Salar del Carmen (Recreación)

Aventurero y empresario del desierto

     Nació en Huasco el 01 de noviembre de 1827.  Fue hijo de Nicolás Ossa y Varas y de Antonia Vega y Rojas, nieto de José Ramón de Ossa y Mercado y de Melchora de Varas y Noriega. Huérfano a temprana edad, se educó en forma autodidacta. Vivió de allegado en varios hogares de familias vinculadas a la fundición y compra de minerales.

   A los 12 años trabajó para la familia Walker, de Vallenar, donde adquirió sus primeros conocimientos de Química, Mineralogía, Contabilidad, inglés, y su afición por la lectura. En su fundición conoció a Agustín Edwards Ossandón con quien lo uniría tiempo después la fortuna y la amistad.

     Ossa siempre estuvo impulsado por un espíritu aventurero y empresarial, que lo llevó desde muy temprano a buscar todas las posibilidades de negocios. En 1840 se trasladó a Copiapó a trabajar con su tío abuelo Ignacio de Ossa Mercado, quien lo inició en las artes mineralógicas.

     En 1843, a los 16 años, comenzó su vida aventurera, explorando la costa de la provincia de Copiapó, viviendo de la pesca. Posteriormente se dedicó a diversas actividades, de las cuales la principal fue la de empresario minero.

     En 1845 se estableció en el puerto boliviano de Cobija, gracias a la ayuda de Agustín Edwards Ossandón, quien lo apoyó durante toda su vida. Ossa descubrió valiosos yacimientos de guano, que explotó en sociedad con algunos extranjeros, así como minerales de oro, plata y cobre.

     Se casó en 1846 con Melchora Ruiz Correa con quien tuvo 5 hijos: Alfredo Ossa Ruiz, Sergio Ossa Ruiz, Manuel Ossa Ruiz, Carolina Ossa Ruiz, Filomena Ossa Ruiz. Melchora Ruiz murió en 1855 por fiebre amarilla. Se casó por segunda vez en 1861 en Chillán con Delia Borne Riquelme (hija de Vicente Borne Puga y de Juana Riquelme Sepúlveda) con quien tuvo 7 hijos: Samuel Ossa Borne, Sergio Ossa Borne, Elvira Ossa Borne, Sara Ossa Borne, Delia Ossa Borne, José Santos Ossa Borne y Carlos Ossa Borne.

Delia Borne Riquelme y José Santos Ossa

Sus inicios en los negocios

     En Copiapó (1843), en compañía de indígenas changos, Ossa cosechaba un alga de nombre Orchilla en las islas del litoral y la vendía a las industrias tintoreras de la región con buenas utilidades. Con los indígenas supo de las fantásticas historias de las riquezas del desierto.

   Conoció a Diego Dublé de Almeyda, a quien admiró como el arquetipo del aventurero. Juntos emprendieron una expedición al desierto en busca de oro. Fracasaron, y Ossa perdió sus ahorros, pero ganó en conocimiento del territorio de la Cordillera de la Costa. Llegó hasta Iquique donde trabajó como cocinero en una salitrera.

     De vuelta al Sur, se instaló en el puerto boliviano de Cobija a finales de 1845, en la época en que este comenzó a tener un auge económico, con una población de casi 900 personas. Allí se transformó en un hombre de negocios reconocido en la región.

Explotación del Guano

     El aumento de la demanda europea del guano, llevó a Ossa a buscar este recurso, que encontró cerca de Mejillones. Obtuvo el permiso del gobierno de Bolivia para explotarlo en 1849, pero no logró los resultados económicos esperados.

     Viajó a Valparaíso en marzo de 1850 y formó una sociedad limitada con Rodolfo Guyer y Pedro Macrefert, quienes pusieron el capital para los gastos de explotación del guano.

José Santos Ossa en Salar del Carmen (Recreación)

    La muerte de su esposa en 1855, lo afectó profundamente, desintegrando momentáneamente a su familia. Trasladó a sus hijos a Freirina.

     Reinstalado en Cobija inició una febril actividad de exploraciones al desierto en distintas direcciones, y benefició minerales. Además, con una máquina se dedicó a destilar agua de mar para el consumo del puerto. En abril de 1860, estando de exploración al sur de Cobija, descubrió salitre, pero conservó el secreto.

     Los dos primeros años de explotación de los depósitos de guano en Paquica le permitieron formar una poderosa fortuna.

     Con su fortuna, Ossa pudo volver a Freirina a reunirse con su familia y comenzó a planificar sus nuevos proyectos comerciales. Dejó a sus hijos en el Colegio Inglés de Valparaíso y viajó a Chillán en 1861, desde donde expandió sus negocios entre Arica y Tomé. Se vinculó al negocio banquero, maderero y de pertrechos mineros.

¿Cómo era él?

     José Santos Ossa era de estatura mediana, corpulento, de cabello negro y abundante barba. Acostumbraba a vestir de negro, casi invariablemente de levita; el cuello de la camisa recto, cerrado por la corbata de seda, angosta, con nudo de rosa.

José Santos Ossa en Salar del Carmen (Recreación)

Una tragedia familiar

      La crisis económica de 1861 le hizo perder sus propiedades y sus activos. Regresó a Cobija a comenzar todo nuevamente. Fue nombrado cónsul honorario de Chile en territorio boliviano, y sus hijos volvieron de Europa, donde los había enviado a estudiar.

     Viajó a La Paz a hablar con el Presidente boliviano Mariano Melgarejo sobre las condiciones que necesitaba para explotar el salitre que había encontrado.

     En 1863 inició nuevas exploraciones al desierto en busca de yacimientos de plata, para reunir capital, pero sufrió una nueva tragedia: el 10 de diciembre de 1865 se quemaron su casa y sus bodegas de trabajo, donde tenía las maquinarias y maderas.

     Viajó entonces a Valparaíso para encargar maderas para rehacer su casa y una nueva máquina para destilar agua, ya que había perdido la suya en el incendio. Regresó a Cobija y continuó embarcando cobre para la firma Edwards, recibiendo la ayuda de amigos para pagar sus deudas.

Volver a empezar

    Con su bien guardado secreto sobre los depósitos de salitre, a mediados del año 1866 Ossa realizó una expedición a la región antofagastina. Tras innumerables peligros y privaciones, descubrió los salares de la zona de Aguas Blancas. El gobierno boliviano le entregó dos terrenos en concesión: uno para explotar el Salar El Carmen y otro en la caleta La Chimba.

   En 1875, con 48 años, realizó su última gran aventura: explorar las Islas Desventuradas, que probablemente contenían guano. Luego viajó a las islas San Félix y San Ambrosio, donde había tan mal tiempo, que contrajo una pulmonía que se agravó en el viaje de regreso, falleciendo en alta mar el 5 de agosto de 1878. Sus restos fueron enterrados en la Recoleta Franciscana de Santiago el 13 de agosto de 1878.

Mausoleo de Ossa en el Cementerio General de Santiago-Chile


Placa Conmemorativa


Fuente: Cristián Guerrero Lira, Fernando Ramírez Morales e Isabel Torres Dujisin.