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martes, 5 de mayo de 2026

JUAN LÓPEZ EL PIONERO

 

Juan López. El Pionero

Entre Menosprecios y Menoscabos


Yo cuento en mi poder con una roca que contiene cobre y fue encontrada por la Quebrada Mateo, donde tenía sus vetas el primer habitante de Antofagasta. A esta roca le puse por nombre Juan López ¿Con eso basta para decir que López tiene otro memorial en Antofagasta?

Partamos por el inicio, como diría todo buen hijo de vecino (a).


Tratado de límites entre la República de Chile i la de Bolivia. 13 de diciembre 1866.

 

JOSÉ JOAQUIN PÉREZ,


PRESIDENTE DE LA REPUBLICA DE CHILE.

ARTÍCULO VII.


En atención a los perjuicios que la cuestión de límites entre Chile i Bolivia ha irrogado, según es notorio, a los individuos que, asociados, fueron los primeros en esplotar seriamente las huaneras de Mejillones, i cuyos trabajos de explotación fueron suspendidos por disposición de las autoridades de Chile en 17 de febrero de 1863, las Altas Partes contratantes se comprometen a dar, por equidad, a los espresados individuos una indemnización de ochenta mil pesos, pagadera con el diez por ciento de los productos líquidos de la aduana de Mejillones.

 

(Cita textual. Significa que se copió tal cual estaba en el tratado)

(Mis disculpas a los que entendieron. Esta explicación va para aquellos que luego dicen que cometemos faltas de ortografía. Hay varios)

 

De nuestra consideración:

 

Estimamos que este punto guarda relación directa con la sociedad establecida por Juan Garday, Juan López (No dice en parte alguna Chango López, para los jaliscos) y Matías Torres.

 

Nos han explicado, en múltiples oportunidades, que Juan López arribó a las costas de lo que él denominó Peña Blanca -actual Antofagasta- en procura y espera de la compensación de la cual se creía merecedor por los gastos realizados y las energías brindadas al derrotero del Morro de Mejillones, ante el descubrimiento y explotación del guano rojo. Esta explotación se vio truncada por arbitrios del Gobierno de Chile y disputas territoriales con el Gobierno de Bolivia.

 

Las vicisitudes de López quedan registradas en una carta memorial, en la cual da cuenta al presidente de Bolivia que fue él quien descubrió las Guaneras de Mejillones, constituyéndose así en “la piedra angular” del nacimiento de Antofagasta y Mejillones, en compensación, solicita un terreno en el centro de Mejillones y un trabajo en la Aduana Interventora.


Pues bien, esa carta nunca llegó al presidente. Aparentemente quedó en poder del edil Matías Rojas (según algunos), posteriormente pasó a Pedro Pablo Figueroa y finalmente a Isaac Arce Ramírez, en cuyos archivos fue redescubierta a fines de los 70. ¿Qué motivos podrían haber llevado a la autoridad municipal para no enviar –y retener- una carta entregada de forma oficial, sino los propios intereses?

 

Por último y no menos importante.

 

Nos indica el Señor Wilfredo Santoro Cerda (opinión en la que estamos totalmente de acuerdo):

 

Hay un elemento en la literatura de Isaac Arce que representa un estigma para López. Será el prestigioso historiador en su obra “Narraciones Históricas de Antofagasta” quien proyectará profusamente el apodo “chango”. Tal calificativo fue utilizado en forma despectiva y pareciera tener su origen en el círculo íntimo de José Santos Ossa. (Ossa fue testigo de la cercanía de López con los nativos asentados en esta parte del territorio y es muy probable que López, hablase su idioma.

 

Sintetizando, dos errores –si es que lo fueron- y una práctica no usual provocaron un grave perjuicio en la figura histórica de Juan López. El primer error es señalar que alguien le escribió el memorial, citando como fuente un diario que no dice eso (hay copias de aquello). El segundo error es quitarle la calidad de empresario y decir que era un simple cateador, aunque el tema de su empresa se trató en el Congreso, inclusive. Por último, no es habitual tratar a grandes personalidades con apodos, más aún si son despectivos. Dar la impresión de que no era capaz de escribir, de que no era empresario y tratarlo de "chango" –en una época en que éstos eran considerados seres inferiores- contribuyó a su difamación histórica.

 

No tenemos referencias, pero se presume a leguas.

 

A López jamás se pagó compensación alguna ya que, estaba -primeramente- en manos de Bolivia (por tratado) y luego, con la reivindicación del territorio, en manos del Estado Chileno.

 

Ni siquiera en nuestra propia ciudad se le ha dado el reconocimiento debido. Incluso el mencionado Matías Rojas, quién -presumiblemente- lo perjudicó notablemente, tiene una calle con su nombre ¿y Juan López no? Alguien nos decía que hay una población llamada “Chango López” y que eso debería contar como homenaje pero, ¿es así? ¿Podemos considerarlo “homenaje” cuando se está empleando el mote que algunos arteramente le pusieron?

También se dice que, hay un balneario con su nombre -en caleta Abtao- y con eso basta.

 

Si Ossa es recordado con una calle en pleno centro de Antofagasta, ¿por qué no hacer lo mismo con Juan López? Ni San Martín ni Washington hicieron nada por esta ciudad, bien podría nuestro municipio considerar el cambio de nombre de alguna de esas arterias, reconociendo –por fin y después de tanto tiempo- su relevancia en la historia regional.

 

 

Según este humilde escribano:

 

Bastarían dos acciones para resarcir el honor y preservar la historia.

 

Lo primero: Dejar de usar la palabra «Chango» con Juan López. No le busquen caminos alternativos, la palabra Chango fue impuesta por los españoles y tiene un solo significado.

 

Segundo: Recuperar la carta memorial y ponerla a resguardo en el lugar donde se resguarda, se atesora y se muestra la historia, en el Museo de Antofagasta. 

La historia de Antofagasta debe estar visible para los antofagastinos.



 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

LAS GUANERAS DE MEJILLONES

 

Las Guaneras de Mejillones

 

Reivindicación. Repita conmigo

¿Algo en su interior no lo permite?


Si miras desde Mejillones, al sur, desde las altas cumbres, verás Antofagasta, aquella que en su origen llevó por nombre «La Chimba» palabra Quechua que significa (entre muchas acepciones) «Del otro lado» porque Antofagasta está al otro lado del territorio costero. (Cuando me lo explicaron a mí, me gustó)

 

Saludos estimadas y estimados amigos. Bienvenidas y bienvenidos a nuestra nueva entrega histórica, algo simple y comprensible para todos.

 

Pues bien. Fue Don Benjamín Subercaseaux quién nos habló de Chile o una loca geografía, y nos quedamos tan solo con el título ya que, encontramos el territorio -de la loca geografía- y este se encuentra en la comuna de Mejillones.

 

Es así, Chile se muestra y se explica como una delgada y extensa franja de tierra rodeada por el Océano Pacífico, la Cordillera de los Andes, el Desierto de Atacama y los hielos eternos de la Antártida; es, como sabemos, angosta y larga salvo en la Región de Antofagasta y, más específicamente, en el territorio costero de la Comuna de Mejillones. En este lugar, que pueden verificar en los mapas, se presenta una gran irregularidad en el trazado rectilíneo de la costa de Chile septentrional. Esta irregularidad -por si no la conocen- tiene forma de una meseta marina –muy amplia- que sube desde unos 30 m sobre el mar hasta una media de 120 m, con partes que alcanzan hasta 200 m.

 

Por su posición correspondería a la terraza principal de la costa y está cubierta por una capa de gran espesor de conchuela, que no deja lugar a dudas acerca de su origen como antiguo fondo de un mar -poco profundo- en el que abundaban los peces y mariscos y, por consiguiente, donde debe haber existido abundante alimentación para las aves guaneras.

 

¿Cuándo se levantó este fondo marino? Eso lo dejaremos para una próxima oportunidad, ya que el tema del que queremos hablar hoy son las guaneras de Mejillones.

 

Sobre el Guano en Mejillones

 

Las guaneras de Mejillones fueron descubiertas relativamente tarde, sólo en 1862, por los chilenos Matías Torres y Juan López, residentes en Tocopilla. Este atraso –en comparación con las otras guaneras- no puede sorprendernos, en vista de su situación a más de 500 m. de altura, casi en la cumbre de los cerros, mientras que las demás se hallaban todas a orillas del mar y a poca altura. En el plano que anexamos, plano que fue levantado por el Dr. Krull a fines del siglo pasado, se ha indicado un gran número de terrazas marinas que -según él- corresponderían a diferentes solevantamientos del continente. Pero, en realidad, uno de los escalones más importantes que separa la meseta del Morro de la meseta más baja de las Tetas, es un precipicio de falla, como puede deducirse de su unión con el otro gran precipicio de falla que constituye el largo borde oriental de toda la larga meseta de Mejillones. Por esto, la ancha terraza en que se levantan las dos Tetas, es la continuación del zócalo alto que forma la base del Morro y tanto este Morro como las Tetas constituyeron islas en el mismo mar y al mismo tiempo geológico.


Como un dato anecdótico, pero importante: Nosotros no hablamos del “Chango López”. Hablamos de Juan López. El tiempo y las pruebas (los escritos) han puesto en su sitial a este pionero y han revelado que no era un simple cateador o un chango, como mascullan algunos peyorativamente; López era letrado y un emprendedor, poco afortunado y/o traicionado, pero un visionario al fin y al cabo.

 

 

Vamos con algo de historia:

 

Entre 1838 y 1839, Domingo Latrille descubre y explota guano blanco en la ensenada e islotes aledaños a Punta Angamos. Tal actividad genera la dictación de una Ley, el año 1841, mediante la cual Chile define como su frontera norte el paralelo 23. El presidente de Chile, Manuel Bulnes, envió expertos a reconocer la costa atacameña. De esto dio cuenta al Congreso en un mensaje dirigido el 13 de julio de 1842, en que informaba que juzgó:

 

«Necesario mandar una comisión exploradora a examinar el litoral comprendido entre el puerto de Coquimbo y el morro de Mejillones con el fin de descubrir si en el territorio de la República existían algunas guaneras cuyo beneficio pudiera proporcionar un ramo nuevo de ingreso a la hacienda pública» Manuel Bulnes.

 

Como resultado de dicha investigación, se dictó la ley de 13 de octubre de 1842, que declaró de propiedad nacional las guaneras al sur de la bahía de Mejillones, y que dispuso que ningún barco podría cargar este producto sin permiso de las autoridades chilenas. Se facultaba además al Presidente de la República para gravar la exportación del guano con derechos de aduana.

 

Mejillones nació oficialmente el 24 de diciembre de 1862 cuando el Gobierno chileno otorga terrenos en el sector de La Caleta a la sociedad guanífera conformada por Juan López, Matías Torres y Juan Garday.

 

El año 1856 se habían agotado los yacimientos hasta entonces conocidos, pero el año 1862 Juan López descubre guano rojo en la cima del cerro de Mejillones, conocido como "el Morro". Junto a Matías Torres y Juan Garday forman una sociedad que explota estos yacimientos, pero el 17 de febrero de 1863 el Gobierno chileno le revoca los permisos, debido a reclamaciones de Bolivia.

 

El año 1866, Chile y Bolivia llegan a un acuerdo (para que ciudadanos españoles no sigan surtiendo a la armada española por Cobija) mediante el cual Chile retrocede desde el paralelo 23 al 24, entregando a Bolivia la soberanía de Mejillones y Antofagasta. A su vez se define una repartición común de impuestos a la explotación de guano, salitre y otras sustancias entre los paralelos 23 y 25 (Tratado de la medianería), por lo cual se construye una aduana interventora en Mejillones.

 

En 1874, dicho tratado es reemplazado por otro que elimina el concepto de medianería, con la sola excepción de que Bolivia se compromete a no modificar los gravámenes a productos de compañías chilenas por 25 años. Tras un cambio de gobierno, en 1878 Bolivia establece un impuesto de 10 centavos al quintal de salitre, lo que a juicio de Chile quebranta el Tratado y hace exigible su retorno a las antiguas fronteras, en el paralelo 23. El 14 de febrero de 1879 las tropas chilenas desembarcan, reivindicando Antofagasta y Mejillones, iniciándose así la Guerra del Pacífico. Esta invasión gatilla un tratado de defensa recíproca suscrito secretamente entre Perú y Bolivia, por lo cual este país también ingresa a la Guerra.

 

Se cree que el primer plano de Mejillones como ciudad puerto fue diseñado por Ramón González, aunque también se baraja la opción de que realmente pudo ser diseñado por el Capitán de Puerto y Jefe del Resguardo Marítimo de ese entonces Capitán Juan Forestal. Este plano de 35 manzanas, ordenadas según el diseño español de damero, tiene fecha de 1871 en el libro “Mejillones, un pueblo con historia”, aunque también se baraja la opción de que el plano sea aproximadamente de 1867.


Tras este diseño, viene el ambicioso proyecto del ingeniero chileno Hugo Reck en 1873. Este proyecto de 680 manzanas debía reemplazar a la destrozada ciudad de Cobija, mas, producto de la Guerra y de otras causas externas, el proyecto no se pudo llevar a cabo.

 

Las Guaneras de Mejillones

(Aquello de su historia y puesta en valor)

 

No es que nos costara entender aquello de la puesta en valor de un territorio que sólo contiene vestigios, vestigios que son -más que todo- movimientos de piedras y de tierra, cuevas, alguna que otra pirca habitacional semi destruida, restos de utensilios, de ropa, calzado, etc., pero sólo cuando nos dimos a la tarea de visitar dichos lugares, encontramos el verdadero sentido de esa propuesta, aquello de salvaguardar, proteger, educar, mostrar, transmitir. En la loca geografía del Morro de Mejillones (Morro del Guano) y Punta Angamos, se percibe con claridad el pasado, este se encuentra ahí con las enormes estructuras (bases) por donde circularon los andariveles con que bajaban el Guano a caleta Ño Robles, un espacio creado para albergar una población entre el mar y los abismos, modelado por el agua y el viento, que vienen desde la meseta superior. Paredones infranqueables, peñones imponentes que nuestros connacionales supieron domar para extraer el tesoro más preciado de aquel entonces: las fecas de las aves marinas, el guano, aquel que revivía y revitalizaba los moribundos suelos de Europa.

 

En este territorio no solo ha existido un tiempo de ocupación y de explotación, vestigios (encontrados y dejados en el mismo lugar) nos indican que no se detuvo totalmente. Puede que su inicio y auge hayan comenzado por el año 1862, pero aún hoy, 160 años después, se sigue extrayendo guano en las laderas del Morro de Mejillones.

 

Pues bien, en honor a vuestro tiempo. Dejamos dos links que resultan de importancia para entender la geología y el establecimiento de las Guaneras de Mejillones,. El primero es de la Sociedad Garday-López, defensa de las Guaneras y el segundo es del Doctor Juan Brüggen y su geología de las Guaneras en Chile.

 

Las Huaneras de Mejillones (Textual)

 

https://libros.uchile.cl/files/presses/1/monographs/399/submission/proof/files/assets/common/downloads_847a3ed6/Las%20huaneras%20de%20Mejillones.pdf


 

Geología de las Guaneras de Chile

 

https://www.memoriachilena.gob.cl/archivos2/pdfs/MC0064446.pdf


































 


viernes, 13 de noviembre de 2020

NOTAS DE ANTOFAGASTA. MARIANO LATORRE

Es claro que Antofagasta tuvo un comienzo (un inicio, un poblamiento. 1866), pero muy pocos conocen a la gente que pobló esta tierra y que nos brindó un regalo único, una maravillosa identidad de desierto, de esfuerzo, de gallardía y de indómito carácter.

El que llegó a estas tierras (luego de viajar cientos o miles de kilómetros) no vino por una promesa vana (míseras dádivas) o por un espacio en el cielo.

El hombre y la mujer que llegaron a este terruño venían a forjarse un porvenir basado en su propio esfuerzo.


¿Cuándo se acabó aquello? ¿Cuándo nos venció el centralismo? ¿Habrá sido en los tiempos cuando las autoridades (electas o impuestas) dejaron de pensar en región y se entregaron a sus propios intereses políticos y/o partidistas? o tal vez cuando los locales (Los antiguos antofagastinos) se fueron al descanso eterno y dejaron (en su lugar) a la nuevas generaciones, e inclusive, algunos aseguran que esto sucedió cuando las mineras prefirieron a los foráneos por sobre nuestra gente sin que nadie levantase la voz, etc, etc, etc.

Independiente de lo anterior, nos cambiaron, nos hicieron olvidar nuestra historia y nos hicieron creer que siempre hemos sido parte (sumisa) de la estrella unitaria (una sola bandera).

Sin los antiguos, sin nuestra identidad y sin historia - por la cual sentir orgullo - solo queda lo que hoy vemos.

Oleo de la primera Municipalidad. 

Presente en el Museo Regional de Antofagasta


Pero vamos con los que saben, vamos con la historia.



MEMORIAS Y OTRAS CONFIDENCIAS

De: Mariano Latorre


NOTAS DE LA COSTA NORTE 1971


No es la costa que se extiende desde Arica a Caldera la verdadera costa de nuestro país.

Los cerros de la cordillera del litoral, en la costa central de Chile, aunque ásperos y pobres, se visten a la llegada de la primavera de un tapiz de risueños verdores que salpica la policromía de miles de flores anónimas y hasta las rocas, hundidas en el mar, las decoran aceitosas y movibles trolas de cochayuyos o la masa verde de los luches o luchecillos, paraíso de corvinas y cachambas (Lisas).

La costa norte fue poblada casi en su totalidad por chilenos, venidos de todas partes, especialmente de Atacama y Coquimbo.

Su entrada a la vida civilizada es la expansión natural de una raza fuerte y dominadora.

El precoz florecimiento de sus puertos principales, sobre todo Antofagasta, se debe al músculo del minero, desprejuiciado y audaz, a la resistencia broncínea del barretero y el desripiador pampino y a la pupila de águila del cateador que recorrió las huellas del desierto y la cordillera y supo encontrar la riqueza, prendido a su pupila alucinada un retazo de espejismo, y en el corazón un temple de voluntad más rico que los mismos metales descubiertos.

Al servicio de capitales chilenos, primero y de extranjeros más adelante, la potencia inagotable de nuestra raza creó la riqueza y atrajo hacia esas zonas el comercio del mundo, como las ciudades del sur, al derribar la selva secular, fueron hijas del hachero criollo, emigrado de Chillán, Llanquihue y Chiloé en busca de un trozo de tierra que la suerte le negó en su calidad de inquilino.

Un sucederse de cerros muertos, fantásticamente policromados de verde, rojo y azul, es la costa del norte hasta las cercanías de Coquimbo.

En vano un sol bruñido y siempre presente, aloja las deshollejadas jorobas con las lloviznas de oro de sus rayos.

Salvo en los oasis del interior, Pica y Chiu-Chiu, la tierra no responde al agobio fecundador de su luz.

Gris en las camanchacas matinales, de una rojez de greda quemada en la limpieza de los prolongados atardeceres, dormitan esos cerros, en cuya entraña se han cuajado los metales más ricos de la tierra sin que turbe su modorra el más mínimo signo de vida.

El vuelo blanco de gaviotas y garumas y el lento desfile de los alcatraces a lo largo de la costa, pone allí una nota de movimiento y el mar barnizado de sol, hirviente de peces, es más acogedor y menos hosco que ese muerto encadenamiento de ondulaciones, chorreadas de sal

Antofagasta, próspera y moderna, es un oasis civilizado en medio de cerros abruptos y colinas minerales. Es como el espejismo del cateador y del dinámico industrial que se unió a él.

Ingleses, yugoslavos y norteamericanos vinieron después, cuando la población ya vivía rica y floreciente, preñada de porvenir.

Sus capitales, sus máquinas y su esfuerzo no es posible negarlo, germinaron en el terreno, ya preparado por nuestra raza en tiempos anteriores, con la sangre de su cuerpo y la energía de su espíritu.

Caleta de la Chimba se la llamó en los primeros tiempos y, sin embargo, su soledad y su esperanza modelaron la extraordinaria figura de aquel chileno, Juan López, el chango López, su fundador, su primer habitante y su primer industrial, al descubrir las guaneras del Morro de Mejillones.


Oleo de López. Museo Regional de Antofagasta

Había en López un inagotable espíritu de acción. De las mejores substancias de nuestra raza estaba formado. Fuerza física y entereza constituían sus características de luchador. La adversidad no lo amedrentó jamás. Así, al no encontrar ni guano ni minerales en la costa que va de Cobija a Antofagasta, no titubeó en embarcarse para las guaneras del Perú a ganarse la vida.

Y además un soñador, enamorado del desierto, que ponía alas a su dinamismo siempre activo.

Hay un instante en que, vencido, se vuelve al sur. Pero inesperadamente la imaginación enciende de nuevo su voluntad dormida y Juan López se establece para siempre en la playa de Peña Blanca o Caleta de la Chimba.

Su ensueño se ha tornado realidad, de improviso. El cobre del Salar del Carmen descubre su escondido tesoro. Se instala en un rancho de carrizo y en la playa misma. Cuatro burros de su propiedad llevan el mineral hacia la costa y en un bote, El Halcón, así se Llamaba simbólicamente, los embarca a las fundiciones de Cobija o del sur de Chile.

Más adelante se asocia con don José Santos Ossa, el fundador de la industria minera de Antofagasta, que aprendió mucho del chango López, maestro de mineros, primer habitante que fundó su edificio, como el dicta a un amigo al referirse a Antofagasta.

En don José Santos Ossa había, como en López, un hombre práctico unido a un visionario, aunque de superior calidad intelectual.


José Santos Ossa. Recreación de Caminantes del Desierto.


La aventura era su atmósfera habitual, su razón de vivir, pero poseía al mismo tiempo el concreto sentido .de la organización.

En lucha contra la puna y contra la sed logra, finalmente, dominar a esa bestia callada y trágica que es el desierto.

Así nace la Sociedad Explotadora, cuna de la industria chilena en Antofagasta.

Largas filas de carretas comienzan a llegar a la playa del chango López, repletos sus vientres del salitre de la Pampa. Las carpas de sacos parchados de los primeros habitantes se estabilizan en casas de madera y calamina.

Al salitre hay que agregar la plata de Caracoles que hace nacer al puerto, llamado ya Antofagasta en 1870, de una palabra quechua que quiere decir Pueblo del Salar Grande.

En sus comienzos el pobre caserío de Antofagasta fue minero. Recuerda a San Francisco de California, la tierra del oro, por la calidad de sus primeros pobladores, mezcla de aventureros o bandidos y hombres de acción.

Imágenes del antiguo Antofagasta


Así como el jinete y las diligencias, tiradas por varias parejas de caballos, fueron la típica nota de San Francisco, pintado por Bret Harte, la carreta de enormes ruedas, conducida por mulas y el carretero, audaz piloto del desierto, constituyeron la característica de los tiempos heroicos del puerto salitrero.

El roto enganchado en el sur no volvió ya a su tierra. Se transformó en un colonizador audaz, embriagado a veces por la cuantía de sus salarios que lo convirtió en un gran señor de cadena de oro y ojotas.

La atmósfera se prestaba para ello. Todo lo que había en potencia en su naturaleza elemental, apagada por el inquilinaje, sufrió en este ambiente, en desbordado impulso de vida, de irreflexión, de energía poderosa salida repentinamente de madre. Los gestos fanfarrones, desafiantes, típicos de su origen andaluz. Fajos de billetes echados sobre el mesón de la cantina. El corvo “pelado” al menor ademán agresivo. El barril de cerveza que se compra de antemano y que él bebe impertérrito en el dedal de su china, olvidado en el bolsillo de su chaqueta, como en la tragedia alcohólica, en un arranque impulsivo muerde el cartucho de dinamita que despedaza su cráneo en mil trozos sanguinolentos.

Y como una evasión lógica de una raza fuerte, aparece el bandido. El Chichero, entre otros, humilde vendedor de chicha de jora, que en un momento dado se rebela contra el patrón y se echa al desierto, asalta los retazos de carretas, amarrando, como en California, a carreteros y pasajeros, a quienes roba alhajas y dinero. Y como el Chichero, muerto por la policía en las cercanías de Chañaral, el Colorado y Bruno Guerra, célebres en las épocas heroicas de Antofagasta.

Cuando la etapa minera, base de la población, empieza a decaer, la salva de su ruina el salitre que despereza a la ciudad y la hace subir de golpe al máximo de importancia por su población y por la belleza de sus edificios.

Durante algunos años, fue la tercera ciudad de la República, disputando esta categoría a Concepción, la ciudad universitaria.

Plaza Colón de Antofagasta

Los habitantes tuvieron por ella un cariño casi humano, algo así como una pasión morbosa.

Decoraron fastuosamente sus edificios con la prodigalidad del hombre que se enriquece de improviso. Crearon jardines y avenidas, formando terreno vegetal con tierra fértil del sur, donde había piedras y colinas esteparias.

Una muchedumbre febril deambulaba por sus calles y llenaba sus paseos y restoranes.

Hombres recién desembarcados de veleros y vapores de todo el mundo, tozudos alemanes, ágiles ingleses, franceses gesticuladores, yanquis de soberbia contextura y laboriosos yugoslavos.

Oleo de Antofagasta presente en el Museo Regional


Y en los muelles pululantes, entre chirridos de grúas y silbatos de remolcadores, cobrizos rotos, al hombro sacos de salitre, trasladaban la riqueza del desierto a las insaciables bodegas de los barcos, prodigiosa población flotante en la que fue desierta bahía del chango López.

Los extranjeros, sobre todo los norteamericanos, invirtieron ingentes capitales, no solo en la industria del salitre sino en minerales de cobre, como Chuquicamata, ciudad de hierro y electricidad, construida en pleno desierto de Atacama.

Y de improviso, la guerra europea.

El salitre, imprescindible materia prima, sobre todo en los explosivos adquiere un auge fabuloso.

Antofagasta y toda la zona salitrera ven llegar la riqueza, el fantasma de las alas de oro, como un espejismo del desierto, inasible un instante, que toma forma corpórea repentinamente.

Pero todo es ilusorio. Arriba la crisis como una parálisis repentina. Las grandes instalaciones de salitre sintético hacen competencia al salitre natural y esa prodigiosa actividad se apaga poco a poco. Empieza la agonía irremediable.

Dejarán de humear las chimeneas que animaban el desierto con la energía de la conquista humana. Sus fuegos, encendidos día y noche, se apagaron en las calderas centelleantes.

En largas filas abatidas, los obreros y sus familias emprenden el éxodo hacia los puertos. Grandes masas hambrientas, los cesantes, eran embarcados en las cubiertas de los buques para llevarlos a los albergues de Valparaíso y de Santiago.

En el desierto campamento de los pampinos quedaban los animales domésticos, gatos y perros, que volvieron, en medio del desierto, a la vida primitiva.

Muchos fueron ultimados a tiros por los guardianes de las oficinas. Otros, los más fuertes, huían hacia la Pampa, siguiendo la acogedora suavidad de los caminos. Sus esqueletos iban marcando la fortaleza de cada uno de ellos.

Antofagasta se despobló rápidamente. Era como un desangre, no estancado, de su vitalidad.

Obscuro es su porvenir como el de todos los puertos del norte.

Se tejen, en la desesperación, hipótesis halagadoras.

Quizás el ferrocarril que unirá el puerto con las provincias argentinas limítrofes aumente su comercio desfallecido. Quizá el azufre, del cual existen en Ollague inagotables sulfateras, sea su porvenir.

Incluso se ha pensado convertir a Antofagasta en el único puerto del norte, en desmedro de Iquique y demás puertos del desierto.

La misma suerte han corrido los hermanos menores de Antofagasta, Taltal y Chañaral, hijos igualmente del azar de las minas y del repentino crecimiento de sus calichales.

Hombres semejantes, hábiles cateadores, mineros vigorosos, industriales audaces, rotos de soberbio empuje, llevaron la prosperidad a esos puertos, hoy en agonía.

Solo el cobre subsiste de la antigua riqueza y así coma Chuquicamata sostiene en parte a Antofagasta, Potrerillos da vida a Chañaral, el último puerto del desierto.

La época heroica, la etapa de conquista, pasó para siempre. Algunas de sus bahías, Cobija y Caleta Oliva, al sur de Antofagasta, han desaparecido.

Paposo, que era el límite entre Chile y Bolivia antes de la guerra del Pacifico, es hoy una aldea conquistada de nuevo por los descendientes de los changos. Veinte pescadores viven donde fondearon veleros y vapores y se hablaron todas las lenguas de la tierra.

El tiempo, juez sin apelación, dictador irónico del destino de hombres y de pueblos, se complace en volver a las épocas primeras las regiones donde la ambición humana llevó su poderío.

El palacio suntuoso, iluminado por la electricidad, es hoy la choza del pescador, a quien alimentó el mar con sus mariscos y peces nunca agotados.

El ritmo precipitado de esa vida ha muerto. El aventurero, siempre dispuesto a la acción en todas las edades del mundo, emigró hacia las caucheras del Beni y del Brasil.

Solo resta el sedentario comerciante, el burócrata oficial, somnoliento ante el mostrador o el escritorio sin clientes y una masa popular que vive de los despojos de la pasada riqueza; pero la vitalidad creadora de la raza chilena no ha muerto. Solo duerme en espera de nuevas hazañas que realizar en el futuro cada vez más claro de nuestra tierra.


QUIÉN FUE MARIANO LATORRE



Nació en Cobquecura el año 1886.

Mariano Latorre fue un novelista chileno, principal representante junto con Marta Brunet de la corriente literaria llamada “criollista” en Chile. Dejó sus estudios de leyes por la pedagogía, y se recibió de profesor de castellano. Posteriormente dio clases de literatura en la Universidad de Chile, compaginando su labor docente con la actividad literaria, en la que, además de concebir sus propias creaciones, fue requerido con frecuencia para prologar las obras de otros autores y colaborar en revistas y diarios.

Durante treinta años recorrió todo Chile, documentándose respecto a las costumbres, paisajes, flora, fauna, indumentarias, entonaciones del habla, etc. Su obra bebió de la directa observación de la naturaleza, medio que conocía por sus continuas excursiones al campo. Ello le permitió desarrollar una literatura que destacó por una explícita presencia del naturalismo y del costumbrismo, como se apreció ya en su primer título, Cuentos del Maule (1912), libro de relatos en el que empezó a definirse el criollismo que predominó en toda su producción.

Otros títulos del mismo género son Cuna de cóndores (1918), Chilenos del mar (1929), On Panta (1935), Hombres y zorros (1937) y La isla de los pájaros (1955). Entre sus novelas destaca Zurzulita (1920), en la que la protagonista es la cordillera de los Andes, por donde desfilan una serie de personajes, como campesinos, pobres y seres marginados, víctimas de los poderosos elementos de la naturaleza. Otras novelas suyas son Ully (1923) y La paquera (póstuma, 1958).

En 1944, por sus méritos, laboriosidad y su gran contribución al conocimiento de las costumbres, lenguaje y marco natural patrio, le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura. Un año más tarde fue nombrado académico de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Chile. En el terreno de la diplomacia, Mariano Latorre fue agregado cultural en España, Argentina, Colombia y Bolivia.

En 1971 se publicaron sus ensayos, reunidos bajo el título de Memorias y otras confidencias. Libro del cual sacamos este extracto NOTAS DE LA COSTA NORTE 1971

Murió en Santiago el año 1955