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sábado, 14 de junio de 2025

LAS FLORES SECAS

Las Flores Secas

(En Recuerdo)

"Díganles, a los que me esperaron, que aquí quedé, bajo este suelo, bajo este sol"


Pareciera ser que, en algún momento no tan lejano, alguien se acordó de ellos, y se acercó a poner flores en algunas de las tumbas. No en todas, ni en muchas, ni tampoco una gran cantidad de flores. No, tan sólo en una que otra, afirmadas como fuera posible en las cruces o depositadas sobre alguno de esos túmulos difusos que débilmente señalan a los muertos.

 

Acompáñennos en nuestro recorrido:

 

Nos adentramos por el vasto desierto, como es nuestra costumbre, a buscar y descubrir nuevos derroteros, en nuestra insaciable búsqueda por conocer la región.

Teníamos planes, por cierto, pero no es extraño -a nuestros viajes- que esos planes se cambien, a veces, a último minuto o en cualquier momento después de empezado éste, de igual manera, no es raro que nos encontremos con algo extraño o novedoso que nos haga olvidar lo presupuestado y cambiar nuestros objetivos.

 

Pues bien, así nos pasó en la última salida. Íbamos pasando por un camino que ya habíamos recorrido antes, pero en sentido inverso y en aquella primera vez no vimos nada que nos llamara la atención, pero ahora, al pasar por allí en sentido inverso, algo despertó nuestro interés. Lo que parecían ser -tan solo- un grupo de piedras, con unos palos entre ellas, era algo más.

¿Un cementerio? Nos preguntamos. Pero no era posible, nada había por allí –que nosotros supiéramos- que pudiera justificar que hubiese un cementerio. Y así, aunque el refrán aconseja que “ante la duda, abstente”, no nos abstuvimos, detuvimos el auto y nos bajamos, para caminar hasta ese lugar (no se podía pasar con el vehículo)

Bastaron unos pasos -en dicha dirección- para darnos cuenta que algunos de esos palos no eran tales, sino cruces, y eso nos hizo apurar el paso. Ya más cerca, advertimos que lo que parecían piedras eran trozos de sal que, apilados de dos o tres, formaban un bajo y desordenado muro perimetral, que encerraba un ondulado patio con muchas tumbas. Tumbas excavadas en la salina tierra y que ahora no eran sino túmulos deformes, por la acción del viento y la arena arrastrada durante décadas.

En la parte central, hacia uno de los costados, había lo que parecía haber sido la tumba más importante, erigida con adobes muy bien cortados de la sal, y a su lado una similar, pero que –abierta- aparecía ahora a medias, llena de arena, como si alguien hubiese decidido llevarse a su deudo a otro lugar.

Un poco más allá, otra tumba que parecía haber sido algo más importante que las demás, pues desparramados sobre ella se veían los restos de lo que fuera una reja, de ésas que solían ponerse -antaño- bordeando el perímetro de las tumbas en los cementerios. Estaba hecha de dos laterales de madera -material escaso y caro en el desierto- unidos uno al otro por zunchos de metal, como aquellos de las antiguas camas. Pero ni en los restos de las rejas ni en la cruz, como en ninguna de las otras que allí había, pudimos encontrar una placa, un nombre o una fecha que nos indicara algo, que nos diera un indicio de cuánto tiempo llevaban ahí esos restos o de donde provenían.

Sacando cuentas y mirando el terreno, pensamos que debe haber habido en las cercanías una salitrera, pero de las antiguas, de aquellas primeras que trabajaban con sistema de paradas, que no tenían campamento ni pulpería ni edificios de adobe (como las que surgirían décadas después y cuyos restos hemos llegado a conocer) y que, al acabarse la explotación, desaparecían casi por completo, al llevarse los dueños todo lo que pudiera desarmarse y transportarse.

 

No eran pocas las tumbas, es cierto. Calculando las que se veían aún algo enteras, más las no pocas que ya no son sino ligeras ondulaciones del terreno, con un trozo de palo clavado en la tierra, o tirado en el suelo y a medias cubierto por la arena, suponemos que serían no menos de 50, y quizá si hasta 20 más. Y, aunque parece un número alto para un cementerio en medio de la pampa, no podemos olvidar que en la primera mitad del siglo pasado no era raro que las epidemias –o alguna simple enfermedad contagiosa- hicieran estragos entre la gente.

 

Hasta ahora no hemos averiguado mucho más, pero insistiremos en buscar lo que se sepa, si algo se sabe, sobre este cementerio olvidado. Porque, ¿saben? Pareciera ser que, en algún momento no tan lejano, alguien se acordó de ellos, y se acercó a poner flores en algunas de las tumbas. No en todas, ni en muchas, ni tampoco una gran cantidad de flores. No, tan sólo en una que otra, afirmadas como fuera posible en las cruces o depositadas sobre alguno de esos túmulos difusos que débilmente señalan a los muertos.

 

¿Quiénes fueron? ¿Cuándo murieron? Sabe Dios si llegaremos –algún día- a averiguarlo.

Por supuesto que, si llegásemos a saberlo, o a conocer más datos sobre este cementerio, ustedes serán los primeros en enterarse.

Independiente de aquello: “La vida después de la vida”, volveremos a dejar una flor, por respeto y para que el día de mañana dichos coterráneos no sean retirados del lugar por cosas inexplicables.

















 


 

 

martes, 17 de julio de 2018

EL HUMEDAL DEL KILÓMETRO 12



      Todo aquello que consideramos hermoso y representa en parte a la vida natural de Antofagasta, está condenado a desaparecer. Todo va por la ambición de unos pocos y por la apatía de los demás. Nadie protege lo que no conoce.


      El bien o mal llamado Humedal de Antofagasta o también denominado Vega, es un espacio con bastante historia que se remonta a los orígenes de Antofagasta y que sobrevive exclusivamente por la tozudez de la naturaleza, puesto que si fuera por la acción del hombre ya hubiese desparecido definitivamente. Este maravilloso y enigmático lugar, se encuentra ubicado a un costado del camino que nos conduce a la ciudad de Calama, específicamente en el km. 12 de la ruta Salar del Carmen. La gran mayoría de los oriundos de nuestra región recuerdan el lugar con nostalgia, puesto que era considerado un sitio de visita obligada durante los fines de semana por la gran cantidad de huertas que surtían de verduras a la gente de nuestra ciudad, además, su vegetación única permitía la sobrevida de varias especies consideradas extrañas para este desierto (especies introducidas) nos referimos a sapos (Pleurodema thaul) peces (Gambusia affinis) y tortugas terrestres probablemente la Chelonoidis chilensis, en cuanto a la vegetación la historia no es distinta, decenas de especies consideradas comunes en el centro de país, enraizaron en este espacio creciendo entre las colas de zorro (Cortaderia atacamensis (Phil.) Pilg.) tan características de las riveras del rio Loa. 

Sapo de Cuatro Ojos
Galega officinalis
Queltehue (Vanellus chilensis)

      Sobre su origen las opiniones son disímiles. Los más entendidos en la materia nos refieren que en este lugar se depositaban las aguas lluvia provenientes de los sectores altos (eventos muy alejados) y también afloraban en algunos puntos las aguas que se encuentran en la depresión intermedia, aguas freáticas profundas. Con el tiempo y la modernidad, se estableció en el lugar una planta industrial de abatimiento de arsénico, planta que filtraba las aguas provenientes del interior de la región y que eran usadas para el consumo de los antofagastinos. El material filtrado era vertido en el terreno y permitió que la vida natural se fijase de manera permanente y no sujeta a eventos naturales.


      En cuanto a la historia de este sitio no nos es posible fijar fechas exactas de su ocupación y de los fines a los que se destinó, solo podemos teorizar basados en los vestigios encontrados.

      Primero, este lugar fue utilizado por la Compañía de Salitres de Antofagasta como lugar de acopio y de descanso, estableciéndose en el lugar una estación de ferrocarril de tránsito llamada Salar del Carmen, El caliche proveniente del interior era acopiado en este sitio y luego se embarcaba con rumbo a la planta de procesamiento que se encontraba ubicada en la misma ciudad, con el tiempo se establecieron varias construcciones más, entre las que destacan los grandes estanques de almacenamiento de agua, canchas de acopio de carbón y los establos en donde se mantenían animales vivos para el sacrificio y el consumo en las oficinas salitreras del cantón (inclusive de guanacos) constatamos que también hubieron pequeñas fundiciones y aún quedan los vestigios de la construcción de profundos pozos que nos hace suponer que la búsqueda del agua - en sus profundidades - fue un tema relevante.  



Un gran legado.

      En este sitio se establecieron algunas empresas (en décadas pasadas) que dejaron su bien conocida herencia de muerte. Una de estas empresas mantenía sus acopios de ácido y azufre al aire libre y cuando se retiraron del sector, no se llevaron o por último cubrieron estos, era el tiempo en donde no existía conciencia ambiental (si es que la hay actualmente) el viento se encargó de transportar estos contaminantes y aniquilar (esa es la palabra) a los sapos y peces del lugar.

      Para los inicios del nuevo milenio, se determinó que las verduras del sector eran nocivas para la salud por el alto contenido de arsénico, puesto que eran regadas con las aguas tratadas y el lugar poco a poco se fue despoblando y llegaron los actuales vecinos, especialmente empresas, cuyos dueños no han visto con muy buena cara la existencia de este pulmón verde, puesto que resulta ser un lugar económicamente atractivo siempre y cuando salga la vegetación. He ahí que hemos visto cómo constantemente se mueve la línea límite, se depositan materiales nocivos, se vierten aguas contaminadas, etc. La idea final es eliminar todo vestigio de vida y dar el paso a lo económicamente rentable.



      Han de saber que, de acuerdo con lo establecido en las normas internacionales, si reconocemos a este espacio como un Humedal, la obligación es proteger, pero son muy inteligentes y le llaman simplemente Vega.

Zorro entre Colas de zorro (Cortaderia atacamensis)