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viernes, 26 de enero de 2024

EL HUMEDAL DEL KILÓMETRO 12 ES REALMENTE UN HUMEDAL

 

El Humedal del Km 12 o ¿del 6?

Lo que haga más felices a los intrincados de siempre

 

Decir kilómetro 12 llenará de alegría y de recuerdos a muchos de los antofagastinos que vivieron su niñez por estos lares e hicieron de este lugar su patio de juegos y lugar de exploración. En la actualidad, algunos manejan la idea de llamarle Km 6 y este cambio, en el nombre, no altera en nada su pasado y su actual condición, pero da pie a la controversia y algunos – como bien saben - se aprovechan de la controversia “vana” para cambiar el tenor de la conversación y así escapar a su culpa o, librar de la culpa a sus cercanos, con la falacia del espantapájaros.  De igual manera, los que allí están establecidos, ya sea con su empresa, su galpón o construcción, no tienen culpa, son otros los que cerraron los ojos, extendieron la manito y permitieron la destrucción de tan hermoso lugar y esos otros siguen entre nosotros, cual mosca (Como dice la canción ¡Complete la oración!)

 

Las Crónicas de los Caminantes del Desierto.



Esta crónica, más bien esta historia y vivencia la llevamos a ustedes gracias al auspicio del Sr Carlos Antonio Altamirano. Gracias Carlos, somos tus agradecidos.

Apenas llegado a este norte, un día de marzo de 1984, con la finalidad de cursar estudios superiores, me di a la tarea de buscar los colores de la naturaleza a los cuales estaba tan acostumbrado, aquella naturaleza tan expresiva que había dejado atrás y que, en este lugar, al parecer no existía. Fue realmente un cambio drástico y resultaba muy deprimente el simple acto de observar aquellos cerros que aprisionan a esta ciudad contra el mar y no ver un mísero atisbo de vegetación; y la ciudad, la que conocí en aquellos años, no era muy cobijante que digamos, especialmente por su evidente escasez de agua, la de aquel entonces, escasez que no permitía mantener más de algunos espacios con vegetación y que resultaban insuficientes.

Algunos dieron como sugerencia el visitar La Chimba, otros hablaron de Taltal y sus cerros, hasta que llegamos a la más hermosa de las ideas: visitar el humedal del km 12, supuestamente un oasis escondido tras los cerros y en donde encontraría vegetación, bastante vegetación y algo de fauna.

Llegar ahí era relativamente sencillo, según me dijeron, sólo se debía tomar el camino que nos llevaba de Antofagasta a Calama, es decir, salir de la ciudad por la quebrada del Salar del Carmen y cuando llegase al final de los cerros, ahí me encontraría con dicho vergel, espacio que en aquellos años también contaba con quintas en donde se cultivaban frutas y verduras para el consumo local.

Como corresponde y sin ser aún - en dichos años- un Caminante del Desierto, digo esto para explicar que no me fui caminando al sector, conseguí que alguien me llevase al lugar. Apenas asomé por dicho espacio la alegría me embargó, ahí en frente de mi vista podía contemplar la naturaleza en toda su plenitud, una naturaleza muy especial, puesto que era muy nortina y sobrecogedora. Atravesé las calles de aquel incipiente pueblo de agricultores del desierto y me dirigí raudo a perderme entre aquella vegetación, entre los enormes arbustos, pero – extrañamente - no eran arbustos los que veía, más bien eran las llamadas Colas de Zorro, una especie que abunda en los márgenes de los ríos de este norte e independiente del porqué, estaban ahí, para el deleite de todos, me llené de alegría e ingresé por dicha vegetación hasta perder de vista las casas y los cerros. Era primavera y había flores por doquier, hermosas flores cuyos aromas inundaban el aire y que invitaban a perderse entre tanta maravilla. Eso de recostarse en el mullido colchón de las Cortaderias (Colas de Zorro) y escuchar el paso del viento moviendo cual marejada las altas y plumosas espigas, todas danzando al unísono, hasta donde alcanzase la vista. Fue gratificante y fue hermoso, todo un deleite, todo un espectáculo.



En el centro de dicho vergel había un gran cerro, al parecer de Caliche y era evidente que alguien lo había puesto allí con el transcurrir de los años, también encontramos antiguas forjas y fundiciones, algunos pozos de agua que ya estaban secos y, sorprendentemente, un par de socavones iguales o similares a los que usan los pirquineros, los que resultaban extraños, porque todo en ese lugar denotaba que eran solo flujos de tierra que se han ido sumando por centurias y nada más. Resulta lógico el pensar que había periodos en que los niveles de la napa subían al llegar el agua a este sitio tan encajonado entre los cerros, y en otros bajaba. Esto permitía la sobrevida de todo aquello que habitase en dicho lugar y esos socavones se usaban para extraer aquellas aguas profundas. También encontramos antiguos corrales, éstos deben de haber sido construidos a fines de los 1800 y principios de los 1900; allí habitaron caballares, mulares, ganado vacuno y guanacos, encontrando cueros y osamentas que indicaban que ahí fueron faenados.

Nos encontramos – también – con los restos de antiguas construcciones ¿para qué servían? No lo sabemos ya que solo quedaban algunos muros en pie. Según la historia de Isaac Arce, por estos parajes se estableció la estación ferroviaria de Salar del Carmen y quién sabe, tal vez sus ocupantes se encargaron de traer, desde el sur, alguna que otra planta (especialmente invasivas) para alegrar este desierto y hacer más hermoso este humedal.

Fue por el 2014-2015 cuando comenzamos a ver la destrucción de dicho sitio, el ingreso de maquinarias, derrames de líquidos nocivos y la intervención directa del espacio. Primero desaparecieron los sapos, el de cuatro ojos y la rana de Atacama, luego se fueron los queltehues y los agricultores. Se dijo que el agua que usaban no era apta para irrigar las frutas y las verduras de los antofagastinos, hasta que comenzaron a llegar las empresas. Según los sabios, había que correr el humedal unos pocos metros en dirección sur-este y esto no provocaría ningún conflicto con los intereses económicos. Todos los minúsculos que catastramos por más de una década ya no están, abejas nativas, moscas florícolas, etc. De las aves solo quedan los gorriones y palomas, cuando este lugar era el sitio de nidificación del colibrí del norte, de las dormilonas, mineros y de los chincoles antofagastinos. No quedan ya sapos ni ranas, los peces mosquito y los guppys desaparecieron, pececillos que aguantan todo, hasta de los contaminantes más increíbles y ya no están. El totoral desapareció y las colas de zorro mueren, algunas de las especies de flora que prosperaron hará una década atrás, ya no crecen, pero hay en nuestra comunidad quienes insisten en que corriendo el humedal unos metros al sur-este, bastará para salvarlo. Si eso no es desconocimiento y falta de realidad para con nuestra naturaleza ¿Qué es?



Lo que les hablamos en estos párrafos, forma parte de la historia de aquel lugar, una historia que comparten algunos estudiosos y conocedores y que no sale de nuestras emociones antojadizas o manipuladoras. He de confesar - con harta tristeza - que conocemos a gente que dice saber sobre estos temas, pero, a decir verdad, no parece que los mueva el afán del conocimiento y/o de investigar, sino sólo las ganas de lucrar. 

Pero no es sólo la idea de “correr el humedal” lo que nos indica la existencia de un severo desconocimiento sobre el lugar, no, también hemos visto declaraciones que afirman que no es un humedal. Hay quienes afirman categóricamente que es una vega o un pseudo-humedal que fue creado por una empresa hace algunas décadas. Generalmente estas opiniones provienen de personas que no son antofagastinas, y que desconocen (o no quieren conocer) nuestra historia.

Para estas personas, la historia del humedal del kilómetro 12 comienza en la década de los ´70, con la instalación de la red de tuberías del agua potable desde la precordillera. Como es bien conocido, esa agua no era la ideal para el consumo humano, y hubo de instalarse una planta de filtros y abatimiento de arsénico a la entrada de la quebrada del Salar del Carmen para su tratamiento. Se nos quiere hacer creer que cuando la empresa que gestionaba el agua potable en ese entonces, la DOS (Dirección de Obras Sanitarias), una empresa fiscal, comenzó a botar el agua proveniente del lavado de sus filtros a la pampa, esta habría escurrido naturalmente hasta el kilómetro 12, formando este “pseudo humedal”.

Pero, si bien es efectivo que las aguas se liberaban y llegaban hasta allí, eso no es un indicativo de que el lugar era simplemente un desierto. Se sabe fehacientemente que toda la pampa que se extiende desde Alto del Carmen (“el oasis”) hasta el kilómetro 12 está formada por las avenidas causadas por las lluvias. Es material sedimentario, cosa fácil de notar con una simple observación del terreno. Podemos recordar, por ejemplo, que en la década de los ‘90 hubo fuertes precipitaciones en la Región que alcanzaron el desierto intermedio, provocando una verdadera riada que avanzó por la pampa, arrastrando todo, incluso las piscinas de secado de la planta minera existente frente a Mantos Blancos, llegando esas aguas y el barro hasta el kilómetro 12, porque es su cauce natural y siempre lo fue.

A lo largo de esta depresión existen napas subterráneas, que hoy día son explotadas por las diversas mineras que ocupan el territorio, pero que antaño mantenían su flujo y llegaban hasta este sector. Se podía ver en ese lugar los vestigios de antiguas instalaciones industriales, de pozos, corrales, etc. (poco queda hoy). ¿Por qué se instalarían precisamente allí, entre tanto espacio disponible? ...porque allí había agua. Es el mismo caso de los otros asentamientos humanos, siempre cerca de fuentes de agua, como la quebrada Carrizo y la negra, por ejemplo.

Pero estas cosas no se dicen por ser fantasiosos o querer inventar hechos a nuestro antojo. Las decimos porque, siempre detrás de conocer nuestro pasado, hemos estado abiertos a hablar con la gente y hemos entrevistado a lo largo de los años a no pocos antiguos habitantes de la zona, y uno de ellos, el Sr. Carlos Rodríguez, fue quien nos contó que, mucho antes de la instalación de la planta de filtros, por los años ‘40, él conoció y recorrió ese sector, y ya existía entonces un humedal, con abundantes Cortaderias (“colas de zorro”) y presencia de sapos, pájaros y queltehues, que era incluso visitado por los guanacos, animal que por ese entonces todavía habitaba y recorría la cordillera costera, y cuyos últimos ejemplares se pudieron ver por La Chimba y Morro Moreno hasta inicios de los años ´80.

Por tanto, creemos que no se trata de “correr el humedal”, sino de protegerlo donde está, pues ese es su lugar. Terrenos hay, y demasiados, como para que sea necesario seguir destruyendo este espacio.

No había motivo alguno para poner industrias ahí, salvo por la ambición desmedida de algunos.

¿A salvar qué? ¿Ahora? ¿Cuándo ya nada queda?

¿Así que este humedal nació gracias al esfuerzo, el tesón y la chispeza de una antigua empresa?

Los que juegan a salvar hasta las pozas del alcantarillado, sigan en su juego, pero dense el tiempo de pensar y de una buena vez, hagan lo correcto. Proteger lo que realmente se debe proteger.






























martes, 17 de julio de 2018

EL HUMEDAL DEL KILÓMETRO 12



      Todo aquello que consideramos hermoso y representa en parte a la vida natural de Antofagasta, está condenado a desaparecer. Todo va por la ambición de unos pocos y por la apatía de los demás. Nadie protege lo que no conoce.


      El bien o mal llamado Humedal de Antofagasta o también denominado Vega, es un espacio con bastante historia que se remonta a los orígenes de Antofagasta y que sobrevive exclusivamente por la tozudez de la naturaleza, puesto que si fuera por la acción del hombre ya hubiese desparecido definitivamente. Este maravilloso y enigmático lugar, se encuentra ubicado a un costado del camino que nos conduce a la ciudad de Calama, específicamente en el km. 12 de la ruta Salar del Carmen. La gran mayoría de los oriundos de nuestra región recuerdan el lugar con nostalgia, puesto que era considerado un sitio de visita obligada durante los fines de semana por la gran cantidad de huertas que surtían de verduras a la gente de nuestra ciudad, además, su vegetación única permitía la sobrevida de varias especies consideradas extrañas para este desierto (especies introducidas) nos referimos a sapos (Pleurodema thaul) peces (Gambusia affinis) y tortugas terrestres probablemente la Chelonoidis chilensis, en cuanto a la vegetación la historia no es distinta, decenas de especies consideradas comunes en el centro de país, enraizaron en este espacio creciendo entre las colas de zorro (Cortaderia atacamensis (Phil.) Pilg.) tan características de las riveras del rio Loa. 

Sapo de Cuatro Ojos
Galega officinalis
Queltehue (Vanellus chilensis)

      Sobre su origen las opiniones son disímiles. Los más entendidos en la materia nos refieren que en este lugar se depositaban las aguas lluvia provenientes de los sectores altos (eventos muy alejados) y también afloraban en algunos puntos las aguas que se encuentran en la depresión intermedia, aguas freáticas profundas. Con el tiempo y la modernidad, se estableció en el lugar una planta industrial de abatimiento de arsénico, planta que filtraba las aguas provenientes del interior de la región y que eran usadas para el consumo de los antofagastinos. El material filtrado era vertido en el terreno y permitió que la vida natural se fijase de manera permanente y no sujeta a eventos naturales.


      En cuanto a la historia de este sitio no nos es posible fijar fechas exactas de su ocupación y de los fines a los que se destinó, solo podemos teorizar basados en los vestigios encontrados.

      Primero, este lugar fue utilizado por la Compañía de Salitres de Antofagasta como lugar de acopio y de descanso, estableciéndose en el lugar una estación de ferrocarril de tránsito llamada Salar del Carmen, El caliche proveniente del interior era acopiado en este sitio y luego se embarcaba con rumbo a la planta de procesamiento que se encontraba ubicada en la misma ciudad, con el tiempo se establecieron varias construcciones más, entre las que destacan los grandes estanques de almacenamiento de agua, canchas de acopio de carbón y los establos en donde se mantenían animales vivos para el sacrificio y el consumo en las oficinas salitreras del cantón (inclusive de guanacos) constatamos que también hubieron pequeñas fundiciones y aún quedan los vestigios de la construcción de profundos pozos que nos hace suponer que la búsqueda del agua - en sus profundidades - fue un tema relevante.  



Un gran legado.

      En este sitio se establecieron algunas empresas (en décadas pasadas) que dejaron su bien conocida herencia de muerte. Una de estas empresas mantenía sus acopios de ácido y azufre al aire libre y cuando se retiraron del sector, no se llevaron o por último cubrieron estos, era el tiempo en donde no existía conciencia ambiental (si es que la hay actualmente) el viento se encargó de transportar estos contaminantes y aniquilar (esa es la palabra) a los sapos y peces del lugar.

      Para los inicios del nuevo milenio, se determinó que las verduras del sector eran nocivas para la salud por el alto contenido de arsénico, puesto que eran regadas con las aguas tratadas y el lugar poco a poco se fue despoblando y llegaron los actuales vecinos, especialmente empresas, cuyos dueños no han visto con muy buena cara la existencia de este pulmón verde, puesto que resulta ser un lugar económicamente atractivo siempre y cuando salga la vegetación. He ahí que hemos visto cómo constantemente se mueve la línea límite, se depositan materiales nocivos, se vierten aguas contaminadas, etc. La idea final es eliminar todo vestigio de vida y dar el paso a lo económicamente rentable.



      Han de saber que, de acuerdo con lo establecido en las normas internacionales, si reconocemos a este espacio como un Humedal, la obligación es proteger, pero son muy inteligentes y le llaman simplemente Vega.

Zorro entre Colas de zorro (Cortaderia atacamensis)